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Full text of "Cartas y poesías inéditas"

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CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 

DE 

GABRIEL  Y  GALÁN 


CASTO  BLANCO  CABEZA 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


GABRIEL  Y  GALÁN 

CON  UN  PRÓLOGO 

DE 

ARMANDO  COTARELO 


MADRID 
LiB.  Sucesores  de  Hernando 
Arenal,  11 

1919 


\ 


ES  PRCriLDAD 


:¡:í;¿^^X^Í¡:BrErECOraANClSCANO.-SANTlAGO 


A  LA  VIRTUOSÍSIMA  Y  RESPETABLE  SEÑORA 


^     DOÑA  DESIDERIA  GARCÍA, 

VIUDA  DE  GABRIEL  Y  GALÁN 

Y  A  SUS  QUERIDOS  HIJOS, 

COMO  OFRENDA  DEBIDA  A  LOS  SERES  QUE  MÁS 
AMÓ  EL  POETA,  Y  DÉBIL  HOMENAJE  A  SU 
GLORIOSA  MEMORIA,  DEDICA  ESTE  LIBRO 

Casto  Blanco  Cabeza. 


Madrid,  1919, 


PRÓLOGO 


Don  Casto  Blanco  Cabeza,  sabio  y  dignísimo 
profesor  de  la  Escuela  Normal  de  Madrid,  ofrece 
hoy  al  público  un  libro  interesante  y  simpático 
como  pocos.  Movido  de  cariñosa  amistad  obsti- 
nase en  que  mi  modesta  pluma  detenga  el  ansia 
de  leerlo  con  que  todo  español  lo  tomará  en  sus 
manos;  y  yo  accedo  a  mi  pesar,  pues  la  sospecha 
de  la  inutilidad  de  estas  líneas  se  eleva  a  certi- 
dumbre en  vista  de  los  hermosos  preliminares 
con  que  el  editor  le  antecede  y  son  verdadero 
prólogo  de  la  obra. 

Envidiables  dotes  de  narrador  posee  el  señor 
Blanco  Cabeza  y  revela  cumplidamente  en  tan 
ameno  escrito,  que  se  lee  con  el  agrado  de  una 
novela  y  el  provecho  de  una  historia.  Contados 
están  en  él,  por  modo  insuperable,  todos  los  an- 
tecedentes necesarios  para  emprender  la  lectura 
de  las  cartas  y  poesías  de  Galán:  los  orígenes  del 
epistolario,  sus  etapas  y  vicisitudes;  las  cualidades 


VIII 


PRÓLOGO 


físicas  y  morales  del  poeta  en  su  edad  juvenil,  sus 
hábitos  de  estudiante  y  hasta  sus  ilusiones,  sus 
afectos  y  sus  esperanzas.  Y  como  marco  de  se- 
mejante esbozo  psicológico,  desfilan  también 
alumnos  y  profesores  de  varia  catadura,  camara- 
das,  admiradores  y  hasta  envidiosillos  del  futuro 
cantor  de  las  etapas  castellanas,  en  cuadro  anima- 
do y  palpitante,  con  esa  verdad  y  frescura  que 
solamente  resplandecen  en  el  trasunto  de  la  reali- 
dad vivida,  cuando  quien  lo  pinta  alcanza,  como 
el  Sr.  Blanco  Cabeza,  a  dibujarlo  con  segura  mano 
y  a  derramar  sobre  él  las  cautivadoras  galanuras 
de  la  forma.  Solamente  dos  páginas  emplea  en 
retratar  al  venerable  Sarrasí  y  sin  embargo  le  co- 
nocemos tan  bien  que  nos  parece  haberle  visto  y 
comunicado.  Parco  en  comentarios,  huye  a  pro- 
pósito de  toda  consideración  retórica;  mas  elige 
con  tanta  habilidad  los  hechos  y  los  relata  con 
tal  destreza,  que  ellos  solos  sugieren  variadísi- 
mas deducciones,  logrando  así  uno  de  los  más 
estimables  méritos  del  escrito,  conviene  a  saber: 
cierta  colaboración  del  lector,  que  a  duras  penas 
se  aviene  con  un  papel  meramente  pasivo,  cuando 
todo  se  lo  dan  dicho  y  comentado.  El  episodio 
de  los  gorríoncillos  habla  más  en  alabanza  del 
corazón  de  nuestro  poeta  que  diez  pliegos  de 
consideraciones  filosóficas. 


PRÓLOGO 


IX 


Blanco  Cabeza  y  Galán  fueron  amigos,  mas 
no  con  esa  amistad  un  tanto  externa  y  muchas 
veces  fugaz,  engendrada  por  el  compañerismo  de 
las  aulas,  sino  con  el  afecto  hondo  y  duradero 
que  nace  de  la  comunidad  espiritual,  de  las  afini- 
dades de  sentimiento,  de  la  identidad  de  caracte- 
res. Cuantos  conozcan  a  Blanco  Cabeza  hallarán 
natural  y  necesario  este  recíproco  afecto.  Así 
como  en  el  autor  de  Campesinas  hermánanse  en 
él  las  altas  dotes  intelectuales  con  las  prendas  del 
corazón.  En  verdad  privilegiado,  de  vasta  cultura, 
de  temperamento  soñador,  de  inteligencia  perspi- 
caz es,  sobre  todo,  como  Galán  lo  fué,  un  hombre 
bueno,  modesto,  laborioso,  de  arraigadas  creen- 
cias y  de  pecho  agradecido  y  sensible,  según 
prueba  este  libro,  raro  ejemplo  de  devoción  a  la 
memoria  de  un  muerto. 

No  menos  de  cincuenta  cartas  y  seis  poemas 
abarca  la  colección  presente.  Escritas  las  primeras 
al  correr  de  la  pluma,  sin  artificio  de  ninguna  cla- 
se, ajenas  a  toda  idea  de  publicidad  y  tan  sólo 
para  recordar  al  amigo  el  afecto  que  no  se 
entibia,  revelan  mejor  que  ninguna  otra  de  sus 
obras  lo  que  José  María  Galán  era  por  den- 
tro, confirmando  a  la  vez,  sus  innegables  mé- 
ritos de  prosista:  la  seguridad  de  la  frase,  la 
afluencia  del  estilo,  la  riqueza  de  vocabulario,  la 


X 


PRÓLOGO 


sencillez  encantadora  y  la  gracia  espontánea,  cor- 
tés y  apacible. 

Las  producciones  de  los  grandes  artistas  po- 
nen de  manifiesto  no  solamente  sus  principios 
estéticos  y  los  recursos  de  su  técnica  sino  tam- 
bién las  reconditeces  de  su  interior,  y  de  un 
modo  especial  las  empresas  literarias  que  por  su 
naturaleza  son  más  íntimas,  más  espirituales.  Pero 
el  contemplador  no  se  satisface  ordinariamente 
con  esto:  desea  penetrar,  guiado  por  la  obra,  en 
el  alma  misma  de  donde  ha  brotado,  sorprender 
el  divino  impulso  que  pudo  inspirarla,  el  hervor 
de  la  fantasía  al  vestirla  de  forma  tangible,  los 
pasos  todos  de  su  elaboración,  ya  lenta  y  trabajo- 
sa, ya  rauda  y  ardiente,  para  entrever  así  la  psi- 
quis  del  artista,  a  quien  se  complace  en  suponer 
noble,  brillante  y  como  purificado  de  las  miserias 
de  la  carne.  Peligroso  es,  con  todo,  semejante 
análisis,  aunque  no  poco  instructivo,  porque 
¡cuántas  veces,  si  esto  logramos,  la  desilusión 
nos  defrauda  y  entristece! 

No  así  en  el  caso  del  insigne  salmantino.  Es- 
tas cartas,  tan  ingenuas  como  elocuentes,  mani- 
fiestan un  espíritu  íntegro,  desnudo,  sin  dobleces 
ni  repulgos.  La  sinceridad,  timbre  excelso  de  las 
obras  de  Galán,  brilla  aquí  esplendorosa,  convi- 
dándonos a  bucear  en  un  alma  que  fué  coma 


PRÓLOGO 


XI 


parece:  sencilla,  honrada,  cristiana,  inteligente  y 
tierna  en  sumo  grado.  Preséntannos,  además,  al 
artista  principalmente  en  sus  años  de  juventud, 
cuando  arde  la  imaginación,  las  pasiones  se  exal- 
tan y  el  entendimiento  vacila  y  muchas  veces 
zozobra;  primavera  del  vivir  apta  a  las  espansio- 
nes  poéticas,  pero  en  la  cual  contados  hombres 
logran  la  plenitud  de  su  genio.  De  este  número 
fué  nuestro  poeta,  según  demuestra  su  epistola- 
rio: el  Galán  de  20  años  es  el  mismo  de  35,  edad 
en  que  le  arrebató  la  muerte. 

Los  temperamentos  afectivos  y  emocionales, 
cuya  nota  característica  es  una  extremada  sensibi- 
lidad, viven  sobre  todo  interiormente,  aman  la  me- 
ditación y  el  silencio  y  suelen  propender  al  psico- 
logismo,  entregándose  a  la  autoinspección  y  estu- 
dio de  sí  propios  y  recogiendo,  con  frecuencia,  en 
diarios  los  productos  de  este  examen.  No  consta 
que  Galán  dejase  escritos  de  semejante  clase,  pero 
muchas  de  las  cartas  que  van  a  leerse  pueden  sin 
violencia  figurar  en  ella  por  la  finura  analítica  con 
que  exponen  estados  de  ánimo,  vaguedades,  de- 
seos, optimismos  y  tristezas  de  un  ser  que  nada 
cela,  que  se  entrega  al  amigo  amado  y  le  comuni- 
ca cuanto  siente  y  cuanto  piensa. 

Relativamente  fácil  es  escribir  bien,  porque  al 
fin  la  forma  literaria  es  cosa  externa  y  artificiosa. 


XII 


PRÓLOGO 


que  con  la  aplicación  se  adquiere;  mas  no  lo  es 
sentir  la  realidad  y  comprenderla  hondamente;  para 
ello  son  precisas  cualidades  interiores,  delicadezas 
espirituales  y  hasta,  quizás,  perfecciones  orgáni- 
cas, patrimonio  harto  regateado  por  la  naturaleza. 
Apreciar  lo  grande,  conocer  lo  extraordinario,  gus- 
tar lo  noble,  al  alcance  está  de  los  muchos;  pero 
descubrir  lo  delicado,  lo  fino,  lo  exquisito,  privile- 
gio es  de  los  pocos.  El  poeta  castellano,  mago 
evocador,  hace  surgir  por  doquiera  hermosuras 
misteriosas  ocultas  al  común  de  los  mortales 
y  que  aguardaron  latentes  su  llegada  para  reve- 
larse sólo  a  él,  como  la  princesa  dormida  esperó 
en  letargo  secular  la  presencia  del  príncipe  único 
designado  por  la  fortuna.  Nada  para  Galán  hay 
pequeño  o  despreciable:  todo  vive  a  sus  ojos  y 
en  todo  descubre  alma,  belleza  y  movimiento.  La 
peña  desnuda,  la  rasa  campiña,  el  árbol  desmedra- 
do, el  menudo  insecto,  un  viaje  en  ferrocarril,  una 
enfermedad  pasajera,  la  vida  aldeana,  los  lances 
de  unas  oposiciones,  la  espera  de  cartas  y  noti- 
cias, la  regencia  de  una  escuela  pueblerina,  los 
cuidados  del  labrador,  la  cacería  de  liebres  y  per- 
dices, el  hablar  con  rústicos  y  gañanes   todas 

estas  cosas  tan  comuHes  y  prosaicas  se  elevan 
maravillosamente  en  sus  manos  y  adquieren  inte- 
rés y  nobleza.  Y  ¡qué  será  cuando  los  grandes 


PRÓLOGO 


XIII 


afectos  y  dolores  de  la  vida,  como  el  cariño  a  la 
esposa  y  a  los  hijos,  la  muerte  de  la  madre,  el 
triunfo  aclamado,  le  hieran  o  le  halaguen  haciendo 
vibrar  ampliamente  aquella  cuerda  siempre  tensa 
y  resonante!  De  todo  hay  muestras  en  este  epis- 
tolario y  en  todas  se  descubre  su  gran  espíritu, 
cuya  afectividad  trascendente  le  hace  abrazarse  en 
poética  unión  con  la  naturaleza  entera,  calentarla 
con  su  propio  fuego,  palpitar  y  vivir,  porque  en 
cada  ser  deposita  un  destello  de  su  alma  abrasada 
de  inextinguible  sed  de  amores. 

De  los  poemas,  hasta  ahora  inéditos,  que  aquí 
se  ofrecen  mucho  podría  decirse.  Casi  todos  fue- 
ron compuestos  en  la  breve  y  única  estancia  del 
autor  en  Galicia  y  pertenecen,  por  tanto,  a  su  más 
tierna  juventud.  Esto  sólo  declara  el  gran  interés 
con  que  serán  mirados  como  primeros  vuelos  de 
esa  alondra  terrena,  a  quien  gusta  ocultarse  tími- 
da en  la  hondura  del  surco  recién  labrado  y  con- 
fundir con  la  parda  tonalidad  de  la  haza  los  mo- 
destos colores  de  su  plumaje;  pero  que  sabe 
también  volar  osada  y  remontarse  en  graciosas 
espirales  para  saludar  con  dulces  trinos  al  maña- 
nero sol,  dorado  y  fecundante.  Tienen  además 
innegable  mérito  intrínseco,  como  lo  tiene  cuanto 
salió  de  su  pluma,  dócil  y  afortunada;  así  los  Sus- 
piros, mansas  quejas  de  un  desengaño  amoroso. 


XIV 


PRÓLOGO 


como  el  improvisado  Adiós,  compuesto  con  sin- 
gular soltura  y  la  burlesca  elegía  a  la  muerte  del 
hurón  Ciguiel,  hábilmente  versificada  y  que  nos 
ofrece  muestra  de  la  vena  festiva  de  Galán,  aspec- 
to poco  conocido  del  poeta. 

Mayor  importancia  ostentan  las  composicio- 
nes restantes:  ¡Patria  mía!,  inspirada  canción  a  la 
aldea  nativa,  donde  el  autor  triunfa  de  la  técnica 
con  variedad  de  modos;  la  primorosa  balada 
Fuente  vaquera,  que  no  obstante  pertenecer  al 
ciclo  de  sus  primeros  versos  nos  ofrece  al  poeta 
ya  formado  y  definido;  los  cadenciosos  pareados 
Mañanas  y  tardes,  obra  de  empeño,  indudable- 
mente una  de  las  buenas  poesías  suyas,  en  que 
los  primores  de  la  versificación  vencen  la  dificul- 
tad del  cansado  metro  y  donde  flota  visible  re- 
cuerdo del  gran  Zorrilla.  En  estas  obras  está,  sin 
duda,  todo  Galán.  Escribiólas  mejores;  pero  ya  en 
ellas  aparecen  íntegros  los  recursos  de  su  lira  y 
especialmente  aquel  hondo  entusiasmo  por  la  tie- 
rra natal,  el  campo  castellano,  cuya  austera  y  so- 
lemne belleza  supo  sentir  y  expresar  como  nadie. 
Porque  Galán  fué  un  alma  campesina  afinada  por 
el  estudio  y  ennoblecida  por  el  sentimiento.  En  él 
palpitan  los  puros  afectos  y  la  natural  rectitud  del 
hombre  campestre  y  supo  vestir  con  ropaje  ur- 
bano los  ideales  comunmente  vagos  pero  vigoro- 


PRÓLOGO 


XV 


SOS  del  mundo  rural,  como  la  abeja  transforma 
dentro  de  sí  el  zumo  de  las  flores  silvestres  en 
miel  dulce  y  regalada. 

Ceso  de  entretenerte  lector.  Con  gusto  reco- 
rrerás estas  páginas,  recórrelas  también  con  reve- 
rencia; porque  la  presente  obra  es  tierna  ofrenda 
de  postumo  cariño  que  manos  piadosas  depositan 
sobre  una  tumba  querida. 

Armando  Cotarelo  y  Valledor. 


LOS  RECUERDOS 
Y  PAPELES  DE  GALAN 


LOS  RECUERDOS 
Y  PAPELES  DE  GALÁN 


¡Quién  me  diera  saber  trasladar  al  papel  las  im- 
presiones que  experimentó  mi  alma  ingenua  de  es- 
tudiante provinciano,  al  llegar  por  primera  vez  a 
JVladrid! 

Fué  en  el  curso  de  1888  a  89.  Mi  corazón,  repleto 
de  ilusiones,  tenía  20  años  y  estaba  enamorado  per- 
didamente. Mis  sentidos,  ávidos  como  pajarillos  re- 
cién escapados,  vibrantes  a  todas  las  sensaciones 
nuevas,  tropezaron  de  repente  con  aquella  populosa 
urbe,  llena  de  magníficos  palacios,  estatuas,  museos 
y  jardines.  Mi  espíritu,  optimista  por  naturaleza;  sano, 
fuerte,  nuevo,  abierto  a  todas  las  brisas,  cual  debie- 
ron estar  los  templos  de  columnas  de  la  Acrópolis; 
dócil  a  toda  insinuación  de  verdad,  de  belleza  y  de 
virtud,  se  encontró,  ya  al  llegar,  al  lado  de  un  gran 
artista,  Julio  Veiga;  y  al  poco  tiempo,  con  el  in- 
comparable José  María  Gabriel  y  Galán. 

Dónde  vais  ya,  ¡oh  queridísimos  y  llorados  ami- 
gos! ¿Dónde  va  también  aquel  estudiosísimo  Táboas... 
y  tú,  inolvidable  Antonio,  poeta  y  marino,  que  en- 
tregaste tu  vida  por  la  patria?... 

¡Cuán  poco  tiempo  gozó  el  mundo  de  vosotros! 


*  ♦ 


4 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


Julio  estudiaba  último  año  de  violín  en  el  Conser- 
vatorio. Vivía  con  su  madre,  la  señora  doña  Clotilde 
Valenzano,  en  el  número  8  de  la  Plaza  de  Oriente. 
Allí  fui  yo  a  parar,  a  vivir  con  ellos  en  familia:  Julio 
fué  para  mí  un  buen  hermano,  y  doña  Clotilde  hacía 
con  ambos  el  papel  de  una  madre  cariñosa. 

Hija  de  artistas  oriundos  de  Italia,  esposa  del  fa- 
moso compositor  don  Pascual  Veiga,  autor  de  La 
Alborada,  relacionada  de  antiguo  con  buenos  músi- 
cos y  literatos,  como  el  célebre  maestro  Monasterio 
y  el  escritor  Fernández  Bremón;  aquella  señora  bon- 
dadosa, culta  y  finísima,  reflejaba  sobre  nosotros  su 
gran  sentido  artístico,  y  nos  avivaba  eñ  esa  devoción 
que  suelen  tener  los  jóvenes  hacia  los  grandes  genios. 

Julio  iba  en  camino  de  llegar  a  serlo.  Por  lo  menos 
a  mi  me  lo  parecía,  y  de  fijo  sé  que  aspiraba  a  crearse 
un  nombre. 

Y  no  sin  motivos.  Era  un  prodigio  en  el  violín,  y 
sin  disputa  el  más  aventajado  alumno  del  Conservato- 
rio. Componía  hermosa  música,  —hasta  con  lujo  aca- 
baba de  editarle  Zozaya  su  tanda  de  valses,  titulada 
Al  Vuelo,—  y  era  el  orgullo  de  sus  profesores. 

Además  dibujaba  muy  bien,  pintaba  acuarelas  pre- 
ciosas, escribía  versos,  y  hasta  publicaba  notables 
artículos  de  crítica  musical  en  las  revistas  de  Arte. 

Y,  a  todo  esto,  sólo  tenía  19  años. 

Con  Julio  hice  mis  primeras  excursiones  para  ver 
las  preciosidades  de  la  Villa  y  Corte.  Por  las  tardes, 
cumplidas  nuestras  obligaciones  de  estudiantes,  reco- 
rríamos los  cafés,  teatros,  calles  y  jardines;  los  domin- 
gos, después  de  oír  misa,  los  dedicábamos  a  visitar 
el  Retiro  y  los  Museos.  Julio  hacía  muy  bien  de 
cicerone  para  estas  cosas. 

Doña  Clotilde,  apasionadísima  de  la  ópera,  me  ser- 


DE  GALÁN 


5 


vía  de  Mentor  cuando  íbamos  al  Real;  nos  llevaba  a  Pa- 
lacio cuando  había  Capilla  pública,  y  se  entusiasmaba 
contemplando  las  ceremonias  de  Corte,  las  bordadas 
casacas  de  los  gentiles  hombres,  y  la  elegancia,  distin- 
ción y  majestad  de  la  Reina  Regente  que,  a  pesar  de  la 
sencillez  de  su  luto,  destacaba  en  medio  de  todas  sus 
damas,  cubiertas  de  riquísimos  trajes  y  preseas. 

Al  lado  de  este  inolvidable  artista  y  de  su  ma- 
dre pasé  el  tiempo  de  mis  estudios  en  Madrid;  y  el 
ambiente  de  esta  casa  influyó  no  poco  en  mis  aficiones 
estéticas,  y  fué  al  principio  un  gran  consuelo  para  mi- 
tigar la  nostalgia,  que  padece  todo  joven  arrancado 
al  regazo  de  la  dulcísima  Galicia. 


Y  en  la  Escuela?...  Allí  conocí  a  mi  José  María:  a 
aquel  corazón  que  hasta  la  muerte  tantas  mieles  des- 
tiló en  el  mío,  herido  de  ausencia,  por  fin,  en  aquella 
época;  hambriento  de  afectos  y  caricias,  lejos  de  mi 
prometida  y  de  mi  madre. 

Cuando  llegué  a  los  estudios,  ya  estaba  empezado 
€l  curso.  Me  encontré  en  medio  de  una  turba  de  estu- 
diantes ruidosos,  que  llenaban  los  corredores  con  el 
estrépito  de  su  charla.  De  todo  se  hablaba  y  se  discu-  * 
tía,  menos  de  los  estudios,  ni  de  cosa  alguna  útil. 

Los  primeros  días  ya  me  hice  amigo  de  Manuel 
Cabanelas,  que  era  un  compañero  de  los  más  expan- 
sivos. 

Cabanelas  y  Táboas  eran  también  de  Galicia,  y  se 
me  aficionaron  mucho.  Táboas  era  el  prototipo  del  es- 
tudiante infatigable.  No  se  ocupaba  en  otra  cosa  sino 
€n  estudiar.  Estudiaba  de  memoria,  paseando  día 
y  noche  con  el  libro  en  la  mano,  repitiendo  y  meditan- 


6 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


do  SUS  párrafos.  Cabanelas  era  todo  lo  contrario:  es-- 
tudiaba  muy  poco;  su  buena  inteligencia  se  contentaba 
con  oir  atentamente  las  explicaciones  de  los  catedráti- 
cos, y  escuchar  los  comentarios  que  hacían  los  compa- 
ñeros. Era  un  mocetón  alto  y  muy  fornido,  guapo,  siem-^ 
pre  sonriente,  y  en  clase  de  Gimnasia  hacía  prodi- 
gios de  fuerza. 

La  primera  clase  a  que  asistí,  —lo  recuerdo  bien,— 
fué  la  de  Moral.  El  profesor  de  esta  asignatura  era  un 
docto  fraile  exclaustrado,  hombre  suspicaz  y  mal  hu- 
morado siempre  con  los  alumnos.  Tenía  la  clase  a  las 
siete  y  media  de  la  mañana.  ¡Buen  trabajo  costaba  lle- 
gar a  ella  puntualmente  en  invierno!  Ya  no  solía  él  lla- 
mar hasta  las  ocho,  y  aun  así,  siempre  faltaban  bas- 
tantes alumnos. 

Aquel  día  yo,  —sabiendo  de  víspera  que  se  daba 
la  lección  9.^—  me  había  estudiado  bastante  bien  la 
conferencia. 

Tal  me  valió.  Empezó  el  catedrático  a  pasar  lista, 
y  al  llegar  a  mi  nombre, 

—¡Blanco  Cabeza,  D.  Casto! 
—Servidor  de  usted. 

—¡Hombre!  es  la  primera  vez  que  contesta  usted  a 
la  lista,  y  tiene  aquí  ya  una  porción  de  faltas. 

—Sí,  señor,— dije.—  Hasta  hace  pocos  días  no  he 
recibido  la  autorización  del  Rectorado  para  dejar  mi 
escuela,  y  acabo  de  llegar  a  Madrid.  El  Sr.  Director,  en 
vista  de  la  fecha  de  esta  autorización  y  de  no  ser  mía 
la  culpa  de  no  asistir  a  las  clases,  me  ha  dispensado 
las  faltas;  y  yo  ruego  a  S.  S.  me  las  dispense  también... 

—Bueno,  bueno...  ¡disculpas!  ¿Sabe  usted  la  confe- 
rencia?... Vamos  a  ver!  —repuso  el  catedrático.  Y 
cerrando  la  lista  muy  atufado  añadió:  —Vamos  a  ver 
lo  que  me  dice  usted  de  las  pasiones. 


DE  GALÁN 


7 


Yo  principié  diciendo  los  tópicos  que  había  estu- 
diado acerca  de  las  concupiscibles  e  irascibles.  Cuando 
estaba  enumerando  aquello  de  «amor  y  odio,  deseo  y 
fuga,  alegría  y  tristeza...  esperanza  y  desesperación, 
audacia  y  temor,  y  la  ira...» 

—Que  no  tiene  contraria!  —interrumpió  el  cate- 
drático, empezando  a  descorrer  el  ceño.—  Vamos, 
siga  usted. 

Continué  mi  lección  con  inusitada  serenidad,  en  me- 
dio del  silencio  de  los  alumnos,  extrañados,  la  mayor 
parte  de  que  el  profesor  se  contentase  con  mover  la 
cabeza  de  arriba  abajo,  sin  dirigirme  las  censuras  que, 
según  supe  después,  solía  disparar  al  tomar  lección. 

Hay  días  de  suerte  loca,  y  aquél  lo  fué  para  mí, 
pobre  novicio,  que  me  veía  entre  tantos  desconocidos, 
temiendo  sus  juicios  con  la  natural  zozobra  del  re- 
cién llegado. 

Dió  el  bedel  la  hora,  cortando  mi  perorata;  salimos 
de  aquella  clase,  y  ya  se  me  acercaron  a  hablar  varios 
condiscípulos.  Otros  me  miraron  con  bellos  ojos  de 
benevolencia.  No  faltó  alguno  que  intentó  clavarme 
con  miradas  de  envidia. 

Mis  dos  paisanos,  Cabanelas  y  Táboas,  me  dieron 
efusiva  enhorabuena.  Cabanelas  me  acompañó  toda 
la  mañana,  y  desde  aquel  día  fuimos  muy  amigos. 

Cabanelas,  a  pesar  de  su  holgazanería  para  el  estu- 
dio, era  activo  para  todo  lo  demás;  no  era  nada  vicio- 
so, y  en  medio  de  aquel  cuerpazo  de  Hércules,  tenía 
un  carácter  casi  infantil  y  atesoraba  un  excelente  co- 
razón. 

Para  que  yo  no  pudiese  envanecerme  con  mi  triun- 
fo, pronto  tuve  la  derrota  en  la  clase  de  Legislación. 

Explicaba  esta  asignatura  un  sabio  y  magnífi- 
co señor  de  patillas  blancas,  que  venía  a  clase  en 


8 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


coche,  y  era  lo  más  fino,  severo  e  imponente  que  se 
puede  decir.  Exigía  al  pie  de  la  letra  los  preámbulos 
y  articulado  de  todas  las  leyes,  decretos,  reglamentos 
y  reales  órdenes,  vigentes  y  pretéritas,  dictadas  en 
materia  de  instrucción  pública. 

El  único  alumno  capaz  de  contentar  a  este  catedrá- 
tico, era  el  infatigable  Táboas. 

Pasaba  lista  mirando  los  huecos  que  quedaban  en 
los  bancos;  para  lo  cual  tenía  ordenado  que  cada 
alumno  se  sentase  siempre  en  un  mismo  sitio,  y  res- 
petase el  vacío  del  inmediato,  si  éste  faltase  a  cáte- 
dra. Yo  le  había  visto  ya  muy  enfadado  acerca  de 
tan  importante  cuestión,  pero  entendí  que  bastaba 
que  nos  colocásemos  por  orden  de  lista. 

Por  ahí  vino  mi  pérdida. 

Pocos  días  después,  como  notase  el  profesor  que 
yo  me  había  sentado  fuera  de  mi  sitio,  ocupando  el 
hueco  de  mi  vecino  ausente,  me  lo  advirtió  con  terri- 
ble severidad,  y  me  pidió  la  lección. 

Yo  sabía...  que  no  la  sabía  bien,  y  así  me  desconcer- 
té más.  No  sé  que  lío  me  armé  con  la  ley  de  1834  y  el 
reglamento  del  47.  El  caso  es  que  a  los  tres  o  cuatro 
minutos  me  cortó  la  palabra  el  catedrático,  diciendo 
fríamente  con  la  más  despectiva  sequedad  y  mirándo- 
me de  hito  en  hito,  sin  moverse: 

—Basta!  No  sabe  usted  una  palabra.  Siéntese  usted. 

Y  pasó  a  explicar  la  lección  siguiente. 

Al  salir  noté  que  mi  crédito  habla  disminuido  bas- 
tante, y  algunos  ojos  vi  que  se  alegraban  de  mi  tro- 
piezo. Pero  Cabanelas,  tan  cariñoso  como  siempre,  no 
se  apartó  de  mí,  y  Táboas  fué  explicándome  por  la 
calle  en  qué  había  consistido  mi  equivocación. 


* 


DE  GALÁN 


9 


De  todos  los  profesores  de  la  Escuela,  y  aun  de  cuan- 
tos maestros  he  tenido,  ninguno,  excepto  mi  bendito  pa- 
dre, me  ha  llegado  a  inspirar  tanto  afecto  y  admiración 
como  aquel  venerable  don  Jacinto  Sarrasí,  entonces  Di- 
rector de  la  Escuela  Normal  Central.  Siempre  que 
pienso  en  él,  me  parece  imposible  que  no  lo  admirasen 
con  férvido  entusiasmo,  como  yo,  cuantos  fueron  sus 
discípulos. 

En  su  trato  con  los  alumnos  era  muy  diferente  de  los 
otros  dos  profesores  citados.  Nos  hablaba  siempre  con 
la  afabilidad  y  ternura  que  usarla  con  sus  nietecitos  pe- 
queños un  abuelo  cariñoso,  sabio  y  feliz. 

Y  un  abuelo  parecía,  en  todo,  aquel  bondadoso  y 
docto  anciano,  con  su  cabeza  enteramente  calva,  su 
rostro  bien  rasurado,  sus  ojillos  llenos  de  arrugas,  pero 
aun  muy  vivos,  su  boca  algo  hundida,  y  su  pasito 
corto,  un  poco  vacilante,  a  pesar  del  inseparable  bas- 
tón antiguo  de  bola  de  marfil. 

Algunas  veces,  a  la  salida  de  clase,  donde  nos 
habla  entretenido,  como  encantados,  con  sus  preciosas 
explicaciones,  se  nos  acercaba  en  el  corredor,  sonrien- 
do como  un  picarillo,  y  nos  pedía  lumbre  para  encen- 
der su  cigarro.  Después  se  despedía  de  nosotros,  des- 
tocándose la  brillosa  chistera  con  mucha  distinción,  y 
se  marchaba  para  casa,  diciéndonos  cariñosamente:  ^ 

—Adiós,  adiós;  hasta  mañana.  Estudiad  mucho. 

Explicaba  dos  asignaturas.  Pedagogía  superior  y 
Literatura,  y  las  explicaba  muy  bien.  Cada  vez  estoy 
más  convencido  de  que  era  verdaderamente  insigne  co- 
mo maestro,  como  filósofo  y  como  crítico  literario,  y 
aunque  no  dejó  publicada  ninguna  obra,  me  consta 
que  las  dejó  escritas. 

Un  día,  que  le  pedimos  que  diese  sus  cuartillas  a  la 
imprenta,  nos  dijo: 


10 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


—No  quiero  yo  verme  en  vida  roído  por  gusanos. 

Sus  explicaciones  eran  clarísimas,  y  tan  amenas 
que  nos  parecía  un  soplo  la  hora  y  media  de  su  cáte- 
dra. Solía  hacer  digresiones,  de  las  cuales  no  siempre 
regresaba  a  la  cuestión  principal  por  falta  de  tiempo; 
pero  estas  digresiones  aún  eran  a  veces  más  instruc- 
tivas y  substanciosas  que  la  misma  cuestión. 

Había  sido  condiscípulo  del  ilustre  pedagogo 
Montesinos,  con  el  cual  estuvo  pensionado  en  el  ex- 
tranjero; y  maestro  suyo  fué  el  célebre  D.  Alberto 
Lista,  que  sabía  comunicar^  el  don  del  gay  saber  y 
convertir  en  poetas  a  los  alumnos  de  su  cátedra,  como 
Espronceda,  Becquer  y  tantos  otros. 

Sabía  enseñar  prácticamente  las  cosas.  Después 
de  explicarnos  una  especie  literaria,  por  ejemplo  la 
égloga,  nos  mandaba  dar  lectura  ante  él  a  un  modelo^ 
y  nos  iba  haciendo  notar  las  bellezas  de  expresión 
conforme  iban  apareciendo.  A  veces  su  corazoncito 
de  artista  y  de  lírico  tiernísimo,  se  conmovía  tanto,  en 
los  pasajes  de  gran  efecto,  que  no  podía  contener  las 
lágrimas,  y  limpiándose  los  marchitos  ojos  con  el  pa- 
ñuelo, y  oprimiéndose  el  pecho  con  la  otra  mano,, 
decía  temblorosamente  al  alumno,  en  un  sollozo: 

—Más  despacio!...  más  despacio!... 

Y  los  alumnos  llorábamos  a  veces  también  con 
él,  —¡tan  eficaz  era  la  comunicación  estética  que  sabía 
establecer  entre  su  sensibilidad  y  la  nuestra! 

Yo  debo  a  este  profesor  gran  parte  de  mi  corta 
educación  artística,  y  firmemente  creo  que  mucho  pudo 
influir  su  ejemplo  y  su  enseñanza  en  el  espíritu  de  Ga- 
briel y  Galán,  cuyo  lirismo  vibraba  ya  en  aquel  tiempo 
cual  dulcísima  arpa  cólica. 


DE  GALÁN 


11 


A  mí  me  molestaba  siempre  el  estrépito  de  aquella 
masa  de  alumnos  que,  hablando  a  gritos  como  locos, 
llenaba  los  corredores,  durante  los  intermedios  de  clase 
a  clase.  Muchas  de  sus  conversaciones  no  eran  todo  lo 
agradables  que  se  pudiera  desear;  porque,  entre  una 
gran  mayoría  de  muchachos  de  buena  educación,  ha- 
bía, como  siempre,  una  media  docena  de  chicos  de  lo 
más  fresco.  De  modo  que,  a  los  pocos  días,  fui  dando 
en  la  costumbre  de  quedarme  en  el  extremo  de  un 
corredor  menos  frecuentado. 

Frente  a  una  ventana  que  en  el  rincón  había,  otros 
dos  o  tres  alumnos  se  arrimaban,  también  huyendo 
valerosamente  de  la  general  batahola. 

Allí,  en  aquella  especie  de  Tebaida,  encontré 
otros  dos  solitarios,  dos  salmantinos:  el  buen  San- 
tiago Ribero,  y  el  dulcísimo  José  María  Gabriel  y 
Galán. 

Allí  hablábamos  sin  gritar,  y  comentábamos  nues- 
tras lecciones  o  fumábamos  nuestro  medio  cigarrillo, 
que  nunca  podíamos  apurar  antes  que  nos  llamasen 
para  otra  clase.  También  se  acercaban  allí  los  otros 
compañeros  muchas  veces;  pero  nadie  venía  a  pro- 
fanar aquel  nuestro  retiro  con  expresiones  de  mal 
gusto. 

¿Por  qué  he  sido  amigo  de  Galán?  ¿Por  qué  aquel 
singular  ingenio,  aquel  talento  príncipe,  llegó  a  dedi- 
carse así,  entrañablemente  y  en  absoluto,  a  este  su 
obscuro  condiscípulo? 

Mil  veces  me  lo  he  preguntado,  y  nunca  he  podido 
darme  respuesta  concluyente  a  esta  cuestión.  Motivos 
más  o  menos  especiosos  he  hallado,  pero  a  todos 
pueden  oponerse  objeciones,  y  el  más  probable  podrá 
ser  que,  entre  las  perfecciones  de  Galán,  sobresalían 
las  de  ser  sumamente  delicado  y  agradecido. 


12 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


Galán  conoció  que  yo  adoraba  en  él:  por  eso,  por 
gratitud,  llegó  a  quererme  tanto.  Galán  tenía  que  amar 
a  los  que  le  amaban,  pues  era  tan  generoso  que  nunca 
pudo  admitir  el  ser  por  nadie  sobrepujado  en  afecto. 
Su  mayor  placer  era  amar,  amar  el  bien,  amar  a  su 
tierra,  amar  a  su  madre,  amar  mucho  y  siempre.  Sus 
expresiones,  sus  cartas,  sus  poesías,  su  vida  entera 
son  buena  prueba  de  esta  dulce  condición  suya,  acen- 
tuada hasta  rayar  casi  en  el  fanatismo. 

¡Amar  a  todos  los  que  le  amaban,  sin  consentir  ser 
por  nadie  sobrepujado  en  esto!...  Es  como  decir  que 
amaba  a  todos  cuantos  le  conocían,  pues  no  era  po- 
sible conocer  a  Galán  sin  idolatrarlo. 

De  su  semblante,  de  sus  ademanes,  de  sus  meno- 
res palabras,  brotaba  una  fuerza  de  simpatía,  que 
arrastraba,  desde  luego,  a  la  admiración,  y  después 
atraía  como  el  imán. 

¡Oh  cómo  descollaba  él  entre  todos  los  alumnos 
que  vi  en  la  Escuela,  al  llegar  yo  a  Madrid  en  aquel 
memorable  invierno!  Pero  desde  que  le  oí  dar  sus  ma- 
gistrales conferencias,  y  recitar  tan  sentidamente 
aquellas  odas  en  la  cátedra  de  Literatura;  desde  que 
pude  conversar  con  él,  ya  tuve  que  amarlo  sin  remedio. 

Y  es  que,  conociendo  a  Galán,  ya  no  se  podía 
desear  en  él  otra  nueva  perfección,  sino  la  de  que  él 
nos  amase. 

Yo  creo  que  no  había  más  que  pedirle;  porque  si 
por  su  silueta  elegantísima  y  lo  bien  modelado  de  sus 
facciones,  era  un  tipo  de  varonil  belleza,  mucho  mayor 
belleza  se  notaba  en  lo  que  hervía  bajo  aquel  pecho 
levantado  y  aquella  frente  noble  y  despejada,  aso- 
mándose en  el  azul  de  sus  ojos,  en  la  expresión  ine- 
fable de  sus  labios,  y  en  la  gracia  natural  de  todas  sus 
frases  y  movimientos. 


DE  GALÁN 


13 


Galán  tenía  una  figura  hermosa;  pero  tenía  un  alma 
mucho  más  hermosa. 

*  « 

Mis  primeros  coloquios  con  Galán  fueron  al  salir 
de  alguna  clase,  o  en  aquel  extremo  del  corredor  de 
la  Escuela,  que  venía  a  ser  nuestro  retiro.  Allí,  junto  a 
aquella  tercera  ventana,  nos  reuníamos  siempre  los 
solitarios.  Pronto  nos  hicimos  buenos  amigos,  y  mu- 
chas veces  salíamos  de  la  Escuela  juntos. 

Cerca  de  la  Universidad,  en  la  parada  del  tranvía^ 
siempre  había  dos  niños  muy  bonitos,  pidiendo  limos- 
na. El  mayor^  como  de  siete  años,  llevaba  de  la  mana 
al  pequeño,  que  no  tendría  más  de  cuatro,  y  nos  pe- 
día, canturreando: 

— Pa  mi  madre,  que  es  viuda  y  está  baldada! 

Galán  siempre  le  hacía  una  caricia  al  pequeño  y  le 
daba  cinco  céntimos. 

Después  me  decía  a  mí: 

—¡Pobres  gorriones I 

Un  día  vimos  que  estaba  sólito  el  más  pequeño,  y 
Galán  pellizcándole  cariñosamente  la  mejilla,  le  pre- 
guntó por  su  hermano. 

El  pobrecito  gorrión  nos  explicó  en  su  media  len- 
gua, que  su  hermano  estaba  enfermo,  y  no  había  po- 
dido salir  de  casa.  Que  «como  madre  no  pue  andar, 
él,  —el  mendruguillo  aquél  que  no  alzaba  tres  palmos 
del  suelo—  tenía  que  ir  de  zeguida  pa  cuidar  a  lo  dos 
enfermo». 

— Vení  conmigo  y  verán  como  e  verdá  —añadió  el 
pobrecito. 

Galán  se  convenció  enternecido,  y  me  dijo: 

—Si  me  acompañaras,  de  buena  gana  iría  a  verlos^ 


14 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


Fuimos  con  el  pobrecillo  a  la  bohardilla  de  una 
•casa  grande  de  la  calle  del  Tesoro. 

El  pequeñín  entró  gritando: 

— ¡Manué!  ¡Manué!...  Ya  viene  el  zeñorito  de  la 
<:apa  pelosa! 

Aludía  a  Galán,  que  gastaba,  por  aquel  tiempo, 
una  magnífica  capa  de  paño  muy  negro  y  grueso,  pero 
no  liso,  sino  salpicado  de  montoncitos  de  felpa. 

—Miren  como  e  verdá  —nos  dijo  a  nosotros. 

Y  era  verdad.  Más  aun;  porque  la  tremenda  rea- 
lidad superaba  a  lo  que  nos  había  contado.  En  un 
jergón  pequeño  yacía  el  otro  gorrioncito,  vestido,  y 
tapado  con  unas  prendas  andrajosas.  Congestionado 
por  la  fiebre,  apenas  tenía  conocimiento. 

En  otra  cama  pobrísima,  pero  limpia,  estaba  la 
madre,  casi  paralítica,  toda  encogida  que  a  poco  más 
tocaba  las  rodillas  con  el  pecho,  y  quejándose  de  dolor 
y  de  pena. 

Supimos  que  la  pobre  llevaba  así  tres  años,  desde 
su  viudez,  postrada  por  una  horrible  artritis,  que  llena- 
ba de  piedra  todas  sus  coyunturas,  imposibilitándola 
para  todo  movimiento.  Sus  manos,  pies  y  rodillas  es- 
taban ulceradas  y  sufría  dolores  agudísimos.  El  niño 
había  pasado  delirando  toda  la  noche,  y  por  la  maña- 
na, cuando  quiso  salir  con  el  otro  más  pequeño,  se 
había  caído  al  suelo,  sin  fuerzas  para  andar. 

No  podíamos  abandonar  aquella  miseria.  Galán 
buscó  enseguida  remedio.  Resolvió  que  lo  más  urgen- 
te era  traer  algún  alimento  y  llamar  un  médico;  y, 
yendo  él  por  un  lado  y  yo  por  otro,  buscamos  ambas 
cosas. 

Pero  lo  peor  fué  cuando  el  médico  dijo  que  el  niño 
estaba  atacado  de  viruela,  y  que  era  preciso  aislarse 
todos  y  aislar  el  pequeñito,  por  ser  inminente  el  con- 


DE  GALÁN 


15 


tagio.  No  había  más  remedio  que  llevar  el  enfermo  al 
hospital;  pero  siempre  quedaba  la  madre.  ¿Quién  po- 
dría cuidarla? 

La  madre,  así  que  oyó  hablar  del  hospital,  rompió 
a  llorar  con  una  aflicción  que  daba  angustia. 

Entonces  Galán  fué  un  héroe.  El  lo  arregló  todo, 
proponiendo  que  lo  mejor  era  llevar  el  pequeñito  a 
su  casa,  para  que  no  se  contagiase,  y  él  se  quedaría 
en  la  bohardilla  cuidando  a  los  dos  enfermos. 

Y  así  lo  hizo,  por  más  que  le  dije  y  le  prediqué 
todo  aquel  día. 

En  lo  único  que  transigió  fué  en  que  el  chiquitín 
fuese  instalado  en  casa  de  una  vecina,  para  que  no 
se  supiese  nada  del  asunto  en  su  casa  de  huéspedes, 
de  donde  se  despidió  por  unos  días  con  pretexto  de 
una  excursión. 

El  pequeñito  fué  convenientemente  encargado  a 
una  buena  mujer,  personalmente  por  Galán,  y  éste  se 
pasó  nueve  días  metido  en  aquel  foco  de  infección, 
velando  a  un  varioloso. 

Yo,  asustado  de  aquel  heroísmo,  ayudé  lo  que 
pude,  enviándole  lo  necesario  por  una  demandadera, 
que  no  pasaba  de  la  puerta  de  la  bohardilla. 

Mucho  me  encargó  Galán  que  no  dijese  nada  de 
esta  acción  suya.  Yo  así  lo  cumplí,  y  creo  que  ni  Ca- 
banelas  ni  Santiago  Ribero,  su  paisano,  tuvieron  por 
entonces  la  menor  noticia  de  ello. 

*  * 

Una  mañana,  poco  antes  de  la  hora  de  entrar  en  la 
última  clase,  un  alumno  muy  alto  se  dirígió  a  Galán, 
que  estaba  conmigo  en  nuestra  ventana  tercera,  y  le 
pidió  lumbre  para  encender  el  cigarro.  Galán  tiró  dos 


16 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


O  tres  chupadas  fuertes  a  su  pitillo  medio  apagado, 
para  avivarlo,  y  se  lo  entregó  cortésmente,  sin  suspen- 
der lo  que  me  estaba  diciendo. 

Cuando  el  otro  devolvía  el  pitillo  a  Galán,  sin  dar- 
le las  gracias,  después  de  encender  el  suyo,  Galán  le 
dijo  distraídamente: 

—Puedes  tirarlo,  que  ya  es  una  colilla. 

—¡No,  que  has  de  tomarla  y  fumártela!  —contes- 
tó el  otro  con  muy  malos  modos,  como  si  trajese  el 
propósito  de  provocar  a  Galán. 

—No  quiero  —replicó  Galán  con  dignidad. 

—¿Por  qué?,  —rugió  descompuesto,  amenazante, 
su  interlocutor. 

—¡Hombre!...  —contestó  Galán  muy  tranquilo,— 
porque  es  una  colilla,  y  además  ya  no  tengo  gana  de 
fumar. 

—¡Mientes!  Es  por  despreciarme...  ¿Es  que  tienes 
asco  de  mí? 

—¿Tú  crees  que  haya  motivo?  —repuso  Galán, 
con  la  mayor  serenidad,  refiriéndose  a  la  actitud  del 
otro;  y  levantando  hacia  él  la  vista,  y  sonriéndole 
dulcemente,  como  Galán  sabía,  continuó,  para  desar- 
marlo: —Pero  te  repito  que  no  sigo  fumando  ahora, 
porque  ya  estaba  cansado  de  fumar. 

Aquel  compañero  entonces  soltó  un  grueso  taco, 
y  vomitó  una  de  esas  frases  vulgares  que  se  parecen 
mucho  a  la  horrible  blasfemia,  sólo  que  en  ellas  va 
el  nombre  de  una  pobre  madre  en  lugar  del  santo 
nombre  de  Dios. 

Galán,  indignadísimo,  se  lanzó  contra  el  provoca- 
dor para  castigar  la  imperdonable  injuria. 

Entre  algunos  compañeros,  —pocos,  porque  ya  es- 
taban entrando  en  clase,  y  los  más  no  se  habían  dado 
cuenta  de  la  escena,—  conseguimos  sujetar  a  los  con- 


DE  GALÁN 


17 


tendientes,  e  impedir  que  allí  mismo  se  acometieran. 
Yo  empleé  todos  mis  medios,  procurando  tranquilizar 
a  Galán  y  hacer  entrar  en  razón  a  su  enemigo;  pero 
no  pude  evitar  que  salieran  desafiados  a  pegarse  al 
Campo  del  Moro. 

Salimos  por  la  calle  de  San  Bernardo.  Galán  iba 
conmigo;  el  provocador  venía  detrás,  con  dos  de  sus 
amigotes. 

—Ha  nombrado  a  mi  madre!...  ¡A  mi  adorada  ma- 
dre!... —se  iba  diciendo  Galán. 
Y  volvía  a  repetir,  desolado: 
—¡A  mi  bendita  madre!... 

Yo  no  sabía  apenas  qué  decirle.  Me  partía  el  alma 
ver  así  afligido  aquel  corazón  de  oro.  Me  horrori- 
zaba pensar  que  pudiese  caer  Galán  en  manos  de  la 
Justicia,  o  que  el  gigante  llegara  a  poner  sus  horribles 
manos  en  aquel  querido  compañero  mío,  tan  delica- 
do, tan  bueno,  tan  listo...  que,  inflamado  con  los  es- 
fuerzos para  contener  la  ira,  me  parecía  más  hermoso, 
más  admirable  que  nunca. 

Pero  al  mismo  tiempo  dudaba  si  estaría  yo  siendo 
ya  culpable  en  detener  por  más  tiempo  la  explo- 
sión de  aquella  ira,  y  en  prolongar  con  mis  consejos 
aquel  insufrible  martirio,  cada  vez  que  oía  algún  nuevo 
improperio  de  los  que  de  cuando  en  cuando,  con  voz 
sorda,  soltaba  su  rival. 

Aun  no  habíamos  acabado  de  recorrer  la  calle 
ancha  de  San  Bernardo,  cuando  el  bárbaro  volvió  a 
repetir  su  abominable  grosería.  Galán  se  volvió  hacia 
él,  rápido  como  un  relámpago.  Yo  creo  que  algún 
santo  me  ayudó  en  aquel  mdmento  a  contenerlo  y 
convencerlo  de  que  allí,  en  medio  de  tanta  gente 
como  había,  a  la  vista  de  los  guardias,  no  se  debía, 
no  se  podía  tomar  venganza. 

3 


18 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


Así  fuimos  andando  hasta  la  Plaza  de  Oriente,  y 
bajamos  la  rampa  que  hay  a  la  derecha  de  Palacio,  la 
cual  en  aquellos  tiempos  era  pública,  como  toda  la 
arboleda  del  Campo.  Ya  íbamos  a  entrar  en  éste. 

En  aquel  momento  oímos  la  voz  del  ofensor.  Desde 
la  rampa  repetía  a  gritos  el  villano  insulto. 

—¡¡Lo  mato!!— rugió  Galán  desesperado,  corriendo 
hacia  él. 

Aun  logré  contenerlo,  por  el  momento,  a  pretexto 
de  que  había  que  formalizar  el  desafío.  Volví  hacia  el 
otro,  y  traté  de  hacerle  comprender  su  ceguedad, 
y  de  inducirlo  a  que  se  retirase.  Ya  empezaban  sus 
amigos  a  ayudarme  en  esto;  pero  él  ofuscado,  frené- 
tico, agradeció  mi  buena  intención  insolentándose 
conmigo. 

Entonces  no  sé  qué  pasó  por  mí,  pues,  casi  sin 
darme  cuenta,  me  encaré  con  él  y  dándole  con  toda 
mi  alma  una  bofetada  llena,  y  metiéndole  dos  puños 
en  la  boca  del  estómago,  le  grité: 

—-¡Cobarde!  Antes  te  pegarás  conmigo!—  Y  al  ver 
que  vacilaba  en  acometerme,  añadí:  —Anda!...  si  te 
atreves. 

Galán  protestaba  tener  mejor  derecho. 

Pero  el  otro  ya  no  esperó  más.  O  arrepentido,  o 
medroso,  sin  decir  nada,  empezó  a  retroceder  lenta- 
mente, y  luego  a  subir  despacio  la  rampa  por  donde 
habíamos  bajado.  Sus  amigos,  asombrados  de  la  co- 
bardía de  aquel  hombrón  tan  grande,  lo  dejaron  ir 
solo.  Después  se  marcharon  también,  abominando  de 
él  y  de  su  proceder. 

Miré  para  Galán.  Tan  animado  y  valeroso  antes, 
frente  a  su  enemigo,  ahora  estaba  pálido  como  la  cera. 
Yo,  que  aun  seguía  furioso,  comentaba  la  extraña  sali- 
da de  nuestro  contrincante. 


DE  GALÁN 


19 


—¿Has  visto  cosa  más  rara?...  ¿Qué  te  parece?... 
¿Qué  dices?... 

Galán  no  decía  una  palabra. 

Poco  a  poco  nos  fuimos  serenando.  Subimos  a  la 
Plaza  de  Oriente.  Yo  aun  esperaba  que  volviese  el 
otro,  pero  no  se  le  veía  por  ninguna  parte.  Me  cogí  al 
brazo  de  Galán,  lentamente  fuimos  andando  calles  y 
calles  hasta  su  casa;  y  allí,  en  el  portal,  me  dijo,  abra- 
zándome, casi  llorando: 

—Casto,  hoy  has  librado  a  mi  madre  de  verme  en 
un  presidio.— Yo  no  comprendí  al  pronto,  hasta  que 
sacando  del  bolsillo  del  pantalón  un  revólver  pequeño, 
continuó:— No  sé  cuántas  veces  tuve  el  pensamiento  de 
disparárselo,...  me  prenderían  enseguida...  Es  del  amigo 
que  está  enfermo  arriba,  ¿sabes?  y  hoy  me  encargó  que 
se  lo  recogiese  del  armero,  donde  lo  tenía  a  componer. 

* 

Al  otro  día  vino  Galán  a  mi  casa  por  primera  vez,  y 
desde  entonces  puede  decirse  que  fuimos  inseparables. 

Yo  vivía  frente  al  Palacio  Real,  con  doña  Clotilde 
Valenzano  y  su  hijo  Julio.  La  bondad  y  cultura  de  esta 
señora  y  de  su  hijo,  fueron  circunstancias  favorables 
para  hacer  más  dichosa  mi  primera  estancia  en  Madrid. 
Doña  Clotilde,  siempre  amable  conmigo,  me  cuidaba 
como  a  su  propio  hijo;  su  repertorio  culinario  era  deli- 
cado, y  su  conversación,  siempre  entretenida,  era  el 
mejor  postre  de  nuestra  sobremesa. 

Julio  era  un  artistazo,  que  había  aprobado  de  un 
golpe  en  el  Conservatorio  nueve  años  de  violín,  y  es- 
taba matriculado  oficialmente  en  las  asignaturas  de 
Perfeccionamiento  y  Música  di  Camera. 

Ya  he  dicho  que  cultivaba  otras  varias  manifestacio- 


20 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


nes  del  Arte.  En  todas  ellas  rendía  culto  a  la  origi- 
nalidad, tanto  que  ahora  me  parece  que  en  este  culto 
se  excedía  un  poco,  aunque  sin  llegar  a  lo  que  hacen 
hoy  los  modernistas. 

Julio  era  incansable  creando  cosas  artísticas  nuevas- 
Después  del  almuerzo,  que  hacíamos  a  la  una  de  la 
tarde,  entraba  en  mi  cuarto,  cogía  mi  papel  de  cartas 
y  a  la  cabecera  de  cada  pliego  pintaba  sus  acuarelas. 
Otras  veces  improvisaba  versos,  o  traía  papel  de  mú- 
sica y  en  un  cuarto  de  hora  escribía  una  composición; 
después  íbamos  a  tomar  café  al  Iberia,  donde  había 
un  buen  pianista  que  repentizaba  la  obra,  y  el  público, 
que  llenaba  el  café,  aplaudía  siempre  las  composicio- 
nes de  Julio.  Éste  no  les  daba  la  menor  importancia,  y 
ni  siquiera  recogía  el  original. 

Por  las  tardes  estudiaba  Julio  con  ahinco;  pero  al 
anochecer  volvía  a  mi  cuarto,  en  aquella  media  luz  del 
crepúsculo,  casi  a  oscuras,  a  tocar  sus  prodigiosos  es- 
tudios en  el  violín;  o  bien  inventaba  fantasías  en  una 
guitarra  que  le  habían  prestado. 

Era  asombroso  oir  como  imitaba  en  ella  el  ruido  de 
la  conversación.  Remedaba  con  las  cuerdas  un  ver- 
dadero diálogo  de  voces  de  hombre  y  de  mujer,  súpli- 
cas, disputas,  quejas  e  imprecaciones,  tan  perfectamen- 
te que,  a  veces,  nos  parecía  percibir  hasta  las  palabras. 

A  estas  tertulias  concurría  generalmente  Cabanelas, 
y  asistió  también  Galán,  con  gran  contentamiento  de 
todos,  desde  aquel  memorable  día  del  desafío.  Galán  se 
entretenía  mucho  con  estos  conciertos;  pero  bien  pron- 
to llegó  Galán  a  entrenemos  más  a  nosotros  con  su 
chispeante  conversación. 

Sus  ocurrencias,  su  talento,  el  hondo  y  finísimo 
sentido  que  tenía  de  las  cosas,  la  irresistible  atracción 
que  producía  en  nosotros,  como  en  cuantos  le  trataban 


DE  GALÁN 


21 


€n  la  intimidad,  acabó  por  imponerse  y  sobreponerse 
a  todo. 

Galán  pedía  a  Julio  que  tocase;  y  Julio  no  tenía  ga- 
na de  tocar,  sino  de  escuchar  a  Galán,  embobado  co- 
mo los  demás. 

*  * 

Pero  bien  pronto  vino  el  mes  de  Mayo,  hermoso 
mes  para  todos,  pero  terrible  para  los  estudiantes  que 
han  de  examinarse  por  tribunal,  y  más  para  nosotros, 
que  oímos  que  íbamos  a  ser  juzgados  con  extraordi- 
naria severidad,  porque  el  Ministro,  en  vista  de  la  gran 
excedencia  de  personal  en  nuestra  carrera,  había  reco- 
mendado al  Claustro  que  sólo  dejase  pasar  el  menor 
número  de  alumnos  posible,  y  el  Claustro,  tomando  en 
consideración  este  ruego,  y  teniendo  en  cuenta  la  es- 
candalosa huelga  de  Navidad,  pues  se  habían  toma- 
do las  vacaciones  desde  el  15  de  Diciembre,  —lo  cual 
en  aquellos  tiempos  era  cosa  imperdonable,—  había 
acordado  hacer  un  escarmiento. 

También  Julio  Veiga  andaba  apurado,  porque  se 
había  traído  para  casa  un  valiosísimo  StradivariuSy  que 
le  prestaba  su  profesor  Monasterio,  con  el  encargo  de 
estudiar  en  él  la  parte  de  concertino  para  la  gran  vela- 
da que  solía  dar  el  Conservatorio  a  fin  de  curso.  Y,  a 
pesar  de  esta  distinción  tan  elocuente,  corrían  rumores, 
—falsos  seguramente,—  de  que  aquel  año  no  se  con- 
cederían oposiciones  al  Primer  Premio  del  Conserva- 
íoriOy  para  que  otro  alumno,  predilecto  de  Monasterio 
y  condiscípulo  de  Julio,  no  saliese  derrotado  en  esta 
suprema  prueba. 

En  fin,  todos  teníamos  que  aprovechar  el  tiempo, 
estudiando  día  y  noche. 


22 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


Galán  y  yo  éramos  los  más  comprometidos.  Coma 
Maestros  por  oposición,  autorizados  por  los  Rectores 
para  ampliar  estudios,  nos  moriríamos  de  vergüenza  si 
perdiésemos  curso,  pues  sabíamos  que  el  Director  de 
la  Normal  Central  tenía  que  comunicar  oficialmente  a 
nuestros  superiores  las  notas  que  obtuviésemos. 

Nuestro  punto  más  flojo  era  la  asignatura  de  Legis- 
lación. Jamás  habíamos  podido  echar  de  encima  el  pá- 
nico que  nos  inspiraba  aquel  profesor  tan  severo. 

Táboas  también  era  autorizado;  pero,  —¡dichoso 
él!—  ya  por  Carnavales  se  había  tragado  el  programa 
de  Legislación.  Los  ladrillos  de  su  cuarto  estaban  gas- 
tados: ¡se  había  formado  un  sendero  hondo,  en  diago- 
nal, a  fuerza  de  pasear  por  él  con  el  libro  en  la  mano! 

Bien  medidas  y  sopesadas  todas  estas  y  otras  ra- 
zones, resolvimos,  —¡qué  dolor!—  suspender  aquellas 
deliciosas  veladas  literario-musicales;  y  encerrarnos  a 
estudiar  Galán,  Cabanelas  y  yo,  en  casa  del  primero. 

Nos  hicimos  con  una  cafetera  de  ocho  tazas,  y  con 
ella  y  los  libros  nos  pasamos  todas  las  noches  del  mes 
de  Mayo  y  no  pocas  del  de  Junio,  sorbiendo  café  y 
tragando  disposiciones  legales. 

Gracias  a  que  la  habitación  de  Galán  era  un  salón, 
con  chimenea  y  todo,  no  nos  asfixiábamos  allí  con 
tanto  humo  de  tabaco,  y  eso  que  Cabanelas,  el  más 
fumador  de  los  tres,  faltaba  muchas  veces. 

A  las  cuatro  y  media  o  cinco  de  la  mañana  salíamos 
de  aquella  oscuridad  a  la  luz  viva  de  las  calles  de  Ma- 
drid, sólo  transitadas  a  tales  horas  por  guardias  y  ba- 
rrenderos. 

Durante  aquel  mes  y  medio,  creo  que  Galán  y  yo 
no  nos  quitamos  las  botas  sino  para  bañarnos  y  mudar 
la  ropa  interior;  es  decir  que  dormíamos  vestidos,  las 
pocas  veces  que  nos  echábamos  en  nuestras  camas. 


DE  GALÁN 


23 


Tampoco  no  vimos  un  teatro,  ni  otro  espectáculo, 
salvo  un  domingo,  que  hasta  fuimos  a  los  toros. 

Y  este  exceso  merecía  contarse,  y  contarse  bien, 
para  que  se  viese  el  buen  corazón  de  Cabanelas  y  la 
inmensa  fortuna  de  tres  estudiantes,  que  el  sábado  es- 
currichan  los  bolsillos  hasta  la  última  pola  de  tabaco, 
y  el  domingo  se  encuentran  con  billetes  y  monedas  de 
cinco  duros. 

Pero  sólo  cabe  indicar  que  Cabanelas  vino  el  do- 
mingo tempranito  a  repartirnos  no  sé  cuántos  pitillos 
y  fósforos,  que  nos  tocaban  de  un  paquete  y  una  caja 
de  cerillas,  provisión  adquirida  por  él  a  duras  penas; 
—tan  duras  que  la  cosa  le  había  costado  nada  menos 
que  tronar  con  la  linda  francesita  a  quien  hacía  el 
amor,—  y  que,  al  sacar  una  camisola  de  cierto  baúl, 
se  sintieron  rodar  objetos  metálicos,  los  cuales  resul- 
taron ser  dos  centenes,  casi  al  mismo  tiempo  que  lle- 
gaba una  carta  con  billetes  del  Banco  de  España. 

Abrumados  con  tan  tremendas  sorpresas.  Galán  y 
yo  abrazamos  conmovidos  a  Cabanelas,  que  había  sa- 
crificado su  amor  en  aras  de  la  amistad;  llamamos  a 
Julio,  y  acordamos...  descansar  aquel  domingo,  y  di- 
vertirnos, yendo  a  los  toros  y  al  teatro. 

Cerca  ya  de  la  plaza,  compramos  naranjas,  bocadi- 
llos y  manzanilla.  Cabanelas  fué  el  encargado  de  pene- 
trar a  viva  fuerza  —¡él  las  tenía!—  en  la  inmensa  cola 
que  había  para  comprar  los  billetes. 

La  corrida  iba  a  empezar.  Cuando  volvió  con  los 
billetes,  vimos  que  le  habían  dado  cinco.  ¿Qué  hacer 
con  el  sobrante?  Devolverlo  a  la  taquilla;  pero  no  ha- 
bía tiempo  para  atravesar  por  segunda  vez  la  cola. 
Venderlo,  no  podía  ser.  Regalarlo  a  un  conocido... 

Galán  tuvo  entonces  una  de  sus  generosas  inspira- 
ciones, y  resolvió  enseguida; 


24 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


—Regalárselo  a  la  pobre  niña  que  nos  vendió  las 
naranjas. 

* 

Llegó  el  tremendo  día  1.^  de  Junio  —¡dies  irae!— 
y  con  él  llegó  la  hora  de  los  exámenes,  hora  de  dolor 
para  muchos,  de  alegría  para  muy  pocos,  de  terror 
para  casi  todos. 

Aquello  fué  el  Diluvio:  de  treinta  y  cuatro  exáme- 
nes, que  hubo  ese  día,  sólo  salvaron  cuatro.  ¡Treinta 
suspensos! 

Galán  fué  uno  de  los  cuatro  que  salieron  bien. 
Táboas  no  quiso  esperar  más:  se  empeñó  en  marchar- 
se a  su  casa  al  día  siguiente,  que  era  domingo.  Caba- 
nelas,  Santiago  Ribero  y  yo  quedábamos  temblando, 
porque  nos  tocaba  examinarnos  al  otro  dia,  lunes  3. 

Fuimos  con  Galán  a  despedir  a  Táboas  a  la  esta- 
ción del  Norte.  Por  lo  que  allí  sucedió,  creo  que  de- 
bíamos estar  muy  excitados.  Allí  unos  tíos  nos  arma- 
ron bronca.  Galán  se  las  tuvo  tiesas  victoriosamente 
con  el  más  bruto;  yo  trataba  de  poner  paz;  pero  Ca- 
banelas  dió  fin  repentino  a  la  contienda,  porque  «todos 
se  tuvieron  y  se  sosegaron,  si  todos  quisieron  quedar 
con  vida>,  al  ver  que,  de  una  sola  espantosa  guantada, 
tumbó  a  cinco  o  seis  personas  en  el  santo  suelo. 

Al  otro  día  nos  examinamos  Ribero  y  yo.— ¡Qué 
alegría  tan  grande  tuvo  Galán,  porque  salimos  bien!— 
Yo  estaba  doblemente  alegre,  por  verlo  contento  a  él. 

Siguiéronse  dos  o  tres  días  de  incertidumbre,  antes 
del  examen  de  otra  asignatura...  ¡la  vencimos!...  Y  así 
fuimos  pasando  aquellas  tres  interminables  semanas: 
saltando  entre  temores  y  alegrías,  como  en  una  carre- 
ra de  obstáculos.  Las  notas  no  eran  muy  brillantes, 


DE  GALÁN 


25 


pero  cada  vez  íbamos  más  animosos  y  contentos, 
viendo  más  posible,  y  después  más  probable,  y  luego 
más  segura  nuestra  arribada  a  puerto. 

A  él  conseguimos  llegar  sanos  y  salvos  —¡gracias 
sean  dadas  a  Dios  nuestro  Señor!—  allá  por  el  17  de 
Junio. 

¡Qué  tormenta  habíamos  pasado!  ¡De  cincuenta 
alumnos  oficiales,  sólo  nueve  logramos  aprobar  el 
grado  Normal! 

* 

Al  día  siguiente  me  sorprendió  en  cama  la  siempre 
grata  visita  de  Galán.  Yo  me  había  permitido  echar 
una  mañanada,  como  decía  doña  Clotilde,  para  des- 
quitarme un  poco  de  tantos  desvelos:  al  fin,  los  exáme- 
nes que  me  faltaban  eran  de  asignaturas  voluntarias, 

—Casto,  vengo  a  decirte,  que  me  parece  realizable 
mi  ilusión  de  ir  contigo  para  conocer  a  Galicia. 

—Pero  ¿es  de  veras?...  ¿o  es  que  estoy  soñando? 

—Es  de  veras.  Ha  llegado  mi  padre.  Levántate  y  va- 
mos a  pedirle  que  me  deje  ir  contigo  para  ver  el  mar. 

Ver  el  mar,  ver  a  Galicia,  ir  conmigo  para  conocer 
mi  tierra...!  Tanto  se  la  había  ponderado  yo,  que  esta 
era  una  de  las  grandes  ilusiones  de  Galán,  desde  hacía 
tiempo. 

Me  vestí  en  menos  de  cinco  minutos,  y  bajamos 
corriendo  a  la  calle,  tomando  a  buen  paso  por  la  del 
Arenal,  hacia  la  Puerta  del  Sol.  Galán  me  iba  diciendo: 

—Te  advierto  que  mi  padre  no  es  ningún  señorito 
a  la  moderna.  Ya  verás.  Viene  vestido  de  charro, 
como  los  labradores  de  mi  tierra.  Pero  yo  aun  lo 
quiero  mejor  así,  que  no  vestido  de  levita...  Sólo  te  lo 
advierto,  para  que  no  te  cause  sorpresa. 


26 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


Bien  se  veía,  bien,  que  aquel  excelente  hijo,  aquel 
jovencito,  que  era  el  mejor  talento  de  nuestra  Escuela; 
aquel  José  María  tan  estudioso,  tan  culto  y  distinguido, 
estaba  orgulloso  de  tener  tal  padre. 

Y  podía  estarlo  verdaderamente.  Encontramos  al 
respetable  y  simpático  don  Narciso  en  el  café  Oriental. 
Era  un  señor  como  de  cuarenta  y  cinco  años,  algo 
rubio,  que  me  pareció  muy  expresivo,  despejado  y  re- 
suelto. Yo  no  recuerdo  haber  tratado  otro  más  atento 
y  agradable.  Llevaba  un  valioso  traje  de  terciopelo 
negro,  con  chaqueta  y  calzón  adornados  de  grandes 
botones  lisos  de  plata;  el  chaleco  los  tenía  de  oro,  y 
casi  desaparecía  bajo  un  cinturón  anchísimo  de  cha- 
rol. La  camisa  bordada  y  las  polainas  laboreadas  de 
pespuntes,  eran  primorosas. 

En  el  momento  de  hacer  las  presentaciones,  ya 
conocí  que  mi  buen  José  María  había  hablado  de  mí 
en  sus  cartas. 

—¿Conque  usted  es  el  amigó  de  mi  hijo?— Celebro 
mucho  el  conocerlo.  Ya  lo  queremos  mucho  allá  por 
Frades. 

Tomamos  allí  café;  y  estuvimos  charlando  hasta  la 
hora  del  almuerzo.  Los  acompañé  hasta  su  casa.  ¡  Cómo 
se  le  conocía  a  José  María  que  iba  embelesado  con  su 
padre ! 

Cuando  nos  despedimos,  —hasta  luego,  pues  an- 
duvimos acompañando  a  don  Narciso  el  poco  tiempo 
que  pasó  en  la  Corte,-—  ya  no  nos  cabía  el  gozo  en  el 
cuerpo  a  José  María  y  a  mí.  A  mí  principalmente,  por- 
que ¡ya  teníamos  el  permiso  para  ir  juntos  a  Galicia! 

* 

Aquellos  días  fueron  de  despedidas.  Despedir  a 


DE  GALÁN 


27 


don  Narciso,  a  Cabanelas,  a  Santiago  Ribero  y  otros 
amigos,  que  habían  terminado  sus  exámenes. 

Cabanelas  iba  magnífico:  en  su  traje  flamante  de 
turista  no  faltaba  detalle,  ni  siquiera  la  cantimplora» 
Mucha  broma  le  dió  Galán. 

Julio  se  quedaba  en  Madrid,  formando  parte  prin- 
cipal de  la  orquesta  de  Bretón,  después  de  obtener 
las  mejores  notas  en  el  Conservatorio. 

Victoriosos  en  todos  los  exámenes,  José  María  y 
yo  nos  despedíamos  también  uno  de  otro,  cuatro  días 
después,  en  la  estación  del  Norte,  para  reunimos  más 
tarde  en  la  de  Segovia,  y  seguir  juntos  el  viaje  hasta  la 
ciudad  departamental  del  Ferrol  y  el  pintoresco  pueblo 
de  San  Saturnino,  donde  residían  mis  padres.  Yo  tenía 
que  pasar  dos  días  en  Segovia,  para  despedirme  de 
unos  queridos  parientes.  Mi  primo  Andrés  estaba  ter- 
minando allí  la  carrera  de  Artillería. 

La  primera  carta  de  Galán,  incluida  en  este  libro, 
fué  para  avisarme  su  salida  de  Madrid,  a  fin  de  que  yo 
le  esperase  en  la  estación  de  Segovia,  preparado  para 
seguir  juntos  en  el  mismo  tren  hasta  Galicia. 

¡Oh  qué  viaje!...  Toda  la  noche  llevé  a  mi  amigo 
más  querido  reclinado  en  mis  rodillas. 

Alborozadísimos  de  nuestro  encuentro,  charlamos 
hasta  más  no  poder,  sentados  uno  frente  al  otro  junto  a 
la  ventanilla;  pero  por  fin  Galán  se  moría  de  sueño.  Poco 
a  poco  fué  inclinando  la  cabeza  hasta  apoyarla  en  mi  re- 
gazo, y  se  quedó  profundamente  dormido.  ¡Con  qué  de- 
voción velé  yo  toda  la  noche,  procurando  no  moverme! 

¡Pensando  en  él,  en  mi  madre,  en  mi  prometida^ 
en  lo  felices  que  todos  íbamos  a  ser  durante  aquellas 
vacaciones,  se  me  hizo  corta  la  noche! 


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LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


De  nuestra  llegada  a  la  Coruña,  donde  nos  estaba 
esperando  Antonio  García,  del  recibimiento  que  allí 
nos  hizo  la  familia  de  éste,  y  sobre  todo,  del  entusias- 
mo de  Galán  al  ver  por  primera  vez  la  exuberante 
frondosidad  de  Galicia  y  la  grandiosa  hermosura  del 
mar,  será  inútil  que  intente  dar  una  idea.  Puede  figu- 
rársela quien  haya  formado  concepto  de  Galán  y  de 
nuestra  amistad,  y  se  haya  fijado,  al  recorrer  el  mismo 
camino,  en  el  contraste  que  hace  el  panorama  de  las 
mariñas  gallegas  con  el  de  la  meseta  castellana. 

Antonio  García,  gran  amigo  mío  como  Galán,  y 
también  poeta,  vivía  con  sus  padres  y  hermanas  en  la 
Coruña,  y  se  preparaba  para  la  carrera  de  la  Armada. 
Nuestras  familias  se  estimaban  mucho  ya  de  antiguo; 
y  solíamos  recíprocamente  visitarnos,  pasando  algu- 
nas temporadas,  ya  en  su  casa  de  la  Coruña,  ya  en  la 
mía  de  San  Saturnino. 

Este  valle  amenísimo,  donde  se  alza  el  regio  pala- 
cio de  los  marqueses  de  su  nombre,  había  tenido, 
además  de  este  honor,  el  de  ser  cantado  por  don 
Darío,  padre  de  Antonio,  en  la  siguiente  oda,  que 
recuerda  los  clásicos: 


DE  GALÁN 


29 


ODA 

EL  VALLE  DE  SAN  SATURNINO 

(A  MI  QUERIDO  AMIGO  Y  COMPAÑERO  DON  ALBERTO  BLANCO) 

¡Riente  valle  de  verdura  henchido, 
Do  en  plácido  reposo 
Gocé  de  la  amistad  gratos  favores! 
jMi  acento  conmovido 
Quisiera  tus  espléndidos  primores, 
En  plectro  sonoroso. 
Sublimar  con  galana  poesía! 

De  los  rudos  embates  de  la  vida 
Mi  espiritu  cansado, 
En  las  bellas  florestas  de  la  umbría 
De  tus  gayos  vergeles 
Buscó  solaz;  y  (el  alma  dolorida, 

Y  el  pecho  emocionado) 

Al  trasponer  ¡oh  valle!  tus  dinteles 

Y  al  perderme  en  tu  fronda  galanura, 
Dulcísimo  suspiro, 

Al  ver  tanta  hermosura, 
Exhaló,  en  la  enramada 
Que  por  doquier  exhorna  mi  retiro, 
El  corazón  ardiente. 

Aquí,  sorpreso  el  ánimo,  respiro 
El  aura  perfumada 
Que,  con  alas  de  rosa, 
Al  orear  suavísima  mi  frente, 
Susurra  melodiosa, 


30 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


Y  aleja  de  mi  mente 

Todo  recuerdo  de  opresión  odiosa 

¡Oh!  valle  delicioso! 
¡Cuán  bellos  panoramas 
De  tus  cumbres  alpinas, 
Entre  copudas  y  empinadas  ramas, 
Ve  el  ojo  codicioso! 

Hoy  yacen  en  ruinas 
De  invasores  osados 
Los  castros  elevados 
Que  recuerdan  al  Celta  y  al  Romano. 
Los  roqueros  castillos. 
Memoria  de  las  eras  que  este  suelo 
En  la  turquesa  de  su  férrea  mano, 
Con  el  rollo  y  los  grillos, 
A  la  plebeya  gente 
Llenaban  de  orfandad  y  eterno  duelo, 
¡Se  hundieron  en  la  noche  del  olvido! 

De  libertad  el  iris  bendecido 
Lanzó  fulgores  de  encendida  lumbre, 

Y  a  este  pueblo,  que  holló  la  servidumbre. 
Hoy  le  atrae  el  sonido 

De  la  alegre  campana. 
Que  a  la  plegaria  incita 
De  la  gente  cristiana, 

Y  en  el  tendido  llano  y  en  la  cumbre 
Vibra  desde  la  ermita. 

¡Qué  bella  se  desliza 
La  tarde  en  las  lozanas  pumaredas 
Que  bordean  los  ríos 

Y  mansa  el  aura  riza! 

Y  cabe  de  los  sotos  y  robledas 
Que  no  hieren  los  fríos 

Ni  el  sol  calcina  con  candente  fuego, 


DE  GALÁN 


31 


¡Cuánta  tranquilidad!  ¡Cuánto  sosiego! 

Sencillos  labradores 
Habitan  en  las  rústicas  cabañas 
De  este  valle  frondoso, 
Sin  conocer  del  mundo  la  falsía, 
Los  crudos  sinsabores, 
Ni  las  ansias  extrañas 
Que  nacen  cada  día, 

Y  al  ánimo  angustioso 

Llevan  gemidos  de  aflicción  y  duelo. 

En  el  sereno  cielo. 
Ceñido  por  los  montes 
Que  marco  son  de  un  cuadro  reluciente, 
Se  retratan  los  puros  horizontes, 
La  gala  y  la  belleza, 

Y  el  paisaje  viviente 

Do  natura  extremó  su  gentileza. 

Aguas  murmuradoras 
De  arroyos  y  torrentes 
Que  corréis  fecundando  la  pradera, 
lOh!  cuán  plácidas  horas 
Las  linfas  trasparentes, 
Cuando  el  rayo  de  sol  baña  la  esfera, 
Correr  vi  enternecido! 

¿Cómo  olvidar  podré  la  dulce  calma 
Que  el  techo  hospitalario 
De  un  amigo  sincero  y  muy  querido, 
Ofreció  con  magnánima  hidalguía 
Al  triste  y  enfermizo  solitario 
Que,  dolorida  el  alma, 
Llegó  a  su  hogar  en  nebuloso  día? 

Salve  ¡oh  valle  divino! 
Tu  recuerdo  jamás  de  mi  memoria 
Podrá  el  hado  extinguir. 


32 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


Y  si  me  envuelve  bárbaro  destino 
En  el  confuso  giro  de  pesares 
Que  en  toda  humana  historia 
Amargan  la  existencia; 

Si  su  cruda  violencia 
Mis  sienes  llega  a  herir, 

Y  en  su  revuelto  piélago  de  azares 
Despiadada  inclemencia 

Me  impele  hacia  un  asilo 

Do  busque  les  consuelos  de  la  ciencia, 

En  ti,  el  pecho  tranquilo, 

¡Oh!  valle  deleitoso! 

De  mis  dolores  buscaré  el  reposo! 

Darío  García. 

San  Saturnino,  Agosto  de  1888. 

Nuevo  e  inmarcesible  honor  le  esperaba;  pues  a 
este  valle  se  dirigía  y  en  él  iba  a  residir,  aunque  sólo 
por  un  mes,  el  futuro  autor  de  Castellanas;  el  inmor- 
tal poeta  que  había  de  saber  concebir  El  Ama  y  El 
Crista  bendita. 

Tenía  entonces  Galán  18  años,  y  fué  allí  donde  se 
revelaron  paladinamente  sus  excepcionales  dotes  de 
artista.  Allí,  bajo  la  tupida  bóveda  de  aquel  bosque 
inmenso  de  seculares  robles,  que  constituye  el  parque 
y  cazadero  del  Marqués;  respirando  aquellas  brisas 
frescas  y  salinas;  trepando  por  las  ruinas  de  los  cas- 
tillos roqueros;  contemplando  el  correr  de  las  lím- 
pidas y  parleras  aguas  del  Jubia,  que  va  haciendo 
curvas  y  remansos  y  cascadas  por  el  césped  continuo, 
siempre  verde,  siempre  marginado  de  frondas  y  de 
árboles,  fué  donde  se  abrieron  de  par  en  par  los  péta- 
los de  la  flor  de  su  inspiración. 


DE  GALÁN 


33 


Por  eso  cuando  nos  sentábamos  a  la  orilla  de  este 
río  de  ensueño,  lleno  de  leyendas,  se  le  oía  recitar 
entusiasmado  la  oda  de  Zorrilla: 


¡Qué  dulce  es  ver,  muellemente 
de  un  olmo  a  la  fresca  sombra 

descansando, 
un  arroyo  transparente, 
que  va,  por  la  verde  alfombra, 

murmurando!... 


Antonio  y  yo  lo  escuchábamos  entusiasmados,  y 
más  de  una  vez  la  fuerza  del  realismo  con  que  recita- 
ba o  improvisaba  Galán,  hacía  asomar  en  nuestros 
ojos  lágrimas  de  emoción  estética. 

Entonces  Galán,  como  para  enjugárnoslas,  soltaba 
su  vena  humoristica,  y  lanzando  su  triple  *¡Ayf...  ¡ayL 
¡ayL.*  nos  ensartaba  con  inaudita  velocidad  y  facun- 
dia períodos  y  más  periodos  de  un  lirismo  precioso, 
pero  que  todos  terminaban  en  sendas  frases  de  la 
más  prosaica  vulgaridad. 

Tales  pueden  verse  en  alguna  de  sus  cartas. 

Antonio  se  había  venido  a  San  Saturnino  con  nos- 
otros, a  pasar  el  día  de  mi  Santo  y  las  fiestas  de  la  Pa- 
trona...  principalmente  por  acompañar  a  Galán;  pues  lo 
admiró,  como  todos,  desde  el  primer  momento,  pero  a 
las  pocas  horas  ya  no  sabía  separarse  de  él. 

Ahora  recuerdo  lo  grande  que  estuvo  José  María 
cuando  lo  llevamos  Antonio  y  yo  a  contemplar  la 
puesta  del  sol  desde  el  Orzán  alborotado. 

Galán  se  impresionó  muchísimo  ante  el  sublime 

4 


34 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


contraste  que  hacía  el  fragor  del  oleaje,  rompiendo 
estrepitosamente  contra  las  rocas  del  altísimo  acantila- 
do, y  la  inconmovible  serenidad  del  astro  rey,  desti- 
lando suave  luz  roja,  que  se  acostaba  tranquilamente 
por  encima  de  las  aguas  sin  límites... 

Lo  que  no  recuerdo  (ni  él  mismo  la  recordó  des- 
pués, para  escribirla,  y  se  perdió  para  siempre),  es  la 
preciosa  octava  real  que  en  tal  instante  brotó  a  gritos 
de  su  alma  de  poeta. 

¿Qué  remedio  había  sino  quererlo!... 

Renuncio  a  consignar  aquí  mis  impresiones  de  la 
travesía  de  la  Marola  con  Galán,  a  bordo  del  veterano 
vapor  Hércules;  de  nuestra  entrada  triunfal  en  Ferrol, 
en  casa  de  mi  prometida;  del  enagenamiento  de  mis 
padres  al  verme  llegar  a  su  regazo  con  la  carrera  con- 
cluida y  acompañado  de  tan  excelso  amigo;  de  nues- 
tras correrías  para  darle  a  conocer  las  espléndidas  be- 
llezas naturales  —y  personales—  de  mi  tierra;  de  la 
loca  alegría  que  inundaba  nuestros  pechos  en  las  ver- 
benas y  festines  celebrados  con  motivo  de  la  Patrona, 
a  los  cuales  asistió  pléyade  selecta  de  lindas  señoritas 
ferrolanas,  y  entre  ellas  —¡oh  dicha!—  mi  novia  y  la  de 
Antonio;  de  las  ocurrencias  chistosísimas  de  Galán, 
que  —según  aquéllas  decían—  «era  muy  burlón^y  y 
nos  hacía  morir  de  risa  contando  chascarrillos. 

Renuncio  —y  con  dolor—  a  consignar  estas  memo- 
rias, porque  ensancharía  desproporcionadamente  las 
dimensiones  de  este  breve  y  tosco  preliminar,  que  no 
debiera  serlo,  sino  digno  marco  o  retablo  para  colocar 
la  obra  artística  de  las  cartas  y  poesías  que  me  ha 
dedicado  Galán;  y  porque...  ¡han  pasado  30  años!  y  mi 
corazón  ya  viejo  no  sabría  expresarlas  tan  sentidamen- 
te como  se  merecen. 

¡Santas,  inolvidables  memorias,  venerables  restos 


DE  GALÁN 


35 


mortales  de  tantas  bellas  cosas  que  fueron,  reposad 
tranquilas,  encerradas  en  vuestro  sepulcro!... 

*  * 

Galán  estuvo  en  mi  casa  de  San  Saturnino  hasta  el 
22  de  Julio,  consagrando  a  la  amistad  el  sacrificio, 
tremendo  para  él,  de  permanecer  separado  de  su  ma- 
dre, a  quien  no  había  visto  desde  primeros  de  año. 
Durante  aquel  mes  que  pasó  en  Galicia  organizamos 
festejos,  cacerías,  paseos  y  meriendas  a  orillas  del  Ju- 
bia  o  en  el  vastísimo  parque;  reuniones  y  bailes  en  las 
casas  de  familias  distinguidas  y  en  el  Palacio,  cuyo 
administrador  era  gran  aficionado  a  la  buena  música; 
excursiones  a  caballo  para  visitar  los  arsenales  del 
Ferrol  y  los  ruinosos  castillos  de  Narahío  y  Moeche; 
giras  por  mar...  y  en  fin:  cuánto  pudo  sugerir  mi  buena 
voluntad  y  la  de  mis  benditos  padres  para  hacer  grata 
a  Galán  su  estancia  entre  nosotros. 

Entre  los  muchos 'amigos  que  nos  acompañaban 
debo  mencionar  el  cariñoso  y  entusiasta  José  María 
Pita,  a  quien  Galán  se  refiere  en  la  carta  número  5. 

En  los  ratos  de  descanso  de  aquel  agitado  vivir 
compuso  sus  poemas  Fuente  Vaquera  y  AdióSy  los 
cuales  inician  esta  colección  de  los  papeles  que  con- 
servo escritos  por  su  mano,  y  que  publico  para  tribu- 
tarle el  homenaje  debido  a  su  gloriosa  memoria. 

Esos  ratos  los  empleaba  nuestro  inspirado  poeta 
en  improvisar  las  delicadas  primicias  de  su  lira. 

Su  ejemplo  trascendía  a  todos,  como  si  la  presen- 
cia de  la  musa  que  batía  sus  alas  sobre  la  cabeza  de 
Galán,  nos  sugestionara.  De  modo  que  Antonio  y  yo 
también  hacíamos  versos,  que  llamábamos  «rimas». 

Ya  en  Madrid  habíamos  sentido  Julio  y  yo  esta 
influencia  ifresistible. 


I 


36 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


Véase  alguna  muestra  de  lo  que  hacíamos  los 
aprendices: 

De  Julio: 

SOÑANDO 

(A  MI  EXCELENTE  Y  CARIÑOSO  AMIGO  CASTO) 


Mi  musa  es  cariñosa;  rizos  de  oro 
adornan  de  su  frente  la  blancura, 
y  sus  ojos  reflejan  la  dulzura 
de  su  candor,  que  es  su  mejor  tesoro. 

En  sus  rosados  labios  la  sonrisa 
brilla  siempre,  de  dicha  rebosando; 
y  su  rara  belleza  contemplando 
se  me  pasan  las  horas  muy  de  prisa. 

Si  sufro,  cariñosa  me  consuela; 
satisfecha  me  mira  cuando  río, 
convidándome  a  eterno  desvarío 
mientras  el  alma  a  la  locura  vuela. 

Adivina  callados  pensamientos, 
que  viven  en  mi  mente  cuando  sueño; 
pinta  mi  porvenir  bello  y  risueño, 
y  ahuyenta  dolorosos  sufrimientos. 

En  sus  brazos  me  estrecha;  de  su  aliento 
aspiro  yo  la  esencia  perfumada, 
y  en  un  beso  de  amor,  enamorada, 
me  dice  que  la  vida...  sólo  es  cuento. 

En  este  retrato  de  su  musa,  pinta  Julio,  tal  vez  sin 
darse  cuenta,  muchos  rasgos  que  observaba  en  Galán. 


DE  GALÁN 


37 


De  Antonio: 


RIMA  XXXIII 


Hinchó  la  suave  brisa  la  ancha  vela; 
A  su  tierra  el  marino  dió  un  adiós; 

Y  dejando  en  el  mar  límpida  estela, 
Tranquilo  puerto  el  buque  abandonó. 

Abatió  el  vendaval  la  arboladura; 
La  hirviente  espuma  salta  ,en  derredor; 
El  marino  impotente  jura  y  llora 

Y  aquel  buque  en  el  abismo  al  fin  se  hundió. 
La  niñez  es  el  puerto;  el  mar  la  vida; 

La  brisa  que  acaricia,  una  ilusión; 
El  hombre,  aquella  nave  que,  atrevida, 
Va  al  abismo  insondable  del  amor. 


El  pobre  Antonio  sentía  atracción  irresistible  por 
las  cosas  del  mar,  que,  cual  traidoras  sirenas,  ya  le 
llamaban. 


38 


LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES 


Del  peor  de  los  tres: 

ANTE  UNA  MARIPOSA 

APLASTADA  ENTRE  LAS  HOJAS  DE  UN  ÁLBUM 

Tan  alegres  como  esa  mariposa 

que,  revoloteando, 
sin  cesar  tras  la  dicha  iba  gozosa, 

con  las  brisas  jugando; 
tan  hermosas  eran  las  ilusiones 
que  forjaba  mi  ardiente  fantasía; 

tan  llenas  de  poesía, 

tan  libres  de  pasiones... 


Y,  cual  ella  también,  son  hoy  ya  secos 
y  aplastados  cadáveres;  cenizas 
yertas  de  algo;  rüinas  ya  sin  ecos 

de  encantado  castillo 
que  despiadadamente  han  hecho  trizas; 

colores  sin  el  brillo 
ni  el  matiz  nacarado  que  tuvieron... 
¡Son  restos  de  mariposas  que  fueron!! 

De  mí  sé  decir  que  la  facilidad  que  notaba  en  Ga- 
lán me  hacía  atrevido.  El  gozquecillo  también  quería 
hacer  andar  la  noria. 

Galán  nos  animaba,  elogiando  nuestros  ensayos^ 
a  pesar  de  todas  sus  faltas. 


DE  GALÁN 


39 


Al  emprender  Galán  su  viaje  de  regreso  a  Frades, 
Antonio  y  yo  fuimos  acompañándole  hasta  la  Coruña. 
Imagine  el  lector  nuestra  despedida  en  la  estación  del 
ferrocarril,  que  nos  llevaba  ¡para  siempre!  —no  sé  por 
qué  lo  presentíamos—  aquel  pedazo  del  alma. 

Él  iba  emocionadísimo.  Hasta  en  el  tren  me  escri- 
bió la  carta  número  2,  que  está  con  lápiz;  y  desde 
Medina  le  envió  a  Antonio  la  número  3,  cuya  trascrip- 
ción debo,  como  la  de  algunas  otras,  a  la  amistad  de 
la  familia  de  este  inolvidable  y  llorado  amigo. 

Antes  de  llegar  Galán  a  su  casa,  desde  la  Maya, 
también  volvió  a  escribirme  a  mí  la  sentida  carta  que 
lleva  el  núm.  4.  Después  me  remitió  el  poema  que  con 
el  título  deMañanas  y  Tardes  escribió  expresamente 
para  mí,  como  consta  en  su  dedicatoria  y  se  ve  en  su 
contexto. 

Y  así  continuó  aquel  hombre,  todo  virtud  y  corazón, 
dándome  siempre  pruebas  enormes  del  tesoro  opulen- 
tísimo de  afecto  que  me  profesaba. 

El  lector  de  estas  sus  cartas  notará  quejas  frecuen- 
tes, y  tal  vez  abominará  de  la  pereza  con  que  Antonio 
y  yo  las  correspondíamos.  Debo  alegar  a  esto,  en  mi 
descargo,  que  mi  residencia  oficial  tenía  pésimo  servi- 
cio de  correos.  ¡Sabe  Dios  a  qué  manos  habrán  ido  a 
parar  bastantes  de  mis  cartas  y  alguna  preciosísima 
del  poeta!  ¡Cuánto  me-tengo  desesperado  por  esto! 

También  podrían  hacérseme  cargos  de  no  haberle 
pagado  en  Frades  la  visita  que  me  hizo  en  San  Satur- 
nino, a  pesar  de  los  insistentes  ruegos  que  se  ven  en 
varias  de  sus  cartas,  y  principalmente  en  su  poema 
¡Patria  mía! 

Una  verdadera  fatalidad  me  impidió  siempre  acce- 
der a  estos  ruegos  suyos  y  cumplir  este  vivo  deseo  mío. 

La  visita  había  de  ser  por  las  vacaciones  del  verano, 


40  LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES  DE  GALÁN 


y  en  las  de  1889  fué  cuando  Galán  vino  a  mi  casa.  Pues 
bien:  las  del  90  tuve  que  pasarlas  íntegras  en  Monda- 
riz,  con  mi  hermana,  ¡la  pobre  Merceditasl  atacada 
a  los  14  años  de  espantosa  diabetes;  en  las  del  91  es- 
tuve allí  con  el  mismo  objeto,  caí  gravemente  enfermo, 
y  poco  después  se  nos  murió  esta  niña;  y  en  las  del  92, 
que  pasé  bien  delicado  de  salud,  así  que  ésta  me  lo 
permitió,  tuve  que  ir  a  tomar  las  aguas  de  Caldelas,  y 
hacer  los  preparativos  de  mi  boda.  Después  ya  empe- 
zaba Galán  a  hacer  los  de  la  suya,  y  en  mi  casa  nacía 
un  chico  cada  año...  ¡y  precisamente  en  vacaciones! 

¡Estaba  escrito  que  yo  no  había  de  volver  a  ver  a 
Galán! 

Y  él  mismo  lo  predijo,  como  predijo  otras  muchas 
cosas;  porque  a  mí  nadie  me  quitará  de  la  cabeza  la 
idea  de  que  Galán  era  un  santo. 

De  esto  tengo  muchas  pruebas;  y  aquí  sólo  decla- 
raré que  aquel  corazoncito  de  oro,  que  me  llamaba  a 
mí  su  confesor,  estaba  inocente  y  sin  mácula  como  el 
de  un  San  Luís  Gonzaga;  que  él  fué,  con  su  virtud  he- 
roica y  con  su  ejemplo,  quien  me  libró  desde  que  fui 
su  amigo  de  ejecutar  acción  alguna  que  yo  no  pudiese 
confesar  a  mi  madre;  y  que  para  mis  hijos  no  deseo 
amigos  ni  compañeros  mejores  que  Galán. 

¿Cómo  había  de  ser  yo  perezoso  para  escribirle, 
ni  como  podría  desairarle  yo,  que  le  adoraba? 

La  mejor  prueba  de  mi  justificación  en  cuanto  a  él, 
—¡está  en  sus  cartas!— es  que  siempre  perdonó  mis 
aparentes  faltas,  y  que  me  conservó  su  preciosa  amis- 
tad hasta  la  muerte. 

jSea  siempre  bendito  su  recuerdo! 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 

DE 

D.  JOSÉ  MARÍA  GABRIEL  Y  GALAN 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


CARTA  1.^ 

Madrid  23  de  Junio  1889. 

Hoy,  mi  querido  Casto,  he  recibido  dos  cartas  de 
mis  papás.  En  una  de  ellas,  que  ha  llegado  a  mis 
manos  con  retraso,  se  extrañan  de  mi  silencio,  y  lo 
achacan  o  a  que  he  salido  mal  de  mis  exámenes  o  a 
que  ya  estoy  camino  de  Galicia. 

En  otra  de  las  dos  referidas  cartas,  escrita  con 
fecha  posterior,  me  dicen  que  al  fin  recibieron  la  que 
yo  les  dirigí,  dándoles  cuenta  del  resultado  de  los 
exámenes  nuestros.  Me  dicen  también  que  no  me 
olvide  de  escribirles  dándoles  cuenta  del  día  en  que 
salimos  para  tu  país  natal,  y  de  cuanto  en  el  viaje 
nos  ocurra. 

De  modo,  querido,  que  el  lunes,  si  Dios  quiere, 
llegaré  a  la  estación  de  esa  capital  tomando  aquí, 
como  tú  harás  en  esa,  el  billete  directo  a  la  misma 
capital  de  la  Coruña.  Yo  facturaré  también  los  libros 
directamente  como  el  billete. 

No  dejes,  pues,  de  estar  preparado  en  la  estación 
un  ratito  antes  de  la  llegada  del  tren  de  Galicia,  por- 


44  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


que  si  no  te  encuentro,  o  me  marcho  a  Salamanca  o, 
lo  que  es  mejor,  me  plantifico  solo  en  la  capital  del 
reino  gallego,  lo  cuaU  sin  tíy  me  sería  gravemente 
sensible. 

Asimismo,  no  dejes  de  contestarme  por  carta,  si 
hay  tiempo,  o  por  telegrama,  si  antes  de  llegar  aquí  la 
carta  tuya  me  fuera  yo  o  ésa.  Y  en  esta  contestación 
me  dices  solamente  (y  con  ello  yo  me  conformo): 
Recibí  tu  carta:  el  lunes  salgo  a  la  estación  con 
billete  para  Galicia. 

Fíjate  bien;  quiero  que  me  contestes,  sin  falta,  lo 
que  te  digo  en  estas  letras  gordas  de  arriba.  Si  no,  no 
iré  tranquilo. 

Mi  aburrimiento,  Castlño,  desde  que  te  fuiste  de 
Madrid,  ha  llegado  a  su  término.  Si  esta  situación  se 
prolongase...  ¡vamos!  que  sería  muy  triste  la  vida  para 
tu  amigo 

José  María.  ^ 
Recuerdos  de  la  simpática  Modesta. 


LA  FUENTE  VAQUERA 


BALADA 

PARA  CASTO  BLANCO  CABEZA 
de  su  bueno  y  cariñoso  amigo 

JOSÉ  MARÍA. 

PARA  CASTIÑO 


Lejos,  bastante  lejos, 

del  pueblo  mío, 
encerrado  en  un  monte 

triste  y  sombrío, 
hay  un  valle  tan  lindo 

que  no  hay  quien  halle 
un  valle  tan  ameno 

como  aquel  valle. 

Entre  sus  arboledas, 

por  la  espesura, 
solitaria  y  tranquila, 

corre  y  murmura 
una  fuente  tranquila 

y  bullanguera, 
a  que  dieron  por  nombre 

Fuente  Vaquera. 


46  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Está  tan  escondida 

bajo  el  follaje, 
guarda  tanto  sus  aguas 

entre  el  ramaje, 
que  cuando  por  el  valle 

va  murmurando 
toda  clase  de  hierbas 

va  salpicando. 

Unas  veces  sonríe 

dulce  y  sonora, 
y  otras  veces  parece 

que  gime  y  llora, 
y  siempre  de  sus  aguas 

el  dulce  juego 
arrullando,  produce 

grato  sosiego. 

Allí  pasan  las  horas 

en  dulce  calma, 
allí  meditar  puede 

tranquila  el  alma, 
y  todo  son  consuelos 

para  el  que  llora 
al  pie  de  aquella  fuente 

fresca  y  sonora. 

Todo  es  allí  sosiego, 

calma,  tristeza! 
las  auras,  que  suspiran 

en  la  maleza... 
los  pájaros,  que  cantan 

en  la  espesura... 
el  agua,  que  en  el  valle 

corre  y  murmura... 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


47 


Los  arrullos  del  viento, 

gratos  y  mansos... 
los  juncos  que  vegetan 

en  los  remansos... 
los  claros  resplandores 

del  sol  naciente, 
que  asoma  entre  vapores 

por  el  Oriente... 
las  tórtolas  que  arrullan 

con  harmonía, 
convidando  a  una  dulce 

melancolía... 


¡Todo,  en  fin,  allí  aleja 

presentimientos, 
trayendo  a  la  memoria 

mil  pensamientos, 
y  adormeciendo  el  alma 

con  impresiones 
que  convidan  a  dulces 

meditaciones!... 


Tal  es  Fuente  Vaquera, 

la  hermosa  fuente 
que  murmura  en  el  valle 

tan  sonriente, 
que  en  su  margen  tranquila 

cantan  amores 
tórtolas,  colorines 

y  ruiseñores. 


48 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Una  hermosa  mañana 

de  Junio  ardiente 
salió  el  sol  como  nunca 

de  refulgente, 
y  pájaros  y  flores 

con  alegría 
la  bienvenida  daban 

al  nuevo  día. 

Elevábase  el  Astro 

con  gran  sosiego, 
esparciendo  sus  rayos 

de  luz  y  fuego 
sobre  el  fresco  rocío 

de  la  mañana, 
que  formaba  en  los  valles 

mantos  de  grana. 

Sacuden  las  ovejas 

sus  cencerrillos, 
y  en  el  prado  retozan 

los  corderinos, 
que  del  rústico  valle 

sobre  la  hierba 
forman  jugueteando 

linda  caterva. 

Al  cielo  sube  el  humo 

de  los  hogares, 
los  gallos  ya  despiertan 

con  sus  cantares, 
y  sacude  la  hermosa 

naturaleza 
el  tranquilo  letargo 

de  su  pereza. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


49 


Dejé  el  mullido  lecho 

con  alegría, 
cuando  apenas  rayaba 

la  luz  del  día; 
carguéme  diligente 

con  la  escopeta, 
y  como  siempre  he  sido 

medio  poeta, 

al  nacer  del  gran  Febo 

la  luz  primera, 
ya  estaba  yo  en  la  hermosa 

Fuente  Vaquera... 
Fuente  en  cuyas  orillas 

cantan  amores 
tórtolas,  colorines 

y  ruiseñores. 

Ocúlteme  en  la  margen 

con  el  follaje, 
y  viendo  las  delicias 

de  aquel  paisaje, 
esperé  silencioso 

bajo  la  fronda, 
viendo  correr  las  aguas 

onda  tras  onda... 

* 

*  ♦ 

Siguió  el  Sol  elevándose 

resplandeciente, 
y  era  ya  tan  molesta 

su  luz  ardiente, 
que,  a  medida  que  el  Astro 

más  se  elevaba, 

5 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


todo  se  iba  durmiendo, 
todo  callaba. 

Se  inclinan  en  su  tallo 

todas  las  flores, 
rendidas  por  los  rayos 

abrasadores, 
y  las  aves  se  esconden 

en  las  encinas 
que  a  la  tranquila  fuente 

crecen  vecinas. 

Sólo  se  escucha  a  veces, 

del  fresco  viento 
las  ráfagas  que  lanza, 

sonoro  y  lento... 
el  agua,  que  su  curso 

nunca  suspende... 
el  rumor  de  una  hoja, 

que  se  desprende... 

el  piar  apagado 

de  alguna  alondra, 
que  entre  las  verdes  matas 

busca  una  sombra... 
y  los  ecos  lejanos 

de  los  zumbidos 
de  insectos,  que  en  los  aires 

vagan  perdidos... 

Lejos  de  la  apacible 
Fuente  Vaquera, 
que  corre  por  el  valle 
tan  placentera, 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


51 


existe  un  solitario' 
y  oscuro  monte, 

que  cierra  los  confines 
del  horizonte. 

Al  compás  de  las  auras 
lenta  se  inclina 
altiva,  corpulenta 
y  añosa  encina, 
y  entre  sus  verdes  ramas 

aprisionado 
tiene  una  tortolilla 
su  nido  amado. 

En  él  está  arrullando, 

dulce  y  sonora, 
a  los  amantes  hijos 

a  quien  adora, 
gozando  en  su  coloquio 

de  las  delicias 
que  sus  hijos  le  endulzan 

con  sus  caricias. 

El  calor  la  atormenta, 

la  sed  la  abrasa, 
y  dejando  con  pena 

su  pobre  casa, 
les  dió  con  un  arrullo 

la  despedida 
a  los  hijos  queridos 

que  eran  su  vida; 

batió  sus  puras  alas, 
tendió  su  vuelo, 
cruzó  por  los  espacios 


52  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


del  ancho  cielo, 
y  pensando  en  sus  hijos, 

se  fué  ligera 
a  beber  a  la  clara 

Fuente  Vaquera. 

* 

¡Ay!  ¡dónde  irá  esa  madre 

tierna  y  sencilla!... 
¡dónde  irá  tan  ligera 

la  tortolilla, 
mirando  a  todas  partes, 

amedrentada, 
al  verse  sola  y  lejos 

de  su  morada!... 

¿Por  qué  deja  sus  hijos 

abandonados, 
y  ella,  cruzando  espacios 

tan  dilatados, 
va  surcando  los  aires 

rápidamente 
a  beber  en  las  aguas 

de  aquella  fuente!... 

¡Pobre  madre,  si,  ansiosa, 

vuelve  a  su  nido 
y  sus  amantes  hijos 

ya  se  han  perdido!... 
¡Pobres  hijos,  si,  a  causa 

de  abandonarlos, 
no  volviera  su  madre 

nunca  a  arrullarlos!... 


* 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


53 


Por  el  verde  follaje 

casi  cubierto, 
yo,  casi  más  que  un  vivo 

parezco  un  muerto, 
y  mudo  y  silencioso 

presto  mi  oído 
al  eco  que  produce 

cualquiera  ruido. 

Al  columpiar  las  hojas 

el  viento  blando, 
pájaros  me  parecen 

que  van  volando, 
y  con  mi  diestra  mano 

nerviosa,  inquieta, 
alzo  la  curva  llave 

de  la  escopeta. 

* 

Sobre  la  verde  copa 

de  vieja  encina, 
que  cubre  aquella  fuente 

tan  cristalina, 
una  tórtola  hermosa 

paró  su  vuelo, 
mirando  la  corriente 

del  arroyuelo. 

Lanza  su  blando  pecho 
tiernos  arrullos, 

que  no  imita  la  fuente 
con  sus  murmullos, 

y  a  los  lados  humilde 
mira  asustada. 


54  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


débil,  inquieta,  esquiva 
y  amedrentada. 

Tendió  después  su  vuelo 

pausadamente, 
y  al  llegar  a  la  orilla 

de  la  corriente, 
sobre  la  verde  alfombra 

lenta  se  posa, 
débil  y  acobardada 

triste  y  medrosa. 

Dirige  luego  el  paso 

tímidamente 
hasta  tocar  la  margen 

de  la  corriente, 
donde,  el  agua  fingiendo 

cuadros  de  plata, 
se  recoge  su  imagen 

y  la  retrata. 

Yo,  silencioso,  en  tanto 

que  la  espiaba, 
mi  artística  escopeta 

ya  preparaba, 
y  ocasión  esperando, 

cual  diestro  espía, 
afiné  cuanto  quise 

la  puntería. 

Disparé...  ¡sonó  el  tiro 
ronco,  tremendo!... 

El  arroyuelo  manso 
siguió  corriendo... 

el  viento  entre  las  hojas 
siguió  sonando 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


55 


con  un  eco  apacible 
sonoro  y  blando... 

¡Y  vi  la  tortolilla, 
que  ya  sufría 

las  tristes  convulsiones 
de  la  agonía!... 

Cogí  tan  apreciado 

tierno  despojo; 
su  hermoso  pecho  estaba 

de  sangre  rojo, 
rojas  las  aguas  puras 
del  arroyuelo, 
que  corría  llorando 

con  triste  duelo, 
y  mis  ardientes  manos 

también  manchadas 
de  sangre,  enrojecidas 

y  salpicadas. 

Con  ellas  oprimía 

su  pecho  blando; 
sus  latidos  se  iban 

amortiguando, 
y  cerraba  sus  ojos 

pausadamente, 
su  cabeza  inclinando 

lánguidamente... 


Yo  vi  en  sus  turbios  ojos 
el  sentimiento 
y  las  fieras  angustias 
de  su  tormento. 


56  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


porque  del  nido  lejos 

agonizaba 
y  a  sus  pobres  hijuelos 

solos  dejaba. 

Conocí  en  sus  miradas 

bien  claramente 
esa  inquieta  agonía 

del  inocente, 
que  sufre  los  rigores 

de  su  destino 
muriendo  por  las  manos 

de  un  asesino. 

Aquella  pobre  madre 

casi  espirante 
era  la  madre  tierna, 

la  madre  amante, 
que  a  sus  hijos  no  pudo 

darles  en  vida 
una  lágrima  dulce 

de  despedida. 

Y  aquella  tierna  madre, 

cuando  sufría 
la  convulsión  postrera 

de  la  agonía, 
me  dijo  con  sus  ojos 

casi  nublados 
que  dejaba  dos  hijos 

abandonados. 

Yo  comprendí  lo  injusto 
de  aquella  muerte, 

mas  la  víctima  estaba 
fría  e  inerte... 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


57 


y  una  lágrima  amarga 
por  mi  mejilla 

rodó,  cuando  vi  muerta 
la  tortolilla. 


* 

*  * 

Desde  entonces  no  quiero 

que  un  inocente 
de  alguna  injusta  muerte 

se  me  lamente, 
y  diga  con  sus  ojos 

casi  nublados 
que  deja  sus  hijuelos 

abandonados. 

Y  en  vez  de  estar  cazando 

la  tarde  entera 
junto  a  la  cristalina 

Fuente  Vaquera, 
voy  a  ver  cómo  en  ella  # 

cantan  amores 
tórtolas,  colorines 

y  ruiseñores, 
y  cómo  de  aquel  monte 

sobre  las  lomas 
arrullan  solitarias 

blancas  palomas. 

José  María. 


San  Saturnino,  Julio  de  1889. 


PARA  MI  QUERIDO  AMIGO 

C  B.  C 

José  María  G.  Galán. 
San  Saturnino  10  de  Julio  de  1889. 


ADIÓS 

Antes  que  deje  la  tranquila  aldea 
donde  mecieron  tu  modesta  cuna, 
darte  un  adiós  mi  corazón  desea, 
ya  que  de  ti  me  aleja  la  fortuna. 

Antes  que  deje  este  rincón  hermoso 
donde  tanto  placer  gocé  contigo, 
quiero  darte  un  abrazo  cariñoso: 
el  abrazo  leal  del  buen  amigo. 

Voy  a  mi  aldea,  donde  ya  me  aguarda 
mi  amante  madre,  que  abrazarme  ansia; 
voy  a  buscar  el  beso  que  me  guarda 
y  a  colmar  con  el  mío  su  alegría. 

Aquí  te  dejo  en  el  rincón  querido 
do  viste  el  mundo  por  la  vez  primera; 
yo  voy  también  al  adorado  nido 
que  ya  en  mi  patria  con  amor  me  espera 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


59 


Yo  debiera  evitar  mi  despedida, 
darte  un  adiós  me  impide  mi  cariño; 
no  puede  hablar  mi  lengua  enmudecida 
y  lloro  humilde  como  llora  un  niño. 

Y  mi  embargo,  antes  de  dejarte; 
antes  que  tenga,  al  fin,  que  despedirte, 
me  dice  el  corazón  que  quiere  hablarte, 
porque  no  sé  qué  tiene  que  decirte. 

Perdónalo,  porque  te  va  a  afligir 
diciéndote  el  dolor  que  lo  devora; 
olvídate  de  lo  que  va  a  decir, 
pero  escucha  un  momento  como  llora. 

Si  de  la  vida  algún  día, 
al  cruzar  por  el  desierto, 
oyeras  decir  que  ha  muerto 
el  pobre  José  María; 

Si  algún  amigo  del  alma 
encontrares  en  la  vida, 
y  no  véis  interrumpida 
de  vuestra  amistad  la  calma; 

Si  de  tu  destino  en  pos, 
llegas  un  día  a  saber  • 
que  existe  en  la  tierra  un  sér 
que  habla  de  ti  siempre  a  Dios; 

Si,  cuando  estés  en  el  cielo, 
vieses  que  un  mísero  humano, 
que  en  el  suelo  fué  tu  hermano 
llora  por  ti  desde  el  suelo; 


60 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Si  una  voz  dulce  y  sonora 
dijese  un  día  a  tu  oído 
que  por  qué  echarte  en  olvido 
a  un  amigo  que  te  adora; 

Si  estas  cosas  algún  día 
llegan  a  tu  corazón... 
recíbelas,  porque  son, 
del  pobre  José  María. 

Si  al  morir  en  mi  memoria 
tu  buen  alma  necesita 
una  lágrima  bendita 
para  subir  a  la  gloria; 

Y  si  una  oración  sencilla 
tú  pidieres  con  anhelo, 
¡verás  como  sube  al  cielo 
desde  un  rincón  de  Castilla!... 

Dale  esperanza  siquiera 
de  guardarlo  en  tu  memoria, 
pues  será  la  mayor  gloria 
que  en  esta  vida  le  espera. 

Que  un  lugar  oculto,  sí, 
ocupe  sólo  en  tu  alma, 
pues  esta  será  la  palma 
de  su  cariño  hacia  ti. 

Déjalo  después  que  vuele 
por  la  senda  del  destino; 
no  le  llores  si  le  duele 
lo  triste  de  su  camino. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


61 


Déjalo,  si  ves  que  a  solas 
sufre  algún  dolor  profundo; 
déjalo,  si  el  mar  del  mundo 
lo  arrebata  entre  sus  olas. 

Ahora,  comienza  a  soñar; 
ahora  principia  a  vivir; 
¡y  no  sabe  qué  es  amar! 
¡y  no  sabe  qué  es  sufrir! 

Déjalo,  que  tras  su  suerte, 
solo,  triste,  abandonado, 
llegará  pobre  y  cansado 
a  encontrarse  con  la  muerte. 

Y  entonces,  cuando  en  el  suelo 
donde  lloró  sus  desvíos, 
deje  ya  sus  restos  fríos 
y  Dios  se  lo  lleve  al  cielo... 

Entonces,  cuando  en  la  gloria 
esté  con  su  Dios  reunido, 
a  su  amigo  más  querido 
tendrá  siempre  en  la  memoria. 


Adiós;  me  voy  a  Castilla; 
pero  antes  de  abandonarte, 
quiero  el  afecto  dejarte 
de  un  alma  fiel  y  sencilla. 

Goza  una  vida  de  calma, 
no  pienses  nunca  olvidarme, 
que  te  dejo  al  ausentarme 
un  pedazo  de  mi  alma. 


62  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Goza  en  la  aldea  querida, 
que  tantos  recuerdos  deja 
en  un  alma  que  se  aleja 
por  el  dolor  oprimida. 

Al  ausentarme  de  aquí 
¿qué  te  puedo  yo  encargar? 
¡que  me  vayas  a  abrazar!... 
¡que  no  te  olvides  de  mí!... 

Y  ya  que  dispuso  Dios 
y  quiso  nuestro  destino 
que  del  mundo  en  el  camino 
nos  hallásemos  los  dos, 

Sé  buen  amigo  conmigo 
no  me  olvides  tú  jamás, 
y  ¡ya  verás,  ya  verás 
lo  que  te  quiere  este  amigo! 

Si  nuestra  ausencia  es  amarga 
del  cariño  estrecha  el  lazo, 
porque  ¡es  tan  dulce  un  abrazo 
después  de  una  ausencia  larga!... 

A  ti,  que  anhelas  ventura 
a  ti,  que  en  tu  corazón 
das  morada  a  una  pasión 
tan  hermosa  como  pura, 

¿Qué  puedo  yo  desearte 
que  pueda  satisfacerte? 
¡que  la  que  amas,  pueda  amarte 
y  pueda  feliz  hacerte! 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


63 


Si  a  las  puertas  de  tu  alma 
llama  la  pena  algún  día 
y  destruye  tu  alegría 
y  te  arrebata  la  calma; 

Y  si  a  endulzar  tu  desvelo 
ningún  ser  humano  acude, 
¡pídele  a  Dios  que  te  ayude 
y  piensa  mucho  en  el  Cielo!... 


Adiós,  adiós!  hasta  el  día 
en  que  en  su  mísera  aldea 
tranquilamente  te  vea 
tu  amigo 

José  María. 


CARTA  2.^ 


España  23  de  Julio, 


Castito:  No  sé  por  donde  voy,  ni  tampoco  me  im- 
porta saberlo:  sólo  sé  que  debo  haber  entrado  en  Cas- 
tilla. 

Voy  alegre,  muy  alegre;  pero  también  voy  triste, 
muy  triste.  Tú,  que  sabes  la  causa  de  mi  alegría  y  la 
de  mi  tristeza,  podrás  explicar  bien  lo  que  te  digo. 

También  te  supongo  preocupado  y  triste  con  nues- 
tra separación,  que  ha  sido  para  mí  tan  violenta  y  tris- 
te. Confianza  en  Dios,  y  ya  nos  volveremos  a  abrazar 
dentro  de  un  año,  si  Él  así  lo  quiere;  que  yo  se  lo  pe- 
diré y  no  me  lo  negará. 

Tengo  frío. 

He  pasado  de  Astorga  y  estoy,  por  lo  tanto,  en  mi 
querida  Castilla.  Ya  te  daré  detalles  del  viaje. 

Hasta  entonces,  recibe  el  último  abrazo  de  despe- 
dida, que  te  manda  tu  buen  amigo  (no,  no,  me  equivo- 
qué); quien  te  lo  manda  es  tu  hermano 

El  Castellano. 

La  trepidación  del  coche  me  impide  hablarte  más. 
Un  abrazo  para  todos. 


6 


CARTA  3.* 


Sr.  D.  Antonio  García  Ramírez 

Medina  del  martirio  23  de  Julio  de  1889. 


Estoy,  querido  amigo  mío,  en  Castilla;  en  la  fonda 
de  Medina  del  Campo,  donde,  por  no  haber,  no  hay  ni 
tinta  ni  plumas  buenas;  y  donde,  lo  que  es  peor,  tendré 
que  pasar  diez  mortales  horas,  que  acabarán  con  mi 
paciencia,  ya  casi  agotada  por  mi  mal  estado  de  áni- 
mo, y  por  este  viaje  largo,  interminable,  eterno. 

La  primera  hora  de  mi  permanencia  en  este  cafetín 
desesperante,  la  dedico  a  escribirte;  porque,  además 
de  ser  ésta  ocupación  la  que  me  causa  mayor  placer, 
disiparé  así,  siquiera  sea  mientras  te  escribo,  esta  nos- 
talgia y  esta  tristeza  y  abatimiento  de  ánimo,  que  me 
hajce  sufrir  tanto,  desde  el  momento  en  que  me  separé 
de  vosotros,  mis  más  queridos  amigos. 

A  nuestro  Castiño  le  escribí  desde  el  tren  unas  lí- 
neas con  lápiz,  y  no  lo  hice  contigo  porque  no  tenía 
sobres  preparados. 

Desde  que  os  dejé,  mi  estado  de  ánimo  es  bien 
triste,  por  cierto. 

Cuando  me  acuerdo  de  que,  si  Dios  me  lo  permite, 
abrazaré  a  mi  familia  y  sobre  todo,  a  mi  madre,  den- 


68  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


tro  de  poco  tiempo,  mi  alegría  es  grande,  es  inmensa, 
es...  ¡como  tú  te  la  puedes  figurar! 

Pero  este  recuerdo  me  trae  inevitablemente  el  tris- 
tísimo, el  muy  triste,  de  nuestra  separación...  y  aquí 
me  tienes  entre  la  felicidad  y  la  tristeza.  Aquí  me  tie- 
nes sin  saber  qué  hacer  ni  en  qué  pensar,  porque  si 
hubiese  llegado  a  reírme  alguna  vez,  desde  que  nos 
despedimos,  me  hubiera  yo  mismo  llamado  ¡ingrato! 
para  con  vosotros;  y  por  tanto,  no  puedo  estar  alegre» 
Y  cuando  estoy  triste  parece  que  me  llaman  ingrato 
también,  porque  es  natural  que  yendo  a  mi  querida 
aldea  a  reunirme  con  mi  familia,  es  muy  natural,  repi- 
to, que  estuviese  contento. 

Por  todo  cuanto  te  digo,  comprenderás  perfecta- 
mente que  viaje  tan  delicioso  habrá  sido  éste,  ya  de 
antemano  tan  temido  por  mí. 

¡Dichosos,  he  dicho  para  mí,  y  mil  veces  dichosos 
los  que  os  habéis  quedado  juntos  en  tu  casita! 

Verdad  es  que  os  hallaréis  también  algo  preocupa- 
dos con  nuestra  separación,  después  de  haber  pasada 
juntos  unos  días  tan  dichosos. 

Pero  ¡hay  tanta,  tanta  distancia  de  la  preocupación 
a  la  honda  tristeza!... 

En  fin,  para  dejar  esto,  te  confesaré  tan  ingenua- 
mente como  pudiera  hacerlo  un  niño,  ¡que  nunca, 
hasta  después  de  dejaros,  he  comprendido  cuánta 
os  quiero! 

Y  aunque  nunca  me  gustó  mucho  decir  estas  cosas,, 
dispénsame  que  lo  haga  hoy,  porque  hoy,  francamente, 
no  puedo  prescindir  de  decirlas. 

Oye:  tengo  aún  muchas  horas  desocupadas;  estoy 
completamente  solo,  y  ¿en  qué  puedo  emplear  mejor 
el  tiempo  que  en  escribiros?  Por  eso  voy  a  hablarte 
algo  más  de  mi  viaje. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


69 


Para  que  fuese  más  grata  la  impresión  general  que 
traigo  de  Galicia,  el  cual  país  fui  a  ver,  a  estudiar  y  a 
conocer,  me  ocurrió  un  incidente  que,  por  lo  agrada- 
ble que  me  fué,  no  se  me  olvidará  jamás. 

Aquellos  dos  pobres  aldeanos  que  venían  en  nues- 
tro coche,  me  vieron  triste,  y  ¿por  qué  negarlo?  verían 
también  alguna  lagrimilla  que  vertí  ocultamente,  y  me 
decían  en  su  sencillo  lenguaje: 

—¿Por  qué  está  usted  triste?  Es  porque  dejó  ya  a 
sus  amigos  ¿verdad? 

-Sí. 

—¿Y  está  usted  en  los  estudios? 
-Sí. 

—¿De  dónde  es  usted? 
—De  Castilla. 

Y  va  a  ver  ahora  a  su  madre? 
-Sí. 

—¡Pobre  madrina  suya!  ¡qué  contenta  estará!  Y 
iisted  está  tan  triste,  y  va  a  verla  pronto!... 
Yo,  no  supe  qué  contestar. 

Y  cuando,  después  de  un  rato  de  cariñosa  conver- 
sación, me  dejaron;  cuando  me  dijeron,  entre  otras  co- 
sas, ¡que  Dios  me  acompañara  durante  mi  viaje!...  no 
fué  nada  extraño  que,  dados  los  pensamientos  tristes 
que  a  mí  me  dominaban,  tuviese  que  hacer  grandes 
esfuerzos  para  contener  estas  picaras  lágrimas,  que  re- 
percuten enseguida  los  apretoncillos  que,  en  ciertos 
casos,  siento  en  el  corazón. 

Ahora,  que  voy  a  concluir  ya  de  escribirte,  me  pre- 
pararé a  pasar  con  resignación  el  largo  tiempo  que  me 
resta  de  permanencia  en  esta  Medina  insoportablCy  y 
después...  después,  a  seguir  mi  interrumpida  peregri- 
nación por  estos  horizontes  largos,  redondos,  monóto- 
nos, interminables. 


70  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


A  tus  papás,  mil  recuerdos;  otros  mil  para  tus  bue- 
nas hermanas,  sin  olvidarte  decirles  que  no  se  olviden 
de  los  amigos  que  se  marchan,  aunque  sea  para  nunca 
más  volver.  Y  tú,  adiós;  recibe  un  cariñoso  abrazo  que 
con  el  alma  te  envía  tu  amigo 

José  María» 


CARTA  4.* 


La  Maya  24  de  Jalio. 


Casto  querido:  Acabo  de  llegar  a  este  pueblo, 
donde  me  esperaba  mi  adorada  madrecita  y  mi  queri- 
da hermana  Enriqueta.  Mi  padre  y  mis  demás  herma- 
nos vendrán  mañana,  si  Dios  quiere,  a  verme,  y  a 
pasar  aquí  las  fiestas  de  Santiago.  Dios  ha  querido 
que  a  todos  los  encuentre  bien,  y  por  ello  le  doy 
gracias. 

No  te  engaño  si  te  digo,  querido  Casto,  que  me 
faltan  fuerzas  físicas  hasta  para  escribir;  pero  como 
me  sobran  morales,  lo  hago  con  un  poco  de  agua,  que 
es  lo  que,  sin  pedirio  a  nadie,  he  encontrado. 

A  nuestro  amigo  Antonio  le  escribí  largamente 
desde  Medina  del  Campo;  desde  Medina  del  Campo, 
en  cuya  fonda  permanecí  ¡diez  horas!  empotrado  en 
una  silla. 

A  Antonio  le  di  ya  cuenta  detallada  de  mi  viaje; 
este  viaje  largo,  monótono,  interminable,  eterno. 

Vine  triste,  cansado,  abatido. 

Me  acuerdo  mucho  de  ti,  mucho. 

Hasta  después  que  me  separé  de  ti;  hasta  que  la 
tristeza  que  naturalmente  se  sigue  a  una  despedida, 
no  vino  a  herirme,  no  he  comprendido  lo  que  te  que- 
ría, y  lo  que  os  quena  a  todos.— Perdóname  que  te  lo 
diga  así,  pero  el  correo  se  me  va;  se  me  va,  y  esto  que 
te  he  dicho  es  lo  que  más  me  importaba  decirte. 


72  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Toda  mi  familia,  toda,  sin  saber  ellos  mismos  por 
qué,  estaban  en  la  creencia  firme,  que  ellos  mismos 
también  se  habían  forjado,  de  que  me  acompaña- 
bas tú. 

Mi  madre  me  manda  no  sé  cuántas  cosas  para  la 
tuya. 

Acabo  de  bajar  del  coche,  y  estoy  medio  calentu- 
riento con  este  calor  tropical  que  aquí  se  siente. 

No  sé  si  entenderás  mis  garabatos. 

Escríbeme,  escríbeme  y  dirige  tu  carta  a  Frades, 
que  allí  iré  yo  lleno  de  alegría  a  leerla. 

Cuando  te  conteste,  te  hablaré  de  mi  viaje  exten- 
samente. 

Ahora  me  dejarás  ir  a  descansar  ¿verdad?...  Bueno. 
Pues  allá  va  un  apretado  abrazo  que  José  María 
manda  para  ti. 


CARTA  5.* 


Sr.  D.  Casto  Blanco  Cabeza. 


Amigo  querido:  Hoy  llego  a  Frades,  después  de  un 
corto  viaje  de  tres  días.  Acabo  de  hacer  la  visita  a  los 
enfermos  del  pueblo,  por  acompañar  al  doctor,  que  es 
un  chico  muy  joven  y  amigo  de  confianza  de  casa. 

Como  sabia  que  tenía  que  hacer  el  viaje,  que  al  fin 
he  llevado  a  cabo,  no  te  he  escrito  antes  por  darte 
hoy  cuenta  de  todo. 

Salí  de  casa  el  pasado  sábado  por  la  mañana,  y 
llegué  al  Guijuelo  a  comer  con  el  amigo  estudiante  de 
que  ya  creo  te  hablé. 

Con  él  salí  a  paseo  y  al  café,  donde  estuve  con 
una  colección  de  mediquillos,  jóvenes  conocidos.  El 
domingo  despaché  con  mi  sustituto  por  la  mañana,  y 
salí  del  Guijuelo  en  dirección  a  la  Maya,  acompañado 
de  mi  papá.  Allí  pasamos  la  tarde,  la  noche  y  el  día 
siguiente,  con  mi  Enriqueta,  que  ya  tenía  deseos  de 
verme  otra  vez. 

Y  aquí  me  tienes  de  nuevo  en  mi  pueblo,  contestan- 
do a  la  consoladora  carta  que  me  enviaste  y  que  reci- 
bí hace  días.  Acabo  también  de  contestar  a  otras 
cuantas  epístolas,  que  varios  amigos  me  habían  dirigi- 
do al  pueblo,  deseosos,  como  siempre,  de  saber  algo 
de  mí. 


74  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Y  por  cierto  que  uno  de  ellos  es  Cabanelas. 
¡Dios  se  lo  pague  a  todos! 

*  * 

Y  a  ti  ¿qué  quieres  que  te  diga? 

Las  impresiones  que  recibí  en  mi  viaje,  como  tar- 
días que  son  ya,  no  te  interesarán. 

Sin  embargo,  voy  a  decirte,  aunque  tarde,  todo 
cuando  le  dije  al  amigo  Antonio  oportunamente. 

Di  ¿te  acuerdas  —claro  que  te  acordarás—  de 
aquella  despedida  de  que  en  tu  carta  tan  leída  por  mí^ 
me  hablas?-— Bueno.  Pues  aquella  despedida  me  hirió 
mucho  en  el  corazón.  ¡Como  que  me  hacían  daño  sus 
latidos!  Tan  fuertes,  tan  violentos  eran.  Cuando  el  tren 
me  apartó  de  vosotros;  cuando  os  dejé  de  ver,  no  sé 
lo  que  por  mí  pasó.  Me  vi  tan  sólo,  tan  solo,  que  por 
un  momento  me  creí  solo  en  el  mundo.  Luego...  lue- 
go lo  de  siempre:  lloré,  sí,  lloré,  y  no  tengo  por  qué 
negarlo,  porque  las  lágrimas  en  un  hombre  no  siempre 
acusan  cobardía  de  espíritu.  El  que,  como  yo,  no  tiene 
agotado  por  las  penas  el  manantial  de  las  lágrimas; 
el  que  ha  llorado  poco  ¿por  qué  se  ha  de  avergonzar 
al  decir  que,  en  ciertas  situaciones  de  la  vida,  llora? 
Cuando  se  me  acaben  las  lágrimas  en  fuerza  de  llorar,, 
entonces  permaneceré  imperturbable  y  sereno  ante  las 
amarguras.  Hasta  entonces,  no  puedo,  no  puedo  me- 
nos: lloraré. 

Aquellos  dos  pobres  aldeanos  debieron  ver  alguna 
de  las  lagrimillas,  que  ocultamente  vertían  mis  ojos. 

Y  querían  consolarme. 

Me  preguntaban:— ¿Por  qué  está  tan  triste?  ¿es 
porque  ha  dejado  a  sus  amigos,  ¿verdad?—  Sí,  les 
contesté. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


75 


Y  después  de  otras  preguntas,  me  decían: 

—Y  ahora  ¿va  a  ver  a  su  madre?— Sí. 

—¡Pobre  madrina  suya!  ¡qué  ganas  tendrá  de  ver- 
lo! ¿Y  usted  va  a  abrazar  a  su  madre,  y  está  tan  triste? 
Eso  no  es  bueno.  Debía  estar  muy  contento». 

Esto  fué  para  mí  como  una  acusación,  que  bien 
traducida  quería  decir: 

¿Conque  yendo  a  abrazar  a  quien  más  debe  que- 
rer en  el  mundo,  después  de  Dios,  está  usted  triste? 
¿Hay  causa,  por  grave  que  sea,  para  que  esto  suceda? 

¡No!  —decía  el  cariño  ciego  que  debo  a  mi  madre» 

¡Sí!  —decía  el  que  os  profeso  a  vosotros. 

Procuré  conciliar  estos  dos  sentimientos,  que  tan 
encontrados  me  parecían  y  que,  al  chocarse  dentro  de 
mí,  herían  mi  alma. 

Y,  después  de  darle  un  sentido  adiós  a  aquellos 
dos  campesinos  de  tan  buenos  sentimientos,  así  crucé 
estos  achatados  y  desiertos  horizontes  de  Castilla; 
largos  y  tristes  como  mis  sufrimientos,  áridos  como 
mi  alma  en  momentos  de  dolor. 

En  Medina  del  Campo  habían  variado,  por  lo 
visto,  las  horas  de  salida  del  tren  expreso,  pues  al 
preguntar  por  él,  siguiendo  extrictamente  tu  consejo, 
me  dieron  la  desconsoladora  respuesta  de  que  no 
salía  hasta  la  una  y  media  de  la  mañana,  siendo  dicho 
tren  el  primero  que  salía  para  Salamanca.  ¡Y  habíamos 
llegado  a  Medina  a  las  tres  de  la  tarde! 

Estuve  diez  horas  y  media  empotrado  en  una  silla 
de  aquella  odiosa  fonda. 

Tomé  café,  tomé  cerveza,  volví  a  tomar  café  con 
tostada,  ¡y  todavía  no  podía  tomar  ni  la  puerta,  ni  el 
tren  expreso  de  Salamanca! 


Llegué  a  la  Maya  en  el  coche  y  allí  me  esperaban, 


76 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


como  sabes,  mi  mamá  y  mi  hermanita.  Y,  como  sabes 
también,  allí  fueron  todos  a  verme  ai  siguiente  día 
de  mi  llegada. 

Mi  madre  lloraba,  pero  lloraba  de  alegría. 

En  la  Maya  pasé  las  fiestas  del  Apóstol   «Vuél- 
vete, mi  querido  Galán,  vuélvete  a  Frades  y  déjate  de 
fiestas,  que  si  concurres  a  muchas,  te  acordarás  poco 
de  mí  y  dejarás  pronto  de  quererme>. 

«¡Te  acordarás  poco  de  mí  y  dejarás  pronto  de 
quererme!...» 

¡Y  yo,  que  había  pensado,  -—y  no  me  había  atrevi- 
do,— decirte: 

—Escóndete,  mi  querido  Casto,  escóndete  en  tu 
San  Saturnino  y  no  vayas  a  bailar  con  las  niñas  a  las 
romerías  campestres,  que  hay  espíritus  en  los  cuales 
las  impresiones  dulces,  agradables  y  últimas,  borran 
la  huella  de  otras  que  fueron  más  débiles  quizás!... 

Te  adelantaste  tú,  querido  amigo.  Pero  si  juzgas 
una  mentira  lo  que  yo  tenía  pensado  decirte,  juzga 
como  inverosímil  lo  que  tú  me  has  dicho. 

*  * 

Antonio  me  escribe.  ¡Pobre  Antonio!  ¿No  sabes 
que  lo  quiero  mucho? 

Y  me  acuerdo  mucho  de  él. 

Y  apropósito  de  recuerdos.  Tú  me  dices:  «¡Quiera 
Dios  que  me  recuerdes  mucho  tiempo;  tanto  —por  lo 
menos—  como  yo  te  recordaré  a  ti!...  Con  esto  me 
contentaba...  vaya  si  me  contentaba!» 

Todos  nos  contentamos  con  algo. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


77 


Yo  con  ocupar  el  (*)  lugar  entre  los  amigos 

y  amigas  de  tu  alma,  no  incluyendo  en  esta  cuenta  a 
quien  suponerte  debes.  Sirva  esto  de  contestación  a 
esa  frase,  que  me  soltaste,  impregnada  de  amargura 
y  con  sus  ribetes  de  escepticismo. 

Punto  y  aparte. 

Allá  va  con  la  carta  esta,  otra  carta  que  contiene  la 
composición  que  pensaba  titular  «Tardes  de  Agosto» 
en  Frades.  Ya  sabes  por  qué  he  variado  el  título. 

Obra  que  pueda  oler  a  plagio,  en  cualquier  senti- 
do, la  odiaré  siempre.  Mi  lema  es:  malito,  malitOy 
pero  mío  todo. 

Para  terminar  la  composición  que  te  envío,  no  he 
podido  disponer  más  que  de  dos  o  tres  ratos.  De 
modo  que  puedes  figurarte  cómo  irá,  cómo  habrá 
quedado. 

Y  ahora  escúchame. 

¿Me  prometes  solemnemente  que  nadie  verá  tal 

tontería,  hecha  excepción  de  E  ,  Antonio  y  José 

María;  o  tus  papás,  si  es  que  juzgas  algún  día  oportu- 
no leerla  a  los  tres  últimos?  Bueno.  Te  estoy  oyenda 
que  sí,  y  quedo  satisfecho. 

No  encontrarás  grandes  —ni  pequeñas—  concep-^ 
ciones  poéticas;  ni  encontrarás  acaso  poesía.  Lo  pri- 
mero, sabido  es  que  no  lo  tiene:  lo  segundo,  créeme, 
Castiño,  créeme,  lo  tiene:  o  para  hablar  con  más 
exactitud,  lo  tiene  para  mí. 

Si  tú  no  le  encuentras  esa  poesía,  confórmate  con 
su  naturalidad,  que  es  lo  mejor  que  tiene;  lo  demás, 
todo  malo. 

En  fin;  admítela  como  un  pequeño  recuerdo  mío,. 


(•)  Sustitáyelos  por  letras. 


78  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


quizás  el  mejor  que  puedo  darte,  porque  nada  bueno 
tengo  para  ti. 

Asimismo  desearía  algo  tuyo  además  de  tu  cariño. 
Mándame,  pues,  lo  que  me  prometiste.  ¿O  es  que  te 
ocupas  ya  de  todo  menos  de  eso?  Sigue,  querido, 
sigue  con  tus  laudables  aficiones  de  siempre,  que  para 
todo  hay  tiempo. 

*■ 

Aunque  llegué  a  Frades  cansado  de  mi  último 
viaje  al  Quijuelo  y  la  Maya,  no  sé  si  me  decidiré 
a  emprender  otro  más  largo:  a  Sequeros,  a  las  Batue- 
cas —acompañado  de  Estella—  y  a  visitar  a  la  Virgen 
de  la  Peña  de  Francia.  Y  va  de  viajes. 

Hace  dos  o  tres  días  que  el  correo  diario  que 
viene  a  Frades  desde  Mora,  me  dijo  que  Purita  y  su 
maestra,  le  han  estado  hace  tiempo  preguntando  si 
había  regresado  yo  de  Galicia;  y  el  día  que  lo  supie- 
ron con  certeza  me  enviaron  recado  que  el  domingo 
siguiente  me  esperaban  en  Mora  sin  falta.  El  domingo 
se  pasó  y  aún  no  he  ido. 

Item  más.  Antes  de  ayer  una  carta  con  idéntico  fin, 
de  las  niñas  de  Ferrones,  María  y  Juanita.  Y  tampoco 
he  ido. 

Item  más.  Hoy  otro  recado  para  que  vaya  a  ver 
a  una  primita.  No  sé  qué  la  pasará. 

Si  empiezo  a  visitar,  me  tendré  que  estar  viajando 
lo  que  me  resta  de  mes.  Y  luego  al  Guijuelo,  a  crecer. 

Se  me  olvidaba  decirte  que  cuando  veníamos  de  la 
Maya,  al  cruzar  una  dehesa  donde  había  toros,  nos 
sorprendió  uno  de  ellos,  que  se  atravesó  en  el  camino 
bramando  y  esperándonos  a  unos  diez  o  doce  pasos 
de  distancia.  No  lo  vimos  hasta  no  estar  delante  de  él. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


79 


A  mi  papá,  que  no  quiso  escapar  tan  pronto  como  yo, 
estuvo  a  punto  de  cogerlo.  A  mí,  excuso  decirte  que 
no  me  cazaba  tan  fácilmente,  gracias  a  mi...  prudencia. 

Me  dice  nuestro  amigo  Antonio,  entre  otras  cosas, 
que  iría  a  Ferrol  uno  de  estos  días.  ¡Qué  felices,  qué 
dichosos  sois  ambos!  Me  alegro  que  así  sea,  me  ale- 
gro. Yo  en  cambio...  nada. 

El  solitario  está  destinado  a  vivir  siempre  tan  solo 
como  hasta  aquí.  Sus  alegrías  serán  sus  esperanzas,  si 
alguna  le  queda,  y  sus  amigos...  sus  amigos,  los  pen- 
samientos que  revuelve  en  su  mente.  Amigos  harto 
crueles,  harto  ingratos.  Ellos  me  sonríen  cuando  la 
dicha  me  sonríe,  y  me  martirizan  cuando  en  mi  alma 
toma  morada  la  tristeza. 

Estos  son  mis  amigos. 

¡Ingratos!...  ¡ingratos!...  Escucha:  me  halagan  y  me 
regalan,  cuando  estoy  bajo  las  alas  de  la  voluble  diosa 
de  la  fortuna;  y  luego  se  ensañan  contra  mí  cuando  me 
atosiga  la  desgracia. 

Les  doy  mil  vueltas  en  mi  cerebro  aun  a  los  más 
tristes.  ¡Cuántas  veces  he  pensado  en  aquella  frase 
que  pronunciaste  de  repente  al  separarnos!  — -<¡No  nos 
volvemos  a  ver!»  dijiste  en  el  último  momento  de 
nuestra  despedida.  Me  dió  esto  mucho  que  pensar. 
Hoy  me  consuelas,  cuando  en  tu  carta  me  dices  lo 
contrario. 

Adiós,  adiós,  van  tres  pliegos  de  papel.  ¡Cuánto 
me  extiendo!  Quizás  más  de  lo  que  desees. 

Ayer  u  hoy  ha  escrito  mi  mamá  a  la  tuya,  según 
la  primera  me  dice.  Supongo  para  qué  será. 

Ya  habrás  recibido  un  certificado  que  papá  te  envió 
desde  Salamanca. 


80  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Contéstame  pronto,  aunque  no  haya  pasado  aún  el 
tiempo  reglamentario  que  dispusimos,  porque  tiene 
vivos  deseos  de  saber  de  ti 

El  Solitario. 


Recuerdos  mil  a  todos. 


PARA  MI  BUEN  AMIGO  C.  B.  C 
del  suyo 
José  María  Gabriel  y  Galán 

Frades,  Agosto  de  2889, 


MAÑANAS  Y  TARDES 

SUEÑOS 

¡Gloria  al  Señor,  que  puso 
mi  pobre  cuna 

donde  hay  estas  estrellas 
y  hay  esta  luna, 
y  hay  estas  flores, 

y  hay  estas  dulces  auras 
y  hay  estas  noches! 

A,  de  T. 

I 

La  tarde  está  serena,  la  calma  es  tanta, 
que  ni  llora  el  arroyo,  ni  el  ave  canta; 
la  ráfaga  de  viento,  que  a  veces  pasa, 
llanuras  y  sembrados,  todo  lo  abrasa. 

El  Astro  bochornoso  que  reverbera 
convierte  las  llanuras  en  una  hoguera; 
crujen  unas  con  otras  las  cañas  huecas; 
las  doradas  espigas  estallan  secas, 
y  en  el  fondo  parduzco  de  la  barranca, 
el  agua  del  arroyo  su  curso  estanca. 


82  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Tan  pesada  es  la  calma,  tal  el  bochorno, 
que  la  abrasada  tierra  parece  un  horno. 

Las  alondras  reposan  en  sus  solaces, 
las  codornices  duermen  bajo  los  haces, 
los  lagartos,  que  salen  de  su  agujero, 
cruzan  algunas  veces  por  el  sendero; 
la  perdiz  a  sus  hijos,  cauta,  reclama 
bajo  la  tibia  sombra  de  la  retama, 
y  uniendo  sus  cabezas  abochornadas 
dormitan  las  ovejas  en  las  cañadas. 

* 

♦  * 

Llega  el  sol  a  la  cumbre  de  su  apogeo; 
duermen  algunos  bueyes  en  el  rodeo, 
y  otros  van  a  la  obscura  charca  verdosa 
para  ahuyentar  la  mosca,  que  los  acosa. 

Trabajan  en  las  eras  lentas  las  reses, 
en  derredor  girando  sobre  las  mieses; 
bajo  el  trillo,  que  arrastran  con  lento  empuje, 
la  seca  paja  estalla,  se  rompe  y  cruje; 
el  ruido  de  la  marcha  casi  ensordece, 
el  choque  de  las  mieses  casi  adormece. 

Al  son  con  que  el  cambizo  lento  rechina 
responde  el  de  la  parva  que  está  vecina; 
desparrama  el  labriego  los  secos  haces, 
y  en  el  trillo  se  duermen  ya  los  rapaces. 

m 

El  perro  perezoso  se  entrega  al  sueño 
a  la  sombra  del  viejo  carro  del  dueño, 
y  sacude  la  mosca  que  le  molesta 
turbando  impertinente  su  dulce  siesta. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


83 


Forma  el  trigo  tendido  redondas  fajas 
y  cantan  las  chicharras  entre  las  pajas. 
Los  pájaros  se  ahogan  en  el  espacio 
y  hacen  de  las  encinas  fresco  palacio; 
ni  canta  la  culebra,  ni  rana  alguna 
asoma  la  cabeza  por  la  laguna; 
en  su  casa  escondidos  callan  los  grillos, 
y  quedan  en  los  prados  secos  tronquHlos 
del  pasto  saludable,  fresco  y  lozano 
que  con  rudos  calores  quemó  el  verano. 

De  la  Peña  del  Niño  por  las  laderas 
quedan  piedras,  tomillos  y  carrasqueras. 
Por  evitar  de  Febo  la  ardiente  lumbre 
las  perdices  se  suben  hacia  la  cumbre, 
y  armado  de  escopeta  recorre  el  cerro 
el  cazador  constante  detrás  del  perro. 

De  las  húmedas  piedras  por  las  rendijas 
se  ven  salir  a  veces  las  lagartijas; 
el  sol  despide  fuego,  fuego  la  tierra, 
fuego  los  pedregales  de  aquella  sierra. 

Sólo  se  ven  en  torno  zarzas  y  espinos; 
no  transita  un  viviente  por  los  caminos. 

El  viento  con  sus  ráfagas  lleva  ligero 
una  nube  de  polvo  por  el  sendero. 

Siegan,  unos  tras  otros,  los  segadores 
del  sol  bajo  los  rayos  abrasadores; 
entre  espigas  y  cardos  van  encorvados, 
bajo  tantos  calores  casi  agobiados, 
y  el  dueño  los  vigila  bajo  una  encina 
que  al  árido  sembrado  crece  vecina. 


84  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


El  caballo,  corriendo  por  el  atajo, 
va  a  humedecer  su  boca  con  el  regajo; 
el  carro  con  las  mieses  lento  camina 
y  en  lento  balanceo  cruje  y  rechina, 
y  el  buey,  uncido  al  yugo,  la  cola  enrosca 
ahuyentando  indefenso  la  inquieta  mosca. 

* 

Largas  tardes  de  Agosto!...  tardes  de  calma!... 
en  vuestras  largas  horas  se  duerme  el  alma!... 

* 

*  * 

Si  quisierais  tristezas  y  soledades, 
buscadlas  en  los  tristes  campos  de  Frades. 

No  busquéis  en  él  nunca  tiernos  planteles 
ni  busquéis  en  sus  campos  lindos  verjeles; 
no  busquéis  en  sus  lomas  los  olivares; 
buscad  en  sus  laderas  los  tomillares. 

No  busquéis  en  sus  pobres  alrededores 
jardines  esmaltados  de  lindas  flores; 
ni  hallaréis  en  sus  cerros  los  naranjales, 
ni  veréis  en  su  sierra  lindos  rosales. 

No  hallaréis  en  sus  campos  un  paraíso, 
que  la  naturaleza  darle  no  quiso. 

Son  sus  áridos  valles  pobres  plantíos; 
son  sus  pobres  cañadas  vegas  sin  ríos. 

Si  visitáis  sus  montes  y  sus  marjales, 
veréis  viejas  encinas  y  matorrales, 
y  en  vez  de  frescas  bandas  de  azules  violas 
veréis  entre  los  trigos  las  amapolas. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


85 


¡Buscad  secos  barbechos  siempre  agostados!... 
]buscad  la  rubia  espiga  de  los  sembrados!... 
¡buscad  cuando  el  gran  Astro  lumbre  fulgura, 
una  encina,  una  piedra  y  una  llanura!... 

♦ 

♦  * 

En  sus  tristes  y  humildes  alrededores 
jamás  cantar  se  oyeron  los  ruiseñores. 
De  sus  montes  de  encinas  por  los  confines, 
saltan  lindos  chivones  y  colorines. 

Gorjeadoras  alondras  y  golondrinas 
de  sus  pobres  casitas  son  las  vecinas, 
y  habitan  sus  laderas,  montes  y  lomas, 
las  dulces  tortolitas  y  las  palomas. 

* 

*  * 

No  busquéis  en  sus  sierras  fieros  torrentes; 
buscad  sus  solitarias  y  ocultas  fuentes: 
no  busquéis  en  el  monte  la  catarata 
que  al  bajar  al  abismo  se  desbarata: 
buscad,  en  vez  del  río  que  se  despeña, 
el  manantial,  que  fluye  de  negra  peña; 
y  en  vez  de  la  cascada  de  las  alturas, 
buscad  los  arroyuelos  de  las  llanuras. 

¡Buscad  secos  barbechos,  siempre  agostados!... 
¡buscad  la  rubia  espiga  de  los  sembrados!... 
¡buscad,  cuando  el  gran  Astro  lumbre  fulgura, 
una  encina,  una  piedra  y  una  llanura!... 


86 


CARTAS  Y  POESIAS  INÉDITAS 


II 

Hay  en  medio  de  Frades  rústico  huerto, 
que  parece  el  oasis  de  aquel  desierto. 

Entoldan  sus  paseos  los  emparrados, 
con  sus  brazos  frondosos  entrelazados; 
despliegan  las  acacias  sus  anchas  copas, 
donde  los  gorriones  cantan  en  tropas. 

Son  las  tapias  del  huerto  de  vieja  piedra, 
que  cubre  cuidadosa  la  verde  yedra; 
las  auras  vespertinas  y  matinales 
juegan  con  los  cerezos  y  los  perales; 
tapizan  sus  paseos  yerbas  silvestres, 
y  en  los  rincones  crecen  flores  campestres. 

Los  alegres  manzanos  cuando  florecen 
dan  sombra  a  las  verduras  que  abajo  crecen. 

Si  un  aroma  se  aspira  dulce  y  ligero, 
es  el  aroma  dulce  de  algún  romero. 

Junto  a  la  vieja  tapia  crece  y  vegeta 
el  junco  del  pantano  con  la  violeta, 
y  unen  abrazos  tiernos  y  fraternales 
las  verdes  zarza-moras  con  los  rosales. 

El  viento  se  embalsama  con  los  olores 
de  aquellas  coloradas  y  lindas  flores, 
y  junto  a  la  violeta  crece  amarilla 
exhalando  su  aroma  la  manzanilla. 

Hay  entre  las  verduras  una  fontana, 
do  el  agua  para  ellas  tan  clara  mana, 
que  a  la  vez  se  reflejan  en  sus  cristales 
dos  manzanos,  tres  guindos  y  tres  rosales. 

Y  al  pie  de  esta  fontana,  tan  pura  y  bella, 
vive  el  amargo  ajenjo  con  la  grosella, 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


87 


y  de  igual  modo  vive,  crece  y  se  hermana, 
la  colorada  fresa  con  la  romana. 

En  esas  mañanitas  del  mes  de  Mayo, 
antes  que  el  sol  nos  mande  su  ardiente  rayo, 
de  aromas  y  harmonías  hay  un  concierto 
dentro  de  aquel  silvestre  y  alegre  huerto. 

Cuando  la  luz  asoma  por  las  colinas, 
ya  cantan  en  los  guindos  las  golondrinas, 
y  antes  que  el  sol  derrame  luz  sobre  el  suelo, 
ya  las  pardas  alondras  suben  al  cielo. 

Hay  cerca  de  aquel  huerto  viejos  cercados 
y  viejas  encinltas  y  viejos  prados, 
y  entre  estas  encinitas,  casi  cubierta, 
canta  la  tortolilla  cuando  despierta. 

En  los  rojos  tejados  de  aquella  aldea 
el  tordo  se  despluma,  silba  y  gorjea, 
y  chillando  a  su  lado  sobre  el  alero 
el  gorrión  inquieto  salta  ligero. 

Se  revuelcan  y  charlan  en  los  corrales 
las  alegres  gallinas  con  los  pardales; 
despierta  la  paloma  madrugadora 
cuando  el  astro  naciente  las  lomas  dora, 
y  dejando  en  parejas  los  palomares, 
por  el  cielo  del  huerto  cruzan  en  pares. 

Los  cargados  manzanos  abren  sus  flores; 
la  humilde  manzanilla  despide  olores, 
y  olores  dan  las  rosas  y  la  romana, 
que  vejeta  en  la  orilla  de  la  fontana. 

En  las  ramas  nudosas  de  los  manzanos 
depositan  sus  larvas  pardos  gusanos; 
las  constantes  arañas  tejen  sus  redes 


88  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


en  las  húmedas  grietas  de  las  paredes, 
y  trepan  las  hormigas  por  su  sendero 
que  suele  ser  el  tronco  de  un  limonero. 

Previsora,  constante,  madrugadora, 
inteligente,  sabia,  trabajadora, 
en  busca  de  sus  flores  sola  se  aleja 
y  su  obscura  colmena  deja  la  abeja. 

Insectos,  flores  y  aves  en  dulce  salva 
saludan  con  sus  ruidos  la  luz  del  alba, 
que  asoma  sonrosada,  bella  y  riente, 
recostada  en  las  lomas  del  claro  Oriente. 


III 

Mes  de  Agosto  ardoroso,  serena  tarde; 
arde  el  sol  en  el  cielo;  la  tierra  arde. 

Todo,  todo,  en  la  aldea  reposa  inerme... 
el  hombre,  el  ave,  el  bruto,  todo  se  duerme... 
y  cuando  el  mundo  vivo  parece  muerto 
yo,  que  soy  el  que  velo,  me  voy  al  huerto. 

Allí,  bajo  la  sombra  de  un  emparrado, 
de  amarillentas  hojas  entrelazado, 
hago  lecho  mullido  del  verde  suelo 
y  mis  cansados  ojos  fijo  en  el  cielo. 

Mis  párpados  se  entornan  pausadamente; 
confuso  mar  de  ideas  turba  mi  mente... 
mi  pensamiento  flota,  vago...  perdido... 
y,  cerrando  mis  ojos,  quedo  dormido!... 


DE  GABRIEL  Y  CALÁN 


89 


En  las  tardes  de  Agosto,  tardes  de  calma, 
en  cuyas  largas  horas  se  duerme  el  alma, 
después  que  me  embriaga  dulce  beleño 
y  me  quedo  dormido...  ¿sabes  que  sueño? 


Sueño  que  voy  cruzando  por  un  desierto, 
un  mar  sin  fin  de  arenas,  un  mar  sin  puerto. 

Lágrimas  de  agonía  vierten  mis  ojos 
porque  mis  pies  heridos  pisan  abrojos. 

En  medio  del  desierto  sueño  que  existe 
un  albergue  que  sirve  de  alivio  al  triste; 
un  oasis  bendito,  do  el  peregrino 
alivia  las  fatigas  de  su  camino. 

Es  el  rey  del  oasis  un  niño  alado, 
que  aquel  edén  hermoso  vigila  armado. 

En  una  aguda  flecha  guarda  amoroso 
un  licor  sonrosado,  dulce  y  sabroso. 

Cuando  a  algún  peregrino  la  sed  abrasa 
y  cerca  del  oasis  llorando  pasa, 
a  recibirlo  sale  solo  y  armado, 
con  una  de  sus  flechas  el  niño  alado. 

Y  el  arma  punzadora  lanza  certero 
al  corazón  marchito  de  aquel  viajero 
que,  entrando  del  oasis  bajo  el  ramaje, 
refresca  los  ardores  de  su  viaje. 

Y  mientras  a  la  sombra  duerme  y  descansa 
a  sus  pies  una  fuente  resuena  mansa. 

El  niño  de  las  alas  su  sueño  vela; 
su  espíritu  cansado  soñando  vuela, 
y  el  licor  de  la  flecha  del  niño  alado 
su  corazón  ardiente  tiene  embriagado. 

Y,  mientras  a  la  sombra  yace  dormido, 
viene  con  sus  acordes  a  herir  su  oído 
un  coro  de  angelitos  que,  en  derredor 


90  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


del  lecho  del  viajero,  dicen:  ¡Amor!.,. 


Y  yo  sigo  soñando...  sigo  soñando 
con  otros  peregrinos  que  van  llegando 
al  oasis  bendito  de  aquel  paraje, 
mitad  de  su  penoso,  largo  viaje. 

En  medio  del  desierto,  solo,  afligido, 
fatigado,  lloroso,  triste,  perdido, 
el  último  de  todos  voy  caminando 
¡siempre  pisando  abrojos!...  ¡siempre  llorando!... 

Lanzado  en  el  desierto  por  mi  destino 
no  llego  al  fin  querido  de  mi  camino, 
y  el  corazón  se  ahoga  casi  abrasado 
sin  el  licor  sabroso  del  niño  alado. 

En  medio  del  oasis  y  en  él  gozando 
a  ti,  Casto  querido,  te  vi  cantando. 

De  un  árbol  oloroso  bajo  la  sombra 
y  apoyado  a  tu  lado  sobre  la  alfombra, 
vi  un  ser,  que  dulcemente  te  sonreía 
y  oí  distintamente  que  te  decía: 

*Tú  cruzaste  un  desierto  para  buscarme 
y  entraste  en  este  oasis  para  adorarme. 
Si  el  resto  del  desierto  juntos  cruzamos 
y  al  fin  de  la  jornada  juntos  llegamos, 
viviremos  felices,  sin  duras  penas, 
aun  yendo  del  desierto  por  las  arenas! > 

Y  tú  que  lo  escuchabas,  de  allí  saliste 
y  aceptado  el  apoyo  que  le  ofreciste, 
os  vi  llenos  de  gozo,  cruzando  luego 
aquel  desierto  inmenso  lleno  de  fuego... 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


91 


Rendido  de  cansancio,  lleno  de  pena, 
y  con  mis  pies  hollando  la  ardiente  arena; 
os  perdieron  mis  ojos...  ¡que  se  cerraban 
sin  llegar  al  oasis  que  divisaban! 

Y  tendido  entre  espinas,  sin  esperanza 
de  hallar  jamás  el  puerto  de  mi  bonanza, 
exclamaba  llorando...  ¡Dios  mío!...  ¡no  puedo L 
estoy  aquí  tan  solo,  que...  ¡tengo  miedo!!... 

* 

Quemaba  con  sus  rayos  el  sol  de  estío 
y  el  corazón  sentía  yerto  de  frío. 

Cubrió  mis  turbios  ojos  un  negro  velo, 
alcéme  amedrentado  del  duro  suelo, 
y  al  extender  mi  vista  por  el  desierto... 


desperté  en  mi  silvestre  y  alegre  huerto! 


IV 

En  las  dulces  mañanas  del  mes  de  Mayo, 
cuando  el  sol  nos  envía  su  primer  rayo, 
voy  al  huerto  a  sentarme,  porque  en  el  huerto 
hay  de  aromas  y  ruidos  dulce  concierto. 

♦  * 

Recostado  en  la  alfombra  del  verde  suelo 
y  siempre  con  mi  vista  fija  en  el  cielo, 
percibo  en  torno  mío  ricos  aromas 
que  me  manda  el  tomillo  desde  sus  lomas. 


92 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Mis  párpados  se  entornan...  ¡estoy  despierto 
y  sueño  nuevamente  con  el  desierto! 

Sueño  que  voy  andando...  que  voy  andando 
y  que  al  hermoso  oasis  estoy  llegando, 
y  lo  veo  tan  cerca,  que  me  convida 
a  vivir  una  dulce  y  alegre  vida... 

Y  tanto  me  aproximo  que  te  diviso 
vagando  entre  el  follaje  del  paraíso. 

Al  sér  que  te  acompaña  le  ofreces  flores, 
flores  que  en  vez  de  aromas  vierten  amores. 

Al  tender  tu  mirada  por  el  desierto, 
me  viste  caminando  con  paso  incierto, 
y  no  lloraste  viendo  mi  gran  quebranto, 
porque  en  aquel  oasis  no  existe  el  llanto. 


Antes  de  la  dorada  y  hermosa  puerta 
de  la  mansión  aquella  que  estaba  abierta, 
había  un  gran  abismo,  profundo,  hondo... 
sin  medida,  sin  término,  sin  luz,  sin  fondo. 

Al  ponerme  a  la  orilla  tímidamente, 
un  vértigo  espantoso  turbó  mi  mente; 
y  casi  loco,  débil  y  suspendido 
sobre  aquel  precipicio,  perdí  el  sentido... 


Al  recobrarlo  luego,  te  vi  a  mi  lado 
dentro  ya  del  oasis  del  niño  alado, 
y  supe  que,  alargando  tu  diestra  mano, 
me  salvaste  la  vida,  como  a  un  hermano. 

Al  verme  ya  en  aquella  mansión  querida, 
sentí  mi  pobre  alma  de  amor  herida, 
y  el  licor  misterioso  del  niño  alado 
mi  corazón  tenía  casi  embriagado. 

Y  vi,  en  el  paraíso  de  las  delicias, 
un  sér  que  me  halagaba  con  sus  caricias, 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


93 


y  al  pronunciar  mi  nombre  sus  labios  rojos, 
desperté  de  mi  sueño...  y  abri  los  ojos. 


V 

En  las  tardes  de  Agosto,  tardes  de  calma, 
en  cuyas  largas  horas  se  duerme  el  alma, 
mis  penas  y  mis  ansias  doy  al  olvido 
y  a  la  sombra  de  un  árbol  sueño  dormido. 

Sueño  con  el  desierto  y  el  paraíso, 
que  en  las  tardes  de  Agosto  nunca  diviso, 
y,  aunque  esparce  sus  rayos  el  sol  de  estío, 
el  corazón  me  queda  yerto  de  frío. 

VI 

Pero  ¡ay!  en  las  mañanas  del  mes  de  Mayo, 
cuando  el  sol  nos  envía  su  claro  rayo, 
solo  y  meditabundo  me  voy  al  huerto 
y  a  la  sombra  de  un  árbol  sueño  despierto. 

Sueño  con  el  desierto  y  el  paraíso 
que  en  estas  mañanitas  cerca  diviso, 
y  aunque  a  mi  lado  fría  la  brisa  pasa, 
mi  corazón  sensible...  ¡ay!...  se  me  abrasa! 


José  M.^  G.  Galán, 


CARTA  6.* 


Sr.  D.  Antonio  García  Ramírez. 

GaijuelOy  8  de  Septiembre. 

Suposiciones...  extrañezas...  conjeturas...  ruptura 
de  relaciones...  ¡hasta  amenazas!... 

Todo  esto  es  lo  que  he  visto  en  tu  carta  última,  no 
todo  tan  incoherente  como  yo  te  lo  digo,  pero  sí  más 
significativo,  más  duro.  El  escepticismo  a  las  puertas 
de  tu  alma  con  un  amigo!!... 

¡Esa  duda  amarga,  desesperada,  casi  sarcástica? 
—Bueno,  querido  Antonio,  bueno.  ¿Conque  dudas 
de  una  amistad  bien  fundada...  y  todo  ¿por  qué? 

Porque  han  pasado  días,  y  el  amigo  de  quien 
düdaSy  no  te  escribió. 

Porque  el  alma  de  ese  amigo,  el  alma  del  pobre 
«Solitario»  ha  gastado  todas,  todas  sus  fuerzas  en 
recibir  las  dulcísimas,  amargas,  tranquilas  y  violentí- 
simas impresiones  que  durante  un  mes  la  han  herido, 
una  tras  otra,  sin  darle  tiempo  a  llorar  unas  y  a  gozar 
de  las  otras. 

Y  como  no  le  quedaron  fuerzas  a  mi  alma  para 
nada,  no  le  quedaron  tampoco  para  que  mi  pluma 
corriese  sobre  el  papel  impulsada  por  mi  mano. 

No  te  escribí!  ya  lo  sabes.  Ni  a  Casto  le  escribí 
tampoco.  Y  no  te  olvides  que  yo  no  busco  necias  y 


96  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


rancias  disculpas  para  excusarme  del  cumplimiento 
de  mis  deberes  de  amistad  con  los  buenos  amigos. 
Sería  ridículo  en  alto  grado. 

El  estado  de  mi  alma,  ya  lo  sabéis  los  dos;  ése  fué 
el  que  me  impidió  hablaros  un  rato,  como  lo  hago  hoy 
contigo. 

Casi  dos  meses  en  mi  querida  aldea!  ¿Vosotros 
sabéis,  vosotros  podréis  siquiera,  siquiera,  figuraros 
qué  ha  sido  para  mí  este  período  de  tiempo?  ¡Nol 
Y  cien  veces  no. 

¡Ah!  pues  si  os  lo  pudieseis  figurar  siquiera!  En- 
tonces... entonces  nada  más  me  quedaba  por  decir. 

Han  pasado  por  mi  alma  una  serie  de...  sí,  de 
cosas:  no  encuentro  otra  palabra. 

Y  si  sólo  para  esto  no  la  encuentro  ¿cómo  la  en- 
contraría para  deciros  siquiera  cuáles  han  sido  estas 
cosas? 

¡Ay! 

No  poder  hablar,  querido  Antonio,  me  hace  daño, 
mucho  daño. 

No  me  lo  mandes  cuando  me  escribas.  Yo  por  mi  par- 
te, sólo  puedo  decir  que  detesto  esta  pobre  y  artificial 
manera  con  que  tenemos  que  comunicarnos.  Manera 
que,  en  mi  entender,  no  sirve  para  nada  ¡para  nada! 

Dejémoslo,  pues. 


¡Oh!,  vendrás  hecho  un  parisién,  ¿no  es  verdad? 

Supe  donde  vivías,  sí.  Y  aunque  hubiese  podido 
hacerlo,  te  lo  confieso  con  ingenuidad,  no  te  hubiera 
escrito. 

¡Pues  ya  lo  creo  que  no! 

Yo;  desde  mi  tan  querido  como  humilde  Frades, 
escribir  —o  emborronar—  una  carta  para  un  amigo 
que  estaba  en  París! 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


97 


Nada  menos  que  en  París.  Y  dirigir  yo  mi  carta... 
al  cerebro  del  mundo!  (*) 

Si  mi  epístola  —la  que  te  hubiera  dirigido—  hubie- 
se tenido  un  alma  para  sentir,  hubiese  escapado  de  las 
manos  de  los  portadores  al  llegar  a  aquellas  montañas 
azules  de  la  frontera  española. 

Porque  la  hubiese  asustado  el  ruido  de  la  capital 
francesa. 

Porque  el  alma  que  la  dictó  en  el  humilde  Frades, 
es  harto  débil,  harto  tímida  para  que  pueda  consentir 
que  nada  suyo  se  pierda  y  se  pise  en  donde  la  humil- 
dad se  desprecia  hasta  el  sarcasmo;  en  donde  los 
nombres  humildes  no  suenan;  en  donde  los  cerebros 
humanos  están  —¡porque,  si,  lo  están!—  en  un  estado 
completamente  anormal  por  la  contemplación  de  las 
grandes  cosas,  sin  cuidarse  para  nada  de  las  pe- 
queñas. 

¡Y  luego  me  dice  Casto...  «escríbele  a  París >. 

Escríbele  tú  si  quieres,  querido  Casto,  que  Galán 
es  un  poco...  excéntrico,  para  que  transija  con  ciertas 
cosas 

Me  bastaba  con  leer  en  los  periódicos,  desde  este 
humilde  rincón  —¡donde  tan  bien  se  vive!—  que  el 
amigo  que  estaba  en  París,  conseguía,  en  unión  de 
sus  compañeros,  laureles  y  triunfos,  traducidos  en  so- 
noros aplausos  y  en  doradas  medallas  de  oro. 

Con  esto  me  bastaba;  ¡pues  claro  que  me  bastaba! 

Por  lo  demás,  lo  que  yo  deseaba,  lo  que  ambicio- 
naba era  tu  pronto  regreso.  Y  perdona,  querido,  mis 
quizás  extravagantes  rarezas,  pero  no  he  maldecido 
ya  la  capital  francesa,  porque  no  maldije  a  la  españo- 


(♦)  Tomado  de  los  corresponsales  cursis.  Odio  el  plagio. 

8 


98  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


la,  donde  tuve  la  desdicha  de  consumir  un  año  de 
mi  vida. 

Y  es  hoy  tal  el  odio,  la  repugnancia,  que  me  inspi- 
ra todo  lo  que  huela  a  populosas  ciudades,  que  de- 
seaba que  volvieses  pronto  a  tu  patria  y  a  tu  casa.  No 
sé  en  qué  consiste  esto. 

¿Será  que  en  mi  alma  no  cabe  ya  más  felicidad 
que  la  que  contiene,  y  por  eso  desprecia  con  indife- 
rencia y  frialdad  británica  todo  lo  grande,  que  al  lado 
de  esa  felicidad  le  parece  tan  ruin,  tan  pobre,  tan  mez- 
quino? Ya  lo  he  dicho:  no  lo  sé. 

Lo  que  sí  sé  y  puedo  decirte,  es  que  aquí  tienes, 
no  al  pobre  maestro  de  escuela,  sino  al  poeta  que 
sueña  en  regiones  infinitamente  más  elevadas  que  la 
cúspide  de  la  torre  Eiffel. 

Regiones  para  subir  a  las  cuales,  me  han  servido 
de  ascensores,  no  los  del  monstruo  de  hierro,  sino  


¡Ah!  ya  encontré  la  frase:  esa  serie  de  impresiones 
de  que  al  comenzar  mi  carta  te  hablé.  (Cuidadito  con 
creer,  por  esto  que  te  digo,  que  estoy  enamorado!). 

Creo  que  he  hablado  sobradamente  de  mí.  Basta, 
por  tanto. 

Pesimista  y  escéptico  en  tu  carta,  sólo  te  cuidas 
de  clavar  en  mi  alma  el  cortante  filo  de  sospechas  que 
me  han  herido. 

Y  nada  me  hablas  de  tu  viaje  al  otro  mundo;  por- 
que yo  tengo  que  llamar  así  a  París. 

Que  yo  haya  estado  a  punto  de  maldecir  a  esta 
población,  no  quiere  decir  que  yo  maldiga  nada  más 
que  lo  malo.  Pero  no  lo  bueno. 

Y  de  lo  bueno  quiero  yo  que  me  hables. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


99 


No  precisamente  porque  yo  desee  vivísimamente 
-conocer  todo  lo  bueno  que  hasta  ahora  hayas  visto 
allende  los  Pirineos;  pero  sí  por  ti,  por  saber  qué  has 
pensado  de  todo,  qué  impresiones  traes. 

Me  has  entendido  ¿verdad? 

Pues  a  escribirme  a  vuelta  de  correo  y  sin  escrú- 
pulos como  los  míos,  porque  yo  vivo  en  la  escondida 
y  gárrula  aldea  del  Guijuelo  y  no  en  París, 

Ahora  voy  a  empezar  a  copiarte,  aunque  dudo  que 
entiendas  mi  letra,  porque  la  pluma,  la  tinta  y  el  sitio 
que  me  han  suministrado  para  escribirte,  no  pueden 
ser  peores. 

<Yo,  que  sabes  camino  a  pasos  agigantados  para 
un  manicomio  cualquiera  (!),  y  que  me  doy  a  pensar 
sobre  todo,  mucho  revolví  en  mi  meollo,  que  tan  poco 
fósforo  contiene  (?),  la  idea  de  por  qué  no  me  habrás 
€Scrito...> 

Piensa  siempre,  querido  Antonio,  como  un  poeta, 
y  no  pienses  como  un  filósofo.  Porque  lo  primero, 
—aunque  el  vulgo  lo  cree  locura—  no  es  locura.  Lo 
segundo,  puede  llegar  hasta  la  demencia. 

Y  dígote  esto,  porque  se  me  antoja  —sin  saber 
por  qué—  que  regresas  de  París  menos  soñador  que 
antes;  más  pensador  que  nunca. 

¡Ahí  Se  me  olvidaba.  Ya  sabemos  que  eres  listo, 
que  eres  un  joven  que  vales,  y  por  eso  te  aconsejo 
que  no  digas  que  tu  cerebro  contiene  poco  fósforo. 

Además,  aunque  lo  hayas  dicho  sin  meditarlo, 
como  así  lo  creo,  eso  de  que  a  mayor  cantidad  de 
fósforo,  mayor  cantidad  de  talento...!  (*)  ¡Habría  que 
hablar  mucho  de  ello!  Pero  dispénsame,  si  siendo  un 


(•)  Perdona  que  así  te  hable;  pero...  ¿materialista  yo?...  ¡Primero  la 
tumba  fría! 


100  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


dómine  de  aldea,  intenté  siquiera  hablarte  a  ti  de  filo- 
sofía. Entre  buenos  amigos,  hay  derecho  a  mutuos 
consejos. 

Y  sigo  copiándote. 

<...sin  duda  no  te  soy  simpático  (¡nada  más  que 
simpático!)  sin  duda  no  te  soy  simpático  y  quie- 
res callarte  para  que  me  calle  yo...> 

En  efecto:  si  yo  algún  día  quisiera  callarme,  me 
callaría,  pero  me  callaría  no  más  que  para  oirte  a  ti; 
no  para  que  tú  guardaras  completo  silencio.  Si  ese 
algún  día  llega  —aunque  lo  dificulto,  porque  yo,  aun- 
que barbarizando,  charlo  mucho—  si  ese  algún  día 
llega,  ya  sabes  para  entonces  cuál  es  la  causa  de  mi 
silencio. 

Y  por  último  me  dices: 

«¡Quién  sabe  si  el  hidalgo  castellano  se  olvidó  ya 
de  los  gallegos,  menos  hidalgos  y  menos  desmemo- 
riados?» 

La  medida  más  acertada  que  encuentro  es  dejar 
este  parrafito  sin  comentario,  no  sin  pedirte  mil  per- 
dones por  los  que  ya  te  hice. 
Ahora  no  te  voy  a  comentar;  voy  a  traducir. 

*Pero  conste,  amigo  mío,  —me  dices,—  que  Hamo 
de  nuevo,  que  te  escribí  dos  veces...> 

Pero,  Antoñito,  por  qué  me  amenazas?  Porque  esto 
lo  traduzco  yo  en  una  amenaza,  más  o  menos  amisto- 
sa, o  más  o  menos  amarga. 

Cuidadito  con  volverme  a  amenazar. 

* 

Casto  me  escribió  hace  días.  Aun  no  he  podida 
contestarle. 

Me  daba  cuenta  de  un  baile  que  se  celebró  en 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


101 


Ferrol  <a  la  melancólica  luz  de  la  luna  que  reflejaba 
sus  rayos  en  la  tersa  superficie  de  las  ondas  del  claro' 
y  hermoso  Océano»  (*). 

Así  me  decía  el  buen  Casto,  por  cuya  carta  com- 
prendí perfectamente  la  dosis  de  dicha  que  en  aquella 
noche  se  había  acumulado  en  su  alma.  Me  alegro. 

Pronto  le  escribiré. 

Cuento  las  fechas  que  tardará  en  llegar  al  Guijuelo 
tu  por  mí  tan  esperada  carta,  y  según  mis  cuentas  es 
preciso  que  contestes  a  vuelta  de  correo.  ¡Qué  risas 
te  darán!...  ¿eh? 

Da  mis  cariñosos  afectos  a  tu  familia. 

Voy  a  dejar  la  pluma. 

La  tinta  casi  se  acaba;  la  luz  que  me  alumbra  toca 
también  a  su  término,  y  es  hora  de  que  vaya  a  dormir 
y  a  soñar  un  rato  el  alma  de  tu  buen  amigo 

El  Solitario. 


(*)  El  baile  de  los  Guardias-marinas  de  la  fragata  Asturias,  en  el  sa- 
lón de  los  jardines  de  La  Graña,  al  que  se  invitaba  lo  más  distinguido 
del  Ferrol. 


i 


CARTA  7; 


Sr.  D.  Antonio  Garda. 


Antonio:  Tenía  escrita  desde  ayer  la  adjunta  carta 
para  Casto,  y  hoy  recibo  la  tuya,  contestación  a  mi 
última.  Quiero  que  hoy  salga  ésta  por  el  correo,  y  no 
dispongo  del  tiempo  que  desearía  para  escribirte  más. 

Haz  el  favor,  y  perdona,  de  mandar  la  de  Casto  a 
Narón,  donde  le  supongo  actualmente. 

De  buenas  ganas  te  hablaría  algo  más  largamente. 

Te  explicaré  lo  de  las  cuatro  cartas  del  de  San  Sa- 
turnino. 

La  primera  creo  que  la  escribí  en  el  tren.  La  segun- 
da, después  de  la  que  a  ti  te  dirigí,  dándote  cuenta  de 
mi  viaje.  Y  la  tercera,  que  es  la  última  que  recuerdo, 
no  tuvo  otro  objeto  que  el  de  enviarle,  ya  terminada, 
la  poesía  «Mañanas  y  tardes>,  que  ya  sabes  me  pidió 
cuando  os  dejé,  y  que  habrás  visto. 

En  su  última  me  decía  que  habías  marchado  a 
Francia.  Por  eso  no  volví  a  escribirte. 

Después,  ¡no  han  llegado  a  mis  manos  dos  letras 
más  de  Casto! 

No  me  pidas  perdón  por  nada,  que  no  me  gusta. 

No  critico  tus  cartas:  las  leo  con  gusto,  con  ansie- 
dad, con  atención. 

Respecto  a  lo  del  paréntesis,  te  diré  lo  que  tú  sa- 
bes: que  dos  negaciones  pueden  producir  una  afirma- 


104  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


ción,  pero  una  sola  es  siempre  una  negación;  al  menos 
en  este  caso. 

Para  más  informes  lee  la  adjunta  que  escribo  a 
Casto,  que  precisamente  en  ella  encontrarás  algo  de 
eso;  pero  créeme  que  no  estoy  enamorado. 

Como  para  mí  sois  dos  amigos  iguales,  lee  también 
lo  que  le  digo  a  Casto  por  haber  dejado  de  escribirle, 
porque  casi  es  una  copia  de  lo  que  a  ti  te  dije  ya. 

Y  adiós;  perdona  esta  nueva  molestia  que  te  causa 

El  Solitario. 

Pero  ¿y  tu  retrato? 


17  de  Septiembre. 


CARTA  8.* 


Sr.  D.  Casto  Blanco. 


En  el  Guijuelo  me  tienes,  querido  amigo,  labrando 
a  toda  prisa  la  triste  obra  de  mi  embrutecimiento  pero 
también  la  hermosa  de  mi  felicidad. 

Porque,  alégrate,  soy  feliz  como  nunca,  y  a  Dios, 
tan  sólo  a  Dios,  debo  esta  felicidad. 

Jamás,  te  diré  la  causa  de  ella,  porque  no  puedo. 
Y  no  puedo,  porque  aquí,  junto  a  mí  tan  escondida 
como  idolatrada  aldea,  a  la  vez  que  va  aumentando  el 
número  de  afecciones  de  mi  alma,  para  corresponder  a 
las  de  otras,  va  disminuyendo  mi  siempre  escaso  vo- 
cabulario y  en  él  no  me  quedan,  no  me  quedan  pala- 
bras, que  yo  busco,  porque  las  quiero,  porque  las  ne- 
cesito, para  decir  lo  que  siento,  para  darle  cuenta  a 
los  amigos  de  lo  que  me  pasa. 

Sólo  puedo  decir  que  si  antes  pensaba,  hoy  sueño: 
que  si  antes  quise  hacerme  un  filósofo,  ahora  quiero 
ser  un  poeta. 

Y  puesto  que  pensar  y  ser  poeta,  y  soñar  querien- 
do ser  un  filósofo,  no  puede  ser  en  mi  concepto,  so- 
ñaré como  sueño;  como  un  poeta:  y  así  le  daré  a  mi 
alma  lo  que  buscaba  y  a  mi  corazón  lo  que  necesita. 

Cuando  esto  buscaba  mi  alma;  cuando  esto  nece- 


106  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


sitaba  mi  corazón,  se  absorbieron  en  ello  las  fuerzas 
de  ambos  de  tal  manera,  que  no  pudieron  darle  a  mi 
mano  las  que  necesitaba  para  que  pudiera  desparra- 
mar algo  de  tinta  sobre  un  trozo  de  papel,  donde  tú 
tradujeras  lo  que  al  poderoso,  no  ya  al  pobre  Galán 
le  sucedía. 

He  aquí,  pues,  la  causa  de  mi  tardanza  en  contestar 
a  tu  última  carta.  He  aquí  también  la  causa  de  las  que- 
jas que  Antonio  me  da  en  la  última  que  hace  pocos 
días  me  ha  dirigido,  y  a  la  cual  contesté  oportunamen- 
te. En  ella  le  decía,  si  mal  no  recuerdo,  lo  mismo,, 
casi  lo  mismo  que  a  ti  te  llevo  manifestado. 

Y  no  me  pidáis  más,  queridos. 

* 

*  * 

Veo  que  tu  vida  es  la  antítesis  de  la  mía.— ¿Que 
por  qué?  Pues  oye. 

Tú  vives  aún  en  el  mundo  del  bullicio;  yo  vivo  en 
el  mundo  del  sosiego. 

Tú  bailas  a  la  orilla  de  un  inmenso  océano;  ya 
canto  en  las  márgenes  de  un  pequeño  y  escondida 
arroyo. 

Las  impresiones  que  tú  recibes  son,  por  lo  tanto^ 
violentas;  las  mías  son  dulces,  tranquilas,  suaves. 

Tú  te  acompañas  en  tus  diversiones  de  muchos 
seres,  de  muchos  seres;  yo  me  acompaño  en  mis 
soledades  de  pocos  ¡de  muy  pocos!... 

Tú  gozas  de  dichas  ya  gozadas  otras  veces;  ya 
gozo  de  dichas  que  no  gocé  nunca  como  hoy. 

Tú  en  tus  ratos  de  dicha  te  ríes;  yo  en  mis  ratos 
de  soledad,  sonrío  nada  más. 

Tú  eres  un  pensador,  que  amas;  yo  soy  un  poeta^ 
que...  sueña. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


107 


Tú  estás  enamorado  de  un  alma;  yo  estoy  enamo- 
rado de  un  sér 

Tú  conseguirás  lo  que  desea  tu  corazón;  yo  quizás 
no  consiga  lo  que  anhela  mi  alma. 

Tú  has  llegado  a  la  edad  de  veintidós  años;  yo 

acabo  de  llegar  a  la  de  diecinueve. 

Tú  tienes  una  Esperanza;  yo  tengo  también  una 
esperanza.  (Cuestión  de  ortografía  nada  más). 

Tú  vives  por  una  Esperanza;  yo  vivo  con  una 
esperanza.  (Cuestión  de  preposiciones  y  nada  más). 

Tú  eres  alimentado  por  ella. 

La  mía  es  alimentada  por  mí. 

Si  la  que  a  ti  te  sostiene  muriese...  ¡llorarías!;  si  la 
que  yo  sostengo  desapareciese...  ¡ay!  ¡me  moriría! 

Tú  aseguras;  yo  confío. 

Tú  gozas  una  vida  de  placeres;  yo  vivo  una  vida 
de...  dulzuras  nada  más. 

Tú  amas  a...  San  Saturnino;  yo,  si  hubiese  nacida 
mujer,  adoraría  a  San  Antonio  (patrono  de  mi  pueblo-^ 
Nada  más  que  por  serlo;  no  por  otra  cosa). 

Tú  eres  un  joven  de  talento  que  prometes;  (no  ol- 
vidar a  los  amigos). 

Yo  soy  un  joven  que  cumplo;  (lo  que  prometo,  y 
más  de  lo  que  prometo). 

Y  como  resumen: 

Tú  tienes  en  el  cráneo  masa  encefálica;  yo  tenga 
en  el  mío  patata  cocida  (**>. 


¡Tienen  razón  los  matemáticos! 

Las  líneas  paralelas  llegan  al  infinito  sin  encontrar- 


(*)  Sér  (según  el  Diccionario):  —«Todo  ente  que  tiene  existencia  en 
la  Naturaleza».  Puede  ser,  pues,  una  piedra,  un  árbol,  una  aldea.... 

(**)  Tomada  del  amigo  Antonio.  ¡No  la  patata  cocida,  sino  la  íraset 
Entendámonos. 


108  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


se.  Pero  este  infame  paralelo  (paralelas  y  paralelo 
deben  ser  una  cosa  parecida  ¿verdad?);  este  paralelo, 
repito,  creí  que  llegaba  al  infinito  (por  más  que  no  sé 
donde  está)  sin  encontrar  su  fin. 

Afortunadamente  ya  puedes  cantar  el  Hossanna, 
porque  ya  se  acabó  (el  paralelo,  no  el  Hossanna. 
j  Cuando  yo  digo  que  dentro  de  poco  tiempo  no  sé 
hablar  la  lengua  de  mi  patria!...) 

Cambio  de  pluma  por  ver  si  la  nueva  está  mejor 
cortada  que  la  otra.  Y  ya  incurrí  en  un  error;  porque 
las  dos  son  de  acero  y  las  de  acero  me  parece  que  no 
se  cortan.  Pero  valga,  y  pase  como  una  figura  retórica. 

Vamos  a  ver.  ¿Conque  tanto  te  divertiste  en  el 
Ferrol?  ¡Bueno,  bueno! 

Me  parece  que  tú,  con  esas  diversiones  y  esos 
chicos  amigos  que  tienes  en  el  referido  Ferrol  nos  vas 
a  dejar  a  los  coruñeses  y  a  los  fradeños  a  escuchas, 
como  dicen  en  mi  tierra. 

Digo,  no;  a  Antonio  no,  porque...  próximos  los  dos 
uno  de  otro...  antiguos  amigos...  comunicándoos  a  me- 
nudo... nacidos  bajo  el  mismo  pedazo  de  cielo...  En 
fin,  que  todos  son  motivos  para  que  no  os  olvidéis 
uno  de  otro.  Lo  que  es  durable,  lo  que  se  ha  visto  y 
se  vé  muchas  veces  y  detenidamente,  deja  impresa  en 
el  alma  una  huella  muy  honda  para  que  pueda  des- 
aparecer pronto. 

Lo  contrario  sucede  (por  ejemplo)  con  un  relám- 
P^gOy  que  brilla  un  instante  y  desaparece  después; 
con  una  pequeña  nubecilla,  que  aparece  un  momento 
a  nuestra  vista  y  es  arrebatada  enseguida  por  una  rá- 
faga de  viento.  Todo  esto  nos  impresiona  tan  débil- 
mente, que  ni  un  obscuro  rincón  de  nuestra  memoria 
queda  desocupado  para  dar  cabida  en  él  al  recuerdo 
de  estas  insignificantes  cosillas. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


109 


Así  sucedió  siempre,  y  así  seguirá  cumpliéndose 
ésta,  que  parece  una  ley  de  la  naturaleza,  por  los  pocos 
transgresores  que  hay  respecto  a  su  cumplimiento. 
(Dejemos  esto,  que  me  amarga!) 

Yo  por  aquí,  retirado  del  mundanal  ruídOy  como 
un  monje,  paso  perfectamente  la  vida.  Tan  contento, 
que  nunca  me  pude  figurar  tal  cosa. 

Aun  hay  insensatos  que  me  dicen  que  debo  acor- 
darme mucho  de  Madrid.  Por  ninguna  parte  faltan 
imbéciles.  Voy  creyendo  que  acaso  será  monomanía 
la  aversión,  o,  como  dice  un  criado  de  mi  casa,  la 
inquinia  que  me  ha  dado  en  inspirar  Madrid.  Y  como 
un  insecto  no  puede  vengarse  formalmente  de  un  ele- 
fante, yo,  el  insecto,  me  deleito  con  repetir  aquello  de 
la  célebre  sátira  del  Marqués  de  Villamediana  que 
decía: 

Vivo  en  Madrid  y  no  conozco  el  Prado, 
y  no  lo  desconozco  por  olvido, 
pues  me  consta  que  en  él  seré  pisado 
por  muchos  que  debiera  ser  pacido. 

¡Ay!  por  meterme  a  citar  autoridades,  he  tenido 
que  echar  mano  de  un  tercer  pliego  de  papel.  Cosa 
que  tú  ni  Antonio  habéis  hecho  jamás,  porque  sois 
partidarios  del  poquito,  poquito,  pero  bueno. 

Iba  a  dirigirte  ésta  a  San  Saturnino,  pero  he  su- 
puesto que  estarás  en  Narón.  No  sé  ni  a  qué  partido 
judicial  pertenece  este  señor  y,  por  lo  mismo,  no  sé 
cómo  poner  el  sobre  (escribir  sohx^  sería  más  exac- 
to y  hasta  más  correcto:  esta  mi  segunda  pluma  tam- 
poco está  bien  cortada). 

Ahora,  fuera  del  paréntesis  y  en  serio  te  diré  que, 
de  continuar  en  el  Guijuelo,  dentro  de  pocos  meses 
no  vas  a  poder  entender  lo  que  te  dice  éste,  antes 


110  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


destructor  de  la  Literatura  y  hoy  ya  asesino  de  la 
Gramática. 

Me  parece  que,  como  medida  preventiva,  voy  a 
llevar  a  la  práctica  la  idea  de  escribir  en  aleluyas, 
género  literario  que  cultivo  más  que  la  prosa,  aunque 
me  esté  mal  el  decirlo. 

Porque  yo,  más  tardo  en  concebir  — moralmente 
.hablando—  un  pensamiento  por  incoloro  e  inodoro 
que  sea,  que  en  tenerlo  dentro  del  matemático  molde 
de  una  aleluya. 


Y  basta  de  barbarizar. 

Si  hay  que  pedir  perdón  por  reflejar  en  las  cartas, 
aun  a  pesar  del  que  las  recibe,  el  buen  humor  del  que 
las  escribe,  yo  te  lo  pido. 

Otra  vez,  en  cambio,  estaré  más  lúgubre  que  un 
cementerio  de  noche. 

Escríbeme  enseguida  dándome  las  señas  que  he  de 
escribir  en  los  sobres,  porque  no  es  cosa  de  que  An- 
tonio sufra  las  molestias  de  nuestra  torpeza.  Hazlo 
así,  que  ya  sabes  que  te  quiere 

El  Solitario. 


A  mí,  sigúeme  escribiendo  a  Frades,  porque  reco- 
jo yo  las  cartas  al  pasar  por  aquí. 
Y  dispensa  mi  laconismo. 

17  Septiembre. 


CARTA  9; 


Sr.  D.  Antonio  García. 


Querido  Antonio:  Temblón  y  convaleciente  aún  de 
un  descomunal  trancazo  complicado  con  una  aguda 
neuralgia,  vuelvo  a  coger  la  pluma  para  escribirte. 

Las  fiebres  me  han  consumido  de  mala  manera. 
Aun  tengo  una  tos  que,  por  su  mal  género,  me  tiene 
algo  preocupado,  y  más  que  algo.  De  todos  modos 
pasó  la  gruesa  de  la  nube  que  me  ha  tenido  amedren- 
tado más  de  veinticinco  días.  Creí  al  principio  un  mal 
desenlace  porque  me  tragué  que  se  me  venía  encima 
una  fulminante  pulmonía,  con  la  cual  me  hubiera  ido 
yo  después,  si  Dios  no  lo  remediaba. 

Pero,  gracias  a  Él,  resultó  otra  cosa  que  aun  cuan- 
do me  ha  hecho  sufrir  mucho,  estoy  perfectamente 
conforme  y  doy  por  ello  gracias  al  Señor. 

Casi  se  me  ha  olvidado  escribir  y  leer.  No  tengo 
fuerza  en  la  mano  y  así  queda  ello.  ¡Y  tú  tanto  tiempo 
sin  carta  de  tu  amigo!  ¡Qué  habrás  dicho,  qué  habrás 
dicho! 

Bien  y  muchas  veces  me  acordaba  de  vosotros,  al 
ver  todos  los  días  sin  contestar  una  carta  de  Casto 
y  otra  tuya  que  recibí  en  cama  y  puse  a  mi  cabecera, 
leyéndolas  veinte  veces. 

He  sufrido  mucho  durante  mi  enfermedad,  porque 
sabía  que  mi  buena,  mi  querida  madre,  en  cama  tam- 


112  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


bién,  como  sabrás,  lloraba  sin  cesar  y  sufría  por  no 
poder  volar  a  ver  a  su  hijo. 

En  fin,  todo  lo  arregla  Dios,  como  ahora  también 
ha  sucedido.  Hoy  también  escribo  a  Casto  que  estará^ 
como  tú,  diciendo:  pero  ¿se  habrá  muerto  aquel  Ga- 
lán que  vino  a  Galicia  conmigo? 

Supóngote  ocupadísimo  con  tus  estudios  prepara- 
torios para  oposiciones.  Haces  bien,  haces  bien,  que- 
rido Antonio;  estudia  y  estudia  mucho,  que  asi  es 
como  llegarás  a  valer  mucho  también.  No  imites  la 
conducta  de  este  castellano  que  no  ha  vuelto  a  abrir 
un  libro  y  quizás  tenga  encima  unas  oposiciones  coma 
tú.  En  caso  de  yo  tomar  parte  en  ellas  como  tú,  ¿cuá- 
les serían  los  dos  resultados  comparados?  Escuso  icir- 
te,  como  dicen  en  mi  pueblo. 

Conque,  ánimo  y  a  la  lucha,  pero  con  intenciones 
de  alcanzar  la  victoria  más  cumplida,  por  supuesto. 

No  puedo  escribir  más,  ni  sé  si  entenderás  la 
hecho. 

Recuerdos  mil  a  tus  apreciables  papás  y  hermanas 
y  familia  de  Gabriel,  y  para  ti  el  cariño  de  tu  fiel  amiga 

José  María. 

Güijnelo  y  Febrero  28  de  1890. 


CARTA  10; 


Querido  Casto:  Recibí  tu  última  y  esperada  carta 
en  cama,  ya  con  los  primeros  síntomas  del  trancazo. 

Calcula  si  habrá  sido  mayúsculo,  cuando  hoy  estoy 
aún  temblón  efecto  de  la  debilidad.  Verdad  es  que  el 
dengue  no  me  hubiera  tenido  en  cama  tanto  tiempo  a 
no  habérseme  complicado  con  una  neuralgia  que, 
francamente,  me  hizo  creer  que  me  marchaba  al  otro 
mundo.  ¡Qué  dolores  articulares  tan  violentos!  ¡Qué 
fiebres!  Y  sobre  todo  ¡qué  tos  de  tan  mal  género  y 
qué  dolores  en  el  pecho!  Esto  fué  lo  que  me  amedren- 
tó. Hasta  que  no  he  visto  mi  mejoría,  no  pudo  el  mé- 
dico desechar  de  mí  ciertos  presentimientos,  que  me 
han  dejado  rendido  moralmente  hasta  el  último  extre- 
mo. Debilidad  material,  no  digamos.  No  puedo  con  la 
pluma.  Si  me  estoy  quieto,  no  hago  el  ejercicio  que 
me  aconsejan;  si  ando,  sudo  y  me  fatigo. 

Parece  mentira  que  en  tan  poco  tiempo,  y  estando 
como  nunca  grueso,  me  haya  quedado  tan  desmejora- 
do, que  no  se  me  conoce.  Pero  no  es  extraño;  he  su- 
frido mucho.  Caí  enfermo  en  este  pueblo  y  no  pude  ir 
al  mío,  como  quería  mi  familia.  Por  una  parte  esto,  y 
por  otra  saber  como  sabía  que  mi  madre,  sin  poder 
venir  a  verme,  lloraba  sin  cesar  creyéndome  grave; 
I  todo  venía  a  aumentar  mis  tormentos  morales,  más 
graves  que  los  otros.  Hoy,  pues,  que  puedo,  cojo  la 
pluma  para  darte  cuenta  de  este  mi  nada  halagüeño 
i  estado. 


114  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


«Los  colores  de  mi  paleta»  —siempre  pálidos— 
resultan  hoy  obscurecidos,  al  identificarse  conmigo. 
Para  otra  carta,  que  tendré  más  fuerzas,  te  hablaré  de 
algo  más  detenidamente.  No  sé  donde  estás;  por  eso 
te  escribo  a  San  Saturnino. 

A  pesar  de  todo,  aun  recorre  mi  mente  las  variadas 
esferas  del  pensamiento,  y  me  sueño...  con  el  amor. 

¡Siempre  el  amor!  Ya  te  daré  cuenta  de  uno  de  mis 
sueños,  cuando  pueda,  porque  es  algo  largo,  algo  ro- 
mántico, y,  por  lo  mismOy  algo  triste  y  aburrido  para 
los  que  como  tú,  tienen  la  realidad  en  la  mano. 

Es  poético  como  el  alma  del  que  lo  forjó  en  una 
noche  de  fiebre;  desconsolador  como  mis  marchitas 
esperanzas;  amargo  como  la  amargura;  fúnebre  como 
mis  presentimientos. 

Tiene  mucho  de  esa  atosigadora  melancolía  que 
produce  la  desgracia  después  de  la  dicha,  la  noche 
tras  el  crepúsculo,  la  soledad  después  de  la  compañía. 
(Ya  me  chocaba  a  mí  que  se  acabase  mi  carta  sin  que 
algún  rapto  poético  me  arrebatase  de  la  realidad). 

Adiós,  adiós,  hasta  la  tuya  —como  dicen  los 
quintos.— 

Recuerdos  mil  a  tus  papás  y  hermanitos  y  demás, 
y  tú  sabes  ya  que  te  quiere 

José  María. 


Guijaelo  y  Febrero  1890. 


CARTA  11/ 


Querido  Casto:  El  día  8  del  corriente  recibí,  por 
un  mismo  correo,  dos  cartas  tuyas,  fechada  la  una  el  7 
y  la  otra  el  16  de  Marzo.  Echa  la  cuenta  y  te  asom- 
brarás de  su  retraso,  porque  no  quiero  pagar  culpas 
que  tiene  el  Sr.  Mansí. 

Contra  lo  que  me  decías,  en  una  de  tus  anteriores, 
no  esperes  que  «los  colores  de  mi  paleta>,  siempre 
pálidos,  te  pinten  por  ahora  cuadros  de  color  de  rosa. 

No  por  eso  te  aburriré  con  frecuentes  relatos  del 
triste  estado  actual  de  mi  ánimo,  no.  Hablaré  de  lo  que 
quieras,  de  lo  que  a  ti  te  plazca;  pero  no  te  extrañe 
que  en  el  cuadro  de  mis  pensamientos  resalte,  aún  sin 
yo  quererlo,  la  pincelada  obscura  de  la  tristeza. 

Ha  dicho  un  poeta 

<que  todo  tiene  el  color 
del  cristal  con  que  se  mira>. 

Y  natural  es,  pues,  que  si  el  de  mi  mente  está  hoy 
turbio  y  empañado,  aparezca  obscuro  y  triste  cuanto 
yo  piense,  cuanto  yo  sueñe.  Y  en  verdad  que  así  es. 

Me  vas  a  escuchar  atentamente.  Yo  voy  a  contarte 
lo  que  me  pasa,  no  como  lo  cuenta  el  poeta  lírico,  con 
galas  que  lo  embellecen,  con  harmonías  que  dulcifi- 
can, no;  te  lo  voy  a  contar  como  se  le  cuenta  al  ami- 
go, con  la  ingenuidad  con  que  se  le  habla,  si  es  ver- 
dadero y  leal. 

Yo,  ni  estoy  enamorado,  ni  creo  que  llegaré  jamás 
a  estarlo,  de  una  mujer,  por  supuesto. 


116  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Yo  me  enamoro  lo  mismo  del  alma  de  un  amigo 
que  de  la  solitaria  sierra  de  mi  pueblo;  lo  mismo  del 
corazón  sensible  de  un  aldeano,  que  de  una  determi- 
nada encina  del  monte.  Pero  no  creas  que  esto  es^ 
decir  por  decir.  Esta  es  la  realidad  de  mi  vida  actuaL 

Cuando,  como  en  este  momento,  me  examino  a  mí. 
mismo  juntamente  con  los  actos  que  ejecuto;  cuando 
este  examen  es,  como  ahora,  procedente  de  la  razón 
fría  y  lógica,  sin  que  en  nada  intervenga  la  imagina- 
ción, ¿sabes  qué  deduzco,  Casto?  pues  deduzco  que 
desde  hace  algún  tiempo  estoy  siendo,  sin  yo  notarlo,,, 
un  verdadero  excéntrico. 

La  fuente  de  la  poesía,  para  mí,  está  en  mi  pueblo;, 
pero  hoy  esa  poesía  la  encuentro  en  lo  raro  de  las 
cosas;  pero  de  las  cosas  en  quienes  nadie  fija  su  aten- 
ción, por  lo  insignificantes  que  son  de  suyo. 

En  mi  pueblo  elijo  para  pasear  los  lugares  más 
áridos,  los  sitios  donde  no  haya  nada,  ni  movimiento^ 
de  un  átomo,  ni  vida,  ni  vegetación,  y,  si  pudiera  ser,, 
ni  suelo  que  sustentara  mis  plantas.  Me  siento  siem- 
pre, siempre,  en  uno  de  esos  sitios,  que  en  otro  tiempo* 
me  parecieron  tristes,  horribles,  antipáticos...  desnu- 
dos de  toda  idea  de  movimiento  y  de  vida...  en  uno* 
de  esos  sitios  tan  áridos,  tan  absolutamente  áridos,, 
que  hacen  creer  que  la  Tierra  es  un  pedazo  de  calizai 
arrojada  en  el  espacio... 

La  orilla  de  un  camino  abandonado,  donde  vieneff 
a  morir  tristemente  los  parduzcos  surcos  del  barbe- 
cho, me  sirve  de  teatro  para  mis  pensamientos;  de 
campo  donde  espaciar  mi  mente,  que  está  algunos 
días  idéntica  al  paisaje. 

Si  casualmente  una  ráfaga  de  viento  mueve  en  el 
suelo  un  átomo  de  materia,  materia  tengo  para  pensar 
un  rato  en  un  átomo;  para  buscar  relaciones  (que  no 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


117 


deben  existir)  entre  él  y  el  Universo;  para  hacer  en  mi 
mente  su  historia,  la  historia  de  su  vida,  de  una  vida 
tan  triste,  sin  ilusiones,  sin  amigos...  sin  amores...  la 
historia  de  un  átomo,  de  un  sér  que  no  tiene  ambicio- 
nes, ni  busca  fama,  ni  quiere  gloria,  ni  anhela  felicida- 
des... ¡ni  tiene  madre!... 

Y  tú  te  reirás  acaso  de  estos  mis  pobres  pensa- 
mientos, pero  no  por  eso  dejan  de  ser  más  ciertos. 

La  vista  y  la  contemplación  de  una  arena,  de  una 
partícula  de  leve  polvo  hundida  en  el  olvido  en  un  so- 
litario camino  de  mi  pueblo,  me  sugiere  todas  estas  y 
otras  muchas  ideas,  que  no  te  diría  si  no  supiera  que 
me  dirijo  a  un  amigo  que  me  cree. 

Un  grano  de  arena,  me  dice  la  ciencia,  es  un  sér. 
Y  me  atormenta  con  esto  profundamente,  porque, 
—aunque  sé  marcar  diferencias  entre  séres  y  séres, 
con  la  razón,—  no  cabe  en  mi  imaginación  la  idea  de 
-que  haya  un  sér  que  viva  sin  ilusiones,  sin  alegrías... 
«sin  amores...  y  sin  querer  a  su  madre...! 

Y  aunque  la  razón  me  dice,  de  consuno  con  la 
•ciencia,  que  la  inercia  de  la  materia  es  una  ley...  que 
donde  no  hay  un  alma  que  piense  no  puede  haber  sen- 
timientos, ni  afecciones,  ni  nada...  yo  no  quiero  enten- 
der esto;  y  ¿sabes  lo  que  digo  después  de  mis  medita- 
ciones? —¡Dios  mío!  ¡qué  vida  tan  triste  la  de  este  po- 
bre y  olvidado  átomo,  juguete  del  viento  que  lo  arrastra 
donde  quiere! 

No  me  deis  a  mí,  cuando  me  muera,  una  vida  tal 
de  amarguras  y  agonías. 

Y  al  pensar  en  esto,  mis  pasados  extravíos,  mis 
rencores,  mis  odios,  mis  ambiciones,  mis  vanidades, 
imis  pasadas  locuras,  mis  vergüenzas,  todas  mis  faltas, 
iodos  mis  extravíos  y  remordimientos  (éstos  yo  no  sé 
por  qué),  vienen  a  sonrojarme,  a  martirizarme,  y  en- 


118  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


tran  y  pasan  en  tropel  ruidoso  y  confuso  desde  mi 
memoria  a  mi  corazón,  me  golpean  en  el  pecho,  me 
perturban  el  cerebro,  me  llenan  los  ojos  de  lágrimas... 
me  abrasan  el  alma...  me  pican  en  las  entrañas... 

Unas  veces,  un  cariño  que  raya  en  la  locura  siento 
hacia  mis  amigos;  hacia  los  que  nacieron  conmigo, 
hacia  todos  mis  semejantes,  hasta  mis  enemigos  si  los 
tuviera. 

Otras  veces...  nada.  Desesperación  y  aburrimiento, 
cansancio  y  hastío,  o  indiferencia  rayana  en  la  mi- 
santropía. 

L03  seres  débiles  me  inspiran,  sean  de  la  clase  que 
fueren,  tal  compasión,  que  se  convierte  pronto  en  apre- 
cio, el  cual  degenera  en  ciego  cariño. 

Por  eso  a  lo  mejor  estoy  siguiendo  paso  a  paso  la 
vida  de  un  pobre  musgo  pegado  en  el  tronco  de  la 
vieja  encina  del  monte;  por  eso  conozco  y  visito  con 
frecuencia  la  escuálida  y  amarillenta  planta  parásita, 
que  vive  adherida  pobremente  en  el  pelado  y  solitario 
peñasco  de  la  sierra. 

Por  eso  cuando,  donde  menos  lo  pensaba,  debajo 
de  alguna  piedra,  descubro  una  verdosa  yerbecilla  que 
nadie  ha  visto  sino  yo,  quiero  ir  a  verla  por  la  tarde, 
y  la  visito  con  una  ansiedad  que  debe  ser  muy  pareci- 
da a  la  del  amante  que  va  a  ver  a  la  mujer  a  quien 
adora. 

Cuando  descubro,  en  donde  menos  lo  esperaba, 
como  ha  poco  tiempo  me  ha  sucedido,  un  alma  pura 
y  sencilla  como  pocas,  noble  y  leal  como  ninguna, 
y  un  corazón  de  oro  perteneciente  a  la  misma  alma  y 
que  tiene  su  asiento  en  unos  sentimientos  tan  puros  y 
tan  generosos,  tan  delicados  y  tan  impropios  en  el 
honrado  muchacho  de  mi  pueblo  a  quien  me  refiero, 
yo  me  enamoro  de  esa  alma  y  de  ese  noble  corazón. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


119 


Si  un  alma  y  un  corazón  como  éstos  los  encontra- 
se en  una  mujer,  yo  me  enamoraría  de  ellos,  y  ellos 
serían  el  objeto  de  mi  caríño;  pero  la  mujer  no  seria  el 
objeto  de  mi  amor.  Lo  conozco,  lo  digo,  puedo  ase- 
gurarío. 

Pues  qué,  ¿no  estuve  yo  enamorado  de  una  niña 
de  seis  o  siete  años? 

Y  sin  embargo,  ese  amor  no  era,  ni  pensarlo  si- 
quiera, el  amor  común,  el  amor  —no  sé  como  decir- 
lo~  de  todos  los  que  amáis.  Era  sencillamente  una 
corriente  hermosa  de  simpatía  —no  es  ésta  la  pala- 
bra— de  un  alma,  la  mía,  hacia  otra  alma  que  me 
tenía  encantado  con  sus  cualidades. 

Y  nadie  me  venga  a  mí  —aunque  lego—  a  decir: 
<pues  eso  es  amor»,  porque  entonces  yo  estaría  igual- 
mente enamorado  (¡tendría  gracia!)  de  mi  novia  y  de 
un  amigo  a  quien  quisiera  mucho. 

¿Cómo,  pues,  he  de  necesitar  amar  yo  a  una  mujer, 
si  tengo  sobrados  objetos  sobre  qué  colocar  mi  cariño? 

«  « 

¡Si  vieras  cómo  algunos  días  me  gusta  estar  triste! 

Cuando  en  las  fiestas  de  mi  pueblo  bullen  todos  en 
algazara  y  alegría,  cuando  comienza  el  baile  —que 
para  mí  tiene  tantos  y  tantos  encantos—  de  los  mozos 
de  mi  pueblo,  que  me  esperan  todos  para  que  baile 
con  ellos,  —porque  me  tienen  por  alguieny  aunque  no 
soy  nadie,—  entonces  me  gusta  alejarme  del  pueblo  y 
de  la  alegría,  solo;  y  oyendo  desde  lejos  el  rústico 
són  del  alegre  tamboril,  experimento  una  dulzura 
amarga,  que  hace  enturbiar  mis  ojos  en  lágrimas  y 
bañar  mi  corazón  —incomprensible  para  todos—  en 
una  especie  de  cosas,  que  son  el  resultado  de  una 


120 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


amalgama  de  la  dulzura  más  dulce  con  la  más  amarga 
amargura. 

He  dicho  que  mi  corazón  es  incomprensible  para 
todos,  y  no  es  cierto. 

Y  no  te  vas  a  ofender  por  la  ingenua  y  franca  con- 
fesión que  voy  a  hacerte. 

Después  de  mi  madre,  he  tenido  la  dicha  de  en- 
contrar un  sér,  un  solo  sér,  que  me  haya  comprendido 
con  matemática  exactitud.  Y  ese  hombre,  ni  es  una 
persona  ilustrada,  ni,  ¡harto  siento  el  decirlo!  sois 
vosotros,  que  al  fin  sabéis  estudiar  los  caracteres  y 
habéis  visto  algo  de  todo  en  el  mundo. 

Ese  hombre  es  un  honrado  mozo  de  mi  aldea,  que 
nunca  salió  de  ella,  ni  es  un  filósofo  ni  nada  que  se  le 
parezca. 

Pero  tiene  ¡qué  cosa  tan  extraña!  sentimientos  más 
delicados  que  los  del  primer  poeta,  corazón  leal  hasta 
la  exageración,  ideas  religiosas,  ideas  morales,  ideas 
tan  puras  las  unas  como  las  otras. 

Yo  me  explico  este  verdadero  fenómeno  de  compren- 
sión en  que...  Vamos,  no  lo  digo,  porque  quería  decir 
que  consistía  en  que  su  corazón  era  igual  al  mío,  y  le  he 
tributado  al  suyo  alabanzas  que  estoy  lejos  de  merecer. 

Pero  sea  lo  que  fuere,  lo  cierto  es  que  me  com- 
prende ¡casi  mejor  que  yo  mismo! 

Y  por  eso  me  quiere  locamente,  como  no  te  puedes 
hacer  una  idea  siquiera. 

¿No  te  parece  extraño  todo  esto? 

¿Y  no  te  parece  también  que  basta  y  sobra  de  ha- 
blarte de  estas  cosas,  de  algunas  de  las  cuales  puede 
ser  que  deduzcas,  sino  enagenación  mental,  algo  así 
como  chifladura? 

Pues  aparte. 


DE  GABRIEL  Y  CALÁN 


121 


He  pasado  en  mi  pueblo  las  vacaciones  de  Semana 
Santa  íntegras,  que  fueron  siete  días  como  siete 
soplos. 

Recé  miércoles,  jueves  y  viernes  Santos  y  me  di- 
vertí sábado,  domingo,  lunes  y  martes,  que  no  fueron 
tan  santos  como  los  otros,  dadas  las  horitas  que  tenía 
de  recogerme  por  la  noche,...  digo,  por  la  mañana, 
cuando  «el  rubicundo  Apolo  había  tendido  las  doradas 
hebras  de  sus  cabellos»,  etc.,  etc.  <*) 

Tan  bien  me  encuentro  en  mi  pueblo,  que  no  quise 
ir  a  pasar  las  vacaciones  a  Salamanca,  a  pesar  de  las 
repetidas  instancias  que  para  ello  se  me  hicieron. 

Y  eso  que  había  ferias,  toros,  venida  de  estudian- 
íes  portugueses  finchados,  etc.,  etc. 

En  fin,  querido  Casto,  que  estoy  hecho  un  tíOy 
engorronado  y  apegado  a  los  terrones  y  pedruscos 
de  mi  Frades. 

Me  voy  a  embrutecer  (ya  que  envilecerme  no 
puede  ser  y  empobrecerme  tampoco,  porque  no 
soy  rico). 

Ya  estoy  pensando  en  las  vacaciones  veraniegas, 
pero  esto  me  da  asunto  para  otra  carta. 

¡Qué!  ¿te  asustas?  Pues  no  te  asustes,  porque  pro- 
curaré —nada  más  que  procuraré—  que  no  tenga 
tanta  longitud  y  latitud  como  ésta,  ya  que  profundi- 
dad no  puedes  hallar  en  ninguna. 

Y  ya  que  de  profundidades  hablo,  déjame  hundir, 
para  terminar,  en  algunas  honduras  poéticas;  que, 
aunque  nunca  segundas  partes  fueron  buenas,  —a  no 
ser  la  del  Quijote,—  mis  segundas  partes  son  las  más 
lastimosas. 


(*)  Cervantes.— «El  Ingenioso  Hidalgo  D.  Quijote  de  la  Mancha». 
<<No  sé  si  conocerás  la  obra). 


122  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Déjame,  pues,  hablar  una  miajirrínina  de  poesía. 

¡Ay!...  ¡ay!...  ¡ay!  Casto  mío;  pasará  un  día,  pasa-^ 
rán  cien  días,  pasará  el  tiempo  dejando  sus  huellas 
sobre  nuestras  frentes...  y  no  recibiré  todavía  contes- 
tación tuya. 

A  larga  distancia  se  aman  dos  palmeras  en  las 
soledades  del  desierto;  a  larga  distancia  se  hablan  dos 
lirios  azules,  que  moran  en  apartadas  riberas...  A  larga 
distancia  se  repiten  dos  ecos  en  la  escabrosa  monta- 
ña... a  larga  distancia  se  adoran  las  campánulas  ama-^ 
rillas  del  cementerio...  La  brisa  es  la  medianera  de  sus 
amores,  y  ellas  le  pagan  con  un  beso...  Tú  también 
puedes  hablar  conmigo  a  larga  distancia...  nuestros 
mediadores  serán  los  peatones...  nuestro  pago,  tres 
perras  chicas... 

¡Ay!...  ay...  ay!  Jamás  los  sabios  supieron  definir 
la  muerte  y  la  vida.  Yo  sólo,  que  soy  un  pobre  artista^ 
lo  comprendo. 

La  ausencia  de  los  seres  queridos  es  la  muerte... 
su  recuerdo  es  la  vida... 

La  vida  es  una  cadena  con  eslabones  de  hiél...  Yo 
hace  muchos  días  que  vivo  en  lóbrega  noche...  claro 
es,  me  acuesto  a  las  tres  de  la  mañana!... 

Sér  de  mi  sér,  alma  de  mi  alma,  (*)  yo  te  veo  en  el 
aura  que  respiro,  en  el  aroma  de  la  silvestre  campá- 
nula, en  el  cielo  del  mes  de  Mayo,  en  el  arroyo  de  las 
ondinas,...  en  el  corral  de  tu  casa... 

Tu  pensamiento  abrasa  la  sangre  de  mis  venas,  tu 
imagen  de  virgen  y  de  diosa  me  da  noches  de  horrible 
insomnio...  y  más  si  por  la  noche  tomo  mucho  café. 

Esta  mañana,  cuando  Apolo  saludaba  a  Flora,  Ha- 


(*)  Ya  entré  de  lleno. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


123 


maba  yo  el  sueño,  pero  el  sueño  no  es  conmigo  desde 
tu  ausencia... 

Mecíme  un  rato  en  la  región  a  que  tu  belleza  eleva 
mi  fantasía,  ya  loca  y  calenturienta  por  el  cruel  in- 
somnio de  la  noche,...  y  me  quedé  dormido  cuando  la 
naturaleza  sacudía  su  nocturno  letargo,  cuando  Febo 
llamaba  al  mundo  a  la  vida...  cuando  alzaba  sus  can- 
tares mañaneros  el  gallo  de  la  tía  Josefa... 

Eres,  hermosa  mía,  el  ideal  que  soñó  Rafael  para 
sus  lienzos,  la  náyade  que  forja  el  poeta  para  cantar- 
la... la  evocación  de  las  efigies  escultóricas  griegas,  la 
diosa  a  quien  rinde  culto  el  genio  del  artista  en  el 
templo  de  la  hermosura.  Me  deslumbras  y  me  pasmas... 
por  eso,  cuando  te  miro,  tengo  que  ponerme  anteojos 
ahumados  y  tomar  los  antiespasmódicos. 

Si  no  te  alejas  del  país  donde  moras,  en  él  habrá 
flores...  perfumes...  harmonías... 

Si  vienes  al  mío,  cantarán  los  pájaros,  y  el  viento  sa- 
ludará tu  llegada  y  se  lo  contará  a  las  flores,  y  el  arro- 
yo te  besará  los  pies,  y  zumbará  el  diminuto  insectillo 
en  los  vallados,  y  el  bosque  te  acogerá  en  su  seno... 

Paloma  mía,  dulce  compañera  mía,  barbiana  mía... 
¿dónde  estás?...  Tu  hermosura  es  harto  deslumbrado- 
ra para  que  estos  ojos,  cansados  de  llorar  tu  ausencia,, 
la  vean  de  una  vez...  ¡ay...  ay...  ay!...  yo  me  consolaría 
con  verte  nada  más  que  la  punta  de  las  narices... 

Yo  soy  el  trovador  que  en  la  solitaria  noche  tañe 
melancólicamente  (*)  la  cítara  clásica  debajo  de  tu 
ventana.  Vive  mi  espíritu  con  el  aliento  del  tuyo...  me 


(*)  Por  si  no  comprendes  el  significado,  te  daré  la  etimología:  mélan, 
mélon,  melón;  cólica  en  griego,  es  cólico  en  castellano:  esto  es,  cólico 
de  melones,  porque  al  primer  trovador  le  dió  un  cólico  de  melones  o  de 
calabazas,  estando  cantando  a  su  amada.  Esto  fué  en  los  tiempos  de 
Grecia. 


124 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


alimento  con  las  ilusiones  de  mi  demente  fantasía... 
con  los  suspirillos  de  tus  labios...  y  con  el  chorizo  y 
'el  jamón  de  la  despensa,  que  son,  en  este  país,  aun 
mucho  más  clásicos  que  la  cítara. 

A  la  brisa  le  pido  nuevas  tuyas...  ayer  me  trajo  un 
suspiro  de  tu  boca;  mis  labios  le  adormecieron  y  en 
ellos  pasó  la  noche  como  el  niño  que  se  duerme  arru- 
llado por  su  madre  y  velado  por  el  ángel,  que  hace 
onecerse  mansamente  la  cuna  con  el  roce  de  sus  alas 
nevadas  y  blanquísimas. 

Nuevas  tuyas  le  pido  también  a  la  tórtola  que 
vuela  por  el  monte;  se  las  pido  también  a  la  inocente 
palomita  que  arrulla  en  el  alero  del  tejado  de  la  blan- 
xa  y  poética  alqueria,  y  a  los  gorriones  que  escarban 
en  el  corral  de  mi  casa.  Ayer  también  alcé  mis  ojos 
hacia  el  blando  nido  que  la  amante  golondrina  ha 
colgado  de  mi  ventana,  para  preguntarie  por  ti...  ¡ay... 
ay!  si  me  descuido  me  pasa  lo  que  al  buen  Tobías. 

Adiós...  adiós...  bien  mío...  corazón  mío...  lucero 
mío...  Cuando  la  noche  tienda  la  negrura  de  sus  alas 
sobre  mi  cabeza...  yo  tenderé  también  mi  cuerpo  so- 
bre mi  petate  y...  a  dormir. 

Acuérdate  del  que  llora  lejos  de  ti.  Enjuga  las 
lágrimas  del  ausente  con  un  recuerdo,  con  una  mirada 
.que  tiendan  esos  dos  abismos  negros  que  dan  luz 
sobre  mi  país  para  que  canten  los  pájaros,  y  broten 
las  que  aquí  son  siempre-muertas,  y  florezcan  las 
xampanillas  de  la  cañada,  y  broten  los  morados  tomi- 
llitos  de  la  sierra,  y  juegue  el  agua  en  los  cauces  de 
los  arroyos,  que  van  a  secarse,  si  Dios  no  hace  que 
llueva  pronto  (*)...! 


(♦)  Lo  dejo  ya,  porque  es  demasiado  poema,  y  se  acaba  el  papel; 
rpero  eB  verdad  me  daba  lástima  dejar  este  pliego  en  blanco. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


125 


Bajemos  el  diapasón.  De  seguro  que  dirás  ¿y  hay 
quién  se  gaste  un  rato  en  escribir  tales  mamarracha- 
das? Y  yo  te  contesto;  pues  sí,  amigo  Casto,  yo.  Yo 
para  distraer  el  mal  humor,  que  a  veces  me  consume. 

De  modo  (Jue  ya  lo  sabes;  cuando  estés  distraído  y 
quieras  aburrirte  un  poco,  yo  te  inviaré  alguno  que 
otro  trocito,  como  el  adjunto,  del  poema  colosal  que 
titulé  *Las  lágrimas  del  ausente». 

Ahora  espero,  pero  enseguida,  una  relación  en 
cuatro  pliegos  de  los  estupendos  sucesos  de  que  me 
hablas.  Que  así  como  ahora  me  he  pasado  un  rato 
tal  cual,  entonces  pasaré  otro  mejor  y  sin  oir  tanto 
disparate  como  los  de  esta  mi  segunda  parte,...  porque 
en  la  primera  no  soy  yo,  es  mi  corazón  el  que  ha 
hablado. 

Es  siempre  tu  amigo 

El  Solitario. 


11  de  Abril  1890. 


{ 

I 


CARTA  12/ 


Sr.  D.  Antonio  García. 


Querido  Antonio:  Hay  mismo  escribo  a  nuestro 
común  amigo  Casto  con  el  mismo  objeto  que  a  ti; 
para  que  llagáis  un  sacrificio  de  amistad  que  yo  os 
exijo  y  vengáis  a  pagarme  —como  es  justo  hasta"  den- 
tro de  la  esfera  de  la  etiqueta—  la  visita  que  hace  ya 
un  año  os  hice  a  los  dos. 

Que  tengan  ésta  por  suya  tus  padres,  a  quienes 
harás  presente  los  vivísimos  deseos  que  me  animan 
solicitando  de  vosotros  lo  que  ya  te  he  dicho  más 
arriba. 

El  sacrificio  que  os  exijo,  en  su  parte...  pecuniaria^ 
es  tan  exiguo,  que  no  merece  los  honores  de  ponerlo 
como  un  obstáculo  ante  mi  real  consideración.  Por  lo 
demás,  el  verano  dispensa  a  los  españoles,  —a  no  ser 
a  los  pobres  labradores,  etc.,—  del  cumplimiento  de 
ninguna  clase  de  deberes,  porque  es  la  época  de  la 
holganza  humana  (al  contrario  de  las  hormigas  y  lo 
mismo  que  las  chicharras). 

¡Qué  dicha,  qué  alegria  si  a  los  dos  os  viera  en  mi 
pobre  casita  este  año!  Quedaría  altamente  agradecido 
I  de  vuestra  leal  amistad  y  jamás  olvidaria  ese  vuestro 
'  sacrificio,  que  no  tendría  con  qué  pagar  sino  con  una 
verdadera  y  cariñosa  y  franca  hospitalidad. 


128  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


No  sé  como  decírtelo  para  que  te  veas  obligado  a 
cumplirlo,  querido  amigo  mío;  en  nombre  de  mi  familia^ 
—que  me  da  recuerdos  para  la  tuya—  en  nombre  mío 
y  en  nombre  de  nuestra  amistad,  te  lo  suplico. 

No  quiero  hablarte  de  asuntos  distintos  a  éste. 

Da  recuerdos  a  tu  apreciable  familia,  pero  dale 
también  con  tu  primera  carta  un  alegrón  de  los  ma- 
yúsculos a  tu  amigo 

José  María. 


Güijuelo,  28  de  Junio  1890. 


A  LA  MUERTE  DE  MI  HURÓN 

(ELEGÍA  IMPROVISADA...  Y  ASÍ  SALDRÁ  ELLA) 


A  mi  muy  querido  amigo  D.  Ignatío 
Toledano,  compañero  de  excursiones 
Ciquielunas  (*). 

Lágrimas  tristes  que  corréis  a  nos 
por  estos  ojos  míos 
que  son  testigos  de  mi  infausta  suerte, 
¡Corred  hasta  el  sepulcro  abandonado 
del  amigo  adorado 
que  sin  piedad  me  arrebató  la  muerte! 

¡Depositad  sobre  su  tumba  fria 
la  fúnebre  elegía, 
que  le  dedica  un  corazón  sensible. 
Verted  por  él  inconsolable  llanto, 
y  que  este  humilde  canto 
le  sirva  de  corona  inmarcesible! 

¡Pobre  Ciquiel!  de  tu  olvidada  fosa 
yo  grabaré  en  la  losa 
un  cantar  que  dirá  de  esta  manera: 
«Aquí  yace  un  hurón  noble  y  honrado, 
que  era  el  Sultán  llamado 
por  los  conejos  de  la  sierra  entera. 


(*)  Debo  a  la  amabilidad  de  dicho  señor  el  permiso  para  publicar 
esta  humorística  poesía.— (N.  del  E.). 

10 


130  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Músico  pobre,  gárrulo  y  sencillo, 

mi  pobre  Ciquielillo 
tocaba  el  cascabel  con  cierto  arte; 
mas  le  hicieron  dejar  el  instrumento, 

y  a  lo  mejor  del  cuento 
se  nos  fué  con  la  música  a  otra  parte. 

De  mi  pueblo  en  la  sierra  solitaria, 
en  vez  de  una  plegaria, 
resuenan  mil  canciones  a  lo  lejos, 
y  es  porque,  del  vivar  en  el  encierro, 

te  cantan  el  entierro, 
con  cruel  regocijo  los  conejos. 

En  su  morada  subterránea  y  fría 
celebran  una  orgía 
en  honor  de  tu  muerte,  Ciquielillo. 
jAy  de  todos  si  tú  resucitaras 
y  el  cascabel  sonaras 
de  repente  a  la  puerta  del  pasillo! 

¿Oyes  qué  ruido  en  el  vivar  retumba? 
¡Alzate  de  la  tumba 
porque  están  de  tu  honor  haciendo  trizas! 
Preséntate  en  la  sala  de  sesiones 
y  empieza  a  pescozones, 
porque  están  injuriando  tus  cenizas:^. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


131 


En  más  de  cuatro  vivares, 
cuando  tu  muerte  supieron, 
los  conejos  se  reunieron 
en  cónclave  fraternal, 
para  celebrar  la  muerte 
de  aquél  que  cuando  vivía 
clavaba...  donde  podía 
sus  colmillos  de  chacal. 

De  un  vivar  sobre  la  puerta, 
cuando  tu  muerte  supieron, 
con  las  uñas  escribieron 
este  infamante  cartel: 

«Durante  dos  o  tres  meses 
en  todos  estos  bibales 
se  cantarán  funerales 
por  el  tísico  Ciquiel». 

¡Infames!  Si  del  sepulcro  ^ 
tu  hociquillo  levantaras, 
cuán  pronto  desbarataras 
ese  cónclave  infernal, 
donde  te  insultan  tan  sólo 
porque  cuando  tú  vivías, 
cortésmente  les  pedías 
la  cédula  personal. 

En  otro  vivar  del  monte 
celebraron  una  orgia, 
y  al  rayar  la  luz  del  día 
se  reunieron  en  sesión; 
y  unánimes  acordaron 
salir  de  su  obscuro  encierro 
para  cantarte  el  entierro 
€n  solemne  procesión^ 


132  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


¡Qué  canallas!  ¡Qué  guasones! 
Todos  ser  curas  querían 
y  méritos  aducían, 
de  su  pretensión  en  pro: 
—¡Yo  he  escapado  cuatro  veces! 
—Pues  de  poco  V.  se  queja: 
—¡A  mí  me  rasgó  una  oreja! 
—Y  a  mí  también  me  atentó ! 

—¿Qué  vale  eso  que  tú  dices? 
Yo,  al  salir  por  el  pasillo, 
me  lo  encontré  de  narices 
y  nos  liamos  los  dos; 
y,  si  me  descuido  un  poco 
y  no  encuentro  a  la  carrera 
la  puerta  de  la  escalera, 
¡me  divierto  como  hay  Dios! 

—¿Y  yo,  que  estaba  en  el  patio 
arrancando  una  retama?... 
—Y  yo,  que  estaba  en  la  cama 
cuando  en  casa  se  coló?... 
—Pues  eso  no  es  nada,  hermanos, 
¡yo  tengo  un  ojo  vacío 
y  tengo  un  labio  partió 
de  dos  besos  que  me  dió! 

En  fin,  allí  se  increparon 
en  forma  insolente  y  dura, 
y  al  cabo  el  cargo  de  cura 
se  sometió  a  votación; 
votaron  alborotados, 
y  aquél  del  ojo  vacío, 
aquél  del  labio  partió 
fué  cura  en  la  procesión. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


133 


¡Pobre  Ciquiel!  ¡Si  supieras 
cuánto  de  ti  se  rieron! 
Todos  del  vivar  salieron 
ansiosos  de  retozar; 
y  al  brillar  del  alba  pura 
los  resplandores  rosados, 
ya  estaban  todos  formados 
a  la  puerta  del  vivar. 

Todos  en  los  pies  traseros 
encabritados  andaban, 
y  con  las  manos  llevaban 
insignias  de  procesión; 

Uno  con  la  manga  fúnebre, 
que  era  un  trozo  de  retama, 
y  otro  con  una  gran  rama 
de  tomillo  por  pendón. 

De  una  agalla  perforada 
hicieron  un  calderete, 
y  un  conejillo  vejete 
¡qué  disparate  hizo  en  él! 
Y  dos  muy  tiesos  llevaban, 
en  los  hombros  sostenido, 
un  palo  seco  tendido 
que  simulaba  Ciquiel. 

El  cura,  aquel  cura  tuerto 
que  era  más  feo  que  TitOy 
sólo  llevaba  un  palito 
que  en  hisopo  convirtió; 
y  el  libro  de  los  latines, 
que  llevaba  un  monaguillo, 
era  un  forro  de  un  librillo 
que  algún  cazador  perdió. 


134  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


En  dos  hileras  muy  largas 
se  fueron  acomodando, 
y  el  gori-gori  cantando, 
tendióse  el  cortejo  aquel 
hacia  un  barranco  relleno 

de  estiércol  amontonado  

¡Era  el  sitio  destinado 
para  enterrarte,  Ciquiel! 

Dos  conejos  con  las  uñas 
abrieron  tu  sepultura 
en  el  montón  de  basura, 
chirriando  de  dolor; 
mas  luego  que  estuvo  abierta 
y  en  ella  tu  efigie  echaron, 
como  locos  empezaron 
a  bailar  alrededor. 

¡Qué  escándalo!  el  cura  tuerto 
te  dió  tales  hisopazos, 
que  sobre  ti  en  dos  pedazos 
roto  el  hisopo  quedó; 

y  aquél  que  llevaba  aquello 

metido  en  la  caldereta, 
hizo  al  aire  una  pirueta 
y  encima  de  ti  lo  echó. 

El  monaguillo  del  libro, 
que  era  el  de  la  oreja  rota, 
hasta  hizo  horrible  chacota 
de  los  latines  también; 
pues  cantaba  dando  saltos: 
<¡Non  haberis  mas  mordiscum! 
¡Ciquielibus  morium  íísicumí 
¡Requiescani  in  pace,  amenh 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


135 


Y  hubo  conejo  insensato, 
que  por  reír  más  de  prisa, 
hasta  se  meó  de  risa 
sobre  el  palitroque  aquel; 
y  hubo  coneja  guasona, 
que  la  boca  te  llenaba 
de  pildoras  que  sacaba 
de...  no  sé  dónde,  Ciquiel. 

Cansado  por  fin  el  cura 
de  aquella  danza  maldita, 
con  alegría  inaudita 
tierra  al  palitroque  echó; 
holló  y  echó  más  de  nuevo, 
para  hacer  mayor  la  carga, 
y  con  la  uña  más  larga 
este  epitafio  escribió: 


«Aquí  yacen  los  restos  asquerosos 

del  tísico  Ciquiel. 
Por  mí,  que  se  lo  lleven  los  demonios, 

si  es  que  pueden  con  él... 


Y  caiga  un  rayo  en  el  sepulcro  negro 

de  este  ladrón  sin  par, 
¡no  haga  el  diablo  que  un  día  este  asesino 

vuelva  a  resucitar  !> 


J.        G.  Y  G. 


CARTA  13.* 


Sr.  D.  Casto  Blanco  Cabeza. 


¡Pobre  Casto!  ¡pobre  Antonio!:  ¡Tanto  tiempo  sin 
saber  nada  de  su  fiel  y  leal  amigo  Galán! 

¡  Ay,  si  supiérais  lo  que  he  sufrido  después  de  reci- 
bir vuestra  última  carta! 

Sí;  cayó  la  desgracia,  que  he  tenido  sobre  lo  más 
sagrado  que,  después  de  Dios,  existe  para  mí  en  el 
mundo;  sobre  el  sér  a  quien  más  adoro;  sobre  mi  ado- 
rada y  buena  madre. 

Aún  está,  aún  está,  y  estará  por  bastante  tiempo, 
en  el  lecho  del  dolor,  a  consecuencia  de  una  terrible 
caída  que  en  casa  sufrió;  caída  que  le  produjo  una 
bárbara  contusión,  de  cuyas  resultas  aun  no  saben 
los  médicos  si  estará  fracturado  el  fémur  derecho, 
aunque  se  inclinan  a  creer  que  no. 

¡Imaginaos,  queridos  amigos,  imaginaos  el  bárbaro 
disgusto  que  yo  recibiría  al  leer  la  carta  que  un 
criado  de  casa  me  trajo  inmediatamente  a  este  pueblo, 
diciéndome  que  mi  madre,  mi  querida  madre,  «quería 
ver  enseguida  a  su  hijo  José  María». 

Monté  acto  seguido  en  el  caballo  que  me  prepara- 
ron, y  que  cuando  llegué  a  Frades  no  podía  ya  mo- 
verse; y  me  fui  a  poner  a  la  cabecera  del  lecho  de  mi 


138  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


madre,  donde  he  permanecido  más,  bastante  más,  de 
lo  que  mis  deberes  en  este  pueblo  podían  dispensarme. 

Hoy,  ya  de  regreso,  aunque  fatigado  y  rendida 
—más  moral  que  materialmente—  os  escribo  para 
deciros  que  estoy  sufriendo  horriblemente;  que  no  vivo 
una  vida  natural,  como  los  demás  amigos  que  aquí 
me  rodean;  que  tengo  deseos,  muchos  deseos  de  llorar; 
mejor  dicho,  ya  que  sois  amigos  de  mi  alma,  os  diré 
que  en  este  momento  estoy  llorando,  y  no  veo  las  le- 
tras que  os  escribo,  porque  estorban  las  lágrimas  que 
enturbian  y  ciegan  estos  pobres  ojos,  que  acaban  de 
ver  la  desgracia  al  lado  de  la  felicidad... 


Dios  mío:  ¿por  qué  en  medio  del  concierto  de  la 
dicha,  se  ha  de  llegar  a  oir  siempre  la  nota  sorda  y 
horrible  de  la  tristeza  más  cruel?  Por  qué  entre  los 
colores  del  cuadro  de  la  felicidad,  ha  de  venir  a  resal- 
tar siempre  el  negro  color  del  infortunio? 

Todos,  todos,  todos  los  sueños  de  dicha  que  yo 
gozaba,  han  caido  destruidos  por  su  pie,  y  toda  mi 
felicidad  se  acabó,  y  todas  mis  esperanzas  de  ser, 
como  hoy  lo  era,  un  hombre  feliz,  se  arruinaron,  y 
hoy,  en  fin,  soy  un  pobre  desdichado;  pero  bien  lo 
sabe  Dios,  bien  lo  sabe  Dios,  que  yo  no  lo  siento  por 
mí,  porque  yo  sé  tragarme  las  grandes  dosis  de  amar- 
guras que  la  desgracia  da  al  hombre,  con  la  resigna- 
ción más  sobrada;  pero  lo  siento  por  mi  madre,  por 
mi  madre,  porque  es  el  segundo  sér  a  quien  más 
idolatro;  y  si  lo  que  forjo  en  mi  mente,  la  idea  espan- 
tosa que  trabaja  hoy  mi  imaginación,  llegase  a  ser 
una  realidad,  que  Dios  no  permitirá,  entonces,  yo  no 
sé,  yo  no  sé  qué  sería  en  el  mundo  de  este  pobre 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


139 


desdichado,  a  quien  sólo  Dios  sabe  qué  es  lo  que  le 
estará  esperando, 

♦ 

Perdonadme  vosotros  si  casi  me  olvidaba  de  que 
os  estaba  hablando.  Mientras  no  pienso  en  nada, 
estoy  bien;  pero  cuando  me  pongo  a  meditar  en  lo 
que  hoy  me  tiene  ahogado  de  lágrimas,  pinto  tales 
cuadros,  tales  horizontes  delante  de  mi  vida  actual, 
que  no  sé  ni  lo  que  digo  ni  lo  que  hago. 

Por  la  cariñosa  amistad  que  nos  une,  os  pido  que 
recéis,  que  siquiera  una  vez  le  pidáis  a  Dios  la  salud 
de  mi  madre  conmigo;  que  yo  haré  lo  mismo  cuando  a 
vosotros  os  atosigue  la  desgracia.  Os  lo  pido,  os  lo  rue- 
go, os  lo  suplico  en  nombre  de  esta  tan  cariñosa  y  leal 
amistad  que  nos  liga  a  los  tres.  Porque  tengo  apren- 
dido de  la  santa  religión  que  mi  madre  me  enseñó, 
que  todos  somos  hermanos  y  que  las  oraciones  de  los 
hermanos  para  los  hermanos  valen  mucho,  valen  mu- 
cho y  Dios  las  atiende  mucho.  Vosotros  sois  buenos 
hijos  y  gozáis  también  de  la  dicha  de  tener  madre  ¡y 
ya  sabéis  lo  que  es  una  madre!  pero  ya  sabéis  también 
lo  que  es  un  hijo,  cuando  está  a  riesgo  de  perderla! 

Quizás  yo  no  lo  esté,  pero  esta  imaginación  loca  y 
atormentadora  así  me  lo  hace  creer  a  veces,  y  así  me 
lo  pinta  con  colores  negros  y  espantosos. 

Pedid  a  Dios  por  la  salud  de  mi  madre,  no  ya  por 
ella,  sino  por  mí;  y  cuando  la  de  alguno  de  vosotros 
se  encuentre  en  riesgo  de  ser  arrebatada  de  la  vida^ 
decídmelo  a  mí,  que  yo  os  daré  a  vosotros  algún  con- 
suelo y  a  ella  una  plegaria,  para  que  Dios  la  arranque 
de  las  garras  de  la  muerte  y  os  la  devuelva. 

Díselo  a  mi  querido  Antonio  y  Dios  os  premie  con 


140  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


el  cielo  si  hacéis  lo  que  os  pido;  que  sí,  lo  haréis, 
porque  no  sé  yo  que  no  hará  un  buen  amigo,  que  otro 
buen  amigo  le  pida  y  le  suplique. 

José  María. 

16  Diciembre  1890-Guijüelo. 

Acabando  esta  carta  recibo  noticias  de  casa  y  car- 
ia del  médico  de  cabecera,  y  me  dicen  todos  que  mi 
madre  continúa  algo  mejor. 

¿Será  por  tranquilizarme? 

Dios  quiera  que  no.  No  puedo  escribir  más.  Adiós. 


CARTA  14; 


Querido  Casto:  Como  ignoro  a  qué  obedece  esa 
tardanza  en  contestar  a  mi  última,  <*)  vuelvo  de  nuevo 
a  escribirte  con  la  sola  intención  de  que  me  correspon- 
das enseguida,  porque,  a  la  verdad,  no  merezco  que 
me  trates  como  me  estás  tratando. 

Si  estás  enfermo  (Dios  no  lo  quiera)  que  me  lo 
diga  tu  papá;  sino  lo  estás  ¿por  qué  no  me  escribes? 
No  te  gustó  mi  último  sermón?  Pues  a  trueque  de  no 
disgustar  a  mi  amigo  del  alma,  me  retracto  de  lo  di- 
cho y  retiro  en  absoluto  cuantas  palabras  hayan  po- 
dido molestarte,  querido  mío. 

Y  eso  que  no  me  agrada  que  entre  amigos,  que 
son  amigos,  haya  ofensas,  aunque  leves,  producidas 
por  una  repasata,  o  llámalo  consejo,  o  llámalo  riña  o 
sermón. 

Tengo  en  el  mundo  tres  amigos;  uno  en  Castilla  y 
dos  en  Galicia. 

Hace  hoy  un  mes  que  le  escribí  a  Antonio  una  carta, 
extensa  si  las  hay,  con  más  letras  que  arenas  hay  en 
Riazor,  con  más  protestas  de  cariño  que  espigas  de 
trigo  hay  en  mi  tierra  ¡y  el  buen  Antonio  tan  fresco! 

En  el  mismo  día,  y  a  la  misma  hora,  le  escribí  a 
Castito  otra  epístola  tan  larga...  como  la  de  San  Pa- 
blo; tan  sincera  como  la  misma  persona  que  la  dictó; 


(*)  Que,  desgraciadamente,  no  llegó  a  su  destino,  como  otras  varias. 

\ 


142  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


tan  dulce  como  el  azúcar  y  tan  agria  como  el  vinagre. 
En  ella  le  daba  cuenta  de  todo;  le  pinto  con  brocha 
gorda  SUS  pensamientos  más  profundos,  sus  ideas  más 
recónditas,  sus  instintos  de  venganza  hacia  él,  sus 
ratos  de  aburrimiento  sin  él,  sus  horas  de  nostalgia  sin 
él,  sus  días  de  cruel  cansancio  y  atormentador  hastío 
sin  él...  durante  un  eterno  verano  de  esos  que  enervan 
los  sentidos  y  embrutecen  el  espíritu...  ¡y  el  buen 
Castito,  tan  fresco ! 

Y  volví  a  escribir  a  Antonio,  reprendiéndole  por  su 
tardanza  en  contestarme,  llamándole  olvidadizo,  ro- 
gándole por  favor  que  me  contestara  a  cuantas  pre- 
guntas le  hacía,  que  me  dijera  si  estaba  enfermo,  que 
me  diera  noticias  de  esa  querida  tierra,  ¡todo  lo  cual 
no  ha  impedido  que  el  buen  Antonio  siga  tan  fresco! 

Y  vuelvo  a  escribirte  a  ti,  y  torno  a  decirte  que  me 
contestes  ¡siquiera  por  cortesía,  por  delicadeza,  por 
distracción  o  por  lástima! 

Y,  como  dijo  ya  la  famosa  poetisa  de  antaño,  digo 
yo  ahora  que 

«sin  apagar  de  mi  cariño  el  fuego 
vuelvo  de  nuevo  a  lamentarme  a  solas», 

para  ver  si  me  oyes;  y  si  no  me  oyes,  tendré  que  pa- 
rodiar a  la  otra  poetisa  de  la  tierra  de  las  aceitunas  y 
de  las  jaras  que  decía  con  mucho  aquél: 

«¿Cómo  te  llamaré  para  que  entiendas 
que  me  dirijo  a  ti,  dulce  amor  mío...» 

Y  diré  todas  estas  cosas,  pero...  ¡  yo  creo  que  to- 
davía el  bueno  de  Casto  seguirá  tan  fresco! 


Me  admira  vuestra  frescura.  Os  propinaría  de  bue 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


143 


ñas  ganas  cuatro  arrobas  y  media  de  antipirina,  a  ver 
si  así  entrabais  en  reacción. 

Porque,  francamente:  ¿no  te  parece  bonito  que  yo 
no  sepa  qué  te  ha  ocurrido  después  de  tus  oposicio- 
nes, y  que  todavía  ignore  si  vives  en  San  Saturnino, 
o  en  Narón,  o  en  la  celebérrima  ciudad  de  Tuy?  ¡Qué 
vergüenza!  ¡qué  vergüenza,  Dios  mío! 

O  me  escribes  con  puntualidad  y  frecuencia,  o  te 
asedio  y  te  desespero,  porque  encontrarás  cartas  mías 
hasta  en  la  sopa.  Elige  y  piénsalo  bien,  pues  te 
importa. 

Porque  te  quiere  más  de  lo  que  piensas  tu  amigo 

José  María. 

Recuerdos  mil  a  tus  buenos  papás  y  demás  gente, 
y  no  te  olvides  influir  con  Antonio  para  que  conteste 
a  las  dos  cartas  que  le  tiene  escritas  su  amigo 

Galán. 

Guijuelo  25  de  Enero  de  1891. 


CARTA  15.* 


Querido  Casto:  Estoy  recién  confesado  y  estoy 
santo.  En  tal  estado  contesto  a  tu  tan  esperada  carta 
con  dos  principales  objetos:  el  uno  es  manifestarte 
que  el  día  19  de  este  mes  que  corre  brindé  por  tu  feli- 
cidad y  por  la  mía. 

El  otro  es  inspirado  por  mi  estado  de  ánimo,  tran- 
quilo y  sosegado  después  de  haber  pasado  la  mañana 
en  la  casa  de  Dios,  cumpliendo  con  uno  de  los  prin- 
cipales deberes  del  cristiano. 

Quiero  hajplarte  algo  de  mí. 

Quiero  decirte  que  al  hojear  en  mi  mente  las  pági- 
nas de  la  historia  de  mi  vida  durante  el  año  pasado, 
me  he  espantado  de  mí  mismo.  Te  hablo  como  a  mi 
confesor  (*). 

Al  sentarme  hace  pocas  noches  a  mi  mesa  para 
descansar  un  rato  en  la  carrera  de  mi  vida,  y  echar 
hacia  el  pasado  una  ojeada  retrospectiva,  estremecie- 
ron mis  entrañas  las  picadas  de  mil  remordimientos,  y 
solamente  me  dió  valor  para  resistirlas,  el  dulce  calor 
del  más  sincero  arrepentimiento.  Eché  una  mirada 
sobre  mí  mismo  y  me  desconocí,  y  casi  me  odié,  por- 


(*)  Creemos  que  no  sea  de  ningún  modo  indiscreta  la  inserción  de 
esta  carta  que  hace  resaltar  más  y  más  la  delicadeza  de  alma,  la  escru- 
pulosidad de  conciencia,  la  rara  virtud,  en  nuestro  santo  amigo,  juzgán- 
dose a  si  mismo  con  inaudita  severidad  por  algunas  bien  leves  ligerezas 
j  y  bromas  de  muchachos.— (N.  del  E.). 


146  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


que  el  José  María  que  vi  delante  de  mis  ojos,  no  era 
aquel  José  María  cristiano  y  bueno  que  siempre,  o 
casi  siempre,  tuvo  la  virtud  por  guía  de  sus  acciones; 
lo  que  yo  vi  delante  de  mis  ojos  era  un  muchacho 
pervertido  y  extraviado,  con  la  desvergüenza  en  la 
boca,  con  la  altanería  y  la  vanidad  más  necia  en  la 
frente  y  con  la  lacería  del  pecado  en  el  alma. 

Sí,  Castito.  Aparte  de  otras  cosas  cuyo  sólo  re- 
cuerdo me  espanta,  llevo  más  de  un  año,  no  solamen- 
te alejado  por  completo  del  estudio,  al  cual  tuve  en 
tiempos  que  ya  pasaron  regular  afición,  sino  viviendo 
la  vida  de  la  juerga  desordenada  y  loca,  consumien- 
do lo  mejor  de  mi  vida  en  inútiles  devaneos,  que  sólo 
la  risa  te  producirían  si  yo  te  los  contara;  gastando  mi 
organismo  lentamente  con  estúpidas  rarezas  y  peli- 
grosas locuras,  que  nada  bueno  traen  tras  de  sí,  a  no 
ser  el  paulatino  desgaste  de  las  fuerzas  vitales,  que 
consumidas  en  otras  esferas  hubiéranme  dado  resulta- 
dos más  halagüeños  y  más  prácticos. 

Aquí  formamos  a  veces  una  especie  de  tertulia 
literaria  donde  preferentemente  se  cultiva  la  sátira  que 
hiere,  el  epigrama  que  sangra,  la  alusión  envenenada 
y  el  chascarrillo  que  insulta...  los  versos  insolentes  y 
audaces...  todo  lo  malo,  con  tal  que  el  chiste  resulte!..... 

He  cultivado  las  rarezas  más  ridiculas,  la  excen- 
tricidad más  estúpida,  pero  una  excentricidad  siste- 
mática y  pertinaz,  que  obliga  a  hacer  todo  aquello  que 
produzca  más  aburrimiento,  mayor  fastidio  y  más 
grande  molestia.  Y  así  como  a  otros,  y  a  mí  mismo 
en  ciertas  ocasiones,  les  da  por  remontarse  sobre  su 
esfera  verdadera,  a  nosotros  nos  ha  dado  por  llegar 
al  último  grado  del  relajamiento  social. 

Quién  me  hubiera  visto  tantas  veces  acompañado  ' 
de  unos  cuantos  que  son  la  hig-lif...  sentados  aire-  j 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


147 


dedor  de  una  lumbre  medio  apagada,  rendidos  y  soño- 
lientos, pero  persistentes  en  nuestros  bárbaros  pro- 
pósitos...! 

Y  que  esto  se  haga  una  vez  al  año...  menos  mal, 
pero  que  se  lleve  a  cabo...  por  sistema,  por  em- 
peño, por  capricho...  ¡Vamos,  que  es  altamente  ver- 
gonzoso ! 

¡Ah!  ¿Y  eso  de  buscar  ad  hoc  la  noche  más  cruda 
y  triste  de  invierno,  o  una  de  esas  noches  sin  atracti- 
vos, sin  motivos  para  divertirse,  noches  muertas  de 
suyo  que  parecen  venidas  para  que  cada  cual  se  esté 
I  en  su  casa:  y  pasárselas  enteras  corriendo  de  calle  en 
calle  y  gozando  más  cuando  menos  nos  divertíamos!... 
lavamos  que  eso  es  de  seres  irracionales!  Por  eso 
I  cuando  la  luz  del  día  (mortecina  y  abrumadora  para 
I  €l  que  no  se  ha  acostado)  alumbraba  nuestras  caras 
j  amarillas  y  descompuestas  y  nos  mirábamos  los  ojos 
I  con  fijeza,  nos  daba,  aunque  nada  decíamos,  algo  así 
I  como  vergüenza;  el  chiste  o  la  agudeza  dicha  por 
!  alguno,  siendo  de  noche,  y  coreado  por  todos  con  ri- 
sotadas interminables,  nos  parecía  de  día  triste  y  anti- 
pático; y  cuando  con  la  guitarra  sin  cuerdas  a  la  es- 
palda, como  comparsa  de  ciegos  en  feria,  con  el 
amargor  en  la  boca  y  la  pesadez  en  los  miembros,  nos 
despedíamos  para  ir  cada  uno  a  su  casa  a  descansar 
un  momento,  sentíamos,  por  lo  menos  yo,  pequeño 
remordimientillo  en  el  alma  y  gran  envidia  a  los  al- 
deanos que  abrían  ya  sus  puertas  y  salían  silboteando 
a  trabajar,  alegres,  sin  la  inquietud  mía  en  el  corazón, 
y  con  el  cuerpo  fortalecido  por  el  descanso  y  el  sueño. 
iQué  camas  me  pintaba  entonces  mi  mente!  


Tan  grande  como  es  el  extravío  debe  ser  siempre 
el  arrepentimiento,  tan  grande  como  es  la  culpa  debe 


148  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


ser  firme  el  propósito.  Y  mi  propósito  creo  que  es 
firme,  si  Dios  me  ayuda. 

Voy  a  consagrar  todas  mis  fuerzas  al  estudio,  a 
ver  si  puedo  ser  algo  más  de  lo  que  hoy  soy.  Todos 
vamos  a  hacernos  viejos  metodizados,  para  imitaros  a 
vosotros  los  positivistas,  que  entendéis  la  vida  mejor 
que  nosotros  mil  veces... 

La  cuestión  era  hacer  algo  que  no  sea  bien  hecho^ 
Por  eso  hace  unos  cuantos  días  salimos  a  tirar  al 
blanco  con  los  fusilones  de  la  guardia  civil,  a  caballo; 
y  el  mío  (el  caballo)  se  desbocó  con  mi  personilla 
encima,  se  cegó  corriendo,  y  a  lo  mejor  del  cuento 
(que  lo  cuento  por  milagro)  se  partió  el  freno,  saltó  el 
caballo  la  pared  de  un  cercado,  se  dirigió  sin  saber  lo 
que  hacía  a  un  grupo  espeso  de  robles,  se  zampó  por 
entre  dos  que  no  le  daban  lugar  a  pasar  y...  ¡ay  mi 
pierna  derecha!  Aunque  no  me  cayó,  me  hice  dos  he- 
ridas en  ella  contra  el  tronco  del  roble,  y  el  caballo 
quiso  caer  con  la  frente  el  tronco  de  otro,  que  se  puso 
por  delante;  pero  afortunadamente  para  mí,  botó  como 
una  pelota  hacia  atrás.  ¿Crees  que  me  arrepentí?  Pues 
eniadía  me  volví  a  montar  cojeando,  antes  de  que 
llegaran  los  otros,  que  venían  tras  de  mí  a  todo  correr, 
y,  sin  freno  y  sin  nada,  le  di  al  caballo  tres  gruesas  de 
carreras,  que  lo  dejaron  bueno  y  manso. 

Te  digo  que  si  me  dejo  despedir  de  la  silla,  me 
mata.  Es  un  potro  de  tres  años  de  un  amigo  mío;  pero 
tan  bravo  (el  potro)  que  hace  seis  o  siete  días  se  ha 
vuelto  a  desbocar  con  otro  ginete  encima.  ¡Oh,  si  mi 
mamá  lo  supiera!... 

En  fin,  vale  más  tarde  que  nunca.  A  los  arrepenti- 
dos quiere  Dios. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


149 


Antes  de  ayer  apadriné  un  niño  de  los  dueños  de 
la  casa  donde  vivo.  Tuve  en  casa  cuarenta  convida- 
dos me  gasté...  unas  perrs^s,  y  nada  más. 

Nunca  me  hablas  de  Esperanza.  Ni  de  tus  grandes 
proyectos  para  el  porvenir,  ni  de  cierta  clase  de  aspi- 
raciones, ni  de  cierto  género  de  pensamientos.  Si  los 
tienes  ¿por  qué  me  los  ocultas?  Si  no  los  tienes  ¿habrás 
dado  un  paso  atrás  en  el  camino  que  ha  tiempo  habías 
emprendido? 

Ando  en  este  asunto  sumergido  en  un  mar  de  du- 
das... vamos,  casi  tan  alborotado  como  el  que  se  co- 
mió quinientas  presas  de  carne  del  «Utopia». 

Aquél  sólo  Dios  podía  calmarlo;  el  mío  puede 
rosegarlo  una  carta  tuya. 

Que  es  esperada  por  tu  siempre  afectísimo 

José  María. 

Devuelve  mis  recuerdos  a  Angelito... 
Adiós. 


Guijaelo  y  Abril  1891. 


SUSPIROS 


Solo,  triste,  perdido  sin  sosiego 
Del  mar  del  mundo  en  las  inquietas  olas^ 
Sin  apagar  de  mi  dolor  el  fuego 
Vuelvo  de  nuevo  a  lamentarme  a  solas. 

Ha  tiempo  ya  que  entre  celajes  de  oro 
Hermoso  edén  en  mi  ilusión  soñé. 
¿Quién  mi  ilusión  arrebató?...  lo  ignoro 
¿Quién  goza  en  mi  martirio?...  no  lo  sé. 

Yo  sólo  sé  que  mitigar  deseo 
Este  pesar  que  arrebató  mi  calma; 
La  causa  de  mi  pena  no  la  veo, 

Y  sin  embargo  me  desgarra  el  alma. 

Tal  vez  será  que  el  alma  se  lamente 
En  fuerza  de  sufrir,  ya  sin  motivo; 
Pero  mi  pobre  corazón  no  miente 

Y  me  hace  ver  las  penas  en  que  vivo. 

Nadie  comprende,  porque  a  nadie  importa, 
Las  tristes  penas  de  mi  vida  amarga; 
Vida  que  en  dicha  y  en  placer  es  corta 

Y  en  desventuras  y  en  sufrir,  muy  larga. 

¿Quién  causó  mi  placer?  un  sueño  necio; 
¿Con  quién  soñó  mi  alma?  con  mi  bien. 
¿Quién  causó  mis  angustias?  su  desprecio; 
¿Quién  mató  mis  ensueños?  su  desdén. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


151 


En  medio  de  mi  pena  y  desconcierto 
No  tengo  nunca  un  cariñoso  amigo 
Que  me  enjugue  las  lágrimas  que  vierto 

Y  se  venga  a  llorar  también  conmigo. 

Aunque  lo  quiera  y  aunque  así  lo  anhele, 
No  ha  podido  encontrar  el  alma  mía 
Ningún  amigo  fiel  que  me  consuele 
Cuando  yo  le  contase  mi  agonía. 

Siempre  sufriendo  mi  cruel  martirio 
Turbado  veo  mi  soñado  edén, 

Y  la  niña  que  amaba  con  deürio 
Ha  pagado  mi  amor  con  un  desdén. 

Su  mirada  de  angélico  candor 
No  quiso  mi  pesar  calmar  jamás. 
¿Y  con  qué  la  he  pagado?...  ¡con  mi  amor! 
¿Y  cuál  es  mi  venganza?...  ¡amaria  más!... 

J.  M.^  G.  Y  G. 


CARTA  16.* 


Guíjuelo  4  de  Noviembre  1891. 


Mi  buen  Casto:  Si  esta  carta  no  corre  la  suerte  de 
las  demás;  si  al  fin  llegase  a  tus  manos,  recibe  con 
ella  la  expresión  más  pura  del  sentimiento  amargo 
que  comprime  el  corazón  de  tu  amigo,  desde  que  ayer 
recibió  la  tarjeta  de  defunción  de  Merceditas,  que  se 
fué  al  Cielo. 

El  dia  anterior  recibí  también  tu  última  carta  fe- 
chada allá  en  1.^  de  Octubre.  ¿Quién  se  opone  a  que 
nos  hablemos?  Allá  va  como  testimonio  de  mi  veraci- 
dad, un  pedazo  del  sobre  sellado  ¡en  Nava  de  Béjar!  (*) 
Ha  venido  por  el  Sur  de  mi  provincia.  ¡Cuánto  habrá 
corrido!  Igual  o  peor  suerte  habrán  corrido  las  mías 
dirigidas  a  ti  y  a  Antonio,  cuyas  contestaciones  aun 
no  he  recibido. 

Hablaremos  de  esto  otro  día. 

Rogué  por  tu  hermanita  a  Dios,  cuando  ya  estaba 
con  Él.  Hoy,  sin  embargo,  le  pido  un  pedacito  de  Cie- 
lo para  ella,  fuerzas  para  el  espíritu  atribulado  de  tus 
padres  y  resignación  para  ti. 

Bien  sé  que  cuando  lleguen  a  tu  alma  estos  con- 


(*)  Véase  como  andaba  nuestro  correo!  Con  frecuencia  desesperante 
se  extraviaban,  o  se  perdían  para  siempre,  las  preciosas  cartas  de  Galán, 
y  hasta  nuestras  pobres  contestaciones.— (N.  del  E.). 


154  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


suelos  tardíos,  habrás  llorado  mucho  a  tu  hermana; 
habrás  sentido  en  el  corazón  la  punzada  cruel  de  los 
verdaderos  dolores  de  la  vida,  junto  con  la  pesadez 
profunda  y  aniquiladora  de  esas  negras  penitas,  que 
nos  envía  el  que  más  tarde  nos  dará  su  gloria.  Todo 
esto  es  natural  y  te  ennoblece. 

Lo  que  no  quiero  suponer,  porque  no  quiero  que  lo 
hagas,  es  entregarte  tú  mismo  de  lleno  al  dolor,  ator- 
mentándote tú  mismo  con  él,  en  vez  de  procurar  es- 
quivarlo cuando  sobrepasa  límites  determinados.  Por- 
que tú  no  te  perteneces.  Y  creo  excusado  casi  decirte^ 
porque  tú  lo  comprendes,  que  tus  energías  son  nece- 
sarias para  otras  cosas  ahora.  De  ellas  precisas  para 
sobreponerte  con  espíritu  fuerte  y  alma  grande  a  tu 
dolor,  y  atenuar  en  lo  que  puedas  el  de  tu  madre,  que 
es  el  dolor  de  los  dolores. 

Aunque  sólo  humanamente  consideremos  a  nues- 
tra Santísima  Virgen  María,  no  nos  formaremos  apro- 
ximada idea  de  su  amargura  cuando  exclamaba  sin  su 
Hijo:  «Atended,  hombres,  y  ved  si  hay  dolor  que  se 
iguale  a  mi  dolor>. 

Solamente  pensando  en  lo  que  nosotros  sufriría- 
mos por  la  pérdida  de  nuestras  madres,  y  consideran- 
do encima,  aunque  no  nos  lo  parezca,  que  sus  almas 
guardan  más  cariño  hacia  nosotros  que  las  nuestras 
hacia  ellas,  llegaremos  nada  más  que  a  concebir,  y 
acaso  incompletamente,  lo  que  pasará  por  ellas  con  la 
pérdida  de  un  hijo. 

Calcula  luego  que  el  dolor  por  la  pérdida  de  un 
sér  querido,  es  proporcional  al  cariño  que  hacia  él  se 
tiene,  y  comprenderás  cuán  necesitada  estará  de  con- 
suelos una  madre  a  quien  le  arrebatan  un  pedazo  de 
su  alma. 

Aparte  de  que,  como  buen  hijo,  necesitas  para  lo 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


155 


que  te  dejo  indicado,  tus  vitales  energías;  como  hom- 
bre, y  como  hombre  cristiano,  es  menester  que  con- 
serves, aun  dando  a  los  sentimientos  del  corazón  algo 
de  lo  que  es  suyo,  la  serenidad  de  espíritu  y  la  forta- 
leza de  ánimo  propia  de  las  almas  bien  templadas  y 
suavemente  empapadas  en  el  aroma  fortalecedor  de  la 
fe  y  de  la  Religión. 

Seguro,  segurísimo  de  que  tal  harás,  no  te  molesto 
más  con  consideraciones,  que  no  sé  si  producirán 
efecto  contrario  del  que  me  propongo,  con  lo  cual 
sufriría  no  pequeño  disgusto. 

Escríbeme  en  seguida,  en  seguida,  que  tengo  varias 
cosas  que  decirte. 

Y  no  olvides  que  se  apropia  para  sí  parte  muy 
buena  de  tu  sentimiento 


José  María. 


CARTA  17.^ 


Querido  Casto:  No  sé  cómo  empezar  una  carta 
que  no  debiera  escribir.  Te  di  cuenta  oportuna  de  mi 
pensamiento  de  hacer  oposiciones  en  la  convocatoria 
del  pasado  Noviembre,  te  di  las  señas  de  la  casa  don- 
de me  instalé  en  Salamanca,  empecé  los  ejercicios, 
los  continué  y  los  concluí,  y  una  sola  letra  tuya  no  vi 
que  me  diera  ánimos  y  fuerzas  para  la  lucha  (*). 

Antes  de  mi  última  escribí  otras  dos;  una  con  mo- 
tivo de  la  infausta  desgracia  que  os  aqueja  con  la 
muerte  de  Merceditas,  que  está  en  el  Cielo,  y  otra 
para  tus  papás  con  el  mismo  tristísimo  motivo,  procu- 
rando dar  algún  consuelo  a  su  espíritu  atormentado 
por  tan  rudo  golpe. 

Nada  me  extraña  el  silencio  de  tus  papás  a  mi 
carta-pésame,  que  iba  también  firmada  por  los  míos, 
porque  su  dolor  les  dejaría  sin  gusto  para  nada.  Mas, 
aunque  a  ti  te  ocurriese  lo  propio,  debiste  contestar- 
me (**),  sobreponiéndote  a  todo  para  darme  una  parte 
del  dolor  que  a  ti  te  aquejó.  Te  perdono,  a  pesar  de 
todo,  porque  de  todo  eres  digno  en  circunstancias 
normales,  cuanto  más  en  las  tristes  porque  has  atra- 
vesado. 

¡Pobre  Merceditas!...  Aunque  renueve  en  parte  tu 
pena,  permíteme  que  recuerde  los  ratos  de  alegría 


(*)  El  correo  extravió  la  contestación. — (N.  del  E.) 
(**)  Idem,  Ídem. 


158  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


(que  tampoco  yo  gozo  con  recordarlos)  que  pasamos 
a  la  puerta  de  tu  casita,  en  las  noches  de  aquel  verano 
de  eterna  memoria  mía!... 

Si  algún  día  vuelven  mis  pies  a  hollar  el  suelo  del 
país  que  me  recibió  como  a  su  propio  hijo,  ya  acudi- 
rá a  mi  cabeza  un  recuerdo  triste  ¡sólo  uno!  entre 
todos  cuantos  me  traje  y  dejé  en  tu  patria. 

«¡Qué  le  hemos  de  hacer!»  «¡Sea  lo  que  Dios 
quiera !>  «¡ Paciencia !>  Estas  frases,  que  son  las  tapa- 
deras del  dolor  que  hierve  debajo  de  ellas,  son  las 
únicas  que  brotan  de  mi  boca  cuando  me  duele  el 
corazón. 

No  sé  qué  decirte  que  tú  no  sepas. 
En  determinadas  ocasiones,  si  a  decir  me  pusie- 
ra, diría  quizás  herejías  sin  saberlo  


Y  descendiendo  desde  las  cumbres  de  las  ideas 
incomprensibles,  de  las  cosas  que  no  compagino  con 
otras  cosas,  a  los  pedregosos  valles  de  la  vida  prácti- 
ca, te  diré  que,  terminadas  las  oposiciones,  me  dieron 
el  primer  lugar  entre  los  68  aspirantes  presentados. 

Elegí  la  villa,  o  la  ciudad  o  lo  que  sea,  de  Piedrahita, 
en  la  provincia  de  Ávila,  y  allí  me  tendrás  (cuando 
me  envíen  desde  la  Corte  el  nombramiento),  con  más 
sueldo,  más  distancia  a  mi  pueblo  (nueve  leguas)  y  más 
penillas  por  consiguiente;  pero  con  el  mismo  corazón, 
con  el  mismo,  sino  más,  cariño  hacia  ti,  que  no  te 
puedo  olvidar,  aunque  quisiera. 

Ahora  estoy  malo.  Efecto  acaso  de  los  malos  ratos 
que  me  llevé  antes  de  las  oposiciones,  ya  cien  veces 
nombradas,  hay  en  mí  un  desequilibrio  a  consecuencia 
del  predominio  del  sistema  nervioso;  ¡porque  has  de 
saber  que  estoy  casi  siempre  nervioso! 

Cuyo  desequilibrio  o  lo  que  sea,  me  produce  fuer- 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


159 


tes  y  continuados  dolores,  variables,  pero  que  radican 
casi  siempre  en  los  huesos  de  la  cara  y  a  veces  en  el 
pecho,  haciéndome  creer,  cada  vez  que  en  tal  sitio  se 
presentan,  la  visita  de  una  fulminante  pulmonía  que  en 
pocos  días  dé  conmigo  en  la  tumba  ¡Dios  quiera 
que  no! 

Por  si  acaso,  escribe  pronto  a  tu 

José  María. 

Hoy  1?  de  Febrero  de  1892. 
Mil  recuerdos  a  tus  papás. 


I 


CARTA  18.^ 


Piedrahita  4  de  Mayo  de  1892. 

Mi  buen  Casto:  Hace  15  días  que  llegué  a  esta 
villa  avilesa  y  los  he  pasado  hospedado  en  una  mala 
posada  hasta  hoy,  que  he  podido,  por  fin,  instalarme 
en  la  magnífica  casa  que  me  da  el  Ayuntamiento  para 
vivir. 

Aquí  la  tienes;  es  toda  tuya  desde  las  tejas  hasta  el 
cimiento,  y  creo  que  así  lo  considerarás  sin  que  yo 
invente  cumplidos  y  etiquetas. 

He  tenido  más  de  veinte  días  en  Frades  una  carta 
escrita  en  contestación  a  tu  última,  y  no  te  la  envié  es- 
perando venirme  de  un  día  a  otro  a  Piedrahita  y  escri- 
i  birte  ya  desde  aquí  dándote  algún  detalle  de  esto. 

Hoy  llevo  escritas  nada  más  que  18  cartas  de  ofre- 
cimiento, como  comprenderás,  y  he  dejado  la  tuya  pa- 
ra la  última  esta  noche,  con  el  fin  de  dedicarte  más 
tiempo  que  a  los  demás. 

Vivo  como  te  digo,  en  mi  casa,  acompañado  por 
un  honrado  matrimonio  sin  familia,  que  he  buscado 
para  que  me  cuide  y  me  dé  de  comer. 

Me  tratan  muy  bien,  aunque  verdad  es  que  también 
lo  pago  bien... 

I     En  mi  anterior  (la  que  no  he  echado  al  correo)  te 
i  daba  cuenta,  entre  otras  cosas,  de  una  de  altísima  im- 
portancia para  mi  familia:  la  próxima  boda  de  mi  her- 
mana Carlota. 

12 


162  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Sí,  hijo  mío;  se  me  casa  la  segunda  y  última  herma- 
na que  aun  estaba  al  lado  de  los  pobres  papaítos,  que 
se  van  quedando  ya  solos  en  el  nido.  ¡A  eso  llaman 
leyes  de  la  vida!  A  dejar  los  pájaros,  cuando  ya  pueden 
volar,  a  los  padres  que  los  criaron!... 

Dejemos  también  esto. 

Con  la  Carlota  tenemos  un  consuelo,  que  no  hemos 
tenido  con  Enriqueta,  la  mayor,  que  no  sé  si  recorda- 
rás que  está  casada  en  un  pueblo  que  dista  tres  leguas 
del  mío.  Carlota  se  queda  en  el  pueblo  donde  nacimos. 
Y  ahora  te  hablaré  del  que  va  a  ser  pronto  hermano 
mío.  Es  el  médico  de  Frades. 

Hace  ya  tres  años  que  está  desempeñando  su  pro- 
fesión en  él  y,  como  joven  todavía,  es  el  primer  pue- 
blo en  que  ha  ejercido,  después  de  terminada  su  bri- 
llantísima carrera. 

¡Y  no  vayas  a  creer  que  lo  alabo  porque  va  a  ser 
mi  hermano!  Si  otra  cosa  fuese,  por  gravedad  que  re- 
vistiera, yo  te  la  diría  a  ti  como  se  lo  diría  a  un  con-  j 
fesor.  ! 

Es,  en  verdad,  un  talento  en  su  profesión;  pero  un  j 
talento  de  verdad,  no  de  aparato. 

Constantemente  fué  el  número  1  en  la  Escuela  de  | 
Medicina  de  Salamanca,  de  cuya  capital  dista  su  pue-  i 
blo  una  legua;  y  en  su  hoja  de  estudios  no  hay  más  j 
notas  que  la  de  sobresaliente,  habiendo  obtenido  ade- 
más matrículas  de  honor  y  cuantos  premios  por  oposi- 
ción se  dieron  en  su  época. 

Desde  el  día  que  llegó  a  Frades,  antes  de  conocer 
todavía  a  mi  hermana,  he  sido  su  amigo  de  confianza; 
quiero  decir  que  conozco  su  fondo  moral,  y  excusado 
es  decirte  que  si  no  me  satisñciera,  no  consentiría  que 
la  boda  se  realizase.  En  tres  años  de  íntimas  relaciones 
de  amistad,  hay  tiempo,  a  mi  entender,  de  conocer  a  un 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


163 


hombre  moralmente;  pero,  como  todos  somos  falibles, 
podré  acaso  equivocarme,  lo  que  Dios  no  quiera  que 
suceda.  En  fin,  te  repito  el  encargo  que  en  la  referida 
carta  te  hacía:  reza  una  salve  y  un  padrenuestro  por  la 
futura  dicha  de  los  que  para  siempre  se  van  a  unir 
ante  Dios. 

La  boda  estaba  dispuesta  para  el  14  de  los  corrien- 
tes; mas  por  estar  enferma  una  hermana  del  médico, 
es  posible  que  se  retrase  algo. 

Pasado  mañana  dará  la  justicia,  en  esta  localidad, 
el  triste  espectáculo  de  la  ejecución  de  la  reo  de  un  cri- 
men cometido  en  una  dehesa  de  este  partido  judicial, 
hace  ya  dos  años. 

¡Dios  la  recoja  en  el  Cielo! 

Se  me  olvidaba  decirte  que  mi  hermano  Baldomero, 
<jue  está  en  la  Corte  doctorándose  en  Derecho,  ha  prac- 
ticado el  l.er  ejercicio  de  oposición  a  las  plazas  de 
Abogados  del  Estado  vacantes,  y  que  ha  sido  uno  de 
los  veintinueve  aprobados,  entre  ¡¡214!!  que  se  presen- 
taron. Veremos  si  lo  tumban  en  el  2.^  o  3.^^  ejercicio. 

Escríbeme  en  seguida  y  mucho;  y  háblame  de  cosas 
tuyas  que  yo  no  me  atrevo  a  preguntarte  y  que  tú  pue- 
des suponer.  Me  tienes  a  media  miel  de  noticias  y  de 
asuntos  tuyos.  Creo  hasta  que  me  escribes  por  cum- 
plido. Si  yo  lo  hago  dos  veces,  tú  otras  dos  y  nada  más. 

¡Cuándo  podrá  ahogarte  con  un  abrazo 

José  María! 

Piedrahita  (Avila)  Mayo  4-92. 


CARTA  19.^ 


Inolvidable  Casto:  Me  temo  que  ésta  corra  la  misma 
suerte  que  mi  anterior:  o  extraviarse  o,  lo  que  es  aún 
peor,  no  ser  contestada.  A  no  existir  causa  grave  que 
te  lo  haya  impedido  (y  quiera  Dios  que  no  exista),  no 
comprendo  por  qué  no  has  contestado  a  la  referida 
carta,  cuando  en  ella,  entre  otras  cosas,  te  daba  cuenta 
de  mi  definitivo  establecimiento  en  esta  villa,  y  además 
como  asunto  para  mí  más  importante,  de  la  boda  de 
mi  hermana  Carlota  con  el  médico  de  mi  pueblo. 

De  ambos  asuntos  te  daba  minuciosos  detalles  y 
te  pedía  últimamente  contestación  pronta.  Al  no  ha- 
berla recibido,  a  pesar  del  tiempo  transcurrido,  vuelvo 
a  escribirte  porque  sospecho  que  estás  enfermo  o  que 
ocurre  cualquiera  novedad  en  tu  familia,  porque  sólo 
éstas  son  las  causas  suficientes  para  disculpar  tu 
silencio. 

¡Quiera  Dios  que  haya  sido  por  pereza!  Y  no  por 
otra  cosa. 

Si  por  lo  primero,  en  cualquiera  forma  que  puedas 
dame  cuenta  de  todo,  porque  mi  alarma  es  muy 
fundada. 

Si  ha  sido  por  pereza,  sacúdela,  hijo,  sacúdela  y 
contéstame  a  ésta,  ya  que  no  lo  hayas  hecho  a  la 
anterior. 

Por  si  estás  capaz  para  leer,  allá  vá  la 


166  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Sección  de  noticias.  1 

La  boda  de  mi  hermana  se  celebró  y  fué  mu  lucidaJi 
gracias  a  Dios,  aunque  como  siempre,  hubo  algo  que 
lamentar.  Mi  hermano  Baldomcro  estaba,  como  sabes^ 
doctorándose  en  la  Corte  y  haciendo  oposiciones  a 
unas  plazas  vacantes  de  Abogados  del  Estado. 

La  víspera  del  enlace,  fueron  a  buscarlo  a  Sala- 
manca  y  trajeron,  en  su  lugar,  un  telegrama  suyo- 
anunciando  con  sentimiento  que  no  podría  asistir, 
porque  le  plugo  al  Ilustrísimo  Tribunal  alterar  los  días 
señalados  para  el  último  ejercicio,  (pues  ya  había 
practicado  los  dos  primeros)  y  le  correspondía  practi-^ 
car  el  tercero  precisamente  el  día  de  la  boda.  Esta  no 
pudo  volverse  a  prorrogar  de  nuevo,  porque  los  invi- 
tados forasteros,  en  número  muy  crecido,  estaban  ya 
camino  de  mi  pueblo.  Y  ahí  tienes  la  nota  única  triste, 
en  medio  de  tanta  alegría  y  de  tanto  jaleo. 

Yo  regresé  a  esta  villa  cachao,  hijo  mío,  por  haber 
pasado  cuatro  días  de  jolgorio  y  cuatro  noches  de 
bulla,  sin  dormir  cuatro  horas  en  conjunto. 

Noticia  número  2. 

Y  bastante  gorda,  por  cierto.  Mi  hermano  Baldo-^ 
mero  ha  obtenido  el  7.^  lugar  entre  los  doscientos 
y  pico  opositores  y,  por  tanto,  le  corresponde  una 
plaza. 

Es  más,  aunque  se  anunciaron  25  de  éstas,  sola- 
mente nueve  o  diez  son  las  que  actualmente  están 
vacantes  y  que  hay  que  cubrir  en  seguida.  Los  que 
hayan  obtenido  las  demás,  quedan  en  espera,  agrega- 
dos al  cuerpo  de  aspirantes. 

Como  ves,  mi  hermano,  empezará  en  breve,  Dios 
mediante,  a  desempeñar  su  destino. 

Ya  ves  que,  licenciarse  el  pasado  año  y  obtener  en 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


167 


éste,  por  oposición,  tan  buen  destino,  supone  ¡un 
triunfo!  para  un  muchacho  que  no  gasta  todavía 
bigotes- 
Verdad  es  que  no  hay  que  juzgar  su  mollera  por 
la  mía,  por  eso  de  ser  hermanos. 

Te  comunico  estas  cosas,  porque  creo  que,  cuando 
menos,  no  han  de  desagradarte. 

Entre  las  capitales  donde  están  las  vacantes  figu- 
ran Córdoba,  Oviedo,  Lugo,  Zaragoza  y  Valencia.  Ve- 
remos donde  lo  llevan.  Desearía  que  fuese  a  un  puerto 
de  mar. 

El  asunto  de  que  voy  a  hablarte,  estaba  destinado 
a  tratarse  cuando  tú  me  escribieses,  pero  mis  deseos 
respecto  de  él,  me  obligan  a  tratarlo  en  la  presente 
misiva.  A  juzgar  por  la  época,  que  ya  está  próxima, 
supondrás  a  lo  que  me  refiero. 

Como  en  años  anteriores  no  han  sido  suficientes 
para  moverte  de  tu  pintoresca  tierra  los  resortes  del 
cariño,  que  en  ti  casi  no  funcionan  por  efecto  de 
paulatino  desgaste;  he  registrado  cuidadosamente  la 
colección  de  tus  cartas,  que  siempre  conservaré,  bus- 
cando textos  que  den  autoridad  a  mis  pretensiones  y 
fuerza  a  mis  súplicas  y  ruegos. 

Y  he  hallado  lo  que  buscaba. 

En  ocasiones  distintas,  me  has  prometido  sin  ro- 
deos ni  salvedades,  venir  este  verano  a  cumplir  la 
visita  que  me  debes.  Y  creo  yo  que  todo  hombre  que 
se  precie  de  caballero,  debe  cumplir  lo  que  solemne- 
mente promete,  aunque  para  ello  tenga  que  sacrificar, 
ya  alguna  de  sus  caras  afecciones,  ya  sus  intereses 
materiales...  (¿) 

Al  menos  yo  lo  entiendo  así,  y  así  lo  hice  siem- 
pre... ¡ya  lo  sabes  tú!  Seré  acaso  un  caballero...  an- 


168  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


dante,  como  los  de  Cervantes;  mejor:  aquéllos  eran 
los  que  tenían  la  idea  pura  e  inmaculada  de  la  caba- 
llerosidad, y  no  los  caballeros  de  hoy  día  que  son  casi 
todos  unos  faramallas  y  unos  cochinos.  Yo  no  te  ten- 
go por  tal,  y  creo  que  la  negativa  de  tus  promesas  no  | 
ha  de  obligarme  a  hacer  copia  literal  de  las  mismas. 

Harto  doloroso  me  es  apelar  a  la  dignidad,  y  no  al 
cariño,  para  hacer  que  cumplas  tus  deberes...  ¡tampo- 
co de  cariño !  sino  de  pura  cortesía. 

¡Qué  contrastes!  Yo  le  robé  a  mi  madre  30  días 
para  dártelos  a  ti  y  tú  me  robaste  a  mí  otros  30,  cuando 
menos,  para  dárselos  a  las  señoritas  que  van  a  tomar 
vientos,  digo,  aguas  a  tu  pueblo.  Es  decir  que  en  la 
lucha  entre  el  cariño  y  la  cortesía,  venció  ésta.  Por 
eso  apelo  hoy  a  ella. 

Bien  comprendo,  hijo  mío,  muchas  cosas.  Com- 
prendo que,  después  de  haberte  pasado  la  mayor 
parte  del  año  fuera  de  tu  casita  y  lejos  de  tu  familia, 
es  casi  injusto  dedicar  el  resto  del  tiempo  que  nos 
dejan  libres  nuestras  pesadas  tareas,  a  personas  que 
no  sean  tus  papás. 

Comprendo,  hijo  mío,  que  hay  compromisos  so- 
ciales, si  no  imposibles,  al  menos  difíciles  de  evadir. 

Comprendo  del  mismo  modo,  que  tienes  además 
de  tu  familia,  otras  clases  de  afecciones  que  te  llama- 
rán a  voces... 

Comprendo  también,  además  de  todos  estos  debe- 
res, tas  mismos  deseos  de  volar  hacia  tu  pueblo,  que 
te  atraerá  con  la  fuerza  que  a  mi  el  mío  me  solicita. 

Comprendo  que  todo  viaje,  por  corto  que  sea,  trae 
consigo...  gastos,  —¡dichosos  gastos!—  molestias  y 
trastornos. 

Comprendo...  ¡hasta  que  quieras  dedicar  la  tempo- 
rada del  descanso  a  tus  estudios! 


DE  GABRIEL  Y  CALÁN 


169 


Y  comprendo,  finalmente,  que  parecerá  de  mal  tono 
improcedente,  incómodo  y  hasta  de  mal  gusto,  que  el 
que  vive  en  una  tierra  que  es  el  paraíso  del  estío,  que 
a  tantos  viajeros  llama,  salga  de  ella  en  el  estío  para 
meterse  en  el  horno  de  Castilla,  calcinada  por  un  sol 
insoportable,  tan  árida,  tan  triste,  tan  poco  coquetona... 

¡Ya  ves  si  lo  comprendo  todo,  Castito! 

Pero  comprendo  también  que  la  amistad  sin  sacri- 
ficios... es  prosaica  teoría. 

Comprendo  que  es  menester  cultivar  todas  las 
afecciones,  refrescarlas,  para  que  no  se  agosten,  como 
la  espiga  de  trigo  de  mi  tierra...  atenderlas,  porque 
todas  lo  merecen!  y  corresponderías  en  algo...  ¡pará 
que  no  se  mueran  de  la  anemia  del  olvido!  ¿Lo  oyes, 
Casto? 

Comprendo...  que  yo  te  quiero,  ¿no  sabes  ya  que 
te  quiero?  ¿no  sabes  ya  que  te  quiero  mucho? 

Yo  necesito  algo  ¿lo  oyes?  Me  conformo  con  muy 
poco,  y  como  respeto  todas  esas  otras  afecciones 
luyas,  les  dejo  para  ellas  la  mayor  parte  del  tiempo 
que  yo  necesitaba  que  me  dedicases. 

¡Las  vacaciones  duran  45  días!...  Si  me  correspon- 
den 8,  me  conformaré  resignadamente  con  8. 

Cuento  los  días  que  tardará  en  llegar  acá  tu  próxi- 
ma carta,  y  con  ansia  viva  la  espero. 

Y  hasta...  ¡pronto! 
Te  abraza 

José  María. 
Piedrahita  (Ávila)  4  de  Junio  de  1892. 


CARTA  20.* 


4  Agosto  92. 


Querido  Casto:  Desde  el  día  en  que  cayó  en  mis 
manos  tu  última  carta  hasta  fines  de  la  pasada  semana, 
he  estado  abrumado  bajo  el  peso  de  unas  intermiten- 
tes tercianas  que  el  cambio  de  clima,  agua  y  aires  me 
regaló  en  Piedrahita.  En  fuerza  de  cuidados  y  de  en- 
gullir altas  y  repetidas  dosis  de  quinina,  han  desapare- 
cido tan  ingratas  huéspedas,  y  quiera  Dios  que  sea 
para  no  volver. 

Después  de  lo  dicho  por  ti  en  tu  última  y  ya  referi- 
da, yo  no  sé,  hijo  mío,  en  qué  sentido  escribirte  ésta. 
¡Me  da  miedo  decirte  nada,  y  me  da  miedo  no  decirte 
nada! 

Lo  que  sí  voy  a  decirte  es  que  tengo,  más  que  el 
presentimiento,  la  casi  seguridad  de  que  no  nos  vemos 
por  ahora,  hijo  mío. 

¡Y  esto  me  duele,  me  duele;  me  duele  tanto,  que 
más  no  puede  dolerme !...  ¿Y  por  qué  no  me  has  escrito? 
Yo  aquí,  solo  y  malito,  y  sin  saber  nada  de  ti. 

¡Acaso  a  estas  horas  estés  casado!...  ¡acaso  seas 
feliz  y  yo  sin  saberlo ! 

Díme  lo  que  haya,  lo  que  pienses,  lo  que  hagas. 

Yo,  a  lo  ya  dicho  ahora  y  antes  de  ahora,  nada 
quiero  ni  puedo  añadir...  porque  no  puedo... 

Escríbeme  en  seguida,  sí,  en  seguida  a  este  mi  que- 


172  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


rido  Frades.  Leeré  tu  carta  que  espero  será  larga,  a  la 
hora  de  la  siesta...  de  esas  siestas  largas  y  abrumado 
ras  que  tanto  me  están  haciendo  soñar  despierto,  en 
estas  horas  en  que  pienso  en  ti  tantas  veces! 

Hablaré  con  tus  escritos  ya  que  no  pueda  hacerlo 
contigo,  como  llegué  ¡  loco  de  mí !  a  figurarme. 

¡ Qué  ratos  tenía  soñados  para  los  dos!  ¡Qué  me 
importaba  a  mí  que  el  aire  que  respirásemos  fuese  más 
o  menos  cálido,  ni  que  el  paisaje  que  nos  rodeara  fue 
ra  un  poco  más  triste  que  esas  sonrientes  playas,  ya 
demasiado  sobadas  por  las  gentes ! 

Para  el  que  sueña  le  es  indiferente  cuanto  le  rodea 
porque  no  ve. 

Yo  lo  comprendo;  te  extrañará  y  acaso  te  haga  reir 
este  lenguaje,  propio  de  un  cursi  muchacho,  que  h 
venido  a  su  pueblo  a  veranear. 

Pero  también  tú  has  soñado.  Lo  que  hay  es  que  ho 
estás  tocando  dulcísimas  realidades  y  los  sueños  te  da 
risa...  haces  bien...  «el  que  venga  detrás,  que  arrée> 

Llámame  cursi,  pero  déjame  serlo.  ¡Bah!  tonterías 
Yo  dejara  de  ser  cursi  si,  cuando  digo  lo  que  pienso 
pensara  como  lo  digo;  pero  la  tontería  está  precisa- 
mente en  perfilar  lo  que  se  dice...  ¡dejarlo! 

Ya  que  no  de  otra  cosa,  serviré  de  distracción.  Yq 
pensaba  que  este  verano  los  dos  no  dormiríamos,  sin 
gozaríamos  estas  siestas  de  Castilla. 

¡Qué  idea  tendrás  tú  de  ellas,  cuando  tantas  veces 
te  hablé  del  mismo  tema!...  ¡pobre  Casto! 

Creerás  acaso  que  son  éxtasis  dulcísimos  a  la  som- 
bra de  sauces  y  llorones,  allá  en  lo  espeso  de  la  fronda 
cargada  de  sabrosas  humedades,  que  prestan  las  aguas 
de  una  fuente  que  mana  a  borbotones!...  ¡Y  aquí  no 
hay  sauces,  ni  llorones  (a  no  ser  yo)  ni  frondas!...  ni 
casi  aguas  para  beber... 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


173 


Aquí  todo  es  simétrico,  regular,  como  cortado  a  ti- 
jera. Hasta  las  sombras  son  así;  la  triangular  del  cam- 
panario, la  dentada  del  alero  del  tejado...  la  circular  de 
la  encina,  que  cae  sobre  la  hierba  abrasada  y  seca;  rí- 
gida, inmóvil,  como  si  fuera  una  gran  mancha  de  tinta 
sobre  satinado  papel  de  color  de  barquillo,  o  la  boca 
de  un  pozo  obscuro  y  redondo... 

En  esas  sombras  me  duermo  yo  con  los  ojos  abier^ 
tos,  con  el  cigarro  encendido,  con  el  cerebro  abrasado 
y  la  frente  sudorosa,  y...  ¡cosa  rara!  casi  nunca  pienso 
en  lo  porvenir;  casi  siempre  en  lo  pasado  y  en  lo  pre- 
senté;  ¡  con  qué  placer  pienso  en  mis  virtudes  y  con 
qué  dolor  agri-dulce  en  mis  locuras,  en  mis  debilida- 
des... en...  cosas!  ¡ay,  pero  qué  cosas!  Aveces  tengo 
que  cerrar  los  ojos  para  ver  más  claro  y  sentir  mejor 
lo  que,  con  ellos  abiertos,  ni  sentiría  ni  vería!...  ¡Qué 
estúpida  es  la  escritura  para  decir  ciertas  cosas!  ¡Dios 
sabe  como  yo  te  las  hubiera  dicho  con  la  lengua  y 
sobre  el  terreno L.  ¡Qué  estúpida  es  la  escritura  para 
decir  ciertas  cosas! 

Escribeme  y  dime...  lo  que  quieras. 

Mil  recuerdos  a  tu  familia  presente  y  futura,  sin  ol- 
vidarte  de  la  de  Antonio,  y  quiere  mucho  a  tu 

José  María. 

Di  si  Antonio  merece  que  le  dé  por  algo  la  enhora- 
buena, porque  no  me  atrevo  a  tomar  como  cierta  to- 
talmente una  noticia  que  acabo  de  leer  en  un  periódico 
de  Madrid,  por  si  fuese  un  error  del  periódico  o  una 
casualidad. 

¡Cuánto  me  alegraria  que  resultase  cierto! 


CARTA  21.* 


Piedrahita  y  Septiembre  9  de  1892. 


No  hay  que  ser  tan  ideal.  Con  un  muy  mediano  cál- 
culo, para  saber  dividir  45  dias  en  cualquier  número  de 
partes,  ya  iguales...  ya  proporcionales  al  asunto  a  que 
deben  destinarse;  con  un  regular  sentido  práctico  para 
no  dejarse  arrebatar  por  ilusiones  que  realmente  han 
sido  irrealizables,  y  con  un  muro  de  contención  para 
las  corrientes  de  optimismos  que  ya  se  desbordan,  se 
evitan  a  veces  contrariedades  que  a  todo  saben  menos 
a  miel.  Y  esto  lo  digo  porque  había  comenzado  a  pa- 
ladear el  dulce  saborete  de  tu  venida,  y  me  quedé  por 
último  con  la  boca  abierta,  seca  y  amargosa. 

Quiera  Dios  que  te  vean  estas  letras  completa- 
mente restablecido  de  tus  dolencias,  que  es  lo  primero. 

Pero  allá  va  un  consejillo  con  cara  de  malhumora- 
do, y  regañón  como  él  solo:  aunque  <  entre  dos  que 
bien  se  quieren»  son  muy  gratos  los  sueños  de  la  es- 
peranza, que  hacen  ver  realidades  las  ilusiones,  cuan- 
do éstas  son  imposibles  totalmente,  ¡nunca,  nunca 
deben  hacerse  concebir  a  la  persona  que  las  ansia,  y 
que  en  el  menor  detalle  funda  un  castillo...  de  fichas 
de  dominó! 

Esa  conducta  es  egoistona,  porque  la  persona  que 
así  obra,  goza  engendrando  y  concillando  esas  espe- 
ranzas; cruel,  porque  luego  esos  engendros  mueren  en 


176  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


feto,  sin  llegar  a  los  brazos  de  quien  los  espera^ 
¿Lo  oyes?  j 
El  palabreo  será  naturalista  y  hasta  espeso  inclusi- 
ve;  pero  la  substancia  de  la  cuestión  bien  la  com- 
prendes. 

¡De  sobra  que  sé  yo  que  a  ti  tampoco  te  habrá 
agradado  la  broma,  y  que  si  no  tuviéramos  esperanzas 
ni  ilusiones...  estaríamos  medrados! 

Pero...  (tengo  la  nobleza  de  confesarlo)  te  argu-^ 
mentó  de  este  modo...  ¡porque  me  ha  dolido  mucha 
no  sé  qué,  y  no  tengo  a  quién  quejarme,  ni  a  quién 
herir,  ni...  ¡qué  sé  yo,  porque  ni  yo  mismo  sé  lo  que 
me  pasa! 

Quisiera  no  verte  enfermo  para  injuriarte  cuanto 
pudiera,  para  insultarte  como  yo  insulto  cuando  me 
pongo  de  esta  manera... 

Y  no  es  porque  lo  merezcas,  que  tú  no  te  lo  mere- 
ces. Casto  querido;  es  porque  (¡y  cualquiera  se  reirá!), 
porque  siento  a  veces  un  bárbaro  deleite  con  injuriar 
a  quien  más  adoro... 

¡Es  increíble  lo  que  me  pasa!  pero  es  verdad;  mal 
explicada,  sí,  pero  verdad  al  fin;  aunque  explicada  tan 
mal  por...  miedo,  sí,  por  algo  de  miedo;  no  porque  no 
pudiera  explicarlo  algo  más  claro. 

¡Dejemos  esto!...  que  me  hace  mucho  daño,  queri- 
do Casto,  ¡¡querido  Casto!! 

¡No  hagas  caso  de  mis  locuras...  ni  trates  de  pe- 
sarlas nunca!  me  pertenecen  a  mí  solo:  ¡son  mías! 

Que  Dios  no  niegue  la  salud  a  tu  cuerpo,  ni  arran- 
que de  tu  alma  el  cariño  que  haya  en  ella  para  este 
pobre  loco,  que  llaman 


José  María. 


¡PATRIA  MIA!. 


 porque  has  de  saber,  amigo  mío,  que  todos 

los  años,  en  el  verano,  hago  un  cantar  para  mi 
pueblo. 

Y  te  mando  éste  —el  cantar—  porque  algo  te 
corresponde  en  él. 

Si  te  extrañas  de  que  en  el  siglo  que  corre 
haya  todavía  hombres  que  se  ocupen  en  cosas 
tan  inocentes,  satisfaré  y  haré  desaparecer  tu 
extrañeza,  natural  en  un  chico  fin  de  siécley  con- 
testándote que  aun  quedan  en  el  mundo  hombres 
honrados. 

J.  M.«  G.  Y  G. 

25  Septiembre  1892. 
I 

Rodando  en  la  corriente  del  mundo  vano 
como  rueda  una  arena  sola  y  perdida, 
me  encontré  con  un  hombre,  Uamélo  hermano 
y  te  lo  di  por  hijo,  patria  querida. 

Pasado  luego  tiempo,  te  abandonaba, 
y  en  unión  de  aquel  hombre,  yo  visitaba 
la  tierra  en  que  se  asientan  sus  pobres  lares... 
y  canté  aquella  patria  que  se  me  daba!... 
¡maldita  sea  la  lira  con  que  cantaba, 
y  malditos  los  ecos  de  sus  cantares! 

Yo  no  tengo  más  patria  que  esta  aldeita 
donde  está  todo  el  fuego  de  mi  cariño; 
el  corazón  sin  ella  se  me  marchita, 
pero  pensando  en  ella  se  vuelve  niño. 

13 


178  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


¡Patria  mía  querida,  que  con  tu  aliento 
haces  quejar  de  nuevo  con  voz  vibrante 
la  fibra  más  doliente  del  sentimiento 
que  se  oculta  en  el  pecho  de  un  hijo  amante- 
no  llores,  si  aquel  hombre  de  quien  te  hablaba 
no  ha  venido  a  abrazarte  y  a  conocerte; 
no  admitas  aquel  hijo  que  yo  te  daba, 
si  en  un  lejanó  día  viniese  a  verte. 

No  amargues  con  tu  llanto  mi  pobre  vida 
porque  aquí  estoy  yo  solo  para  adorarte; 
duérmete  y  no  me  llores,  porque,  dormida, 
me  tendrás  a  tu  lado  para  cantarte, 
^  ¡patria  querida! 
Porque  tú  me  adoraste  con  ardimiento, 
porque  tú  me  has  amado  con  fe  constante, 
porque  tú  bendeciste  mi  nacimiento, 
y  no  puedo  olvidarme  que,  siempre  amante, 
de  tu  brisa  amorosa  con  el  aliento 

tú  me  arrullabas, 

cuando  dormía 

sobre  mi  cuna, 

y  me  besabas 

cuando  reía 

sin  pena  alguna, 

con  la  alegría 

de  la  ignorancia, 

que  el  alma  mía 

ya  no  ha  gozado 

desde  la  infancia 

ni  un  solo  día!... 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


179 


II 

Mi  patria  es  la  aldeíta  donde  he  nacido, 
donde  tengo  los  padres  que  me  criaron, 
donde  existe  aún  caliente  mi  pobre  nido, 
donde  alientan  los  seres  que  me  mimaron, 
donde  viven  las  almas  que  me  han  querido, 
donde  vuelan  las  auras  que  me  arrullaron. 

Si  no  fueron  ingratos  ni  olvidadizos 
los  hijos  que  a  tus  pechos  se  amamantaron, 
no  llores  tú  desprecios  de  advenedizos, 
que  de  pisar  tu  suelo  se  desdeñaron, 
porque  no  eres  la  cuna  de  los  hechizos 
donde  ellos  se  mecieron  y  se  criaron. 

Pero  tú  eres  la  virgen  ruda  y  bravia 
que  escondes  el  tesoro  de  tu  pureza, 
más  clara  que  los  rayos  del  mediodía, 
que  tuestan  tu  morena  gentil  cabeza. 
Eres  la  campesina  que  sólo  ansia 
ver  sin  hambre  a  tus  hijos  y  sin  tristeza; 
por  eso  les  regalas  pan  y  alegría; 
y  si  algún  hijo  indigno  de  tu  terneza 
por  buscar  más  placeres  se  te  extravía, 
le  dices:  «come,  canta,  trabaja  y  reza, 
y  no  busques  la  senda  que  te  hundiría 
de  ignorados  abismos  por  la  aspereza». 

No  llores,  pues,  si  un  hombre  te  quiso  un  día 
menospreciar  acaso  por  tu  rudeza, 

¡no,  patria  mía! 
que  si  no  eres  del  mundo  la  maravilla 
ni  eres  de  la  hermosura  supremo  exceso, 
eres  la  madre  tierna,  ruda  y  sencilla, 
que  a  tus  hijos  veneras  con  embeleso; 


180  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


y  yo,  sólo  por  eso,  te  quiero  tanto, 

que  hasta  llamarte  madre  mi  amor  me  lleva, 

y  sólo  tu  recuerdo  bendito  y  santo 

me  hace  bueno,  me  arrastra,  y  hasta  me  eleva 

desde  el  pantano 

sucio  y  liviano 

de  las  pasiones, 

donde  revuelcan 

encenagados 

los  corazones 

desesperados 

sus  ilusiones... 

hasta  la  cumbre 

de  paz  y  calma 

de  las  virtudes, 

en  cuya  lumbre 

se  inunda  el  alma 

de  resplandores; 

se  dignifica 
con  la  agonía  de  los  dolores; 

se  purifica 
con  la  alegría  de  los  amores. 

III 

Verdes  lomas  cubiertas  de  matorrales, 
laderas  guarnecidas  de  robledales, 
nidal  de  negros  cuervos  y  ruiseñores, 
pradera  salpicada  de  manantiales, 
archivo  de  recuerdos  encantadores!... 

Patria  mía,  que  enciendes  mis  ideales, 
que  conservas  la  historia  de  mis  mayores!..- 
tú  siempre  has  sido  y  eres  la  dulce  idea 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


181 


que  ilumina  mis  sueños  de  resplandores, 
que  a  mi  espíritu  enfermo  cura  y  recrea, 
que  endulza  de  mi  vida  los  amargores. 

Porque  haya  habido  un  hombre  que  ingrato  sea, 
no  quiero  que  te  aflijas,  ni  que  lo  llores, 

¡plácida  aldea! 
que  si  a  ese  hombre  le  ha  dado  cuna  ostentosa 
aquella  tierra  hermosa,  cuya  presea 
borda  de  rubias  perlas  la  mar  furiosa 
que  con  salvaje  arrullo  la  galantea, 
tú,  más  casta  que  ella,  más  candorosa, 
la  sencillez  severa  que  te  hermosea 
guardas,  como  la  virgen  más  pudorosa, 
en  el  aro  de  montes  que  te  rodea. 

No  llores  el  desprecio  del  hijo  ingrato 
de  la  altiva  sultana,  rica  y  liviana, 
que  es  la  más  lujuriosa  de  las  mujeres; 
porque  si  él  es  hijo  de  la  sultana 
que  emborracha  sus  hijos  con  los  placeres, 
yo  soy  el  hijo  amante  de  la  aldeana 
que  alimenta  sus  hijos  con  pan  moreno, 
y  les  dice,  cual  madre  pobre  y  cristiana: 
«Come,  canta,  trabaja,  reza  y  sé  bueno. 

Tus  desventuras 

sufre  con  calma 

noble  y  sincera; 

¡y  ama,  si  el  alma 

te  lo  pidiera! 

Que  el  alma  buena, 

se  purifica 
con  la  crudeza  de  los  dolores; 

se  dignifica 
con  la  pureza  de  los  amores». 


182  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


IV 

Tú,  patria  mia,  no  tienes  de  azahar  un  velo, 
ni  mares  que  te  arrullen  enamorados, 
ni  montañas  que  escalen  el  mismo  cielo, 
ni  bosques  con  verjeles  entrelazados. 

Lucir  tampoco  puedes  en  tu  garganta 
de  nácares  y  perlas  rica  presea; 
y  aunque  tú  estás  guardada  de  gente  tanta 
como  a  la  gran  sultana  siempre  babea, 
ni  la  brisa  marina  tu  frente  orea, 
ni  puede,  aunque  quisieras,  gozar  tu  planta 
las  frescas  humedades  de  la  marea. 

En  tu  suelo  al  viajero  tampoco  encanta 
la  luz  de  inmenso  faro  que  cabrillea, 
alumbrando  al  navio  que  se  adelanta 
y  en  noche  borrascosa  se  balancea 
sobre  un  mar  encrespado  que  al  hombre  espanta^ 
y  que  a  la  luz  siniestra,  que  lo  platea, 
y  a  impulsos  de  la  fuerza  que  lo  levanta, 
se  agita,  fosforece  y  amarillea, 
duerme,  ruge,  suspira,  murmura  y  canta. 

Tú  no  eres  la  sultana  que  se  recrea 
en  la  misma  belleza  que  la  agiganta, 

¡rústica  aldea!... 
pero  eres  la  aldeana  trabajadora 
que,  al  trabajo  rendida  y  a  las  fatigas, 
reclinas  tu  cabeza  de  labradora 
sobre  un  haz  de  maduras,  rubias  espigas, 
que  este  sol  de  Castilla  calcina  y  dora. 

Tú  eres  la  esposa  rústica,  la  madre  sana, 
más  casta,  más  salvaje  que  la  sultana. 
Si  para  ti  no  arrastran  del  mar  las  olas 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


183 


aderezos  de  nácar,  de  meleagrina, 
ni  gárrulos  concentos  de  barcarolas, 
tienes,  en  cambio,  campos  de  mies  cetrina, 
donde  tú  te  abrillantas  y  te  arrebolas 
bajo  esta  meridiana  luz  argentina 
que,  al  vibrar  de  mil  flores  en  las  corolas, 
tiñe  a  trozos  tu  manto  de  purpurina, 
que  Dios  ha  recamado  con  orla  fina 
de  claveles  azules  y  de  amapolas... 

Y  todo  ser  que  bulle,  murmura  o  trina, 
ruge,  canta  o  se  mueve  sobre  tu  suelo, 
es  la  voz  de  un  concierto  que  sube  al  Cielo; 
la  esencia  inmaculada  de  aquella  idea 
que  siempre  de  ti  ausente  canto  y  evoco, 

¡gárrula  aldea, 

nido  de  un  loco!... 
Si  son  en  ti  dichosos  tus  moradores, 
no  te  aflijas  por  nada,  por  nada  llores, 

que  yo  te  adoro; 
¡pero  guarda  la  vida  de  mis  mayores, 

como  un  tesoro, 

constantemente!... 
porque,  si  yo  te  quiero  como  un  demente 
y  te  llamo  en  mi  ausencia  con  hondos  gritos 

desgarradores, 
es  porque  están  contigo  seres  benditos 
que  son  el  amor  santo  de  mis  amores!... 

V 

Tu  sol  arde  en  el  Cielo  como  una  hoguera; 
sacude,  patria  mía,  la  cabellera 
de  tus  viejas  encinas  y  tus  sembrados. 


184  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


y  mándame  por  ellos  la  brisa  lenta 
que  agite  mis  pulmones  congestionados 
y  humedezca  mi  boca  que  arde  sedienta; 
que  sacuda  mis  miembros  aletargados 
y  refresque  mi  frente  calenturienta... 

Ha  mediado  la  tarde  y  el  sol  abrasa; 
la  espiga  suelta  el  grano,  chasca  y  se  tuesta; 
si  corre  el  aura,  escalda  por  donde  pasa; 
todo  sér  animado  duerme  la  siesta... 

Cántame  alguna  estrofa  pesada  y  larga, 
como  las  que  cantabas  cuando  era  niño... 
arrúllame  este  sueño,  que  me  aletarga, 
con  un  cuento  de  amores,  en  que  el  cariño 
me  trasporte  a  otra  vida  menos  amarga!... 

¡O  cuéntame  una  historia!...  mas  no  una  historia 
de  esas  que  el  alma  queman  al  escucharlas; 
que  labran  hondos  huecos  en  la  memoria, 
y  que  espantan  y  hieren  al  recordarlas. 

Cuéntame  historias  largas  de  trovadores, 
de  bardos,  de  poetas  y  de  mujeres... 
inyecta  en  mi  cerebro  sueños  de  amores, 
y  que,  siquiera  en  sueños,  tenga  placeres... 

¡Pero  no!  si  lo  hicieras  ¡me  matarías! 
haz  que  ningún  recuerdo  mi  alma  taladre. 
Cuéntame  lo  que  quieras  de  aquellos  días 
en  que  sólo  soñaba  yo  con  mi  madre. 

Emborráchame  el  alma  con  regodeos 
y  apariciones  místicas  de  la  pureza, 
y  déjame  este  cuerpo  sin  los  deseos 
del  ensueño  letárgico  de  la  pereza... 

Duérmete  tú  conmigo  desde  esta  loma 
donde  ni  un  ser  se  mueve  ni  el  aura  bulle, 
y  tráeme  de  tus  montes  una  paloma 
que,  oculta  en  esta  encina,  mi  siesta  arrulle. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


185 


Cántame  los  idilios  con  que  regalas 
al  hijo  extraviado  que  te  visita, 
y  haz  de  tu  amor  de  madre,  con  ambas  alas, 
un  dosel  en  que  apoye  mi  sien  marchita... 


¡Gracias,  patria  amorosa,  gracias  mil  veces! 
¡Dios  conserve  y  bendiga  tus  moradores! 
¡Dios  de  tus  pobres  hijos  oiga  las  preces! 
¡Dios  les  dé  pan,  virtudes,  glorias  y  amores! 

¡Dios  aleje  la  muerte  de  tu  morada! 
¡Dios  te  dé  a  manos  llenas  dichas  benditas! 
¡Dios  alegre  tu  cielo  con  su  mirada! 
¡Dios  bendiga  tus  campos  y  tus  casitas.! 

♦  * 

Tú  has  combatido  siempre  mis  agonías 
con  fuerzas  misteriosas  y  celestiales; 
por  eso  hoy,  gastado,  como  otros  días, 
vengo  a  buscar  de  nuevo  fuerzas  vitales... 
¡que  se  van  extinguiendo  mis  energías! 
¡que  se  van  apagando  mis  ideales!... 

Úngeme  de  esa  esencia  tan  misteriosa 
que  sacude  la  anemia  de  mi  impotencia, 
y  a  mi  sér  da  una  fuerza  bien  poderosa 
para  esta  lucha  horrible  de  la  existencia. 

Satura  tú  mi  sangre  con  esa  esencia, 
y  no  llores  por  nada,  patria  amorosa; 

canta  y  reposa, 

¡gárrula  aldea! 

duerme  la  siesta 

sobre  esta  cuesta 

que  el  sol  caldea, 


186 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


la  luz  platea 

y  el  aura  tuesta... 
Y  si  es  que,  mientras  lenta  la  tarde  pasa, 
no  puedes  regalarme  brisa  más  fría, 
¡bésame  en  esta  frente,  que  se  me  abrasa, 
y  ampara  esta  cabeza,  que  se  extravía!... 

Pero  si  tú  me  quieres, 

si  tú  me  llamas, 
nuestro  cariño  bendito  sea! 

Pero  si  no  me  adoras 

si  no  me  amas, 
¡dame  a  mi  madre!!!  y  ¡adiós,  aldea!! 

J.  M.  G.  Y  Galán- 


CARTA  22.» 


ESPERANZA-CASTO 


€A  nadie  en  el  mundo,  después  de 
Dios,  querrá  el  marido  más  que  a  su 
mujer,  ni  la  mujer  más  que  a  su 
marido...» 

(Epist.  de  S.  Pablo), 


EPÍSTOLA  LAICA  O  COSA  PARECIDA 

¡CON  EL  ALMA! 

Ensueños  celestiales  arroben  vuestros  espíritus,  y 
eróticos  deliquios  estremezcan  vuestras  entrañas  con 
los  espasmos  del  goce...;  y  brote  en  vosotros  el  fuego 
del  amor  puro,  a  la  sombra  santa  de  la  bendición  sa- 
grada, que  lo  idealiza  y  acrisola. 

Arrullen  vuestra  unión  santa,  rumores  de  ensueños 
pasados,  latidos  de  goces  presentes  y  harmonías  leja- 
nas de  dichas  futuras...  y  al  eco  hermoso  del  concierto 
del  amor  completo,  del  amor  íntegro  y  entero,  del 
amor  del  cuerpo,  purificado  al  calor  del  espíritu,  fún- 
danse vuestras  almas  en  una  sola  y  trasvasen  mutua- 
mente su  sangre  vuestras  venas  para  formar  un  solo 
sér. 

Comience  con  la  dicha  vuestra  unión,  y  acabe 


188 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


cuando  el  zarpazo  brutal  de  la  muerte  enfríe  vuestras 
energías  y  marchite  vuestras  frentes. 

Yo  os  lo  digo:  no  toméis  por  amor  lo  que  yo  llamo 
nada  más  que  el  complemento  del  amor.  Amaos  con 
el  amor  espiritual  ennoblecido  por  la  idea;  con  el 
amor  que  el  hastío  no  mata,  ni  el  tiempo  apaga...  Si 
así  lo  hacéis,  cuando  la  mano  fría  de  los  años  blan- 
quee vuestras  cabezas  y  apague  y  hiele  los  fuegos  del 
amor  segundo,  del  amor  complementario,  seguiréis 
viviendo  al  calor  sagrado  del  espíritu,  que  nadie  apa- 
ga, y  al  calor  tibio  y  suave  del  hogar  tranquilo,  en- 
noblecido por  el  cariño  y  alegrado  por  los  frutos  de 
ese  amor... 

Si  así  no  os  amáis,  sentiréis,  después  del  abrazo 
insensato  del  amor  impuro...  lo  que  sienten  todos  los 
hombres:  un  vacío  de  amargura,  ansiedades  infinitas, 
algo  así  como  remordimientos...  una  hartura  y  un  hastío 
espantables,  mortales  inquietudes  del  espíritu  que  no 
tiene  donde  posarse...  un  dejo  de  aversión  disimulada 
hacia  el  sér  a  quien  se  amó...  cosas  mil  que  yo  no  sé 
explicar...  pero  que  amargan... 

Llenad  cada  uno  vuestra  alma  con  el  alma  entera 
del  otro;  y  yo  soñaré  con  vuestra  dicha,  porque  nací 
para  soñar  venturas  que  nunca  logro  alcanzar...  y  para 
interrumpir  con  monótonos  cantares,  idilios  dulces  de 
amor,  como  el  vuestro. 

Siembre  de  flores  vuestro  camino  el  Dios  que  ha 
bendecido  vuestra  unión,  y  broten  de  ella  frutos  her- 
mosos nacidos  al  choque  de  vuestros  seres  y  amaman- 
tados al  calor  de  vuestro  amor. 

El  fuego  del  cariño  parece  el  soplo  vivificante  que 
anima  el  fuego  del  hogar.  Conservadlo  siempre  latente, 
para  que  el  hogar  no  se  enfríe,  porque  un  hogar  frío 
€S  una  tumba  de  vivos. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


189 


Dios  OS  dé  pepueños  ángeles  que  alegren  vuestra 
casa  y  encanten  vuestra  vida.  El  lazo  del  matrimonio, 
sin  ellos,  es  rosa  de  artificial  terciopelo,  sin  aromas, 
amor  sin  objeto,  vida  sin  estímulos,  egoísta  vida  sin 
sacrificios,  soledad  desconsoladora  y  triste,  existencia 
híbrida  y  terrena,  sin  besos  de  ángeles  cuando  la 
frente  se  arrugue...  sin  caricias  que  consuelen  cuando 
la  garra  del  dolor  se  clava  y  desgarra  la  fibra  más 
delicada  del  sentir...  sin  manos  que,  jugando  y  sin 
saberlo,  limpian  el  ingrato  sudor  del  trabajo,  que  es  la 
levadura  amarga  del  pan  que  comemos  los  pobres... 

Haced  de  vuestra  casa  un  nido  de  amores  hoy,  y 
mañana  será  un  templo  de  virtudes. 

Si  habéis  tomado  a  broma  mi  semisacerdotal  epís- 
tola, quitaos  la  sonrisa  de  los  labios  y  tomadla  en 
serio,  porque  lo  es. 

Habéis  comprendido  lo  que  comprenden  muchos: 
que  para  cruzar  el  desierto  de  la  vida  es  peligroso  ir 
solo;  se  precisa  alguien  que  nos  levante,  si  nos  caemos 
desfallecidos  por  el  cansancio;  alguien  que  calme 
nuestra  sed  con  su  propia  sed;  alguien  en  quien  apo- 
yemos nuestra  abrasada  cabeza,  cuando  al  venir  la 
noche,  tras  la  jornada  dura  del  día,  gocemos  un  rato 
de  descanso  que  nos  devuelva  las  fuerzas  desfalleci- 
das, las  energías  agotadas... 

Habéis  hecho  bien... 

Pero  tú,  Casto  mío,  te  me  vas...  te  veo  alejar  de 
mí,  que  me  quedo  atrás  solo. 

¡Cuánto  te  apartas  de  mí  con  tu  unción!  Perdóna- 
me si  te  escribo  esta  carta  con  el  estilo  de  siempre... 
Será  la  última...  por  que  tú  ya  dejaste  los  lugares  en 


190  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


que  yo  revoloteo  todavía;  dejaste  de  ser  el  muchacho 
soñador  como  yo,  y  como  yo  algo  loco,  que  conmigo 
corría  cuatro  años  hace  por  las  sierras  de  tu  pueblo, 
sin  reposo  como  los  pájaros,  sin  juicio  como  todos  los 
que  despiertos  se  sueñan. 

Te  veo  con  pena  alejarte  de  mí,  y  contigo  se  me  va 
quien  me  comprendía,  quien  me  mandaba  como  yo  a  él, 
a  muchas  leguas  de  distancia,  sueños  y  movimientos 
del  alma  y  afectos  de  su  corazón  de  hermano  y  artista. 

Se  me  cierra  con  tu  moral  ausencia  de  mí,  la  vál- 
vula querida  de  los  desahogos  de  mi  alma;  se  me  va 
mi  único  confesor. 

Yo  me  alegro  mucho,  me  alegro  por  dentro,  porque 
vas  a  ser  feliz;  pero  deja  que  lamente,  por  única  vez, 
la  soledad  en  que  quedo. 

De  ti  me  queda  solamente  el  cariño  que  te  tengo, 
¡que  ése  jamás  acabará!,  y  la  colección  de  tus  cartas... 

Las  mías  en  adelante,  adoptarán  un  tono  de  tem- 
planza, seso  y  mesura  que  no  resulte  ridículo...  porque 
Casto  es  ya  un  hombre  casado,  y  sé  yo,  por  una  espe- 
cie de  intuición  espiritual,  el  vuelco  completo  de  las 
ideas,  de  las  afecciones,  de  la  manera  de  pensar  del 
hombre  en  ese  caso. 

Manera  de  pensar.  Casto,  que  tú  procurarás  disi- 
mular ante  mí,  porque  me  quieres;  pero  que  no  cam- 
biará ya  nunca,  a  pesar  de  tus  esfuerzos. 

Acaso  encuentres  ya  extraño  mi  lenguaje  y  mis  pen- 
samientos, si  esta  carta  te  encuentra  a  ti  ya  unido  con 
la  mujer  a  quien  tanto  tiempo  has  amado. 

El  que  ingresa  con  su  cuerpo  y  con  su  espíritu  en 
el  mundo  de  la  realidad,  es  forzoso  que  permanezca 
pocos  momentos  en  la  región  de  idealismos,  que  po- 
drán ser  tontos,  pero  que  son  el  alimento  de  ciertas 
épocas  de  la  vida. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


191 


Necesitas  el  ejercicio  del  espíritu  desde  hoy,  no 
para  gastarlo  en  gimnasias  espiritualistas  y  locas,  sino 
para  aplicarlo  unas  veces  en  la  contemplación  de  los 
goces  que  tengas,  y  otras  en  la  resolución  de  ingratos 
problemas  de  la  vida  práctica,  a  lo  cual  te  ayudarán 
de  consuno  tu  amor  hacia  la  compañera  que  Dios  va 
a  darte  y  el  pensamiento  de  que  mañana  tendrás  hijos, 
que  necesitan  pan  para  vivir. 

Y  el  que  todo  esto  trae  entre  manos,  no  se  solaza 
¡ay!  con  cosas  de  orden  práctico  secundario...  ¡y  qué 
natural  es  que  así  suceda! 

Tu  comunidad  de  ideas  conmigo  no  puede  ser, 
pues,  más  limitada. 

Yo  no  encuentro  palabras  para  sentirlo,  porque  el 
sentir  no  tiene  palabras;  pero  la  visión  de  tu  felicidad 
me  sale  al  paso,  y  me  hace  hasta  acallar  mis  sentimien- 
tos. Si  te  quisiera  menos  de  lo  que  te  quiero,  estaría 
celoso  y  ofendido. 

Lo  que  más  siento  de  todo  es  que  a  la  amistad  tam- 
bién le  toca  una  parte  alícuota  de  rebaja  con  el  matri- 
monio. ¡Y  qué  gran  verdad  es  ésta! 

La  amistad  en  ese  caso,  pierde  mucho  de  ese  ab- 
soluto desinterés  y  de  ese  cariño  hondo  que  sabes  ha 
tenido  siempre  la  nuestra.  Se  hace  tan  práctica,  tan 
afectuosa,  tan  fría...  ¡Como  que,  casi  siempre,  se  redu- 
cen sus  pruebas  a  mutuos  servicios,  que  se  cotizan  de 
parte  a  parte! 

¡Cómo  me  quitarás  hoy  la  razón  y  cómo,  interior- 
mente, por  supuesto,  me  la  darás  cuando  pase  algún 
tiempo  sobre  nosotros! 

Pero  hoy  es  día  de  cantar  tu  felicidad  solamente, 
y  nada  más. 

Perdona  si  mi  carta  ha  resultado  demasiado  larga 
I  y  pesada...  será  la  última  de  este  género  que  te  dedico, 


192  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


y  por  eso  aún  me  cuesta  ansias  angustiosas,  ansias 
íntimas,  no  continuarla,  cerrando  el  poema  de  nuestra 
hermosa  amistad  con  un  tristísimo  cantar  que  bien  pu- 
diera llamarse  elegía. 

¡Pero  es  día  hoy  de  idilios! 

Si  mi  carta  llega  a  tiempo  todavía,  mírame  con  los 
ojos  del  alma  detrás  de  ti  en  la  Iglesia,  murmurando 
por  vosotros  una  oración;  y  si  hay  sitio  en  la  mesa 
para  mí,  haz  que  respeten  vacío  un  lugar  que  te  recuer- 
de mi  ausencia,  porque  pocos  lo  ocuparán  en  la  mesa 
de  tus  bodas  con  tanta  justicia,  como  este  pobre  loco 
que  te  adora 

José  María. 


¡27  de  Octubre  de  1892! 


CARTA  23.* 


10  de  Enero  del  93. 


Querido  Casto:  Cuando  me  fui  a  mi  pueblo  dejé  la 
adjunta  carta  (*)  —o  cartapacio—  en  casa,  para  que  la 
echasen  al  correo.  Tal  prisa  se  dieron,  que  la  encontré 
en  el  sitio  mismo  donde  la  dejé. 

Con  referencia  a  ciertos  párrafos  que  en  ella  leerás, 
y  en  los  cuales  me  muestro  muy  pesimista,  te  diré...  ni 
sé  cómo  decírtelo,  porque  es  la  primera  vez  en  mi 
vida  que  tengo  que  decir  ésto... 

Te  diré,  aunque  na  más  sea,  que...  que  la  tormén- 
ta...  —(¡si  el  caso  es  que  no  es  una  tormenta!)—  la 
tormenta  o  lo  que  sea,  se  cierne  sobre  mi  cabeza... 

¡Site  dijera  la  pluma  con  que  escribo,  qué  dice 
una  carta  que  con  ella  misma  acabo  de  escribir!... 
¡¡¡¡¡¡horror!!!!!! 

Hasta  que  no  vea  qué  tal.,  no  te  diré  yo  nada...  Y 
voy  a  dejar  la  pluma,  porque  me  clareo  como  un  tonto. 

¡Anda!  que  no  te  digo  más. 

Te  quiere 

Galán. 


(*)  Es  la  siguiente,  de  Diciembre  1892.— (N.  del  E.). 

14 


CARTA  24.* 


Diciembre  1892. 

Querido  Casto:  Recibí  tu  carta  que  leí  atentamente 
y  guardé  donde  todas  las  tuyas...  por  no  discutirla; 
porque  entre  nosotros  es  fea  la  controversia,  y  «cuan- 
do dos  se  quieren  bien»,  se  asiente  y  no  se  discute;  se 
cree  y  no  se  duda.  Nada  más;  porque  por  aquello  de 
mi  «elegancia  en  el  decir»,  mis  talentos  y  mis  dotes 
de  artista,  no  pienso  darte  las  gracias  siquiera.  La 
pintura  de  lo  que  es  hermoso  de  suyo  —como  decís 
los  de  esa  tierra—  tiene  que  resaltar  siempre  con  al- 
gún rasgo  de  belleza,  por  torpe  que  sea  el  artista; 
porque  en  este  caso,  es  el  mismo  asunto  el  que  da 
belleza  a  la  obra;  y  bella  resultará,  aunque  el  que  pin- 
ta lo  haga  con  brocha  gorda. 

*  * 

¿Cómo  te  va  de  casado? 

Preguntas  hay  que  son,  como  ésta  mía,  Cándidas 
inocentadas,  —«la  pregunta  del  español»,  que  dice  el 
refrán  de  antaño,—  pero  que  es  como  necesario  formu- 
larlas, porque  se  caen  por  su  peso,  porque  son,  aunque 
inútiles,  naturalísimas. 

La  mía,  creo  que  será  innecesaria,  y  así  lo  deseo 
también.  Si  todos  estáis  buenos  y  no  os  falta  la  salud, 
claro  es  que  te  irá  bien,  acaso  mejor  que  a  mí. 

He  resuelto  hace  tiempo  enamorarme  de  veras  y 


196  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


no  puedo  conseguirlo.  Acaso  sea  por  lo  frío  de  la 
frase,  «he  resuelto».  Pero  yo  he  dispuesto  resolverme^ 
porque,  espontáneamente,  nada  fuerte  he  sentido  por 
nadie  en  mi  vida  (se  entiende  con  relación  al  asunto). 

Y  (como  en  otra  parte  he  dicho),  me  disculpo  a  mí 
mismo,  exclamando  como  un  inglés: 

¿Y  yo  qué  poderle  hacer 
si  estar  harto  de  buscar, 
y  no  conseguir  hallar 
ni  siquiera  una  mujer 
que  poderme  a  mí  agradar? 

Ser  o  no  rareza  mía, 
yo  ignorarlo,  pero  es  cierto 
que  no  ver  yo  todavía 
la  mujer  que  noche  y  día 
hacer  soñarme  despierto. 

No  conseguir  yo  encontrar 
la  mujer  que  necesito, 
y  haberlas  bellas  sin  par, 
ser  dolor  más  infinito 
que  poderse  imaginar. 

Mas  tener  yo,  aunque  ser  feo, 
gusto  como  no  haber  dos, 
y  no  llenar  mi  deseo 
ninguna  de  las  que  veo 
por  esos  mundos  de  Dios. 

¿Y  qué  poderle  yo  hacer, 
si  nadie  querer  creer 
que  estar  loco  de  buscar, 
y  no  encontrar  la  mujer 
que  poderme  enamorar? 

¿Irme  yo  a  la  fuerza  a  uncir 
al  yugo  de  alguna  fiera 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


197 


que  hacerme  al  año  morir 
de  una  desazón  cualquiera? 
¡pues  irme  yo  a  divertir! 

Ser  harto  trabajo  estar 
solo  en  un  lecho  a  dormir; 
que  hacerme  a  mí  constipar, 
por  no  haber  quien  me  abrigar 
cuando  el  invierno  venir! 


Es  lo  cierto,  hijo  mío,  que  no  consigo  mi  objeto, 
por  más  esfuerzos  que  hago. 

Temporaditas  me  paso  sin  pensar  en  otra  cosa  ¡y 
cuidado  si  adelanto! 

¡Un  zángano  de  22  años  corriditos,  hijo  de  este 
siglo,  y  sin  haberse  atrevido  una  sola  vez  a  decir  ¡te 
quiero!  a  una  mujer!...  Es  hasta  inverosímil. 

De  no  variar,  es  preciso  la  resignación  de  un  már- 
tir, para  sufrir  la  cruel  soltería  que  ya  me  enseña  los 
dientes.  Verdad  que  no  soy  un  viejo,  ni  siquiera  un 
hombre  Jecho  del  todo;  pero  ir  empezando...  ir  empe- 
zando siquiera... 

¡Oh,  el  ejemplo!  ¡lo  que  es  el  ejemplo!  Cuando 
veo  a  mis  amigos  y  conocidos  viviendo,  charlando  y 
gozando  cada  uno  con  lo  suyo,  siento  una  envidia  tan 
grande  por  no  poder  hacer  yo  lo  propio,  que  llegan 
momentos  en  que  estoy  a  punto  de  echarme  a  la  calle 
y,  sin  respetar  estado,  ni  condición,  ni  nada,  decir  de 
un  golpe  al  primer  palo  con  faldas  que  me  encuentre: 
¿Usted  quiere  ser  mi  novia? 

Basta  de  prosa  latera  e  inoportuna. 


198  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Pasad  las  pascuas  felices,  y  no  digáis  que  no  soy 
adelantado  para  decíroslo.  Yo,  Dios  mediante,  daré 
con  mi  humanidad  en  Frades,  para  alegrar  con  mi  pre- 
sencia a  los  pocos  que  en  el  mundo  con  ella  se  alegran 
Supongo  que  haréis  lo  propio,  y  escribo  con  anteriori- 
dad a  las  próximas  festividades,  temiendo  que  cuando 
a  Túy  llegase  mi  carta,  hubiéseis  levantado  vuestros 
reales  para  sentarlos  en  otra  parte. 

En  una  de  mis  últimas  te  dije  que  había  leído  hacía 
tiempo  en  un  periódico  de  Madrid  una  noticia  relacio- 
nada con  Antonio,  o  al  menos  con  un  Antonio  García 
La  noticia  merecía  una  enhorabuena,  y  no  se  la  he 
dado  por  temor  de  equivocarme. 

¿Es  cierto? 

Vaya,  adiós;  no  me  corrijo  de  esta  manía  de  char- 
lar descosida  y  largamente,  aunque  me  ahorquen. 

Dispensa...  y  sigue  leyendo,  que  Voy  a  acabar  esta 
carilla,  que  sería  lástima  no  aprovechar. 

Nada  me  has  vuelto  a  hablar  de  tu  padecimiento 
desde  este  verano,  y  como  al  que  no  se  queja  nada  le 
duele,  deduzco  que  las  aguas  de  Caldelas  te  libraron 
de  tus  dolencias. 

Lo  celebraré. 

Mi  real  persona,  por  ahora  (g.  a.  D.),  continúa  sin 
novedad  en  su  importante  salud. 

Después  de  Esperanza,  a  quien  saludarás  en  mi 
nombre,  comunica  mis  recuerdos  a  tus  papás,  y  recí- 
belos muy  cariñosos  de  tu  amigo  que  no  te  olvida 

Galán. 

Me  parece  que  estamos  a  15  ó  a  16. 


CARTA  25  * 


Jueves,  nueve  de  Febrero 
del  año  que  empecé  a  amar. 

Carísimo  amigo  mío: 
Salud  y  fraternidad. 

Ya  que  a  mis  cartas  en  prosa 
no  te  dignas  contestar, 
voy  a  probar  si  consigo 
partirte  por  la  mitad, 
endosándote  un  romance 
que  a  chorros  te  haga  sudar, 
y  que  consiga  sacarte 
de  ese  silencio  tenaz 
en  que  alienando,  alicuandOy 
te  sueles  encastillar. 

Y  si  este  primer  intento 
no  me  resulta  eficaz, 
espero,  querido  amigo, 
que  no  te  resistirás, 
si  otro  segundo  romance 
te  dejaras  propinar, 
callándote  como  un  muerto 
con  quien  es  harto  locuaz. 

Me  basta...  y  hasta  me  sobra 
con  el  silencio  fatal 
que  está  observando  conmigo, 
y  que  escamándome  está. 


200  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


una...  cierta  personilla 
que  no  quiere  contestar 
a  una  pregunta  muy  jonda 
que  yo,  con  valor  audaz, 
le  dirigí  por  escrito 
dos  largas  semanas  ha. 

¡Ay  del  que  espera  anhelante 
cartas  que  no  han  de  llegar, 
y  que,  si  llegan  un  día 
tras  larga  inquietud  mortal, 
lejos  de  darle  consuelos, 
tan  sólo  le  servirán 
para  escribir  otra  página 
de  su  destino  fatal. 

Quien  solamente  ve  rota 
su  terrible  soledad 
cuando  recibe  los  ecos 
de  algún  cariño  real, 
en  cuatro  míseras  líneas 
que  repasa  sin  cesar... 
quien  esas  líneas  devora 
con  delirante  ansiedad, 
porque  allí  posó  los  ojos 
y  el  espíritu  quizás 
un  sér  a  quien  él  adora 
con  un  cariño  ideal... 
el  que  sólo  con  las  cartas 
vé  rota  su  soledad, 
y  hasta  las  cartas  le  niegan, 
más  le  valiera...  ¡olvidar! 
y  no  esperar  suspirando 
lo  que  nunca  llegará. 

Y  más  valiérale  a  otros 
interesarse  algo  más 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


201 


por  lo  que  ocurre  en  el  alma 
de  algún  amigo  leal, 
que  ha  callado...  ¡  porque  hay  cosas 
que  se  deben  preguntar! 

Voy  a  variar  de  asonante 
aunque,  a  decirte  verdad, 
no  de  asonante:  de  tema 
debiera  yo  de  variar, 
al  ver  esa  indiferencia 
rayana  casi  en  frialdad; 
pero...  ni  puedo  vengarme 
ni  puedo  ser  desleal. 

* 

Por  vez  primera  en  mi  vida 
siento  un  ligero  temblor 
cuando  recuerdo  y  medito 
lo  que  mi  pluma  escribió... 

Ya  resuena  en  mis  oídos 
el  ruido  ensordecedor 
de  la  tormenta...  extremeña^ 
que  a  mí  se  acerca  veloz, 
preñada  de  mil  rumores 
de  acento  amenazador. 

Ya  me  obscurecen  los  ojos 
las  sombras  del  nubarrón, 
y  casi  siento  ya  el  frío 
del  soplo  denunciador 
de  las  ráfagas  primeras 
que  presagian  el  turbión. 

Y  allá...  desde  Extremadura 
siento  venir  un  rumor 


202  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


cuyos  sonidos  discordes, 
combinados  en  un  són, 
forman  con  eco  de  trueno 
tremenda  y  tonante  voz, 
que  al  llegar  a  mis  oídos 
parece  que  dice:  ¡¡¡no !!!... 


¡Por  eso,  por  vez  primera, 
siento  un  ligero  temblor 
cuando  recuerdo  y  medito 
lo  que  mi  pluma  escribió!... 

Yo,  que  siempre  he  respondido 
con  el  estoico  valor 
de  todo  cuanto  mi  pluma 
por  mi  mandato  trazó; 
yo,  que  una  pluma  he  tenido 
que,  en  triste  y  jocoso  son, 
ha  puesto  a  muchos  en  solfa 
y  a  muchos  en  serio  hirió; 
yo,  para  quien  es  la  pluma 
válvula  del  corazón, 
por  donde  arrojo  a  mil  rostros 
bocanadas  de  vapor; 
yo,  que  jamás  la  reñía 
cuantas  veces  se  clavó 
en  las  entrañas  del  hombre 
que  me  causara  un  dolor, 
y  a  quien  ella,  aunque  sin  arte, 
valientemente  injurió, 
sin  que  una  vez  solamente 
yo  desmintiera  su  voz... 
yo,  que  he  jugado  con  ella 
como  el  niño  que  jugó 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


203 


con  un  arma  peligrosa 
que  abandonó  el  cazador, 
y  que  en  la  mano  inexperta 
del  niño  se  disparó... 
por  vez  primera  en  mi  vida 
siento  un  ligero  temblor, 
cuando  recuerdo  y  medito 
lo  postrero  que  escribió. 

¡Oh,  si  el  escrito  que  hace 
temblar  a  mi  corazón, 
causado  hubiese  temblores 
al  alma  que  lo  leyó!... 

* 

'*  * 

Adiós  y  dejemos  esto 
voy  a  hacer  punto  final, 
que  más  de  lo  que  mereces 
te  llevo  charlado  ya, 
y  quizás  en  vez  de  franco 
me  tomes  por  charlatán. 

Si  con  este  nuevo  ataque 
no  consigo  hacerte  hablar, 
apelaré  a  otros  recursos 
con  insistencia  tenaz; 
pero  no  olvides,  querido, 
que  el  cobarde  capitán 
que  no  asistió  a  la  batalla, 
jamás  participará 
del  botín  de  la  victoria 
que  otros  sin  él  ganarán; 
o  de  la  triste  amargura 
que  toda  derrota  da, 
cuando  el  cobarde  se  niega 


204  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


con  el  valiente  a  luchar 
o  a  darle  siquiera  alientos 
para  la  lucha  fatal. 

¡  Así  perdieron  cien  reyes 
lo  que  debieron  ganar!... 

Veremos  pues  si  la  plaza, 
que  tengo  sitiada  ya, 
capitula  al  solo  ataque 
del  valiente  general, 
que,  además  de  un  buen  soldado, 
es  también  un  buen 

Galán. 


Espero  al  fin  tu  respuesta. 
Dale  a  Esperanza  con  ésta 
sinceras  memorias  mías, 
y  díla  que  si  me  presta 
su  nombre  por  unos  días. 


CARTA  26.^ 


Piedrahita,  Febrero  20  de  1893. 


Extremeñita  es  la  luna 
y  extremeñito  es  el  sol, 
y  extremeñita  la  prendí 
que  adora  mi  corazón. 

(Cantar  popular). 

Mi  estimadísimo  Casto:  El  que  para  nada  tiene 
método,  no  es  de  extrañar  que  no  lo  tenga  para  escri- 
bir con  periódica  regularidad  a  sus  amigos.  Esto  me 
ocurre  a  mí.  Acaso  no  hayas  acabado  de  leer  mi 
última  carta,  y  allá  va  otra;  pero  este  adelantamiento 
tiene  su  disculpa. 

Voy  a  empezar  recordándote  parte  del  conocida 
cuento  andaluz. 


Yo,  que  en  peligro  me  vi 
me  metí  por  un  reducto 
y  por  el  mismo  conducto 
entró  el  toro  tras  de  mí. 

Salgo  del  reducto  y  ¡zás! 
en  una  casa  cercana 
me  colé  por  la  ventana, 
y  el  toro  siempre  detrás. 


206  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Esto  no  me  ha  ocurrido  a  mí,  como  al  andaluz, 
con  un  toro  del  Jarama,  pero  me  ha  sucedido  con  la 
imagen  de  una  mujer,  imagen  de  la  cual  venía  huyen- 
do hace  un  año...  acaso  más. 

Lo  grave  del  caso  es  que  la  mujer  no  es  hermosísi- 
ma, ni  lindísima  (quiero  decir:  en  los  rasgos  de  la 
fisonomía  de  la  cara  de  su  semblante.  ¡Olé  por  los 
buenos  escritores!). 

Ya  ves  que  tengo  el  valor  de  decir  que  no  es  una 
divinidad  griega,  casi  que  ni  española...  pero  ¡ay!  no 
digas  nunca,  querido  Casto,  que  <de  esa  agua,  o  de  la 
otra,  no  beberás»,  no  lo  digas  en  tu  vida;  te  lo  acon- 
sejo parodiando,  con  respecto  a  mí,  aquello  que  dicen 
en  El  Rey  que  rabió: 

«Yo,  que  siempre  de  los  hombres  me  burlé, 
yo,  que  siempre  de  los  novios  me  reí, 
yo,  que  nunca  sus  halagos  escuché, 
hoy  en  busca  de  mi  amante  vengo...  ¡aquí! 

No  está  bien  que,  sin  recato  ni  pudor, 
venga  en  busca  de  mi  amante...  ¡a  este  cuartel! 
pero  es  tanto  lo  que  adoro  a  ese  pastor, 
¡que  al  infierno  si  es  preciso,  iré  por  él! 

(Bomba  final) 

¡Ay  de  mí!  ¡ay  de  mí! 
¡Si  acabaré  llorando, 
yo  que  siempre  reí!... 

(¡Y  yo  estoy  sospechando 
que  todo  esto  se  ha  escrito  para  mí!) 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


207 


Tengo  en  un  pueblecito  de  Extremadura  unos  tíos 
que  me  quieren...  porque  nunca  tuvieron  hijos  a  quie- 
nes querer.  Hace  ya  quizás  dos  años,  en  atención  a 
las  ya  demasiado  frecuentes  invitaciones  suyas,  fuíme 
a  pasar  con  ellos  cuatro  o  seis  días,  que  resultaron 
luego  veinte. 

Al  nacer  una  niña,  sobrina  también  suya,  se  la 
llevaron  con  ellos,  la  criaron  y  la  educaron  con  más 
regalo  que  una  princesita  y  más  mimos  que  una  hija... 
Con  ellos  la  vide  yo  y...  lo  demás  no  sé  cómo  ha 
sido...  Me  ha  dado  un  mundo  de  observaciones  psico- 
lógicas que  te  explicaré  algún  día;  si  yo  ambicionaba 
antaño  el  amor  de  una  mujer,  era  por  una  especie  de 
vanidad  espiritual,  sugerida  por  otras  almas  que  ama- 
ban; por  un  anhelo,  que  yo  llamaría  artístico,  que  me 
impulsaba  a  buscar  nuevas  fuentes  de...  ¡qué  sé  yo!  de 
poesía,  porque  las  mías,  aunque  inagotables,  eran 
siempre  las  mismas...  mi  hogar,  mi  patria,  la  naturale- 
za, mi  madre...  ¡todo  inagotable  y  purísimo!  ¿lo  oyes 
bien?  ¡inagotable  todo!  Pero  nos  hace  pecar  muchas 
veces  esta  tendencia  hacia  lo  nuevo,  hacia  lo  vario... 

Por  eso  quería  yo  amar;  por  eso,  y  por  una  espe- 
cie de  curiosidad,  que  yo  llamaría  de  buenas  ganas 
científica,  filosófica...  quería  hacer  en  mí  mismo  obser- 
vaciones anímicas,  es  decir,  verme  por  dentro...  y 
luego,...  (¡infantil  puerilidad!)  luego  escribir  lo  que 
viera  y  léermelo  a  solas  muchas  veces,  como  me  leo 
cuanto  puede  hacerme  llorar  un  ratillo...  ¡Manías  de 
muchachos  solteros,  de  que  tú  ya  no  debes  hacer 
caso!... 

Yo  siempre  he  sentido  comezón  irresistible  de  es- 
cribir ¿sabes?,  pero  para  mí  solo,  o,  cuando  más,  ¡qué 
sé  yo  para  quién!...  casi  para  nadie;  porque  yo,  contra 
tu  benévola  y  cariñosa  opinión,  no  sirvo  para  hacer 


208  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


vibrar  la  cuerda  del  sentimiento  de  nadie;  y  porque  lo 
conozco,  no  lo  intento.  ¡Tengo  el  gran  mérito  de  co 
nocerlo,  que  es  un  mérito  desgraciadamente  muy 
raro...  bien  lo  sabes  tü. 

Al  percibir  las  tibias  humedades  de  las  lágrimas 
que  yo  vierto  desordenada  y  confusamente  en  pedazos 
de  papel,  sólo  mis  entrañas  pueden  sentir  estremecí 
mientos  de  goces,  escalofríos  de  entusiasmos,  impul 
sos  íntimos  de  llorar,  sacudidas  de  sentimentalismo, 
porque  todo  ello  es  enteramente  mío,  y  yo  me  lo  río 
me  lo  lloro,  sin  que  nadie  pueda  reírse  de  lo  que  a  mí 
me  hace  echar  lágrimas. 

Lo  que  hay  es  que  yo,  cuando  contigo,  por  ejem 
pío,  hablo,  llego  a  creer  a  veces  que  estoy  solo  y  me 
excedo  un  poco;  me  quejo  creyendo  que  no  me  escu 
chan...  me  elevo  quizás  demasiado... 

Te  digo  todo  esto,  de  una  vez  para  siempre,  par 
que  entiendas  que  mis  pobres  cartas  para  ti,  no  so 
alardes  vanos  de  estilo,  ni  erudiciones  pensadas 
alambicadas,  ni  empeños  literarios  que,  contigo  sol 
no  tendrían  razón  de  ser,  ni  serían  muy  del  caso,  po 
estar  reñidos  con  la  sencillez  que  debe  campear  entr 
amigos  como  nosotros.  Si  yo  lo  hiciera  así  por  un 
mal  entendida  vanidad,  haría  con  todos  lo  que  conti 
go;  pero  mis  cartas  todas,  a  excepción  de  las  que  a 
dedico,  son  verdaderos  modelos  de  prosaísmo  formal 
que  nada  dice  sino  lo  que  es  preciso  decir. 

Aunque  la  confianza  está  reñida  con  todo  aparat 
exterior,  precisamente  por  la  confianza  misma  que  m 
inspiras  me  presento  a  ti  tal  cual  soy  y  como  me  gus 
ta  ser.  Con  otro  jamás  lo  haría. 

Para  darte  la  última  prueba  de  que,  a  pesar  de  1 
que  la  apariencia  diga,  no  son  mis  cartas  producto  de 
pensados  atildamientos,  que  a  gritos  reclaman  u 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


209 


aplauso,  si  conservas  las  mías,  como  yo  las  tuyas,  dé- 
jame la  más  sublime  de  todas  y  verás  cómo  yo  mismo 
encuentro  en  ella,  no  sólo  defectos  de  índole  superior, 
sino  los  que  condenan  las  rudimentarias  reglas  de  la 
gramática. 

No  creas,  querido,  que  yo  desprecio  tus  aplausos; 
al  contrario,  los  tuyos  son  los  únicos  quizás  que  yo 
admito  y  que  me  agradan;  ¿por  qué  he  de  ocultar- 
lo? me  agradan  porque  sé  que  son  sinceros,  aunque 
sean  inmerecidos. 

Y  basta  de  digresiones. 

Te  decía  que  sólo  por  unas  cuantas  pequeñeces 
quería  yo  amar,  y  hoy...  no  puedo  ya  decirte  lo  mis- 
mo; hoy  ya  es  ¡porque  sí!  ¡ya  no  es  por  pequeñeces...! 
En  fin:  tardío,  pero  seguro.  Es  decir,  seguro  no,  por- 
que soy  un  tantico  raro  en  algunas  cosas,  y  el  día 
menos  pensado  castigan  mi  rareza  con  alguna  ensala- 
da de  calabazas.,. 

¿Más  detalles? 

Pueblo  de  su  residencia:  Guijo  de  Granadilla,  pro- 
vincia de  Cáceres,  partido  judicial  de  Plasencia. 

Edad,  así  como  19  años,  plus  be,  como  dicen  por 
aquí. 

No  tiene  ya  padre.  Su  madre,  con  los  demás  her- 
manos de  ella,  viven  en  Granadilla,  pueblo  inmediato 
al  Guijo. 

Su  nombre...  Desideria;  menos  bello  que  ella. 

Te  doy  estos  detalles  como  si  te  importaran,  aun- 
que no  te  importen  mucho,  pero  sí  creo  que  los  leerás 
con  curiosidad  siquiera.  Ya  te  iré  dando  más,  poco  a 
poco.  Es  ya  mucha  dosis  para  un  día  solo. 

Para  terminar,  y  ya  que  me  pides  franqueza  y  cla- 
ridad, te  diré  que  este  mi  primer  amor  ya  es  en  mí 
todo  lo  intenso  que  yo  quisiera,  ¿entiendes  bien?...  me 

15 


210  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


conmueve,  y  yo  aun  trabajo  conmigo  mismo  para  que 
llegue  al  grado  sumo  (*),  para  que  desaparezca  en  él 
todo  lo  que  proceda  de  simpatía...  ¡puf!  la  simpatía  es 
muy  fría  para  mí,  que  quiero  las  cosas  puras,  sin  ele- 
mentos extraños  que  ayuden...  ¡no,  a  mí  que  no  me 
ayude  nada  ni  nadie  a  querer!  El  amor  fundado  en 
afectos  de  segundo  orden,  no  es  una  simplicísima 
esencia,  es  una  mixtura  de  quinientas  yerbas  que,  por 
tener  quinientos  elementos,  se  aplica  para  quinientos 
casos  y  no  sirve  para  ninguno.  ¡Aquí  del  per  se  y  el 
peraccidens  de  los  moralistas! 
El  amor  por  el  amor. 

Yo  creo  que  siempre  se  empieza  por  algo  nada 
más,  y  confío  en  que,  poco  a  poco,  se  irán  fundiendo 
en  una  sola  esas  quinientas  yerbas... 

Ya  iremos  viendo,  ya  iremos  viendo... 

¡Qué  conversaciones  para  hombres  casados!  Pero, 
en  fin,  creo  que  te  he  dicho  que  me  parece  que  aun 
estás  soltero,  y  obro  como  si  así  fuese.  ¡Como  no  te 
he  visto  aún  al  lado  de  Esperanza,  en  calidad  de  ma- 
rido, no  llega  la  fuerza  plástica  de  mi  imaginación  a 
poderlo  representar  todavía... 

A  ella  y  Angelito  les  das  mis  cariñosos  recuerdos. 
Al  último  le  dices  que  no  abuse  del  uso  de  las  levitas 
verdes;  y  que  no  me  olvido  jamás  de  aquella  célebre 


(*)  Galán  amando,  era  insaciable;  todo  le  parecía  poco.— (N.  del  E.). 


DE  GABRIEL  Y  CALÁN 


211 


noche  en  que  quiso  acompañarnos  al  sarao  del  Casti- 
llo de  los  Marqueses  en  figura  de  lagarto.  Dale  un  pe- 
llizco en  una  mejilla  como  recuerdo  de  entonces,  y  mis 
memorias  a  tus  papás,  cuando  les  escribas. 
Y  tú  no  te  olvides  nunca  de  tu  fiel 

Galán. 


CARTA  27.* 


Sr.  D.  Casto  Blanco. 

22  de  Marzo  de  1893. 

Querido  amigo  mío: 

 no  tomes  mis  cartas  como  alardes  vanos  y 

tontos  de  estilo,  que  a  nada  conducirían,  tratándose 
de  ti,  sino  como  retratos  de  mi  alma  que  sólo  a  ti  se 
presenta  tal  cual  es;  con  sus  aficiones  y  su  naturalísi- 
tna  manera  de  ser. 

Cuando  te  escribo  a  ti,  me  abandono  a  mí  mismo 
y  confieso  que  me  excedo,  aunque  no  sea  más  que  en 
la  forma...  Me  subo  demasiado,  sí.  Pero  a  todo  se  pare- 
ce, menos  a  la  afectación,  cuanto  te  digo.  Precisamen- 
te peco,  como  te  decía  en  mi  última,  de  descuidado  y 
de  distraído;  tanto  que  ni  me  cuido  de  corregir  rudi- 
mentarias faltas  gramaticales,  que  observo  en  mis  car- 
tas después  de  escritas. 

A  riesgo  de  repetir  lo  ya  dicho,  volveré  a  manifes- 
tarte: 

Que  mi  vaquera  se  llama...  Desideria  (el  nombre 
vale  menos  que  ella);  que  vive  desde  que  nació  con 
unos  tíos  míos  (y  suyos)  en  una  aldeíta  de  Extrema- 
dura... y  que  ya  me  dijo...  que  sí,  que  bueno. 


214  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Ayer  tuve  carta  suya,  y  en  mi  contestación  te  pre- 
sento a  ella  con  tu  fe  de  bautismo,  circunstancias,  etc. 
Ella  

¡Dios  mío,  cómo  necesitaba  yo  hablar  contigo  a 
solas!  Cuánto  bien  me  resultaría  de  una  entrevista! 
¡Qué  daría  yo  por  hablar  contigo  unas  horas!  Sólo 
unas  horas. 

Por  escrito...  ¡puf!  hay  contestaciones  que  se  nece- 
sitan a  los  dos  segundos  de  formulada  la  pregunta; 
después...  resultan  estudiadas... 

¡Qué  largo  veo  ese  día  en  que  dices  y  crees  que 
nos  veremos!  ¡Cómo  se  pone  todo! 

¡Rayos!  qué  desesperación! 

Lo  mejor  que  puedo  hacer,  para  agradecerte  más 
tu  felicitación,  es  no  hablarte  de  ella,  ni  del  día  de  mi 
Santo.  Basta  decir  que  lo  pasé  muy  acompañado, 
pero  muy  solo. 

*  * 

Tengo  el  pensamiento,  sólo  el  pensamiento,  de  ir  a 
Zamora  a  dar  un  alegrón  a  mi  hermano  Baldomcro,  y 
a  pasar  con  él  tres  o  cuatro  días  de  los  de  Semana 
Santa. 

Si  el  proyecto  se  realiza,  te  lo  comunicaré. 

♦  * 

¿Y  para  qué  quieres  mi  estampa?  ¡Si  te  parecerá 
la  estampa  de  la  herejía!  No  tengo  más  que  una  de 
hace  cuatro  o  seis  años,  y  no  te  la  envío,  porque  me 
parezco  todo  a  un  queso  de  bola  sin  cáscara. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


215 


Pero  por  complacerte,  en  cuanto  pueda,  si  voy  a 
Zamora,  sacaré  copias  de  mi  carauie,  y  te  enviaré  una; 
pero  a  condición  de  cambio.  Tengo  una  tuya,  borrosa, 
vieja  y  roñosa,  que  recordarás  te  robé  contra  tu  gusto. 

¡Y  qué  mala  espina  me  da  esa  petición! 

¡Ni  te  acordarás  ya  de  cómo  soy! 

Adiós;  ya  que  no  pueda  ser  un  cigarrp  de  mi  Santo, 
te  envió  el  testimonio  de  mi  cariño,  querido. 

José  María. 


Ya  no  voy  a  Zamora. 


CARTA  28.* 


Junio  5-93. 


Mi  querido  Casto:  Creerás  que  te  tengo  olvidado, 
y  no  es  verdad. 

Desde  Salamanca  te  envié  hace  más  de  15  días  un 
retrato  mío,  que  no  sé  si  iiabrás  recibido;  pero  que,  al 
fin,  prueba  que  te  recuerdo  «hoy  como  ayer,  mañana 
como  hoy  y  siempre  igual...> 

A  Salamanca  me  fui...  ¿a  qué  dirás?  pues  a  hacer 
oposiciones,  que  ojalá  no  hubiera  hecho;  no  porque 
nada  bueno  me  dieran  en  ellas  (me  aprobaron  los  ejer- 
cicios con  la  nota  de  Sobresaliente);  sino  por  no  ver 
tanta  miseria  humana...  y  nada  más;  porque  acaso  digas 
que  esto  se  llama  el  derecho  de  pataleo;  pero  cuando 
yo  me  quejo  a  ti...  creo  yo  que  debes  creerme. 

Sólo  había  una  escuela  que  me  conviniera;  las 
demás  vacantes  no  las  solicité. 

Y  ni  una  palabra  más  de  tan  desagradable  asunto. 

*  * 

Al  emprender  mi  viaje  desde  Salamanca  a  este  pue- 
blo, llegaron  a  dicha  capital  mi  hermano  Luis  (el  pe- 
queño), y  mi  otro  hermano  Fortunato  que,  como  creo 
recordarás,  está  casado  con  mi  hermana  Carlota. 

La  cual  hermana  había  estado  más  que  mediana  en 


218  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


las  48  horas  que  duró  su  primer  alumbramiento,  fruto 
del  cual  es  una  hermosa  niña,  que  se  llama  María  de 
los  Ángeles  o  Ángeles  a  secas. 

Mis  hermanos  viéndome  algo  disgustado,  me  hi- 
cieron irme  con  ellos  a  mi  pueblo,  donde  bautizamos 
la  niña,  y  pasé  un  par  de  días  bien  contento,  y  sin  cu- 
rarme ya  de  lo  que  en  las  oposiciones  había  ocurrido. 

Después...  nada;  vuelta  a  este  pueblo,  desde  el  cual 
te  escribo  en  el  único  papel  que  tengo  a  mano,  para 
decirte  estas  cosas. 

Y  como  no  es  cosa  para  dejada  al  olvido,  debo  de 
cirte  algo  de  mi  vaquera;  siquiera  que  está  buena  y 
esperándome  con  ansia. 

¡Ah!  y  también  debo  decirte  que  parece  que  me 
quiere;  a  lo  menos  me  lo  escribe. 

Cuando  lleguen  las  próximas  vacaciones  veranie 
gas,  iré  a  ver  si  me  ha  dicho  la  verdad,  y  si  no...  la 
llamo  pérfida,  que  es  la  palabra  que  me  es  más  anti 
pática  y  que  menos  veces  he  pronunciado  en  mi  vida 
de  hablador. 

Yo  también  la  quiero  (no  a  la  palabreja,  sino  a  la 
mi  muchacha);  me  parece  que  también  la  quiero,  porque 

«Yo  soy  un  pobre  diablo,  bueno  en  el  fondo, 
profeso  a  quien  me  quiere  cariño  inmenso, 
pienso  profundamente,  siento  muy  hondo... 
y  ni  sé  lo  que  siento,  ni  lo  que  pienso... 
porque  tengo,  etc...> 


Este  retazo,  que  se  me  escapó  de  la  pluma,  m 
obliga  a  darte  una  noticia,  literaria  cuasi;  pero  que  t 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


219 


parecerá  cursi  de  seguro:  estoy  ya  hace  tiempo  escri- 
biendo mis  memorias  (o  una  cosa  parecida),  a  las 
cuales  acabo  de  dar  ese  pequeñísimo  pellizco  de  tres 
o  cuatro  versos,  pellizco  inconveniente  e  indiscreto^ 
porque  allá  en  los  comienzos  del  libróte  digo: 

«Yo  sé  que  esto  a  la  gente  indiferente 

haría  reir,  pero  me  importa  poco, 

pues,  como  nunca  lo  leerá  la  gente, 

nadie  podrá  decirme  que  estoy  loco, 

¡si  es  que  es  loco  el  que  dice  lo  que  siente !> 

Y  basta;  porque  he  caído  en  otra  indiscreción^  por 
disculpar  la  primera. 

Conque  ya  lo  sabes.  Mientras  vosotros  vais  a 
buscar  este  verano  las  dulzuras  de  la  playa,  y  a  gustar 
«el  sabor  de  la  tierruca»,  yo,  en  contradicción  eterna 
con  las  corrientes  del  mundo  (lo  cual  no  me  pesa  del 
todo),  yo  iré  a  quemarme  bajo  los  rayos  del  sol  de 
Extremadura,  y  tornaré  a  abrasarme  a  mi  Castilla, 

bajo  esta  meridiana  luz  argentina 
que,  al  vibrar  de  las  flores  en  las  corolas, 
hace  del  campo  un  manto  de  purpurina, 
recamado  a  pedazos  con  oda  fina 
de  claveles  azules  y  de  amapolas... 

Lo  dejo,  porque  hoy  me  siento  capaz  de  hacer 
sudar  a  cualquiera. 


220 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


¡Otro  verano  sin  vernos!  ¡Cualquiera  se  atreve  a 
decirte  que  te  vengas,  que  hay  quien  partirá  cuarenta 
y  cinco  días  entre  su  madre,  su  novia  y  su  amigo! 

Pero  tú,  ai  fin,  si  vas  a  tu  tierra,  lo  pasarás  mejor; 
porque,  aunque  no  quieras,  tendrás  que  olvidar  a  los 
ausentes,  por  el  género  especial  de  vida  que  por  tu 
tierra  haces  tú:  «vidita  más  agitada,  más  moderna,  más 
poblacionesca  ¿eh?  Pero  yo,  no. 

Para  mí  va  a  llegar  la  estación  que  más  adoro;  la 
época  en  que  yo  vivo;  porque  mientras  mi  cuerpo  bus- 
ca en  los  campos  lo  que  hoy  le  falta,  desarrollo  y  vida, 
mi  alma  se  entrega  toda  a  lo  que  jamás  le  sobra;  a  lo 
que  yo  no  puedo  decirte  ahora. 

Pero  mi  vida  es  distinta  de  la  tuya.  Hay  entre  am- 
bas la  diferencia  que  existe  de  la  del  señorito  a  la  del 
labrador. 

Eres  más  afortunado  que  yo...  casL 

Tú  no  puedes  acordarte  de  nada  en  un  pueblo  como 
la  Coruña  o  el  Ferrol,  donde  es  necesario  hacer  la  vida 
que  yo  me  sé  (aunque  no  la  envidie). 

Vestido  de  señorito,  paseando  con  tu  costilla,  tu 
familia  y  tus  amigos  por  la  playa  del  Ferrol  o  por  la 
orilla  del  Jubia,  en  tu  pueblo,  donde  quiera  que  sea, 
nunca  podrás  entregarte  a  lo  que  vedan  allá  las  formas 
sociales  y  aqui  la  formalidad  del  hombre  casado. 

Eso  sí,  verás  más  flores  que  yo,  (no  flores  de  som- 
brero, que  a  mí  me  ponen  nervioso,  sino  del  campo), 
respirarás  aires  más  frescos,  gozarás  más  grata  tempe- 
ratura, verás  más  mujeres  guapas— ¡¡¡que  deben  tenerte 
sin  cuidado!!!,—  en  fin,  harás  casi  la  vida  del  bañista, 
que  va  a  que  le  deis  un  poco  de  lo  que  Dios  dió  a 
vuestra  tierra. 

Yo,  en  cambio,  nada  de  eso  he  de  ver,  pero  me 
acordaré  más  de  ti. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


221 


Cargado  con  la  escopeta,  con  el  sombrero  gacho  al 
cogote,  para  defender  la  frente  abrasada  y  sudorosa^ 
bajaré  muchos  días  del  cerro  al  llano,  para  buscar  una 
fuente  y  una  encina  donde  beber  y  acostarme. 

Y  solo,  sin  más  compañeros  que  mis  dos  perros, 
que  sufren  conmigo  en  esos  días  mortales  de  Agosto 
lo  que  muchos  amigos  no  sufrirían  jamás,  me  acordaré 
de  ti  muchas  veces,  lamentando  que  no  puedas  partir 
conmigo  tan  dulcísimas  fatigas;  quizás  para  ti  algo 
duras,  pero  por  mí  soportadas  con  tenacidad  de  hierro 
y  constancia  entera  y  firme.  Lo  demás...  eso  de  tomarte 
gusto  a  lo  que  hoy  te  parecerá  desagradable,  yo  te  lo 
enseñaría... 

El  ciego  sueña  que  vé;  callaré,  pues. 

Da  a  Esperanza  y  familia  toda  mis  recuerdos,  y 
guárdate  el  mejor  de  todos  ellos,  que  para  ti  lo  man- 
da tu  amigo 

José  María. 


Junio  5  de  1893. 


CARTA  29.^ 


Mi  querido  Casto:  No  sé  por  donde  comenzar  ni 
por  donde  concluir;  pero  antes  que  nada,  tengo  que 
decirte  que  hasta  hoy,  12  de  Septiembre,  día  en  que 
leo  la  postrera  carta  que  me  has  escrito,  no  he  sabido 
que  eras  padre...  ¡ni  cómo  había  de  haber  callado, 
sabiéndolo! 

Dónde  parará  la  carta  a  que  tú  aludes,  no  lo  sé... 
acaso  donde  van  a  parar  muchas  que  se  piensan,  pero 
que  no  se  escriben...  ¡al  vacío! 

Ahora  mismo  rasgo  una  que,  en  vista  de  tu  silen- 
cio tenía  escrita,  y  que  ya  no  sirve  para  nada. 

♦ 

«  ♦ 

Me  parece  un  poco  frío  daros  una  cortés  y  simplo- 
na enhorabuena  por  el  natalicio  de  vuestro  hijo  prime- 
ro. Mejor  será  decir  <en  estilo  mondo  y  llano»,  que 
Dios  lo  críe  bueno  de  alma  y  sano  de  cuerpo,  para 
vosotros  primero  y  para  Él  más  tarde...  ¡que  no  es 
poco  decir! 

A  estos  deseos  va  unido  el  de  que  Esperanza  me- 
jore de  su  dolencia  de  madre,  y  el  de  que  la  suya 
salga  con  vida  del  riesgo  de  muerte  que  acaso  la 
amenaza.  Dios  sobre  todo;  lo  que  Él  disponga,  bien 
dispuesto  ha  de  estar  siempre,  y  me  huele  a  rebelión 


224  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


cuanto  no  sea  ajustar  en  absoluto  la  nuestra  a  su  santa 
voluntad. 

*  * 

Del  veraneo...  mejor  será  hablarte  en  seco.  Del  18 
de  Julio  al  10  del  siguiente  mes,  estuve  en  Extremadu- 
ra con  mis  tíos  y  con  mi  novia.  Después  fui  a  Frades, 
y  allá  consumí,  con  verdadero  deleite,  el  resto  de  los 
días  de  vacaciones. 

Vine  a  las  ferias  de  este  pueblo,  y  aquí  me  quedé 
entregado  de  nuevo  a  las  mismas  tareítas,  a  las  mis- 
mas distracciones,  y 

*hoy  como  ayer,  mañana  como,  hoy 

y  siempre  igual... 
un  estío  pasó  y  espero  otro 

que  también  pasará... > 

Ahora  dentro  de  pocos  días  —del  17  al  20—  celé- 
branse  en  esta  villa  las  fiestas  que  anualmente  se 
consagran  a  la  Virgen  de  la  Vega,  Patrona  del  pueblo. 

Habrá  gran  afluencia  de  forasteros,  novilladas^ 
burradas^  etc.,  etc. 

Acaso  a  fines  del  actual  vengan  mis  padres  a 
verme  y  pasar  conmigo  unos  días,  que  no  serán  tantos 
como  yo  deseo.  Así  me  lo  tienen  prometido  y.  Dios 
mediante,  espero  que  han  de  cumplirlo. 

No  me  queda  por  decirte  más  que  cuatro  bobadas,, 
que  suprimo...  Hago  supremos  esfuerzos  por  modificar 
mi  carácter,  y  tengo  que  confesar  con  el  vergonzoso 
desaliento  de  la  impotencia  ¡que  no  puedo! 

Estoy  mandado  retirar  por  anticuado;  y  yo  que  la 
conozco,  continúo  siendo  un  monigote  pensante,  el 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


225 


anacronismo  en  figura  de  persona;  un  tipo  híbrido,  en 
la  actualidad  de  las  cosas,  mal  oliente  por  mi  modo 
de  pensar  y  trasnochado  por  mi  manera  de  ser. 

Vergüenza  me  dá  decirlo,  pero  no  progreso  en 
nada;  tengo  23  años  y  pienso...  lo  que  a  los  15,  lo  que 
pensaría  el  que  no  tuviese  que  vivir  aquí  abajo,  pega- 
dito  a  la  corteza  de  la  tierra  y  a  las  cosas  de  la  vida 
real  y  práctica,  que  todos  entendéis  como  hace  falta 
entenderla;  con  un  sentido  claro,  fecundo  y  positivo, 
y  una  varonil  formalidad  digna  y  sensata.  Si  yo  no 
viera  el  porvenir  tan  claro,  valdría  lo  que  no  puede 
decirse.  Con  decir  que  solamente  quiero  pensar  en 
cosas  agradables,  está  dicha  toda  mi  necedad. 

Lo  más  gracioso  del  caso  es  que  gano  el  pan  que 
cómo  hace  seis  años,  sufriendo  con  resignación  ver- 
daderamente profunda  el  contacto  con  la  prosa  de  la 
vida,  y  aún  no  estoy  desengañado. 

¡Cómo  que  ya  tengo  canas,  y  aún  sueño  mucho 
despierto ! 

¡Oh!  si  me  casara  pronto;  si  acabara  de  arrojar  de 
mi  cabeza  a  puntapiés  estas  procesiones  de  fantasmas 
que  no  me  dejan  ver  donde  piso  y  conseguirán  mil 
veces  que  me  estrelle!... 

¡La  de  ¡deas  atrevidas  que  yo  tuve  hace  dos  no- 
ches, al  hallar  un  nuevo  objeto  de  mis  amores  tem- 
porales! 

Porque  yo  tengo  amores  de  temporada...  ¡Ver- 
güenza me  dá  decirlo ! 

¡La  de  grandiosos  poemas  que  hormiguean  en  mi 
alma,  sin  salir  fuera  jamás,  por  temor  a  los  contactos 
de  alguna  babosa  humana! 

¡La  de  historias  peregrinas  que  yo  me  cuento  a  mí 
mismo;  historias  de  cosas  nunca  historiables,  sin  pró- 
logo de  un  amigo  del  autor,  porque  yo  no  tengo 

16 


226  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


amigos,  como  sabes;  sin  epílogo,  porque  no  pueden 
tenerlo! 

¡La  mar,  la  osa  mayor!  ¡Las  murallas  de  la  China 
mismamente!..,.. 


Adiós,  adiós;  da  cien  besos  a  tu  hijo...  ¡a  tu  hijo!... 
un  recuerdo  a  tu  Esperanza  y  guárdate  tú  el  cariño  de 
que  dispone  tu  amigo 

Galán. 


CARTA  30.* 


Sr.  D.  Casto  Blanco. 

Piedrahita  2  de  Noviembre  de  1893. 


Mi  nunca  olvidado  amigo:  No  recuerdo  en  este 
momento  quién  de  los  dos  escribió  el  postrero  lo 
que  sí  sé,  es  que  la  última  carta  tuya  que  tengo  es  muy 
vieja;  tanto,  que  tiene  mes  y  medio  muy  cumplidos. 

En  ella  me  decías  que  eras  ya  padre  de  un  hermoso 
niño,  robusto  y  llorón,  alborotador  de  la  vecindad. 

Te  contesté  diciéndote  — diciéndoos—  que  <salud 
para  criarlo  para  el  Cielo  >,  que  es  lo  único  que  podía 
yo  desear  a  los  papás  y  al  retoño...  ¡y  no  es  poco! 

Después  —no  quisiera  equivocarme—  pero  creo 
que  no  has  vuelto  a  escribirme.  Por  lo  menos,  ni 
conservo  la  carta  —y  cuidado  que  no  pierdo  ninguna 
tuya,—  ni  la  recuerdo  tampoco,  lo  cual  es  peor  sínto- 
ma que  el  primero. 

Otra  prueba  de  ello  es  que  no  tengo  conocimiento 
del  estado  de  la  madre  de  Esperanza,  que  me  dijiste 
no  era  del  todo  satisfactorio,  aunque  no  la  considera- 
bas en  riesgo  de  muerte  aún. 


(•)  El  postrero  no  había  sido  Galán;  pero  es  evidente  que  tampoco 
había  llegado  a  sus  manos  la  respuesta,  enviada  oportunamente.— 
'  (N.  del  E,). 


228 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Díme,  hombre,  díme  todas  esas  cosas;  que,  si  te 
duelen  a  ti,  no  me  sabrán  a  mí  bien  del  todo. 

Yo,  si  poco  bueno  tengo  que  contarte,  nada  malo 
tampoco  me  sucede. 

La  noticia  de  más  bulto  para  mí  (y  para  ti)  es  la  de 
una  visita  de  cuatro  días  que  mis  papás  me  han  hecho 
en  esta  villa. 

Pocos  días  hace  que  marcharon  para  Frades.  Yo 
hubiese  deseado  que  pasaran  aquí  una  buena  tempo- 
rada; pero  estaban,  con  razón,  ambos  violentos,  espe- 
cialmente mi  madre,  porque  Enriqueta,  mi  hermana 
mayor,  está  en  días  de  dar  a  luz,  y  con  el  antecedente 
de  tener  muy  malos  partos. 

Aun  no  ha  sucedido  nada;  pero  estoy  intranquilo 
esperando  por  momentos  la  noticia. 

* 

Extremadura  entera  padece  calenturas  intermiten- 
tes, o  lo  que  es  lo  mismo,  las  tiene  mi  vaquerita;  y  tan 
tenaces,  que  se  me  figura  va  a  pasar  fatal  invierno. 

Desobedecen  a  la  quinina  y  a  cuantos  brevajes  le 
han  propinado  hasta  ahora.  El  correo,  con  tal  motivo, 
disminuye  por  parte  de  el!a. 

*  * 

Aquí,  como  en  todas  partes,  sólo  de  África  se 
habla.  Yo  estoy  vivamente  interesado  en  tal  cuestión; 
además  de  ser  buen  español,  porque  si  la  guerra  se 
prolonga,  o  de  ella  resultasen  complicaciones  inespe- 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


229 


radas,  pero  fáciles  de  surgir,  me  llevarían,  ya  que  no  a 
mí,  (que  me  importaba  menos)  a  mi  hermanito  el  pe- 
queño, que  está  desde  hace  dos  años  sujeto  a  las 
armas,  en  concepto  de  excedente  de  cupo.  Veremos. 

Comunícame  el  estado  de  tu  mamá  política  y  de  tu 
hijo,  para  quien  mando  cien  besos;  da  recuerdos  a 
Esperanza  y  a  tus  padres,  y  escribe  pronto  a  tu 


José  María. 


CARTA  31.* 


14  Diciembre  de  1893. 


Pero  Casto  ¿qué  te  pasa?  Te  llevo  escritas  tres 
cartas  inútilmente  (*).  ¿Quieres  contestarme?  Hazlo  en- 
seguida. ¿Es  que  no  puedes?  ¿estás  enfermo?  Pues 
que  me  escriba  cualquiera  dos  líneas  en  tu  nombre. 

Pienso  barbaridades.  Si  te  habrá  ocurrido  alguna 
otra  desgracia,  si  ha  muerto  alguien  de  tu  fami- 
lia... ¡Hasta  he  barajado  la  idea  de  que  el  muerto 
(¡ya  ves!)  fueras  tú! 

Jamás  has  hecho  otro  tanto.  Si  entre  los  dos  ha 
habido  algún  perezoso,  he  sido  yo,  ¡yo  nada  más! 

El  supuesto  me  hace  un  daño  más  que  tremendo; 
pero  si  estás  vivo,  no  hagas  la  barbaridad  de  no  con- 
testarme al  vuelo,  porque  soy  demasiado...  nervioso, 
por  no  decirte  otra  cosa,  para  vivir  en  la  duda  de  si 
mi  amigo  se  ha  muerto. 

¡Cuidado  que  he  esperado  días  y  días  con  la  espe- 
ranza de  siempre:  «acaso  mañana !>  Y  nada,  siempre 
lo  mismo. 

ili      Yo,  desde  que  dejaste  de  ser  soltero,  comprendien- 
do que  tus  deberes  son  mayores  y  más  numerosos,  he 


(♦)  otra  vez  la  desesperante  pérdida  de  cartas.  Se  le  había  enviado 
contestación  a  las  dos  anteriores,  como  también  se  le  contestó  a  esta 
tercera,  y  a  todas.— (N.  del  E.). 


232  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


procurado  no  escribir  mucho,  no  excederme...  pero  tú 
no  me  tienes  acostumbrado  a  esto,  y  yo  no  sé  de  ti 
hace  ya  tres  meses  y  siete  días. 
Y  basta. 

Si  has  recibido  las  dos  anteriores,  apunta  la  terce- 
ra, y  continúa,  que  también  las  va  apuntando...  en  el 
alma...  tu  amigo  de  ayer,  de  hoy  y...  ¡de  mañana! 


Galán. 


CARTA  32.* 


Mi  querido  Casto:  Al  regresar  de  mi  viaje  de  vaca- 
ciones de  Navidad,  recibí  tu  carta,  que  me  devolvió  la 
tranquilidad  perdida. 

Ni  tú  ni  yo  debemos  pararnos  a  discutir  quién  debe 
carta  a  quién,  sino  darnos  ambos  por  conformes  con 
tener  buena  salud  y  recíprocas  noticias. 

Además,  para  mí  no  necesitas  disculpas;  estás 
siempre  y  en  todo  perfectamente  justificado. 

Es  verdad,  querido  amigo,  que  nuestra  amistad, 
efecto  de  esta  larga  separación,  no  interrumpida  por 
ninguno,  va  teniendo  mucho  de  platónica...  no  para 
mí:  para  quien  a  distancia  la  viera. 

Yo  comprendo  que  es  preciso  todo  el  cariño  de  un 
corazón  que  siente,  y  todas  las  energías  de  un  alma 
que  sabe  querer  de  veras,  para  sostener  siempre  vivo 
esta  especie  de  fuego  sagrado  —y  perdón  por  el 
arranque;—  esta  hoguera  latente,  mantenida,  no  con 
el  aliento  mismo  del  pecho,  sino  con  remesas  de  oxí- 
geno artificial,  enviado,  encerrado  en  un  papel  que  lo 
lleva  a  su  destino  ya  desvirtuado  y  pobre,  para  que 
se  queme  y  arda  con  pobreza  y  vaguedad  de  fuego 
fátuo... 

Sí,  Castito,  se  necesita  todo  eso,  yo  lo  comprendo, 
y  se  necesita  más:  se  necesita  ser  bueno,  ser  bueno, 
de  cierto  modo  que  yo  me  sé,  pero  no  me  explico, 
¡ni  me  explicaría  si  pudiera,  por  no  tener  que  decir 
que  yo  soy  bueno! 

No  te  digo  yo  estas  cosas  para  darte  alientos,  para 


234  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


infundirte  ánimos,  que  acaso  te  sobrarán  más  que  a  mí... 

Te  lo  digo  como  si  esto  pudiera  servirte  de  premio. 
porque  yo  no  encuentro  otro,  y  bien  sé  que  lo  mere- 
ces... por  tu  voluntad  de  hierro,  ya  que  no  digo  por 
otras  cosas. 

Aquí,  amigo  mío,  el  llamado  naturalmente  a  desfa- 
llecer eres  tú;  y  si  un  día  sientes  cansancio  (porque  no 
somos  de  acero),  y  te  basta  como  premio  de  lo  pasa- 
do, mi  perdón,  descansa  un  rato  tranquilo  sin  acor- 
darte de  mí...  ¡hazlo  así,  que  yo  volveré  a  buscarte 
cuando  de  nuevo  me  llames! 

Si  yo  soy  quien  se  fatiga...  haz  lo  que  quieras.  Ni 
sé  qué  debías  hacer. 

Pero  no  me  niegues  aquello  del  platonismo...  Has 
de  convenir  conmigo  en  que  hay  cosas  que  entran 
mucho  por  los  ojos;  que  un  buen  apretón  de  manos, 
es  un  apretón  al  nudo  de  la  amistad;  que  un  rato  de 
charla  íntima,  vale  cien  plieguecillos  de  papel  escri- 
tos... etc.,  etc. 

No  creas,  por  esto,  que  yo  pretendo  sentarme; 
ni  lo  creas  tampoco  si  yo  mismo  te  invito  al  descan- 
so... y  si  lo  crees,  es  lo  mismo;  descansa  si  quieres, 
Casto,  que  tú  lo  precisas  más  que  yo.  ¡Y  dímelo,  como 
se  lo  dirías  a  un  hermano! 

¡Quién  sabe  si  descansando!... 

Da  un  recuerdo  a  Esperanza  y  un  beso  a  vuestro 
ángel  chico,  y  ya  sabes  que  tu  mejor  amigo  es 

Galán. 

Feliz  entrada  de  año. 


15  de  Enero  de  1894. 


CARTA  33.^ 


Piedrahita  8  de  Enero  de  1896^ 


Ya  que  has  descansado  un  rato,  «levántate  y  anda», 
querido  Casto.  Te  dejé  descansando,  con  ánimo  de 
volver  a  buscarte,  luego  que  pasara  tiempo...  Ya  lo  sé, 
que  tu  carta  fué  la  última,  porque,  como  tú  las  mías,  la 
conservo  como  oro  en  paño  también;  pero  te  dije  que 
esperases,  que  descansaras,  que  durmieras,  que  yo  te 
despertaría.  Todavía  no  quería  quizás  hacerlo...  mi  tar- 
jeta no  era  la  voz  de  llamada,  era  así  como  una  caricia 
que  quise  hacer  al  que  dormía;  y  la  caricia  me  resultó 
estrepitosa  hasta  el  punto  de  haberte  desvelado.  ¡  Oh 
qué  modo  de  meter  la  pata,  creyendo  hacer  una  gracia l 

Tú  necesitabas  esta  clase  de  descanso.  Estas  co- 
rrespondencias, aparte  la  idea  grande,  generosa  y  no- 
ble que  las  inspira,  pertenecen,  al  cabo,  a  un  mundo  es- 
piritual de  cosas,  de  ningún  positivo  resultado  para  las 
realidades  de  la  vida.  No  temas  que  diserte  sobre  cues- 
tión tan  trivial;  quiero  decirte  que  tienes  ya  tres  pre- 
ciosas criaturas  (¡Dios  te  las  conserve  muchísimos 
años!),  y  es  preciso  que  ganes  pan  para  ellas  y...  nada 
más;  y  no  es  poco. 

A  mí  me  puedes  y  hasta  me  debes  querer,  a  pesar 
de  ser  tú  todo  un  padre  de  familia;  pero  puedes  que- 
rerme desde  lejos,  en  silencio,  como  a  ti  te  parezca 


236  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


mejor,  para  que  yo  no  pueda  robarte  ni  un  minuto  ni 
un  miserable  perro  chico  que  puedas  necesitar,  sino 
para  pan,  para  comprar  un  dulce  a  tus  niños...  o  para 
que  se  entretengan  rodándolo  por  el  suelo,  si  para  nada 
lo  necesitan...  ¡y  ojalá  que  así  sea! 

Ya  ves;  yo  te  quiero  hoy  lo  mismo  que  hace  años 
te  quería,  y  acaso  más  seriamente  que  entonces,  por 
no  sé  qué  misteriosas  evoluciones  psicológicas,  de  que 
ahora  no  voy  a  hablar. 

El  voluntario  silencio  doliente  que  yo  mismo  me 
impuse  para  contigo,  me  ha  dolido  —¡y  tánto  que  me 
ha  dolido!—;  pero  no  ha  valido  un  comino  para  con- 
seguir que,  dentro  de  mí,  tú  no  seas  Casto;  y  con  decir 
esto  lo  digo  todo. 

Sigo  hablando  de  mí,  ya  que  he  empezado.  Bien 
que,  después  de  estos  prolegómenos^  va  a  resultar  que 
casi  nada  importante  me  queda  ya  por  decir,  porque  a 
mí  —y  fíjate  en  la  filosofía  de  la  frase—  a  mí  no  me 
ha  pasado  nada,  desde  que  no  nos  hablamos. 

Ayer  mismo  regresé  de  Extremadura,  donde,  como 
recordarás,  tengo...  novia;  y  te  lo  digo  así,  porque  no 
sé  si  aún  la  puedo  llamar  de  otra  manera  un  poco  más 
expresiva.  En  justicia  tengo  el  deber  de  hablarte  de 
esto;  y  por  eso,  porque  no  sería  buen  amigo  si  no  lo 
hiciera,  te  digo  cuatro  palabras  que,  por  no  tener  en- 
jundia ni  siquiera  claridad,  de  nada  te  servirán  para 
juzgar  de  mi  presente,  y  menos  de  mi  porvenir. 


Por  hoy  no  te  hablo  más  de  esto;  pero  en  tu  obse- 
quio, sólo  en  tu  obsequio,  hilvanaré  las  respuestas 
como  Dios  me  dé  a  entender,  sudaré  para  escribirlas 
y  te  las  enviaré  a  ver  si,  por  casualidad,  las  entiendes. 

A  mí  búscame  para  hablar  de  tonterías  que  a  nada 
conducen,  eso  sí;  es  materia  en  que  estoy  fuerte,  como 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


237 


decíamos  cuando  estudiábamos  en  nuestros  libros  de 
texto. 

Pregúntame  por  cosas  —¡y  hasta  por  seres!—  y  ya 
me  oirás  charlar  horas  enteras,  como  una  urraca  bo- 
rracha. Ese  es  mi  elemento,  y  en  él,  aunque 

«ni  corro  como  el  gamo, 
ni  vuelo  como  el  sacre, 
ni  nado  como  el  barbo», 

puedo  dar  lecciones  muy  nuevas,  muy  hondas  y  muy 
sabias  a  algunos  psicólogos,  que  leo  con  cierta  lástima 
superior,  encaramado  en  los  vericuetos  de  mis  senti- 
mentalismos, o  medio  ahogado  en  las  honduras  de  mis 
íntimos  pensares.  En  esto  no  hay  inmodestia,  bien  lo 
conozco  yo,  porque  no  hay  mérito;  no  hay  más  que 
una  especie  de  inofensiva  vanidad  engendrada  por  mis 
recónditas  psicologías  experimentales,  que  no  tienen 
otro  valor  que  la  verdad  de  su  existencia;  pero  que,  en 
cambio,  creo  que  son  ellas  las  que  no  me  dejan  casar^ 
como  Dios  manda,  y  establecer  (¡y  esto  es  lo  malo!)  lo 
que  yo  llamo,  cuando  medito  sin  dinero,  el  encantador 
equilibrio  parsimonioso  de  los  gastos  y  los  ingresos. 
Pero  en  fin,  siquiera  este  último  problema,  después  de 
mucho  pensar,  he  venido  a  deducir  que  pueden  resol- 
verlo dos  o  tres  pequeñuelos  que  necesiten  zapatos  y 
pidan  pan.  Y  si  éstos  tampoco  me  lo  resuelven,  me  río 
yo  de  matemáticos  cálculos  y  de  sutiles  teorías  econó- 
micas... ¡fárrago,  fárrago!... 


Al  hacerte  esta  especie  de  confesión  general  de 
tanto  tiempo,  justo  es  que  diga  también,  en  mi  descar- 
go, que  he  progresado  algo  en  mi  vida  espiritual,  que 
es  donde  únicamente  puedo  yo  esperar  progresos. 

Siquiera,  siquiera,  aparte  otras  más  importantes 


238  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


manifestaciones,  no  soy  poeta  tan  cursi  y  tan  pedestre 
como  lo  fui  en  otros  tiempos.  ¡Esas  cartas...  esos  ver- 
sos!... Bien  están  en  tu  mano;  pero  esas  cartas,  y,  so- 
bre todo,  esos  versos,  que  yo  osé  escribir  para  ti  en 
tiempos  peores,  que  tal  cosa  consintieron;  esas  cartas 
que,  no  por  sinceras  dejan  de  ser  lo  que  serán  muchas 
de  ellas:  abusos  poéticos,  tontos  de  confianza  conti- 
go... y  esos  versos,  que  serían  mi  gran  vergüenza  si 
no  fuesen  mi  gran  cariño  de  amigo,  naturalmente  sen- 
tido y  tontamente  expresado...  ¡esas  cartas,  esos  ver- 
sos!... Bien  están  en  tu  poder;  pero  a  veces,  cuando  el 
diablo  de  la  vanidad  me  tienta— ¡y  me  tienta  hoy 
casi  tanto  como  antaño!—  se  me  ponen  delante  esos 
papeles  y  los  recuerdos  vagos  que  de  ellos  conservo 
aún,  me  colorean  la  cara  de  vergüenza...  literaria;  no 
de  otra  clase  de  vergüenza.  Esto  me  ocurre  pocas  ve- 
ces, porque  ese  progreso  mío  de  que  te  hablé,  consis- 
te principalmente  en  que  tengo  el  alma  más  seria  que 
antes,  y  veo  en  esos  documentos...  lo  que  realmente 
hay  que  ver  entre  nosotros  al  contemplarlos,  ya  des- 
de lejos:  un  muchacho  que  quería  sinceramente  a  un 
amigo,  y  que  tenía  la  desgracia  de  ser  poeta  malo, 
como  lo  son  casi  todos  los  chicos  de  esa  edad.  No  es 
que  hoy  lo  sea  bueno,  no  es  eso:  es  que  se  me  ha 
quedado  el  alma  algo  más  seria,  no  sé  por  qué,  a  no 
ser  vagamente;  y,  cuando  veo  que  no  puedo  ser  algo 
bueno,  no  soy  nada,  ni  bueno  ni  malo.  Por  lo  demás, 
como  dice  Cánovas,  hoy,  como  ayer,  tengo  mis  de- 
bilidades, aunque  no  sean  tan  grandes  y  tan  frecuen- 
tes. Dicen  por  aquí,  y  dicen  bien,  que  «perderá  el  car- 
nero la  lana,  pero  no  la  mala  maña»... 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


239 


Hasta  aquí  llegaba  escribiendo,  y  me  puse  ligera- 
mente enfermo.  Por  eso  va  esta  carta  con  fecha  atra- 
sada. Ya  estoy  bueno  y  continúo. 

Hará  seis  meses  que  mi  hermano  más  pequeño, 
Luis,  el  labrador,  nos  dió  un  mayúsculo  susto.  Tiene 
sus  vanidades  en  los  perros  y  en  el  hermoso  potro 
que  monta.  Un  día,  loqueando  con  otros  amigos  que 
iban  con  él  a  la  boda  de  una  prima,  corrieron  mucho 
tras  unas  vacas  bravas;  se  sofocó,  bebió  agua  fría  y... 
¡la  segunda  pulmonía!  Con  la  agravante  de  no  poder 
pasar  de  un  pueblo  distante  tres  leguas  del  mío.  Allí 
estuvo  seis  días  entre  la  vida  y  la  muerte.  Mi  hermano 
Baldomcro,  abogado  del  Estado  en  Zamora,  acudió 
allá  presuroso,  como  yo. 

Mi  madre...  ¡qué  días  y  qué  noches,  en  una  casuca 
pequeña,  sin  comodidades  para  el  enfermo!...  En  fin, 
¡la  mar!  Pasamos  las  de  Caín  y,  gracias  a  Dios,  pudi- 
mos llevarlo  pronto  a  Frades  en  un  coche,  y  en  poco 
tiempo  volvió  a  restablecerse. 

También  yo  estoy  sufriendo  estos  días  con  una  he- 
rida en  un  pie  que  me  traje  de  Extremadura,  como  re- 
cuerdo de  una  cacería  de  jabalíes  y  venados.  Ya  voy 
mejor,  pero  no  puedo  aún  salir  de  casa,  porque  estoy 
escandalosamente  cojo. 

Aquí  sigo  viviendo,  no  como  tú,  trabajando  tanto 
como  decía  el  periódico  que  reseñaba  los  exámenes 
de  tu  escuela.  Haces  bien.  Tienes  hijos,  yo  no;  tienes 
estímulos,  yo  no;  y  tienes  la  virtud  del  trabajo,  y  tie- 
nes, sobre  todo,  una  cabeza  sana,  bien  equilibrada  y 
puesta  en  donde  debe  ponerse;  en  lo  que  es  justo  que 
se  ponga  y  conveniente  además:  en  el  modesto  deber 
diario  que  da  satisfacciones  y  garbanzos;  no  en  los  es- 
panta pájaros  por  donde  anda  la  mía,  haciendo  pirue- 
tas poéticas  o  psicológicas  que,  por  no  ser  ni  lo  uno 


240  CARTAS  Y  PaESÍAS  INÉDITAS 


ni  lo  otro,  tal  vez  son  piruetas  naturalmente  ridiculas... 
¿Ves  lo  bien  que  predico?  Pues  nada,  ni  por  esas  me 
enmiendo.  Canto,  pero  no  entono,  como  dicen  en  mi 
pueblo;  porque,  *una  cosa  es  predicar  y  otra  cosa  ven- 
der trigo».  Hay  además  aquello  de  «perderá  el  carne- 
ro la  lana,  etc.» 

Háblame  de  tu  familia,  de  los  amigos  y  amigas 
que  conozco...  refréscame  la  memoria  un  poco  —¿en- 
tiendes?— porque,  la  verdad,  todos  mis  conocidos  de 
esa  tierra  no  se  llaman  Castos...  aunque  alguno  se 
llame  Antonio,  que  para  mí  no  es  poco,  pero  no  es 
tanto  nombre  como  el  tuyo,  picaro. 

Esta  carta,  por  ser  la  primera  de  la  segunda  edi- 
ción, ha  resultada  muy  larga.  Toda  se  me  ha  vuelto 
prólogo,  o  preludios  o  preliminares,  o  prolegómenos^ 
(¡echa pp!)  y  luego  nada.  Eso  me  sucede  también  con 
la  música  grande,  que  es  precisamente  la  que  yo  no 
entiendo;  algo  barrunto  del  entreabierto  misterio,  pero 
nada,  se  me  va  a  lo  mejor  toda  en  preludios. 

Hace  poco  tiempo  me  puse  a  escribir  un  libro 
(un  solo  ejemplar  para  mí,  no  te  alarmes),  y  se  me 
acabó  el  libro  sin  acabárseme  el  prólogo.  Todo 
me  volvía  decir:  voy  a  hacer  y  voy  a  acontecer, 
voy  a  cantar  esto,  voy  a  cantar  lo  otro,  voy  a  decir 
lo  de  más  allá,  y  no  dije  más. 

Y  no  digo  más  tampoco  ahora. 

Saludas  a  Esperanza  y  besas  a  tus  nenes  de 
mi  parte,  y  me  hablas  pronto  de  ellos. 

Saluda  muy  especialmente  a  tu  buena  mamá,  si 
todavía  está  con  vosotros,  que  no  estará. 

Y  ya  sabes  que  yo  siempre  estoy  contigo,  y 
que  te  quiero. 


José  María. 


CARTA  34.^ 


Piedrahita  14  de  Julio  de  1896. 


Querido  e  inolvidable  amigo  Casto:  Ya  hace  tiem- 
po que  te  escribí  un  cartapacio  que,  por  lo  visto,  no 
has  recibido;  y,  si  lo  recibiste,  no  lo  has  contestado 
todavía  (*).  Será  que  no  lo  recibiste. 

«La  mitad  de  las  cartas  que  se  pierden... 
¡se  deben  de  perder !> 

No  quisiera  yo  que  la  presente  se  perdiera,  porque 
tiene  por  objeto  saber  de  ti  y  de  los  tuyos;  y  con  esto 
está  dicho  todo. 

Yo  también  me  marcho  el  día  17  a  veranear 
¿sabes?  A  veranear,  no  a  las  frescas  playas  del  Can- 
tábrico (¡Oh,  divino  imposible!),  no  a  esa  tu  tierra 
querida  —querida  porque  es  la  tuya,  y  perdona  el  re- 
quiebro— sino  a  la  abrasada  tierra  de  Extremadura,  a 
ver  a  mi  novia  ¿sabes?  y  a  cazar  perdices  por  aque- 
llos jarales  y  montes,  recalentados  por  un  sol  que 
yo  deseara  para  los  que  veranean  en  el  Norte  —con 
excepción  del  reino  de  Galicia. 

Mi  veraneo,  ya  ves  tú,  es  más  veraneo  que  el  de 
los  ricos,  en  cierto  sentido  de  la  palabra  veranear. 


(*)  Fué  contestado,  pero  la  contestación  no  habrá  llegado  a  manos 
de  Galán,  como  ocurrió  otras  veces. 

17 


242 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Pasaré  quince  o  veinte  días  conjugando  el  verbo 
amar,  y  luego  me  iré  a  mi  pueblo,  a  Frades  de  la 
Sierra,  provincia  de  Salamanca...  Te  refresco  la  me- 
moria porque  la  estación  pide  refrescos,  no  porque  tu 
cabeza  los  necesite,  para  recordar  cuál  es  mi  pueblo... 
AHÍ  espero  encontrar  carta  tuya. 

Distribuye  muchos  recuerdos  y  muchos  besos  míos 
entre  los  tuyos  —entre  tu  familia  he  querido  decir;— 
y  recibe  tú  un  abrazo  cariñosísimo  y  fuerte  de  tu 
leal  amigo 

José  María, 

que  sigue  queriéndote  mucho. 


CARTA  35.* 


Sr.  D.  Casto  Blanco. 


Mi  amigo  inolvidable:  Me  levanto  ahora  mismo  de 
la  cama,  donde  he  estado  veinticuatro  días  con  fiebre 
gástrica;  y  te  escribo  como  puedo,  para  decirte,  aun- 
que tú  no  lo  has  de  dudar,  que  tomo  parte  en  vuestro 
dolor,  y  señaladamente  en  el  tuyo,  por  la  triste  des- 
gracia que  os  aflige. 

Conservaba  yo  cariñosos  recuerdos  del  pobre 
muerto  (q.  e.  p.  d.);  pero  aun  sin  ellos  yo  tendría  que 
llorar  su  desaparición,  porque  era  tu  padre,  y  yo  tam- 
bién tengo  padre;  y  más  aun  porque  al  llorar,  lloro 
contigo. 

Yo  rezaré  por  su  alma,  como  rezo  por  las  almas 
de  los  míos  que  también  se  fueron;  y  tú,  tú  eres  cris- 
tiano, y  nada  más  tengo  que  decirte. 

Mis  padres  que  están  aquí  para  cuidarme,  me 
encargan  os  exprese  a  todos  sus  sentimientos  de  pena. 
Ya  no  escribo  más  porque  tengo  algo  de  fiebre,  mucha 
debilidad  y  se  me  va  la  cabeza  a  pájaros. 

Besa  a  tus  hijos,  saluda  a  tu  Esperanza  y  a  todos, 
sin  olvidar  a  Antonio  y  su  familia,  y  ya  sabes  que 
nunca  te  olvidará  tu  amigo 

Galán. 

8  Mayo  97. 


CARTA  36.* 


Piedrahita,  21  Diciembre  1897. 


Querido  e  inolvidable  amigo  Casto:  A  mediados 
del  próximo  mes  de  Enero  me  casaré,  Dios  mediante. 
Si  sabes  leer  entre  líneas,  bastará  la  noticia  que  te  doy 
para  que,  sin  yo  ayudarte,  interpretes  mis  pensamien- 
tos y  deseos.  De  éstos,  creo  que  el  mayor,  que  es  el 
de  verte  el  día  de  mi  boda  junto  a  mí,  no  habrá  de 
realizarse.  Es  mucho  pedir...;  ya  lo  sé  y  lo  comprendo. 
Por  eso  no  insisto. 

Me  caso  con  la  primera  y  única  novia  que  he 
tenido.  Se  llama  Desideria,  y  es  de  Granadilla,  en  la 
provincia  de  Cáceres. 

Si  me  hubieras  olvidado,  te  rogaría  que  volvieses 
a  acordarte  de  este  amigo,  siquiera  para  rezar  una 
salve  a  la  Virgen,  por  su  felicidad. 

Tengo  miedo.  Casto;  no  sé  por  qué,  ni  tengo  por 
qué,  pero  me  da  miedo. 

Reza  la  salve,  rézala  bien,  que  acaso  me  valga 
mucho. 

¿Y  tus  hijos?  ¿Y  Esperanza?  ¿Y  todos? 
Di  algo  a  tu  buen  amigo 


Galán. 


I 


CARTA  37.* 


Piedrahita,  12  de  Febrero  de  1898. 


Mi  querido  Casto:  Ya  estoy  casado,  y  quiera  Dios 
que  lo  esté  muchos  años.  Instalado  definitivamente  en 
mi  casa,  quiero  empezar  por  decirte  que  toda  es  tuya 
(hablo  también  con  Esperanza),  y  creo  que  nada  más 
tengo  que  añadir  al  ofrecimiento,  porque  el  dueño  de 
esta  casa  es  tuyo  hace  muchos  años,  y  considera  inútil 
ofrecerse  a  un  amigo  como  tú.  De  mi  mujer  no  hay 
que  hablar:  me  quiere  tanto,  que  quiere  a  los  que  yo 
quiero,  y  me  pregunta  quiénes  son,  con  ese  fin. 

Hasta  preciosa  te  ha  parecido  alguna  carta  mía. 
Lo  mío  te  parece  precioso,  luego  me  quieres.  Cuando 
tan  lógicamente  se  llega  a  la  posesión  de  la  verdad, 
se  acaban  los  discursos  y  se  descansa.  Por  otros 
caminos  diferentes,  ya  había  llegado  yo  a  esa  verdad, 
pero  ese  me  agrada  más  que  ninguno.  Yo  también 
cuando  me  apasiono,  veo  las  cosas  como  yo  quiero 
que  sean.  Habrá  en  ello  error  de  juicio,  pero  hay 
cariño,  que  es  lo  que  se  quería  demostrar. 

Dios  te  pagará  las  cosas  buenas  que  me  dices  en 
tu  carta  última,  que  no  sé  si  será  preciosa,  pero  a  mí, 
que  soy  ya  su  dueño,  me  lo  parece.  De  ella  me  acom- 
pañé en  los  momentos  en  que  el  cura  me  echaba  la 
bendición  y  parecíame  a  mí,  sin  grandes  retorcimien- 
tos de  imaginación,  que  tú  me  estabas  mirando  desde 


248  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


el  grupo  de  parientes  y  amigos  que  oían  misa  junto  a 
mí.  Y  no  estabas  tú,  pero  algo  tuyo  allí  estaba,  porque 
el  alma  se  pone  donde  se  quiere,  y  tú  debiste  poner 
un  pedacito  de  la  tuya  en  aquellos  renglones  harmo- 
niosos,  en  aquella  escritura  sinceramente  sentida,  y 
escrita,  en  la  forma,  con  finura  y  delicadeza  monótona, 
constante,  como  tu  amistad;  letras  iguales,  que  yo,  sin 
mirar  tu  carta  en  momentos  tales,  veía  ir  naciendo  de 
tu  pluma,  tranquilas,  serenas,  nobles,  diciéndome 
cosas  buenas,  y  fluyendo,  fluyendo  con  ritmo  suave  y 
cansado,  de  ése  que  va  adquiriendo  la  voz  cuando  se 
habla  a  personas  que  de  antiguo  son  queridas...  Pícara 
forma  de  letra  la  tuya  o  especial  el  estado  de  mi  áni- 
mo, ello  es  que  yo  veía  mucho  más  de  lo  que  digo, 
sin  mirar  con  los  ojos  de  la  cara  aquellas  letras  tuyas 
iguales  y  menudas,  que  parecen  pequeñas  hermanas 
gemelas  enlazadas  por  las  manos. 

Y  luego  las  leí  por  vez  primera  en  sitio  tan  apropó- 
sito  para  entretenerse  en  estas  deliciosas  pequeneces!,.. 
Las  leí  encaramado  en  los  picachos  de  una  sierra  bra- 
via, en  Extremadura,  sentado  en  el  puesto  de  caza, 
con  la  escopeta  al  brazo,  y  esperando  que  los  ojeado- 
res  me  echaran  de  los  jarales  de  enfrente  los  jabalíes  o 
los  venados  que  allí  andaban.  No  voy  con  tal  motivo, 
a  hacer  párrafos  poéticos;  porque  ya  estoy  casado,  y 
todavía  no  sé  hasta  qué  punto  me  es  lícito  ser  poeta. 

Sálgome  por  la  tangente  diciéndote  que  el  jabalí  no 
vino,  pero  sí  un  magnífico  venado  que  pasó  a  cuarenta 
pasos  de  los  tres  tiradores  que  estábamos  más  próxi- 
mos, uno  de  los  cuales  era  el  cura  que  me  echó  las 
bendiciones.  Los  tres  tiramos  casi  a  un  tiempo  al  bicho, 
que  bajaba  al  rio  Alagón  por  un  despeñadero  de  los 
que  nadie  ha  pintado,  y  le  metimos  en  el  cuerpo  las 
cinco  balas  que  disparamos.  Llegó  rodando  hasta  el 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


249 


río  y  ¡figúrate  nuestra  alegría!  El  cura  y  yo  no  ha- 
bíamos tirado  nunca  una  res  tan  hermosa  como  la  que 
acabábamos  de  matar.  El  cura  se  quedó  como  atonta- 
do. Es  un  don  SabaSy  el  de  Pereda,  en  «Peñas  Arriba>; 
un  don  Sabas  que  no  quería  habernos  acampañado, 
porque  los  Cánones  prohiben  a  los  sacerdotes  la  caza 
clamorosa,  y  nos  costó  Dios  y  ayuda  convencerle  de 
que  eso  estaba  derogado  por  costumbre  contraria,  no 
prohibida  por  los  Prelados. 

Y  ya  que  con  esta  digresión  he  vencido  mi  impulso 
pecador  de  hablar  un  poco  de  la  poesía  rica,  vibrante 
y  grande  de  aquellas  sierras  de  Dios,  aprovecho  mi 
enfriamiento  para  hablarte  de  otras  cosas. 

Pasamos  los  días  primeros,  siguientes  al  de  la  bo- 
da, en  el  pueblo  de  Deslderia.  acompañados  de  mis 
padres,  que  desde  allí  nos  llevaron  al  mío,  en  el  cual 
estuvimos  hasta  el  5  del  actual.  Se  extinguía  la  licen- 
cia de  un  mes  que  yo  había  pedido  para  casarme,  y  no 
podía,  o  mejor,  no  debía  cometer  ciertos  abusos,  que 
nunca  me  han  agradado.  Ya  ves,  amiguito,  la  principal 
razón  que  nos  ha  impedido  hacer  más  viajes  que  el 
necesario  para  que  la  familia  de  mi  mujer  conociera  a 
la  mía,  y  la  mía  nos  tuviera  unos  días  a  su  lado,  pocos, 
porque  la  boda  se  hizo  el  día  26  del  pasado  mes  de 
Enero. 

Si  no,  ¡con  qué  gusto  hubiera  ido  a  verte,  y  a  que 
me  vieras  feliz  en  estos  primeros  días  de  mi  cambio 
de  estado!  Gracias,  querido,  gracias  por  tu  simpático, 
por  tu  generoso,  por  tu  leal  y  bien  hecho  ofrecimiento. 
Desideria  y  Esperanza  se  hubieran  abrazado...  tú  y  yo 
¡eche  V.  apretones!  y  yo,  además  hubiera  visto  y  be- 
sado a  tus  hijitos.  ¡Porque  yo  tengo  muchas  ganas  de 
ver  a  tus  pequeñuelos!  Y  no,  no  he  pensado  en  mo- 
rirme sin  veros  a  todos  otra  vez. 


250  CARTAS  Y  POESIAS  INÉDITAS 


Si  Dios  me  diera  a  mi  hijos,  mejor  entonces;  mejor. 
Alguna  escapatoria  hacía  con  ellos,  para  enseñártelos 
también  y  para  hacerlos  amigos  de  los  tuyos.  Porque 
muchas  virtudes  tal  vez  no  pudiera  yo  prestarles,  pero 
a  sef  buenos  amigos  ¡vaya  si  podríamos  tú  y  yo  ense- 
ñarlos con  cierta  autoridad  personalísima! 

Mis  padres,  que  agradecieron  muchísimo  tu  carta, 
te  saludan  cariñosamente;  lo  propio  hacemos  mi  mujer 
y  yo  con  Esperanza  y  Encarnación;  besa  a  tus  hijos  y 
recibe  tú  un  fraternal  y  cariñoso  abrazo  de  tu  buen 
amigo  que  no  te  olvida. 

Galán. 

De  propósito  he  pasado  en  silencio  aquello  de  tu 
venida...  Era  mi  sueño  tan  grato,  que,  por  serlo  tanto^ 
no  ha  podido  realizarse.— Adiós. 


CARTA  38. 


Sr.  D.  Casto  Blanco  Cabeza.— Tuy. 


Piedrahita  10  de  Julio  de  1898. 


Inolvidable  y  querido  amigo:  Al  ver  hoy  letra  tuya 
en  un  sobre  que  contenía  una  tarjeta,  me  dió  el  cora- 
zón que  alguna  desgracia  venía  a  contarme,  y  me  puse 
tan  nervioso,  que  no  acertaba  a  romper  ni  abrir  lo  que 
venía  medio  abierto  y  medio  roto. 

Pronto  buscaron  mis  ojos,  y  pronto  encontraron  un 
nombre  bajo  una  cruz.  ¡Tu  madre,  tu  pobre  madre,  tu 
cariñosa  y  buena  madre  es  quien  ha  muerto!  Ya  ha 
rezado  por  ella,  que  era  tan  buena,  este  amigo  tuyo 
que  tanto  afecto  cobró  a  vuestra  pobre  muerta,  cuando 
la  conoció,  diez  años  hace. 

A  ti,  amigo  querido,  qué  he  de  decirte  sino  que  llo- 
ro y  rezo  contigo!  Desde  aquí  he  gozado  tus  alegrías, 
cuando  las  tuviste,  y  aquí  me  tienes  hoy  de  compañe- 
ro en  tu  pena.  Si  esto  te  consuela  un  poco,  siquiera 
un  poco,  vuélvelo  a  oír  otra  vez:  estoy  contigo  ahora 
y  siempre,  pero  ahora  más  que  nunca,  porque  te  re- 
cuerdo  más  cuando  sé  que  tienes  penas,  que  cuando 
eres  muy  feliz. 

Mayores  consuelos  tienes,  si  a  ellos  acudes.  Dios, 
tus  hijos  y  la  madre  de  tus  hijos  te  ayudarán  a  sobre- 


252  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


llevar  tu  desgracia.  Tú,  como  yo,  tenías  fe,  gracias  a 
Dios;  y  no  has  de  haberla  perdido...  ¡yo  juraría  que  no! 

Pues  bien,  ya  sabes:  tu  madre  era  muy  buena,  y 
los  buenos  van  al  Cielo.  Seamos  también  buenos  y 
allá  volveremos  a  vernos  los  que  en  el  mundo  sabe- 
mos querernos  tanto,  padres,  hijos,  hermanos,  amigos... 
¡Ah,  no  hay  duda  que  lo  que  Dios  hace,  bien  hecho 
está.  Resígnate  pues. 

Querido  Casto:  fe  y  esperanza! 

Mi  Desideria  me  encarga  repetidamente  que  te  dé 
su  sentido  pésame,  que  te  resignes...  En  fin,  siente, 
dice  y  piensa  lo  que  este  tu  amigo  leal  que  no  te  olvida. 

Mil  cosas  a  Esperanza,  mil  besos  a  tus  hijos  y  mil 
abrazos  para  ti  de  tu  amigo,  el  de  siempre. 


José  María. 


CARTA  39.^ 


13  Noviembre  1898. 


Mi  querido  amigo:  tengo  que  decirte  dos  cosas: 
que  he  hecho  dimisión  de  mi  cargo  en  Piedrahita  y 
me  he  trasladado  a  este  pueblo,  con  el  objeto  de  vivir 
al  lado  de  unos  tíos  míos;  y  que  el  día  7  del  actual,  a 
las  siete  y  treinta  minutos  de  la  mañana,  nació  mi 
primer  hijo,  un  niño  tan  hermoso  que  parece  que  no 
es  nuestro,  y  tan  robusto,  que  todas  las  personas  que 
le  ven  afirman  que  su  desarrollo  hace  creer  a  cual- 
quiera que  tiene  ya  dos  meses  de  vida. 

Dios  me  lo  bendiga  y  nos  dé  a  Desideria  y  a  mí 
salud  para  criarlo  y  velar  por  él.  No  me  han  dejado 
escribirte  estos  días  las  grandes  impresiones  que  he 
sentido,  al  abrirse  mi  corazón  de  par  en  par  a  un  amor 
como  el  de  padre;  tan  grande,  tan  intenso  y  tan  nuevo 
para  mí.  Apenas  ha  nacido  mi  niño,  y  parece  que  yo 
soy  otro  hombre. 

Y  más  allá  de  lo  que  he  sentido  vislumbro  verda- 
deros abismos  de  amor,  todavía  más  grande,  para  mi 
hijo.  ¿Qué  te  digo  de  estas  cosas,  si  tú  las  supiste  y 
las  barruntaste  antes  que  yo?  Recuérdate  y  me  estarás 
viendo  a  mí. 

La  determinación  relativa  al  abandono  de  mi  ofi- 
cio, y  a  mi  traslado  a  este  pueblo,  ha  surgido  de  las  re- 
petidas y  antiguas  instancias  de  mis  tíos,  y  de  mi 


254 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


deseo  de  obtener  el  mayor  provecho  práctico  para 
mis  hijos,  cuando  los  tuviera,  y  ya  tengo  uno.  Mis  tíos 
me  quieren  bien;  son  ya  viejos,  él  más  que  ella,  pues 
tiene  ya  71  años,  y  nunca  tuvieron  hijos  y  siempre  una 
regular  fortuna.  Lo  demás  puedes  comprenderlo:  ellos 
desean,  por  una  parte,  alguien  que  dirija  los  negocios 
de  su  casa,  pues  sienten  ya  la  fatiga  de  la  vejez  sobre 
ellos,  y  por  otra,  compañía  amable,  cariño,  calor,  ruido 
en  casa,  pero  ruido  de  gente  suya,  y  algún  apoyo, 
alguna  persona  que  sepa  cuidar  en  su  vejez  al  que 
sobreviva. 

Yo  he  venido  oyendo  sus  instancias  desde  hace 
mucho  tiempo,  sin  aceptarlas  más  que  en  principio, 
porque  aunque  yo  les  quiero  sinceramente,  para  com- 
placerles era  menester  abandonar  mi  carrera  y  mi 
destino,  exponer,  tal  vez,  a  una  pérdida  lo  que  era^ 
el  pan  de  mis  hijos...  El  proyecto  era  trascendental 
para  mí,  porque  además  de  poner  en  riesgo  con  su 
realización  el  porvenir  modesto  de  mis  hijos,  no  que- 
ría yo  venirme  aquí  sin  condiciones  determinadas, 
que  me  dieran  cierta  independencia  en  cuanto  a  me- 
dios de  vida,  mientras  vivieran  mis  tíos...  etc.  Me  hi- 
cieron proposiciones  para  el  presente  y  ofrecimientos 
para  el  porvenir.  En  cuanto  a  los  ofrecimientos,  ¿yo 
qué  puedo  decir?  Ellos  y  el  tiempo  me  lo  dirán.  Las 
proposiciones  me  convinieron,  y  además,  vencieron 
ciertos  escrúpulos  que  yo  sentía  sobre  el  hecho  de 
venir  a  vivir  sin  ganar  el  pan  que  comiera,  pues  ellas 
me  obligaban  a  llevar  yo  los  trabajos  de  dirección  en 
los  negocios  de  la  casa,  a  cambio  de  una  participa- 
ción en  los  beneficios.  En  fin,  me  decidí  y  aquí  me 
tienes,  querido  amigo,  hecho  todo  un  ganadero,  mejor 
dicho,  aprendiendo  el  oficio,  poco  a  poco,  al  lado  de 
mi  tío. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


255 


El  trabajo  a  que  tengo  que  consagrarme  es  muy 
llevadero;  se  reduce  a  mandar  y  vigilar  a  los  criados, 
ir  a  ver  el  ganadito,  etc.  y  a  llevar  en  casa  las  cuentas 
de  todo.  La  vida  que  estos  trabajos  ocasionan  es,  sin 
duda  alguna,  más  sana  y  más  llevadera  que  la  de 
nuestra  profesión;  y,  sobre  todo,  es  de  mi  agrado, 
porque  a  mí  me  gusta  mucho  andar  por  el  campo  a 
caballo,  y  esto  es  lo  que  principalmente  hay  que  hacer. 

Ahí  tienes  los  sucesos  principales  de  mi  vida, 
desde  que  mudé  de  estado;  y  aquí  en  este  pueblo  me 
tienes  a  mí,  que  soy  tu  amigo  de  siempre,  y  que  siem- 
pre seré  tu  buen  amigo,  lo  mismo  desde  esta  tierra  de 
Extremadura  que  desde  mi  castellana  querida  tierra. 

Mil  cosas  a  Esperanza,  con  besos  para  vuestros 
hijos,  y  un  abrazo  para  ti  de  tu  invariable  amigo  de 
siempre 

Galán. 

Todavía  no  está  bautizado  mi  hijo.  Lo  llamaremos 
Jesús. 

Guijo  de  Granadilla  (provincia  de  Cáceres). 


CARTA  40.* 


JOSÉ  MARÍA  G.  GALÁN 
Guijo  de  Granadilla 

18  de  Enero  de  1900. 


Mi  inolvidable  amigo:  Todavía  vivo  en  el  mundo, 
pero  nada  tiene  de  extraño,  dada  la  poca  frecuencia 
con  que  te  escribo,  que  dudes  si  viviré.  Debió  de  per- 
derse una  carta  mía,  posterior  a  la  que  llamas  mi  últi- 
ma; pero  de  cualquier  modo,  hace  ya  no  poco  tiempo 
que  dejé  de  escribirte;  y  no  de  meses,  sino  de  siglos 
pudiera  ser  llamado  mi  silencio,  si  lo  referimos  a  lo  que 
tú  te  mereces:  un  diario  detallado  de  mi  vida.  Pero 
mira  para  ti;  recuerda  el  poco  tiempo  de  que  puedes 
disponer,  después  de  cumplidas  tus  obligaciones  todas, 
y  así  podrás  contestar  por  mí  la  acusación  que  antes 
me  hice. 

Ignoraba  que  Angelito  vivía  en  América.  No  me  lo 
habías  dicho.  ¿Qué  hace?  ¿Qué  tal  le  va  por  allá? 
Tampoco  sabía  que  tienes  ya  seis  hijos.  ¡Seis  hijos! 
Son  muchos  para  padres  como  tú...  y  como  yo,  que 
quisiéramos  hacerlos  a  todos  príncipes  y  no  podemos 
lograrlo,  porque  somos,  no  tan  pobres  como  amantes 
de  nuestros  nenes;  pero  no  tan  ricos  como  fuera  me- 
nester para  que  los  sueños  de  padre  lleguen  a  ser 
reaUdades. 

18 


258  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Son  muchos  hijos,  sí;  pero  Dios  te  los  bendiga 
todos  y  te  dé  salud  para  ganarles  pan  y  para  edu- 
carlos bien. 

Yo  no  tengo  más  que  un  hijo,  mi  Jesús,  que  ahora 
hizo  catorce  meses:  un  angelito  hermosísimo  que  nos 
tiene  entontecíos  de  gusta,  como  dicen  por  aquí.  Ya 
sabe  donde  está  Dios,  ya  corretea  sin  ningún  extraño 
auxilio,  ya  tiene  cinco  dientecillos  preciosísimos. 
«¡Déjate  que  me  calle!>  —-como  por  acá  se  dice— 
porque  si  diera  en  la  sabrosa  manía  de  hablarte  de  mi 
Jesús,  diría  muchas  simplezas,  que  sólo  a  mí  me  pue- 
den saber  a  gloria. 

Los  versos  de  que  me  hablas  no  valen  nada,  es 
claro;  pero  la  intención  es  buena,  como  la  de  todos 
los  que  he  publicado  en  esa  misma  revista  y  en  alguna 
otra  que  ha  querido  honrárme  mucho,  pidiéndome 
alguna  composición.  Además  de  no  valer  yo  para  el 
caso,  no  tengo  tiempo  para  pensar  bien  lo  poco  que 
alguien  me  hace  escribir,  y,  naturalmente,  casi  todo  lo 
que  hago  se  resiente  de  flojedad,  de  falta  de  precisión 
y  nervio  y  de  escasez  de  ideas  originales;  y  lo  que  es 
peor  que  todo  eso,  a  lo  menos  en  mi  opinión,  falta  de 
estilo  propio  y  de  espíritu  personal...  en  fin,  que  soy 
cobarde,  porque  me  asusta  un  decir  que  no  sea  el  de 
la  gente  que  vale  tan  poco  como  yo;  y  soy  huraño 
porque  lo  más  delicado  del  pensar  y  del  sentir  me  lo 
guardo  para  mí,  a  veces  para  evitar  profanaciones,  a 
veces  porque  el  idioma  que  hablo,  tal  como  yo  lo  ma- 
nejo, me  lo  desbarata  todo... 

Y  pensando  cuerdamente  estas  cosas  y  otras  mu- 
chas, he  decidido  no  renunciar  generosamente,  como 
el  otro,  a  la  mano  de  doña  Leonor,  cosa  a  que  no  as- 
piré nunca,  porque  bien  sé  yo  quien  soy;  pero  he  de- 
cidido, repito,  recrearme  en  cómo  sienten  los  que  lo 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


259 


saben  decir,  que  son  poquísimos,  y  dedicarme  mientras 
tanto  al  cultivo  de  los  olivos,  para  lo  cual  tengo,  sin 
duda  alguna,  mejores  condiciones  que  para  el  cultivo 
de  la  bella  literatura.  Con  ello  se  ha  perdido  un  mal 
poeta  y  se  ha  ganado  un  buen  labrador;  y  yo,  de  más 
a  más,  me  he  restituido  a  la  suave  prosa  monótona  de 
la  vida  de  mi  casita,  de  vuelta  de  todos  mis  esplritua- 
lismos generosos  y  honrados,  muertos  a  manos  de  es- 
tériles tentativas,  cuyo  retrato  es  el  mío  con  la  pluma 
^n  la  mano  y  un  palmo  de  boca  abierta. 

De  lo  que  no  puedo  responder,  hablando  sincera- 
mente, es  de  que  todo  haya  muerto,  ni  de  que  algo 
que  haya  muerto  deje  de  resucitar  cualquiera  día.  Ya 
habrás  observado  —¡mejor  que  yo  todavía!-—  que  soy 
algo  desigual  en  estas  cosas,  y  que  tengo  propensión 
casi  invencible  a  pecar  de...  poco  práctico. 

Te  digo  estas  cosas,  para  que  no  entiendas  al  pie 
■de  la  letra  lo  de  mi  eterno  adiós  a  todo  lo  que  no  sea 
pesar,  medir  y  tasar  las  cosas,  como  si  fueran  mercan- 
cías todas  ellas.  No  soy  como  fui  siempre;  es  la  verdad. 
Me  he  casado  y  tengo  un  hijo,  lo  cual  te  dirá  más  que 
todas  mis  confesiones.  Pero  tampoco  puedo  todavía^ 
decirte  que  <si  me  ves  no  me  conoces». 

Hablo  de  mí  siempre  más  que  de  ti,  como  ya  habrás 
advertido:  pues  no  es  egoísmo,  ni  falta  de  afecto,  ni 
mucho  menos  cosa  de  vanidad,  que  a  nada  conduciría. 
Es  porque  yo  lo  necesito  más  que  tú,  que  siempre  estu- 
viste muy  bien  equilibrado,  más  formal,  más  sereno  y 
más  pensador  que  tu  amigo.  Si  tú  lo  necesitaras  o  lo 
hubieras  necesitado,  yo  me  hubiese  descuidado  a  mí 
mismo,  para  observar  y  atender  a  tus  manías,  o  como 
se  llame  eso. 

De  tu  venida  a  este  pueblo  casi  era  mejor  no 
hablar.  No  vienes...  ¡qué  has  de  venir!  ¡Ni  qué  de 


260  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


extraño  hay  en  que  no  vengas  tú  ni  venga  nadie  a 
visitar  estos  andurriales  en  que  he  venido  a  meterme! 

Viaje  largo,  penoso,  poco  tiempo  disponible...  todo 
me  dice  que  no,  que  no  vendrás  ¡qué  has  de  venir!  Tú 
y  yo  volveremos  a  vernos  cuando  Dios  quiera;  y  este 
<cuando  Dios  quiera»  todo  lo  dice;  pero  dice  más  que 
otra  cosa,  que  sí,  que  volveremos  a  vernos  en  el  otro 
mundo,  si  allí  permite  Dios  que  se  vean  los  que  aquí 
fueron  amigos.  Y  hablo  sobre  el  supuesto  de  que  en  el 
otro  mundo  pueda  haber  amigos,  que  tampoco  lo 
sabemos;  aunque  yo  creo  que  no  los  habrá,  por  varias 
razones.  Pues  ya  ves  las  probabilidades  que  nos  que- 
dan de  tener  una  entrevista,  siquiera  de  veinticuatro 
horas,  como  si  dijéramos  para  saludarse,  hablar  cuatro 
cosas  atropelladamente  y  escapar. 

Conque,  ya  sabes:  hasta  «cuando  Dios  quiera>. 

Y  entretanto  —porque  habrá  tiempo  para  todo- 
recibe  afectuosos  recuerdos  de  Desideria  y  míos  para 
Esperanza,  un  beso  para  tus  hijos  y  un  abrazo  para  ti 
de  tu  buen  amigo  que  no  te  ha  olvidado  ni  te  olvidará 

GALáN. 

No  me  olvido  de  tu  salud.  Pero  ¿qué  voy  a  hacer, 
sino  pedir  a  Dios  que  te  la  dé  algo  mejor? 


CARTA  41.^ 


Sr.  D.  Casto  Blanco  Cabeza.— Tuy. 


Mi  siempre  querido  amigo:  Tan  querido,  que  la 
lectura  de  la  tarjeta  que  me  anunció  tu  triunfo,  le  hizo 
dar  a  mi  corazón  un  respingo  de  alegría.  Llamóle  la 
atención  a  mi  mujer  el  largo  rato  que  debí  pasar  con 
la  tarjeta  delante  de  los  ojos:  era  que  estaba  leyendo 
entre  líneas  muchas  cosas.  Entre  aquellos  dos  renglo- 
nes, el  de  tu  nombre  y  el  de  tu  triunfo,  leí  yo  la  histo- 
ria entera  de  tus  desvelos  de  padre  y  esposo;  de  tus 
legítimas  aspiraciones  de  hombre  estudioso,  serio  y 
trabajador,  que  en  el  trabajo  buscabas  y  habrás  halla- 
do dos  cosas  nobilísimas:  más  pan  para  tus  hijos  y 
más  honor  para  ti. 

Sube,  sube,  que  yo,  desde  abajo  y  aliquebrado,  te 
veo  subir  y  te  saludo  meneando  el  ala  rota;  despidién- 
dote... para  la  cátedra  con  toda  la  alegría  que  me 
cabe  en  el  pellejo,  y  con  todo  el  estrépito  con  que 
pueden  mis  manos  aplaudir.  Yo  aquí  me  quedo,  mejor 
diría  si  dijera,  tú  aquí  me  dejas,  en  la  orillita  del  río, 
no  derramándome  en  la  cátedra,  sino  hablando  de 
chotos  con  mi  vaquero;  no  vertiendo  sabiduría  para 
sustancia  de  otros,  sino  vertiendo  sudor  a  chorros  y 
acabando  de  perder  lo  que  nunca  con  abundancia  he 
tenido...  Sí,  nos  vamos  separando  mucho,  cada  vez 
más,  el  uno  del  otro.  Separación  que  no  reza  con  la 


262  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


amistad,  porque...  yo  también  soy  amigo  de  mi  criado,, 
y  todavía  nos  separa  una  cierta  distancia  de  ese  géne- 
ro, no  muy  grande  ¿eh?  porque  yo  camino  hacia  él 
con  lamentable  velocidad  desde  hace  ya  un  par  de 
años,  y  a  todas  partes  se  llega.  Y  por  esto  mismo, 
porque  barrunto  a  donde  iré  yo  a  parar,  te  aplaudo 
con  más  calor  para  que  sigas,  para  que  sigas  por 
donde  vas,  porque  creo  que  no  has  llegado  a  donde 
puedes,  a  donde  debes  y...  a  donde  tú  te  mereces. 
Esto  último  no  quería  yo  decirlo,  así,  tan  en  crudo,, 
porque  esas  cosas  me  parecen  siempre  fuertes,  para 
dichas  en  los  propios  hocicos  de  las  personas  modes- 
tas, pero  ya  está  el  daño  hecho- 
Espero  que  me  escribas  cuando  tomes  posesión  de 
tu  destino  y  te  instales  en  tu  casa. 

«Un  amigo  mío  que  es  catedrático... >  Dispensa  la 
vanidad,  pero  así  pienso  empezar  a  hablar  de  ti  cuan- 
do me  toque,  y  quizás  cuando  no  venga  muy  a  pelo. 
Perdona  si  a  tu  sombra  me  doy  un  poco  de  tono:  lo 
que  hay  en  España,  de  los  españoles  es. 

Mi  mujer  y  mis  tíos,  sin  tener  el  gusto  de  conocer- 
te, te  felicitan  y  te  saludan,  como  a  Esperanza  y  a 
vuestra  prole,  que  Dios  bendiga;  y  tu  amigo  te  envía 
un  abrazo  tan  grande,  por  lo  menos,  como  tu  triunfo, 
que  Dios  convierta  en  instrumento  de  bienestar  para 
ti  y  para  los  tuyos. 

José  María* 


7'JuliO'1900. 


CARTA  42.^ 


Sr.  D.  Casto  Blanco  Cabeza.— Tuy. 


15  Agosto  1900. 


Mi  querido  amigo:  Para  que  te  sirva  de  consuelo  y 
aún  de  ejemplo  en  cierto  modo,  pero  no  de  espejo  en 
que  mirarte  ni  de  ideal  que  acariciar,  quiero  escribirte 
unas  líneas  habiéndote  de  mi  vida  actual...  y  de  la  tuya. 

Yo  suponía  que  trabajabas  mucho,  y  a  eso  voy; 
pero  no  creí  que  era  tanto  como  en  tu  carta  me  dices. 

No  hay  razón  que  justifique  ese  exceso.  La  más  se- 
ria que  pudieras  alegar  es  la  del  bienestar  actual  y  el 
porvenir  de  tus  hijos.  ¡Sofisma,  sofisma!  Porque  tú 
bien  sabes  que  la  mitad  del  porvenir  de  los  hijos  (y  me 
quedo  corto)  es  la  vida  de  su  padre.  El  cual  a  veces  la 
tira  por  la  ventana  con  lamentable  ligereza,  creyendo 
que  pone  una  pica  en  Flandes.  Eso  no  es  hacer  mila- 
gros: es  hacer  huérfanos.  Acompañe  yo  a  mi  hijo 
muchos  años  en  la  vida,  y  daré  en  compensación  la 
mitad  de  la  mísera  fortuna  que  un  día  pueda  legarie. 
Por  este  lado,  pues,  no  hay  razón  que  justifique  el  sa- 
crificio de  una  vida  que  se  gasta  a  toda  prisa,  precisa- 
mente en  obsequio  de  los  que  más  necesitan  la  con- 
servación de  ella. 


264  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Lo  que  decirme  podías  es  que  no  hay  victoria  sin 
lucha;  que  no  se  llega  a  la  cumbre  sin  sudar  gotas  de 
sangre  en  atajos  y  veredas...  es  verdad.  No  fueras  hoy 
lo  que  eres,  si  hubieras  hecho  con  los  libros  lo  que  yo. 
Pero  aún  aceptando  todo  eso,  sin  discutido  siquiera, 
me  queda  el  recurso  de  decir  que  he  llegado  a  ti  pre- 
cisamente en  el  momento  oportuno:  cuando  puedes 
sentarte  en  el  camino,  y  hacer  lo  que  yo  quiero  que 
hagas:  descansar...  y  vivir. 

Porque  esa  vida  no  es  vida.  No  podemos  ni  debe- 
mos despojada  del  sentido  utilitario,  que  es  fuerte 
resorte  de  ella.  Ni  todo  el  monte  es  orégano,  ni  todo 
el  monte  es  abrojos.  Ni  nadie  se  alimenta  con  suspiri- 
llos  del  aura,  ni  sólo  de  pan  vive  el  hombre... 

¡Los  libros!  ¡La  ciencia!...  Tampoco  la  vida  es  eso. 
No  he  dicho  nunca  por  qué:  le  tengo  un  poco  de  miedo 
a  los  intelectuales.  Me  diñan,  si  me  oyeran,  que,  como 
no  se  me  ha  abierto  «el  alcázar  de  la  ciencia»,  quiero 
apedrear  las  puertas.  ¡  Falso,  falso ! 

Hay  prisa  y  tengo  que  limitarme  a  afirmar,  a  negar 
y  a  seguir  más  adelante.  Hay  que  vivir.  Y  no  reventán- 
dose por  los  hijos,  para  dejados  prematuramente  huér- 
fanos, ni  llenando  la  cabeza,  como  sótano  de  comer- 
ciante, con  fardos  de  sabiduría  científica  seca,  que  es 
cosa  buena...  cuando  no  lo  ocupa  todo;  cuando  no  se 
la  coloca  en  el  altar  de  los  amores  para  que  absorva 
lo  que  no  debe  ser  suyo.  Perdona  si  le  regateo  alaban- 
zas y  loores  a  lo  que  te  ha  llevado  a  sentarte  en  el 
honroso  sitial  de  una  cátedra;  y  echando  tierra  al  pa- 
sado, convengamos  en  lo  que  importa,  que  es  esto:  tu 
cabeza  tiene  ya  lastre  científico  para  un  rato:  déjala 
descansar,  y  a  vivir  por  otro  lado. 

Yo,  en  parte  porque  veía  algún  mayor  provecho 
material  para  criar  a  mis  hijos,  y  en  parte  porque  así 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


265 


me  lo  pedía...  todo  el  cuerpo,  hice  un  cambio  de  pos- 
tura en  la  vida;  deserté  de  la  ciudad  y  escapé  al  cam- 
po. Y  en  él  no  es  la  mía  la  vida  paradisíaca  que  en  tu 
carta  dibujas  sobre  un  fondo  de  lisonjas,  que  dejaré 
incontestadas  para  que  el  tiroteo  no  continúe  y  regre- 
semos de  nuevo  al  dulcemente  ceñudo  silencio  pudo- 
roso de  la  amistad  sin  elogios,  sin  alicientes  exteriores, 
5in  expresivos  desahogos  que,  no  por  ser  sinceros, 
dejan  de  ser  habladores... 

Pero,  si  mi  vida  actual  no  es  idilio,  tampoca  es 
toda  ella  horrible  prosa  científica,  sin  jugo,  sin  flexibi- 
lidad, sin  substancia,  sin  entrañas.  Yo  también,  como 
tú,  trabajo  mucho. 

Pero  a  mí  me  es  lícito  hacerlo,  porque  los  trabajos 
a  que  me  dedico  yo,  no  gastan;  quizás  reponen. 

Y  vivo  bien,  a  Dios  gracias;  pero  no  me  falta  hue- 
so que  roer.  En  mi  trato  con  las  gentes  sufro  no  poco. 
Las  gentucas  de  las  aldeas,  al  par  que  cosas  muy  bue- 
nas, tienen  miserias  y  roñas  morales,  que  repugnan  al 
estómago  más  fuerte. 

Se  necesita  mucha  caridad  y  mucha  paciencia  para 
vivir  entre  ellas.  Ese  es  el  hueso  y  no  es  chico.  Como 
que  en  la  lucha  con  él  no  hay  más  defensa  que  el  ais- 
lamiento, sino  absoluto  en  el  sentido  material,  sí  en 
cuanto  se  refiere  a  la  vida  del  corazón.  Yo  no  tengo 
más  amigos  en  el  sentido  extricto  de  la  palabra,  que 
uno  de  mis  criados.  Los  demás  de  ellos  tampoco  sir- 
ven para  el  caso.  Con  ciertos  ilustrados  del  pueblo  no 
hay  que  contar  para  nada. 


El  anverso  de  esta  medalla  es  mi  vida  de  campo, 
de  soledad  interior,  de  tareas  y  afanes  diarios.  Y  este 
aspecto  de  mi  vida  sí  que  es  bueno:  agradable  para  el 
espíritu  y  provechoso  para  la  salud  del  cuerpo.  Yo 


266  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


trabajo  bastante;  leo  algo,  muy  poco,  pienso  algo  más 
que  leo;  pero  ni  el  trabajo  me  revienta,  ni  mis  lecturas 
me  dejan  ciego  (¡ni  mucho  menos!)  ni  mis  pensares 
pueden  trastornarme  el  juicio. 

Voy  dejándome  vivir,  agua  abajo,  agua  abajo,  sin 
prisa  alguna,  como  el  que  sabe  que  están  en  razón 
inversa  la  rapidez  de  la  marcha  y  el  tiempo  que  es 
necesario  para  andar  todo  el  camino. 

Algo  de  esto  quisiera  yo  para  ti.  Que  no  te  consu- 
mas; que  no  te  quemes  a  fuego  de  fragua;  que  te 
vayas  marchitando  al  calor  del  sol,  que  es  más  suave, 
más  de  Dios,  más  piadoso  que  el  otro,  para  los  padres 
que  tienen  hijos  pequeñuelos,  que  tampoco  viven  sólo 
de  pan,  sino  de  amor,  de  caricias,  de  cuidados,  de 
perenne  vigilancia  paternal,  de  paternales  amparos 
contra  los  males  y  los  peligros  del  mundo;  de  ense- 
ñanzas, cuyos  maestros  son  insustituibles... 

Desde  que  nació  mi  hijo,  ya  no  hay  dudas  para  mí: 
es  mejor  llegar  a  viejo  que  llegar  a  sabio. 

Me  he  hecho  medroso.  Nunca  le  tuve  miedo  a  la 
muerte,  y  hoy  se  lo  tengo,  cuando  al  verme  en  un  peli- 
gro se  me  acuerda  el  hijo  mío.  ¿Quién,  que  no  sea  yo, 
me  lo  puede  defender  de  los  malos  y  del  mal?  Su  ma- 
dre diera  la  vida  por  él,  es  verdad;  pero,  ¿no  podría 
yo  darla  con  mayor  fruto  para  ellos? 

Dios  es  padre  de  todos;  y  si  no  fuera  por  eso, 
¿quién  querría  tener  hijos,  ante  el  temor  de  tener  que 
dejarlos  por  ahí  solos? 

¡Cómo  me  voy  alejando  de  mi  propósito!  No  esta- 
ba hablando  contigo  sólo,  sino  conmigo  también;  y 
por  eso  he  insistido  demasiado  en  estas  cosas,  que 
son  más  viejas  que  yo,  ya  lo  sé;  pero  que  no  por  ser 
viejas  y  vulgares,  dejan  de  estar  muy  en  razón. 

Yo  no  lo  sé  con  certeza;  pero  me  atrevo  a  suponer 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


267 


que  el  trabajo  de  la  cátedra  no  mata  en  cuatro  días 
al  que  la  explica. 

Pero  si  a  más  de  tus  trabajos  de  cátedra,  empiezas 
nuevamente  a  cargar  con  otros  de  orden  privado,  que 
llenen  tus  horas  de  descanso,  como  el  estudio  y  las 
lecciones  particulares...  en  ese  caso,  podrás  llegar  a 
sabio,  y  si  me  apuras,  a  rico;  pero  no  vas  a  llegar 
a  viejo. 

Supongo  en  ti  los  conocimientos  necesarios,  y  no 
quiero  decir  más,  para  no  hacer  un  mal  papel  en  la 
cátedra  que  vas  a  desempeñar.  Por  lo  cual  tu  tarea 
se  reduce  a  trabajo  de  exposición,  pero  no  de  adqui- 
sición. Pues  a  explicar  tus  asignaturas,  y  a  higienizarte 
un  poquillo.  Y  más  adelante.  Dios  dirá  lo  que  se 
debe  de  hacer. 

Mis  muchas  ocupaciones  no  me  han  permitido  este 
verano  ni  siquiera  ir  a  ver  a  mi  familia,  que  está  es- 
perándome desde  hace  ya  más  de  un  año.  Y  yo  aquí 
quieto;  veraneando  en  la  dulce  Extremadura,  bajo  un 
sol  que  parte  los  pedernales  de  la  calle,  y  respirando 
el  aliento  de  esta  tierra,  que  se  abrasa,  que  se  raja, 
que  parece  que  se  muere  para  siempre. 

Vosotros,  afortunados  mortales,  que  vivís  en  esas 
dulces  latitudes,  no  imagináis  lo  que  es  esto.  Vivimos 
como  los  árabes,  acaso  en  más  de  un  sentido;  pero 
señaladamente  en  éste  a  que  yo  aludo,  de  la  tempera- 
tura que  disfrutamos. 

Si  te  has  hecho  demasiado  sutil,  dirás  acaso  que 
por  eso,  porque  somos  medio  árabes,  predicamos  la 
vagancia,  el  dulce  no  hacer  nada  de  la  vida,  el  reposo 
del  espíritu,  que  goza  mucho  durmiéndose  al  arrullo 
fatigoso  de  una  pereza  melancólica  y  estéril...;  y  mi- 
rándome desde  la  altura  de  tu  actividad  febril,  dirás 
con  ironía  bondadosísima:  «he  ahí  un  meridional»... 


268  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


]Qu¡á!,  no  es  eso!  Si  por  decirte  que  vivo  en  el  país 
de  las  chicharas,  has  de  negar  autoridad  a  mis  pala- 
bras y  olvidar  en  absoluto  el  sermón  que  te  he  dispa- 
rado, para  que  te  pongas  gordo  y  para  que  vivas 
sano,  te  llamaré...  intelectual,  que  es  un  mote  feo, 
cuando  se  dice  con  cierta  intención...  Come  y  engor- 
da, y  déjame  de  influencias  de  clima  y  demás  cosas 
semejantes. 

Ya  me  dirás,  cuando  llegue  el  caso,  cómo  te  va  en 
Santiago. 

Saluda  a  todos  y  manda  a  tu  amigo  que  te  quiere 

José  María. 


15  de  Agosto  de  1900. 


CARTA  43/ 


Diciembre  de  1900. 


Mi  querido  amigo:  Al  leer  hoy  tu  tarjeta,  recordé 
que  te  habla  escrito,  y  buscándola,  di  con  una  larga 
carta  ya  cerrada  que  me  olvidé  poner  en  el  correo.  En 
el  de  hoy  te  la  envío  aunque  la  fecha  es  muy  vieja. 

De  ella  acá  he  sufrido  dos  desgracias  de  familia: 
en  pocos  dias  fallecieron  mi  hermana  Enriqueta,  que 
era  la  mayor  de  las  dos  que  Dios  me  dió,  y  la  única 
hermana  que  a  mi  madre  la  quedaba. 

Mi  pobre  tía  (q.  e.  p.  d.),  había  sido  mi  segunda 
madre  y  yo  la  quería  muchísimo:  pero  era  ya  muy  an- 
ciana y  la  vida  tiene  un  límite,  y  esta  consideración  no 
deja  de  ser,  en  cierto  modo  un  consuelo... 

¡Pero  mi  hermana! 

Casada  con  un  hombre  enamorado  de  ella,  con 
cinco  hijos  pequeñuelos,  viviendo  una  vida  rebosante 
de  paz  y  sencillez,  en  lo  mejor  de  la  edad...  En  aquella 
casa  con  todo  acabó  la  muerte:  con  la  dicha  de  un 
hombre  honradísimo,  que  era  modelo  de  esposos,  con 
la  vida  de  una  cristiana  mujer,  tan  esposa  como  ma- 
dre y  tan  madre  como  esposa,  en  el  sentido  absoluto 
de  la  palabra  bondad;  con  la  sombra  protectora  bajo 
la  cual  se  educaban  y  vivían  cinco  hijos,  que  tenían 
por  delante  un  porvenir,  en  donde  había  para  ellos  pan 
y  amor...  ¡Con  todo  acabó  la  muerte! 

Lo  hizo  Dios,  y  está  bien  hecho.  Reza  un  padre- 


270  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


muestro  por  mis  pobres  muertas,  y  por  que  Dios  sea 
el  amparo  de  los  cinco  huerfanitos. 

* 

Como  nos  escribimos  pocas  veces,  hay  que  hablar 
algo  de  todo  en  cada  carta. 

Mi  Jesús  está  muy  bueno,  muy  guapo  y  muy  ha- 
blador. Es  nuestro  encanto.  Tiene  dos  años  recién 
cumplidos,  y  charla  como  si  tuviera  cuatro.  Y  aunque 
yo  no  fuese  su  padre,  diría  que  tiene  una  inteligencia 
que  vale  cualquiera  cosa,  a  Dios  gracias. 

Desideria  también  está  buena,  aunque  hace  dos  o 
tres  días  tiene  un  fuerte  catarro  que  me  alarma  un  po- 
co; no  por  lo  que  el  catarro  es,  sino  porque  la  tos  que 
tiene  puede  ser  perjudicial  para  su  estado,  pues  espera 
ser  por  segunda  vez  madre,  dentro  de  un  mes  próxi- 
mamente. 

¡Dios  no  nos  abandone! 

Yo  con  mis  tareas  de  siempre.  La  mayor  parte  de 
los  días  en  el  campo,  y  ahora  acompañado  por  mis 
penas,  como  puedes  suponer.  Las  ocupaciones  me 
distraen  mucho,  y  mis  aficiones  literarias,  además  de 
distraerme,  me  consuelan.  Ahora  las  prosigo  con  más 
vigor  que  antes,  no  sé  porqué. 

Miguel  de  Unamuno,  que,  como  sabrás,  es  ya  Rec- 
tor de  la  Universidad  de  Salamanca,  me  anima  mucho, 
y  ahora  me  está  excitando  a  que  escriba  nada  menos 
que  dos  libros.  Se  ha  hecho  amigo  mío,  y  te  diré  por 
qué,  ya  que  eres  tan  bueno  para  mí,  que  todo  lo  que  a 
mí  se  refiera  te  interesa. 

Hace  algún  tiempo  escribí  una  composición  en  la 
jerga  de  este  país,  por  invitación  de  mi  familia.  Mi 
hermano  Baldomcro,  que  es  abogado  del  Estado  en 
Salamanca,  era  amigo  de  Unamuno,  y  éste  le  pidió 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


271 


algo  mío  que  leer,  pues  sabía,  no  sé  por  quien,  que 
podía  dárselo.  Precisamente  acababa  de  recibir  mi 
hermano  los  versos  en  aquel  momento,  y  se  los  dió. 
Por  lo  visto  le  encantaron,  pues  le  dijo  a  mi  hermano 
que  iba  a  darlos  a  la  imprenta.  Mi  hermano  le  detuvo, 
diciéndole  que  habían  sido  escritos,  no  para  el  públi- 
co, sino  para  contadísimas  personas.  Unamuno  dijo 
que  los  publicaba,  aunque  yo  le  llevase  a  los  tribuna- 
les, pero  al  cabo  esperó  mi  contestación.  Entretanto 
él  se  los  leyó  a  varios  amigos,  entre  ellos  a  Pereda, 
que  por  entonces  pasó  por  Salamanca. 

Ahora  me  escribe,  diciéndome  que  en  su  reciente 
viaje  a  Madrid,  adonde  fué  con  objeto  de  hablar  en  el 
Congreso  Hispano-Americano,  se  los  recitó  de  memo- 
ria yo  no  sé  a  cuántos  de  sus  conocidos,  uno  de  ellos 
Balart,  a  quien  creo  que  le  gustaron  sobremanera. 
Tanto,  que  le  preguntó  a  Unamuno  si  yo  había  escrito 
más;  y  al  contestarle  que  sí,  le  dijo  que  me  excitara  a 
que  hiciera  un  tomito,  pues  lo  merecía  de  veras.  Una- 
muno me  dice  que  el  mismo  Balart  haría  el  prólogo,  y 
en  todo  caso  hablaría  del  libro. 

A  otro  de  los  que  más  le  agradaron  los  versos  fué 
a  Salvador  Rueda,  que  decía:  <eso,  eso  es  poesía  y  no 
alquimia». 

Unamuno  me  dice  que  lo  haga,  y  además  me  exci- 
ta a  que  escriba  en  prosa;  o  cuadros  de  costumbres,  o 
una  novela. 

Pero  nada:  no  hay  quien  me  saque  de  mi  paso.  Le 
he  contestado  largamente  a  todo,  y  no  te  digo  qué, 
por  no  hacerme  demasiado  lato,..so. 

Hace  unos  días  le  mandé  dos  romances,  para  que 
TTie  dijera  qué  era  aquéllo.  Uno  de  ellos  —me  dice— 
le  ha  gustado  mucho:  «allá  en  el  fondo,  hay  algo  de 
académico,  en  el  mejor  sentido  de  esta  palabra:  por 


272  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


bajo  de  aquel  estilo  del  pueblo  se  vé  tal  vez  una  mano 
que  alguien  llamaría  literaria>. 

Ahora  tengo  que  enviarle  un  cuento,  que  a  él  y  a 
mi  hermano  les  tengo  prometido.  Quieren  que,  sin 
dejar  los  versos,  escriba  prosa  también.  Todo  ello 
parará  en  nada,  porque  yo  no  tengo  algunas  de  las 
condiciones  que  se  necesitan  para  lograr  lo  que  me 
dice  Unamuno  que  podía  lograr:  crearme  un  nombre. 
Además  tengo  que  escribirlo  todo  atropelladamente, 
por  falta  de  tiempo  para  preparar  debidamente  las  co- 
sas. Pero  en  fin,  el  hecho  es  que  yo  me  distraigo  mu- 
cho con  estas  cosas,  y  voy  pasando  la  vida.  También 
estoy  recogiendo  por  aquí  terminachos,  voquibles, 
decires,  giros,  etc.,  que  me  ha  encargado  tiempo  hace, 
el  propio  Unamuno  como  materiales  auxiliares  para 
una  obra  que  está  escribiendo  acerca  de  los  orígenes 
del  idioma  castellano.  También  está  ahora  metido  el 
hombre  en  una  novela  pedagógico-humorística  en  la 
que  hay,  según  me  ha  dicho,  elementos  grotescos, 
trágicos  y  sentimentales.  Veremos  lo  que  le  resulta. 

No  dirás  que  escribo  y  detallo  poco,  y  que  no  te 
hablo  más  que  de  cosas  mías  (aceitunas,  chotos,  pra- 
dos, etc.).  Te  hablo  mucho  y  de  cosas  vuestras,  de  los 
que  vivís  en  esas  atmósferas  superiores;  cátedras, 
libros,  papeles,  oradores;  Arte,  Arte;  ciencias,  sabe- 
res, etc.,  etc. 

Veremos  cómo  te  portas  tú  ahora  con  los  campe- 
sinos, que  no  leen  más  libros  ni  aprenden  más  cosas 
que  las  que  les  dicen  las  cartas  de  algunos  de  sus 
amigos. 

Que  tengáis  felices  pascuas  y  entradas  y  salidas  de 
año  os  desea  vuestro  buen  amigo,  que  a  ti  te  abraza, 


José  María  Galán. 


CARTA  44.* 


Guijo  de  Granadilla,  5  de  Febrero  de  1901. 


Mi  querido  amigo  Casto:  el  día  27  del  próximo 
pasado  mes  de  Enero  nació  mi  segundo  hijo.  Él  y  su 
madre  están  buenos  a  Dios  gracia». 

El  recién  nacido  ha  sido  ya  bautizado  con  el  nom- 
bre de  Juan  Crisóstomo,  que  es  el  del  Santo  del  día  en 
que  vino  al  mundo  mi  hijo. 

Ya  tengo  dos:  Jesús  mi  primogénito,  que  acaba  de 
cumplir  dos  años,  y  el  que  Dios  me  envió  pocos  días  ha. 

Y  para  eso  te  escribo  estas  líneas,  para  decírtelo. 
Y  para  darte  otras  noticias,  no  como  la  de  hoy,  sino 
muy  triste,  te  escribí  también  hace  poco  tiempo,  por- 
que quiero  que  todo  lo  sepas,  ya  que  eres  un  amigo 
excelentísimo. 

Por  hoy  no  te  digo  más;  que  mucho  debí  decirte 
en  mis  dos  últimas  cartas,  y  no  quiero  repetir  alguna 
cosa  de  las  que  agradan  bien  poco  a  quien  las  pade- 
ce y  a  quien  tiene  que  escucharias. 

Ya  vendrán  días  mejores,  si  Dios  quiere,  y  enton- 
ces yo  chariaré  como  siempre.  Pero  antes  espero  leer 
carta  tuya. 

Tu  amigo  de  siempre 

José  María 


19 


CARTA  45.^ 


JOSÉ  MARÍA  G.  Y  GALÁN 
Guijo  de  Granadilla 
(Cáceres) 

1.^  Febrero  1902. 

Mi  querido  amigo  Casto:  Sin  madre,  ¿cómo  he  de 
ser  yo  feliz?  Pues  de  eso  no  hablemos  más,  buen  ami- 
go mío.  Sólo,  sí,  te  diré  que,  como  tengo  una  esposa 
que  es  un  ángel  y  dos  hijos  preciosísimos  y  sanos... 

Vivo  atareadísimo  con  mis  cosas  del  campo;  y  ya 
te  dije  que  apenas  me  queda  tiempo  que  dedicar  a 
mis  aficiones  literarias.  No  sé  si  sabes  que  mi  herma- 
no Baldomcro,  abogado  del  Estado  en  Salamanca,  me 
hizo  escribir  algo  para  los  Juegos  Florales  de  aquella 
ciudad,  y  lo  hice  con  tal  acierto,  que  premiaron  mi 
composición  con  la  Flor  natural,  un  gran  diploma  y  el 
ramo  de  oro  que  regaló  el  Ayuntamiento  de  la  ciudad. 

¿Conoces  la  poesía  premiada?  Se  llama  El  Ama, 
y  ha  sido  celebradísima.  Todavía  continúan  los  críti- 
cos hablando  de  ella.  Hace  pocos  días  me  daba  un 
bombo  en  El  ¡mparcial  Ramiro  de  Maeztú,  y  me  man- 
daron unos  números  de  El  Universo,  de  Madrid,  con 
una  crítica  de  Angel  Salcedo,  que  hacía  un  paralelo 
con  mi  composición  y  con  El  Idilio  de  Nuñez  de  Arce. 
Si  puedes,  lee  dicho  periódico,  que  es  el  del  27  de 
Enero  próximo  pasado. 

También  Villegas  (Zeda)  escribía  en  La  Epoca 
que  desde  El  Idilio,  no  se  había  vuelto  a  publicar  en 


276  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


castellano  ninguna  composición  como  esa  mía,  dentro 
de  su  género,  etc.,  etc.;  porque,  para  bombearme  con- 
tigo basta  y  sobra. 

Estoy  terminando  un  pequeño  tomo  de  poesías 
castellanas,  y  tengo  en  proyecto  otro  de  poesías  ex- 
tremeñas. 

El  primero  es  esperado  en  mi  país  como  el  maná, 
porque  ahora  resulta  que  yo  soy  el  poeta  de  aquellas 
gentes  y  aquellas  tierras... 

En  Extremadura...  lo  mismo:  la  han  tomado  ahora 
conmigo,  y  me  tienen  horriblemente  mareado  ya. 
¡Hasta  he  tenido  que  dejarme  banquetear! 

No  escribo  en  La  Lectura  Dominical  por  falta  ab- 
soluta de  tiempo;  por  lo  mismo  que  no  escribo  en 
una  porción  de  papeles  públicos,  que  me  tienen  ase- 
diado con  peticiones. 

No,  querido:  U...  es  pequeño  para  llevarme  por 
donde  tú  te  figuras.  Como  no  sea  el  diablo,  no  sé 
yo  quien  podrá  ser;  y  al  diablo  le  pongo  yo  enfrente  a 
Dios,  ¡y  boca  abajo  el  diablo!  U...  es  amigo  mío, 
como  él  y  yo  lo  somos  de  muchos,  pero  nada  más. 
Y  últimamente  quizás  no  tanto,  porque  los  sabios 
tienen  también  sus  flaquezas  y  sus  pasiones,  como  yo 
también  las  tengo,  que  no  soy  sabio;  pero  soy,  en 
cambio,  una  mijita  díscolo,  o  si  se  quiere  muy  amigo 
de  obrar  con  independencia,  y  velay. 

No  ha  sucedido  nada,  pero,  vamos,  que  las  cosas 
no  creo  que  estén  como  antes. 

¿Gustarme  a  mí  Pereda?...  Como  las  propias  mie- 
les, querido,  como  las  propias  mieles.  Pues  no  faltaba 
otra  cosa  sino  que  a  mí  no  me  gustase  Pereda!  Cuan- 
do Pereda  deje  de  agradarme  a  mí,  ten  compasión  de 
tu  amigo. 

Y  ahora  que  hablamos  de  Pereda,  ¿creerás  que^ 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


277 


por  un  cuento  que  he  publicado  en  un  periódico  de 
Salamanca,  me  han  dicho  que  en  él  hay  cosas  que 
igualan  a  las  cosas  de  Pereda,  y  otras  que...?  ¡  detente, 
oh  periodista!  que  sólo  un  buen  periodista  puede  atre- 
verse a  decir  algunas  cosas. 

Y  así  me  paso  la  vida  ahora,  trabajando  mucho  en 
e\  campo,  escribiendo  muchas  cartas  (porque  desde 
lo  de  los  Juegos  Florales  esto  es  el  acabóse)  y  hacien- 
do poco  arte. 

Y  solo,  eso  sí:  muy  solo  en  cierto  sentido,  porque 
no  respiro  más  aires  espirituales  que  los  que  yo  mismo 
me  creo  y  los  que  me  enviáis  de  lejos. 

Salud  para  Esperanza  y  vuestros  hijos,  y  en  otra 
hablaremos  de  tíy  porque  estoy  muy  de  prisa  hoy,  y 
no  hago  más  que  garabatos  indescifrables. 

Te  quiere  mucho  tu  amigo 


Galán. 


I 


CARTA  46  * 


JOSÉ  MARÍA  G.  Y  GALÁN 

Guijo  de  Granadilla 
(Cáceres) 

7  Abril  1902. 


Mi  queridísimo  Casto:  Se  me  ha  estremecido  el 
alma  al  leer  esta  carta  tuya  que  tengo  delante,  escrita 
por  mano  extraña  y  acabada  por  la  tuya,  insegura  y 
temblorosa. 

No,  queridísimo  Casto,  no  querrá  Dios  que  tan 
pronto  mueras,  no.  Le  he  pedido  tu  salud  con  un  fer- 
vor, con  un  deseo,  con  una  ansiedad  tan  grandes,  tan 
grandes,  que  me  he  sentido  muy  tranquilo  al  terminar 
mi  oración.  Parece  que  alguien  me  ha  dicho  que  no; 
que  Dios  te  deja  entre  nosotros,  que  Esperanza  y  tus 
niños  no  han  de  quedarse  sin  ti,  sin  tu  amparo,  sin  tu 
amor,  sin  su  mundo  entero,  que  eres  tú,  querido  mío. 

Además  yo  no  lo  creo.  Yo  sé,  sí,  que  hemos  de 
morir  todos;  pero  ¡Señor!  si  todavía /zo /ze  creído  yo 
que  ha  muerto  mi  madrecita  de  mi  corazón,  a  quien 
pronto  hará  diez  meses  que  vi  morir  en  mis  propios 
brazos!  Y  aún  lucho,  porque  me  lo  soñé  muchas  veces, 
y  hay  momentos  en  que  he  dudado  si  esto  será  un 
sueño  más,  algo  más  largo  que  aquéllos,  que  también 
eran  muy  largos.  Y  algunas  veces  le  digo  a  cierta  es- 
pecie de  realidad  que  me  arguye  para  que  lo  crea: 
bueno,  sí;  no  será  esto  el  sueño  de  una  noche,  pero, 


280  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


¿y  qué?;  será  el  sueño  de  unos  pocos  años;  pero  cuan- 
do yo  me  muera,  se  acabó  el  sueño,  y  al  despertar, 
veré  que  no  se  me  ha  muerto  nadie. 

Contigo  no  llego  ni  a  esto.  Porque,  sí,  estás  enfer- 
mo; pero  yo  no  he  visto  más,  y  luego,  que  todos  los 
que  te  queremos  le  hemos  pedido  a  Dios  que  te  deje 
con  nosotros. 

Ya  ves  si  tendré  confianza,  que,  para  cuando  te 
pongas  bueno,  te  envío  adjunto  un  libro  mío,  que  no 
es  más  que  primicias  de  otro  que  pronto  te  mandaré 
también,  si  Dios  quiere. 

Ahora,  cuida  de  tu  salud  y  no  me  escribas.  Pero 
que  me  escriba  alguien,  a  vuelta  de  correo,  dos  o  tres 
líneas  que  me  digan  nada  más  cómo  te  encuentras. 

Queda  esperándolas  el  amigo  que  tantísimo  te 
quiere. 


Galán. 


CARTA  47.^ 


Guijo  de  Granadilla  22  Mayo  1902. 


Muy  querido  amigo  mío:  Tampoco  tú  puedes  ima- 
ginar la  alegría  que  me  ha  producido  ver  letras  tuyas. 
Pon  mi  cariño  al  lado  de  tu  actual  situación,  y  harás 
nada  más  que  un  aproximado  cálculo. 

Pido  a  Dios  que  siga  aliviándote  hasta  que  lo  estés 
del  todo,  que  bien  lo  necesitan  tus  hijos  y  la  madre  de 
tus  hijos. 

Llevo  una  temporadilla  de  vida  un  poco  agitada. 
Porque  a  cuenta  de  lo  del  libro,  me  hizo  ir  mi  herma- 
no Baldomcro  a  Madrid  por  un  par  de  días  siquiera,  y 
allá  me  tuvieron  seis  o  siete. 

Si  es  que  has  leído  algunos  periódicos,  ya  sabrás 
que  el  Ateneo  me  invitó  a  dar  una  lectura,  que,  en 
efecto  di.  Y,  por  esta  vez,  puedes  creer  a  los  perió- 
dicos, porque,  efectivamente,  gustó  la  cosa. 

Más  adelante  te  daré  detalles  de  todo,  porque  hoy 
ni  tú  ni  yo  estamos  para  ello:  tú  porque  debes  leer 
poco;  yo,  porque  tengo  que  escribir  como  a  jornal. 

Porque  con  eso  del  libro  y  del  Ateneo,  y  con  lo 
del  otro  libro  que  me  editó  y  prologó  el  P.  Cámara,  se 
me  ha  venido  encima  un  chubasco  diario  de  cartas  y 
papeles,  cuyo  despacho  me  tiene  ¡ay!  reventadito. 

¿No  has  recibido  Castellanas?  Supongo  que  sí, 
porque  fué  certificado. 


282  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Soy  el  de  siempre,  Casto. 
Mortalmente  pecarás,  si  desconfías  de  tu  antiguo 
amigo. 

Los  ojos  míos,  delante  de  los  cuales  están  hacien- 
do flotar  desde  hace  algún  tiempo  una  humareda  es- 
candalosa y  descarada  de  incienso,  no  detienen  en  ella 
sus  miradas. 

Miran,  porque  se  lo  manda  la  cortesía;  pero  no  se 
ponen  turbios,  a  Dios  gracias. 

Ven  lo  de  siempre:  dos  mundos:  el  suyo,  el  de 
siempre,  y  el  otro,  el  de  nunca. 

Y  no  quiero  que  leas  más.  Quiero  que  te  pongas 
bueno,  y  que  me  lo  digas  pronto. 

Saluda  a  Esperanza,  besa  a  tus  hijos  y  te  abraza 
•  tu  invariable  amigo 

Galán. 


CARTA  48.* 


Guijo  de  Granadilla  9  de  Junio  1902. 

Mi  muy  querido  Casto:  Tu  tarjeta  postal  me  ha 
venido  a  dar  el  segundo  alegrón,  más  grande  todavia 
que  el  primero. 

Por  Dios  ten  mucho  cuidado  en  este  período  de  tu 
mejoría;  cuídate  mucho  y  bien;  no  te  acerques  al  tra- 
bajo, no  hagas  el  más  leve  exceso.  Eres  tan  necesario, 
que  cuanto  hagas  por  vivir  es  hacer  poco.  Creo  que 
no  debes  aún  escribir  ni  leer.  Yo  te  mandé  CastellanaSy 
para  cuando  estés  bueno  del  todo,  y  para  entonces  te 
mandé  también  el  librito  que  editó  y  prologó  con  mi 
anuencia  el  P.  Cámara.  ¿No  los  has  recibido?  Supongo 
que  sí,  sobre  todo,  mis  Castellanas,  que  fueron  en 
pliego  certificado.  Que  te  lea  Esperanza  estos  garaba- 
tos. Te  hablaré  algo  de  mis  dos  librejos. 

Ambos  han  gustado  extraordinariamente,  (así  no  le 
hablo  yo  casi  a  nadie).  Cuando  Castellanas  estaba  en 
prensa,  me  pidió  el  P.  Cámara,  Obispo  de  Salamanca, 
que  le  permitiera  editar  a  él  un  tomito  con  algunas  de 
las  composiciones  ya  conocidas  del  público,  pues 
quería  él  hacer  un  prólogo  para  ellas,  y  difundirlas  en- 
tre sus  hermanos  de  Episcopado  y  amigos,  que  tiene 
en  todas  partes. 

Se  lo  concedí  con  mucho  gusto,  e  hizo  el  libro  y 
el  prólogo.  Me  regaló  la  mitad  de  la  edición,  y  como 
él  regaló  su  parte,  yo  tampoco  quise  poner  a  la  venta 


284 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


la  mía,  que,  después  de  todo,  era  un  regalo  que  él 
me  hizo. 

Empecé  a  regalar,  y  a  los  pocos  días,  ya  no  pude 
hacer  otra  cosa  que  regalar  a  la  fuerza,  pues  me  llovían 
de  todas  partes  las  peticiones,  hasta  que  me  dejaron 
con  el  ejemplar  que  me  dedicó  especialmente  el  señor 
Obispo  y  otros  cuatro  o  seis  más.  Por  entonces  fui  yo 
a  Madrid,  donde  sólo  pude  estar  unas  cuantas  horas, 
y  ya  allí  me  hablaron  de  un  acto  literario  en  el  Ateneo, 
cuya  Sección  de  Literatura  tenía  el  proyecto  de  invi- 
tarme para  dar  allí  una  lectura  de  poesías.  Yo  no  acep- 
té por  entonces,  porque  tenía  mucha  prisa  de  venir  a 
mi  casa.  Después  cuando  se  acabó  de  editar  Castella- 
nas, me  hizo  ir  otra  vez  a  Madrid  mi  hermano  Baldo- 
mcro, que  así  lo  había  prometido  a  unos  cuantos  ami- 
gos suyos  y  admiradores  de  mis  coplejas.  Y  entonces 
fué  cuando  di  la  lectura  en  el  Ateneo.  Querían  en  él 
que  les  diese  8  días  de  respiro  para  preparar  el  acto 
con  música,  etc.;  pero  me  negué  en  redondo,  por  tener 
aquí  muchas  ocupaciones,  y  a  los  dos  días  de  estar 
allí,  sin  darles  tiempo  más  que  para  hacer  a  escape  las 
invitaciones,  se  celebró  la  velada...  Leí  unas  composi- 
ciones de  las  del  libro  (que  aún  no  estaba  puesto  a  la 
venta)  y  luego  me  pidieron,  fuera  de  programa,  unos 
cuantos  ateneístas,  que  leyera  El  Crista  bendita  y 
Varón,  ambas  escritas  en  dialecto  extremeño.  Gusta- 
ron todas  muchísimo.  El  éxito  fué  verdad.  Se  aplaudió 
aquella  noche  como,  según  me  decían  todos,  se  aplau- 
de allí  pocas  veces  las  lecturas  de  versos.  Excuso  de- 
cirte que  me  felicitaron  y  me  zambombearon  todos  los 
literatos,  periodistas,  aficionados,  etc.,  de  la  casa  y  de 
fuera  de  ella.  Total,  que  me  pasé  seis  o  siete  días  en 
Modernópolis,  y  vine  más  cansado  que  si  hubiera  es- 
tado segando  trigo. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


285 


La  critica  ha  tratado  bien  al  librejo  en  periódicos  y 
Revistas.  Todos  los  papeles  han  hablado  de  él,  menos 
los  tres  grandes  rotativos,  El  Imparcial,  El  Liberal  y 
el  Heraldo  de  Madrid. 

Llenos  de...  prejuicios,  no  quisieron  dar  ni  siquiera 
la  noticia  anunciadora  de  la  velada,  enviada  a  toda  la 
prensa  por  la  Sección  de  Literatura.  Te  advierto  que 
algunos  de  los  redactores  de  esos  rotativos  estuvieron 
conmigo  inaguantables  en  la  velada.  No  me  gusta 
decir  lo  que  ellos  decían  de  los  versos,  porque  es  de- 
masiado fuerte  todo  ello.  Y  creo,  y  así  lo  creían  otros, 
que  hablaban  sinceramente,  pero...  tú  no  sabes  dónde, 
en  estos  tiempos  nuevos,  se  esconde  la  tiranía  más 
estupenda  y  la  esclavitud  más  horrible?  Pues  en  las 
Redaciones  de  los  rotativos  que  se  pasan  la  vida  can- 
tando todas  las  libertades,  entre  ellas,  la  de  la  emisión 
del  pensamiento... 

Yo  pude  hacer  que  alguien  hablara,  pero  no  me  dió 
la  gana  de  intentario,  ¿sabes?  No  tuve  a  bien  sentarme 
en  los  umbrales  de  las  puertas  grandes,  esperando  la 
limosna,  como  hacen  muchos  con  el  mayor  impudor. 

Lo  cual  quiere  decir  también,  —yo  bien  lo  sé—, 
que  no  tengo  condiciones  para  crearme  un  pedacillo 
de  nombre.  Mas  como  mi  fin  no  es  ese,  no  lamento, 
sino  que  celebro,  esa  falta  de  condiciones  para  la  fa- 
bricación de  éxitos  más  o  menos  artificiales.  No  le 
puedo  decir  a  nadie  estas  cosas,  a  no  ser  a  uno  como 
tú,  porque  casi  nadie  me  las  interpretaria  rectamente. 
Las  Uamarian  rabia,  o  soberbia  o  despecho,  porque 
casi  todo  el  mundo  se  figura  que  no  hay  quien  tenga... 
agallas  para  desdeñar  un  bombo  de  un  rotativo.  ¡Mira 
que  anda  bueno  el  mundo!  Y  mis  amigos  de  por  aquí 
aun  tienen  la  candidez  de  indignarse  ¿por  qué  dirás? 
¡por  el  silencio  de  los  rotativos!  No  saben  que,  aún 


286 


CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


dejando  a  un  lado  otras  razones  de  más  peso,  bastó  la 
primera  presentación  que  hizo  el  P.  Cámara  de  mis 
escritos,  para  mirarlos  con...  desdén.  Alguien  ha  que- 
rido hablar  de  eso  en  periódicos  de  provincias,  pero 
yo  se  lo  he  prohibido.  Quiero  a  toda  costa  paz,  quie- 
ro silencio,  quiero  que  nadie  me  corrompa  las  orado- 
neSy  interpretando  perversamente  protestas  de  amigos, 
que  me  producirían,  con  toda  su  buena  intención, 
más  daños  que  beneficios. 

Lo  mismo  te  digo  a  ti:  que  rompas  este  pliego  y 
no  hables  con  nadie  de  él.  ¡Concho!  lo  único  que  la- 
mento es  una  cosa:  si  estará  creyendo  algún  periodista 
que  con  su  silencio  me  ha  ¡jeringado! 

Con  estas  tonterías  no  me  ha  quedado  tiempo  para 
hablarte  de  algún  proyecto.  No  tengo  tiempo  para  ha- 
cer cosa  de  provecho,  porque  las  cosas  hechas  de 
prisa,  valen  poco  generalmente.  Me  gusta  escribir 
algo,  y  algo  escribiré  en  cuanto  tenga  vagar.  Ya  te 
diré  lo  que  sea. 

Que  te  cuides,  y  que  te  cuides. 

Saluda  a  Esperanza,  besa  a  tus  hijos  y  te  abraza 
tu  buen  amigo 


Galán. 


CARTA  49.* 


Guijo  de  Granadilla  10  Octubre  1902. 


Queridísimo  Casto:  Me  gusta  más  rezar  por  tu 
salud  que  hacerte  leer  cartas.  Por  eso  te  escribo 
poco. 

Tu  última  me  ha  producido  amargura.  Me  escribes 
muy  abatido.  ¿Por  qué  has  de  estarlo  de  alma?  Le- 
vanta a  Dios  el  corazón  y  esperanza  en  Él. 

Ponte  sereno,  porque  imagino  que  no  lo  estabas 
cuando  me  escribiste,  ^igo  sereno  en  el  sentido 
valiente  de  la  palabra,  porque  ni  entonces,  ni  nunca 
has  perdido  tú  esa  otra  hermosa  serenidad  del  alma 
cristiana,  que  llega  al  martirio  primero  que  a  la  deses- 
peración y  al  excepticismo. 

Las  penas  con  que  Dios  puede  probarnos  en  este 
mundo  ¡quién  duda  que  son  terribles  a  veces!  Por  eso 
se  llaman  pruebas.  ¡Y  qué  puedo  yo  decirte  de  ellas, 
querido,  que  tú  no  sepas,  si  Dios  te  dió  cuánto  nece- 
sitas para  entender  mucho  y  bien,  y  para  obrar  en 
orden  a  tu  entender! 

La  poca  salud,  el  mucho  amor  a  los  hijos,  las  vi- 
siones negras  del  porvenir,  agrandadas  muchas  veces 
por  infinito  celo  amoroso  de  padre  y  por  tristes  abati- 
mientos de  enfermo...  Ya  lo  sé,  querido;  ya  sé  que  to- 
das esas  cosas,  y  otras  a  ellas  parecidas,  te  causarán 


288  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


amarguras;  las  amarguras  de  que  le  hablas  a  tu 
amigo  desde  que  te  falta  la  salud  del  cuerpo,  tan 
necesaria  para  todo,  para  todo,  y,  más  que  para  nada, 
para  los  hijos  queridos. 

Y  tu  amigo,  que  es  otro  hombre  como  tú,  no  pue- 
de, —¡tú  bien  lo  sabes!—  no  puede  darte  un  con- 
suelo humano  definitivo,  absoluto,  suficiente;  ni  cree 
que  los  hombres  puedan  dártelo  tampoco.  ¡Quién  pue- 
de dar  lo  que  no  tiene?  Y  si  ni  siquiera  sirvo  para 
darte  un  gran  consuelo,  menos  podré  dar  remedio  a 
tus  amarguras  de  hoy.  Para  esto  y  para  aquello  no  hay 
nada  aquí.  Está  arriba  todo;  y  tu  amigo  del  alma,  cuando 
para  él  mismo  y  para  todos  los  suyos  necesita  gran- 
des cosas,  mira  siempre  a  un  solo  sitio,  al  sitio  donde 
está  Dios. 

Todo  lo  demás  es  estéril  cuando  no  es  necio.  Por 
eso  rezo  por  ti  y  te  escribo  pocas  veces.  Porque  si 
con  oraciones  no  te  doy  cosa  buena,  mira  tú  qué 
podré  darte  con  palabras  y  más  palabras. 

Confio  en  Dios.  He  confiado  en  Él  siempre,  y  aún 
más  cuando  las  cosas  amargas  quieren  ahogarme; 
porque  yo  también,  Casto  inolvidable,  tengo  penas 
y  algunas  penas  muy  grandes. 

Voy  viviendo...  voy  viviendo,  sostenido,  esperan- 
zado... Haz  tú  lo  mismo,  que  Dios  te  protejerá. 

Para  acabar,  y  porque  todo  lo  mío  te  interesa,  aun- 
que sea  una  pequeñez,  te  diré  que  mandé  a  los  Juegos 
florales  de  Zaragoza  cuatro  poesías,  y  me  han  premia- 
do una  de  ellas  con  la  Flor  natural,  y  las  otras  tres  con 
otros  tantos  premios. 

Acabo  de  contestar  un  telegrama  del  Alcalde  de 
Zaragoza,  que  en  nombre  de  la  Ciudad  me  felicitaba, 
autorizándole  para  que,  por  delegación  mía,  nombre 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


289 


reina  de  la  fiesta  y  recoja  mis  premios,  pues  yo  no 
voy  a  buscarlos. 

Vengan  nuevas  noticias  de  tu  salud,  y  sean  como 
las  desea  tu  caro  amigo 

Galán. 

Saluda  a  Esperanza  y  da  un  beso  a  tus  hijos 
Adiós. 


20 


CARTA  50.* 

Y  ÚLTIMA 


Guijo  de  Granadillay  9  Enero,  1903, 

Mi  querido  Casto:  te  tengo  a  media  corresponden- 
cia, amiguito  inolvidable. 

Perdóname.  Estoy  cansado,  estoy  aburrido,  no 
sirvo  para  el  caso.  No  puedes  imaginarte  las  cartas 
que  diariamente  tengo  que  contestar. 

Si  no  lo  hago,  me  llamarán  grosero,  o  me  llamarán 
soberbio,  o  me  llamarán  tonto,  que  es  lo  que  más  me 
molestaría.  Si  me  propongo  ser  cortés,  no  tengo  tiem- 
po para  escribir  a  mi  familia  de  Castilla  y  a  mis  amigos 
más  queridos. 

No  esperes  que  te  hable  de  Cáceres.  Vine  rendido. 
Imagínate  todo,  y  me  librarás  del  tormento  de  contár- 
telo. Yo  lo  agradezco  todo  mucho;  bien  sabes  que  soy 
muy  capaz  de  ello. 

Pero  contigo  me  desahogo;  diciéndote  que  me 
cansa,  que  me  molesta  todo  ello;  y  gracias  que  ya 
no  parece  que  me  hiere,  como  al  principio.  Me  acos- 
tumbré a  ver  y  oir  con  indiferencia,  y  ya  no  me  pro- 
ducen ni  bueno  ni  mal  efecto  ciertas  cosas. 

Tú  me  has  causado  un  rato  de  alegría,  de  la  buena, 
con  la  noticia  de  tu  mejoramiento  de  salud.  Dale  a 
Dios  mil  gracias,  querido,  que  te  está  favoreciendo  vi- 
siblemente, y  no  dejes  de  pedirle  que  no  te  abandone 
un  momento,  porque  tus  hijos  y  tu  esposa  necesitan 
de  tu  vida,  como  de  la  suya  propia. 


292  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Y  por  tu  parte,  haz  lo  que  puedas  y  debes  por  la 
salud.  Cuídate,  no  hagas  excesos,  no  te  fíes  de  tu  es- 
tado actual,  y  así  no  cometerás  imprudencias,  que 
puedan  costarte  alguna  nueva  recaída. 

Ya  que  puedes  leer,  te  mandaré  pronto  un  folleto 
mío  que  saldrá  a  luz  estos  días. 

No  creas  que  puedo  dedicarte  más  tiempo  hoy. 
Confío  en  que  vendrá  pronto  la  temporada  del  descan- 
so, y  entonces  podré  escribirte,  porque  esto  no  es  es- 
cribir: es  telegrafía  seca. 

Que  sigas  bien,  querido;  saluda  a  Esperanza,  besa  a 
tus  hijos  y  manda  a  tu  amigo  cariñoso 

Galán. 

Que  Dios  os  dé  un  feliz  año  de  1903. 


NOTAS 


I 


NOTAS 


Carta  1.^  Esta  breve  y  cariñosa  carta  me  fué  di- 
rigida a  Segovia,  donde  pasé  dos  dias  para  visitar  a 
mi  tía  Concha  y  a  mis  primos.  Yo  había  prometido 
esta  visita  al  regresar  a  Galicia  terminados  mis  estu- 
dios, y  rogué  a  Galán  que  me  acompañase  a  pasar  tan 
breve  plazo  con  mis  bondadosos  parientes;  pero 
Galán  prefirió  quedarse  en  Madrid.  En  la  estación  de 
Segovia  debíamos  reunimos  para  seguir  juntos  el 
viaje  hasta  mi  casa,  y  la  carta  tiene  por  objeto  preci- 
sar exactamente  el  día  y  el  tren  en  que  lo  habíamos 
de  realizar. 

Fuente  Vaquera.  Galán  escribió  esta  sentida  ba- 
lada en  mi  casa  de  San  Saturnino.  De  todas  las  pro- 
ducciones que  se  incluyen  en  este  libro.  Fuente  Va- 
quera es  la  única  que  ha  salido  del  secreto  donde 
hasta  ahora  he  tenido  guardados  como  inestimable 
tesoro  los  papeles  que  me  dedicó  Galán.  Fué  en  so- 
lemne y  memorable  ocasión.  En  la  Velada  necrológica 
que  en  honor  del  poeta  organizó  el  Ateneo  León  XIII 
de  Santiago,  que  me  había  confiado  un  cargo  en  su 
Junta  Directiva,  di  lectura  a  esta  poesía,  la  cual  fué 
aplaudidísima  por  el  selecto  y  numeroso  público  que 
llenaba  el  salón  de  actos  del  edificio  de  San  Clemente. 

Adiós.  Improvisó  tan  espontánea  y  tierna  despe- 
dida al  correr  de  la  pluma  y  en  el  mismo  papel  en  que 
me  la  entregó,  el  cual  está  sin  tacha  ni  enmienda. 


296  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


Carta  2.^  El  original  fué  escrito  con  lápiz  pocas 
horas  después  de  emprender  su  regreso  a  Frades,  y 
estando  el  tren  en  marcha,  como  indica  el  poeta  y 
ciertamente  se  nota  en  lo  tembloroso  de  los  trazos. 

Carta  3.^  Escrita  en  Medina  del  Campo  a  nues- 
tro común  amigo  Antonio,  en  cuya  casa  de  la  Coruña 
quedábamos  ambos  esperando  ansiosos  noticias  del 
viaje  de  Galán. 

Carta  4.^  Era  tal  el  acendrado  afecto  con  que 
nos  correspondía,  que  aprovechaba  durante  el  viaje 
toda  ocasión  para  escribirnos.  Con  ésta  son  tres  las 
misivas  que  nos  dirigió  desde  el  camino,  antes  de 
llegar  a  su  casa. 

Carta  5.^  Acompañando  esta  hermosa  y  extensa 
carta  me  remitió  terminado  el  poema 

Mañanas  y  Tardes.  Constituye,  según  opinión 
autorizadísima,  el  más  sentido  y  copioso  canto  al 
campo  castellano,  del  cual  era  Galán  tan  entusiasta 
admirador.  Las  dos  partes  primeras  las  compuso  en 
San  Saturnino,  sentado  a  orillas  del  río  Jubia,  en  el 
sitio  llamado  Pozo  de  los  Donceles,  delicioso  y  legen- 
dario rincón  hoy  hermoseado  por  la  munificencia  y 
buen  gusto  de  los  Sres.  Duques  de  la  Conquista,  Mar- 
queses de  San  Saturnino.  La  frondosa  avenida  que 
conduce  allí,  donde  el  ilustre  poeta  improvisó  esta 
obra,  merece  bien  llevar  el  nombre  de  Gabriel  y  Galán. 

Carta  6.^  Antonio  había  ido  a  París  para  ver  la 
Exposición  Universal,  agregado  al  Orjeón  Número 
Cuatro,  notable  coro  organizado  y  dirigido  por  el 
maestro  Veiga,  el  padre  de  Julio.  Este  orfeón  dió  varios 
conciertos  en  el  Palacio  del  Trocadero  y  obtuvo  el  Pre- 
mio de  Honor  y  la  Gran  Medalla  de  Oro.  Al  regreso  se 
quejaba  Antonio  del  silencio  de  Galán.  Éste  no  había 
podido  escribir,  porque...  «El  estado  de  mi  alma,  ya 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


297 


lo  sabéis  los  dos,  ése  fué  el  que  me  lo  impidió».  Su 
alma  hervía  bajo  la  acción  de  impresiones  desconoci- 
das, porque  en  ellas  se  revelaba  el  genio.  Lo  que 
sentía  entonces  Galán  se  declara  bien  en  las  cartas 
subsiguientes,  sobre  todo  en  la  octava  y  en  la  un- 
décima. 

Carta  8.^  Galán  restituido  a  sus  queridas  llanu- 
ras castellanas,  al  regazo  de  su  adorada  madre,  des- 
pierta de  lleno  en  el  mundo  luminoso  de  la  inspiración 
y  del  arte.  Siente  que  se  opera  una  honda  transforma- 
ción en  su  alma.  Es  el  numen  poético  que  en  ella 
irrumpe  y  la  arrebata  a  regiones  de  ideal  purísimo. 
Por  eso  dice:  «...alégrate;  soy  feliz  como  nunca...  sólo 
puedo  decir  que  si  antes  pensaba,  hoy  sueño;  que  si 
antes  quise  hacerme  un  filósofo,  ahora  quiero  ser  un 
poeta...  soñaré  como  sueño,  como  un  poeta,  y  así  le 
daré  a  mi  alma  lo  que  buscaba,  y  a  mi  corazón  lo 
que  necesita...> 

Carta  11.^  Aquí  describe,  como  sólo  él  podía 
hacerlo,  el  lirismo  que  vibra  en  todo  su  sér  al  más 
leve  roce  con  las  maravillas  naturales  de  aquella  su 
amada  aldea,  exenta  de  toda  superposición  de  artifi- 
ciales elementos,  como  él  la  quería,  según  indica  en  la 
carta  6.*  hablando  de  París,  y  tan  felizmente  expresa 
€0  su  poema  Regreso: 

«Aquí  no  vive  la  materia  inerte 

esa  vida  que  presta  el  artificio, 

estéril  disimulo  de  la  muerte. 

Viven  aquí  las  cosas 

porque  en  su  entraña  cada  cual  encierra 

la  del  vivir  intimación  divina, 

que  a  ti  te  ha  dado  jugos,  fértil  tierra, 

y  a  ti  te  ha  dado  savia,  vieja  encina...» 

Observábamos  sus  amigos,  por  las  cartas  de  esta 
época,  un  cambio  notable  en  Galán,  y  le  preguntába- 


298  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


mos  si  por  fin  se  había  enamorado.  «Yo  me  enamoro 
—contesta—  lo  mismo  del  alma  de  un  amigo  que  de 
la  solitaria  sierra  de  mi  pueblo...  Elijo  los  lugares  más 
áridos,  donde  no  hay  nada,  ni  movimiento  de  un 
átomo,  ni  vida,  y  si  pudiera  ser,  ni  suelo  que  sustenta- 
ra mis  plantas...»  Allí  medita  el  poeta  extasiado  en 
sublime  contemplación;  allí  sería  donde,  como  dijo  en 
inimitable  obra. 

El  alma  se  empapaba 
en  la  solemne  clásica  grandeza 
que  llenaba  los  ámbitos  abiertos 
del  cielo  y  de  la  tierra. 

¡Qué  plácido  el  ambiente, 
qué  tranquilo  el  paisaje,  qué  serena 
la  atmósfera  azulada  se  extendía 
por  sobre  el  haz  de  la  llanura  inmensa!... 

Carta  12.^  La  carta  que  dice  haberme  escrito  no 
llegó  a  mis  manos,  aunque  creo  bien  que  la  haya 
enviado.  Tampoco  dejé  yo  de  ir  a  Frades  por  la  razón 
de  no  haberla  recibido,  sino  por  los  impedimentos 
mencionados  en  otro  lugar,  puesto  que  el  ir  era  cosa 
ya  de  antes  convenida,  y  además  Antonio  me  remi- 
tió su  carta,  que  era  invitación  para  ambos. 

A  LA  Muerte  de  mi  Hurón.  Mucho  agradezco  al 
Sr.  Toledano,  dignísimo  Farmacéutico  de  Frades,  el 
beneplácito  para  publicar  esta  elegía  burlesca,  escrita 
sólo  para  la  intimidad  y  reveladora  del  chispeante 
humorismo  de  nuestro  llorado  vate. 

Carta  13.^  Galán  desahoga  con  nosotros  su  dolor 
acerbísimo,  contenido  en  presencia  de  la  familia.  Era 
su  costumbre  hacerse  fuerte  en  estos  casos;  cargar 
con  su  pena  y  con  las  de  los  suyos,  para  aliviarlos,  y 
ponerse  ciega  y  confiadamente  en  las  manos  de  Dios. 

Carta  14.^  Excedía  a  toda  ponderación  la  difi- 
cultad de  nuestras  comunicaciones,  por  el  mal  servicia 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


299 


de  correos  que  padecíamos  tanto  en  el  pueblo  de 
Galán  como  en  el  mío.  De  una  vez  por  todas  sirva 
esta  nota  para  explicar  la  frecuente  pérdida  de  cartas. 

Carta  15.^  Bondadoso  e  indulgentísimo  para 
todos,  era  severo  solamente  consigo  mismo,  como  se 
ve  en  esta  carta. 

Suspiros.  En  el  original  de  esta  composición  se 
leen  estas  palabras  escritas  con  lápiz:  <Se  continua- 
rá>.  Pero  nunca  me  habló  el  poeta  de  continuarla,  ni 
creo  que  lo  haya  hecho. 

Carta  16.^  Se  confirma  aquí  lo  indicado  acerca 
de  la  13.^  Sobreponerse  al  dolor  propio,  para  aliviar 
el  de  los  demás,  era  el  sistema  de  aquel  magnánima 
corazón. 

Cartas  19.^...  21.^  En  otro  lugar  quedan  consig- 
nados los  obstáculos  que  hicieron  imposible  el  cum- 
plir mi  promesa  de  acompañarle  unas  semanas  en 
Frades.  Galán,  contrariadísimo  —como  yo—  por  esta 
fatalidad,  me  decía:  «Quisiera  no  verte  enfermo  para 
injuriarte  cuanto  pudiera...»  Por  último  desahogó  su 
disgusto  dedicándome  el  precioso  poema 

¡Patria  mía!...  En  el  cual,  ensalzando  no  menos 
la  deliciosa  y  exhuberante  belleza  de  las  playas  galle- 
gas que  la  hermosura  serena  y  majestuosa  de  las  cas-^ 
tellanas  planicies,  sólo  clama  contra  mí,  por  no  haber 
ido  a  visitar  su  pueblo,  y  a  éste  le  dice: 

«...no  llores  si  aquel  hombre  de  quien  te  hablaba 
no  ha  venido  a  abrazarte  y  a  conocerte; 
no  admitas  aquel  hijo  que  yo  te  daba, 
si  en  un  lejano  día  viniese  a  verte»... 

Carta  22.^  En  el  día  de  mi  casamiento  no  me  ha 
sido  dable  disfrutar  de  la  presencia  del  mejor  de  mis 
amigos,  —lo  que  hubiera  sido  para  mí  el  colmo  de  la 
dicha;—  pero  pude  llevar  sobre  mi  corazón  esta  dulcí-^ 


300  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


sima  carta  suya,  y  supe,  como  en  ella  pide,  «mirarle 
con  los  ojos  del  alma>  acompañándome  en  la  iglesia 
y  en  la  mesa  de  bodas. 

Cartas  23.^...  26/  En  ellas  insinúa  primero  embo- 
zadamente y  por  último  declara  sin  rodeos  su  primer 
amor.  Fué  también  su  único  amor,  pues  como  dijo  en 
inmortales  versos, 

«...quise  yo  ser  como  mi  padre  era, 
y  busqué  una  mujer  como  mi  madre 
entre  las  hijas  de  mi  hidalga  tierra 

¡Un  milagro  de  Dios,  que  ver  me  hizo 
otra  mujer  como  la  santa  aquella!» 

Carta  27.^  Con  ésta  viene  la  promesa  de  enviar- 
me su  retrato,  promesa  que  no  tardó  en  cumplir,  remi- 
tiéndome con  inestimable  dedicatoria  la  fotografía 
cuya  copia  encabeza  este  libro;  y  que,  entre  las  publi- 
cadas, es  la  que  más  exactamente  caracteriza  la  atrac- 
tiva personalidad  del  poeta  en  lo  mejor  de  su  corta  y 
gloriosa  vida,  a  los  23  años,  cuando  sus  ilusiones  e 
inspiración  estaban  en  pleno  florecimiento. 

Cartas  28.^...  32.^  Intimidades,  noticias,  quejas  y 
proyectos  forman  el  contenido  de  estas  cinco  cartas, 
repletas,  como  todas  las  suyas,  de  afecto,  de  pensa- 
mientos elevados  y  de  maravillosas  visiones  poéticas, 
vestidas  siempre  con  las  galas  de  la  más  bella  elocu- 
ción. En  la  32.^  Galán,  para  dedicarse  enteramente  a 
su  irresistible  vocación,  inventa  el  pretexto  de  concer- 
tar un  descansOy  y  abre  un  paréntesis  extraño  en  nues- 
tra correspondencia. 

Carta  33.^  Ésta  da  fin  al  extraño  paréntesis.  Roto 
el  silencio,  que  duró  dos  años  justos,  vuelve  a  reanu- 
darse nuestra  correspondencia  con  el  entusiasmo  y 
cariño  de  siempre. 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


301 


Cartas  36.^  y  37.^  Me  noticia  su  próxima  boda 
en  la  36.^  y  me  la  relata  en  la  37.%  agradeciendo  con 
inmerecidos  elogios  mi  pobre  misiva  de  enhorabuena» 

Carta  38.^  El  poeta  «llora  y  reza  conmigo»  por 
el  fallecimiento  de  mi  querida  madre. 

Carta  39.^  Dos  trascendentales  acontecimientos 
me  comunica:  el  cambio  de  su  profesión  por  la  de 
labrador,  y  el  natalicio  de  su  primogénito.  ¡Con  qué 
entusiasmo  me  habla  aquí  de  su  Jesús,  que  le  hacía 
decir  en  El  Crista  bendito: 

«Un  jabichuelino 

con  la  cara  como  una  azucena... 

con  aquella  boquina  sin  dientis, 

réondina  y  fresca 
que  paeci  el  cuenquín  de  una  rosa 
que  se  jabri  sola  pa  si  se  la  besa!...» 

Carta  40.^   Sigue  con  el  mismo  entusiasmo, 
iontecío  de  gusta*  con  su  hijito  y  con  su  labranza.  Y 
aunque  habla  de  abandonar  la  poesía  y  <  restituirse  a 
la  suave  prosa  de  su  casita>,  ni  él  mismo  lo  cree: 

«Galán  también  cantaba 

que  ella  y  el  campo  hiciéronle  poeta>. 

Carta  41.^  Inestimable  para  mí  por  el  cariño 
hondo  y  discreto  humorismo  con  que  me  felicita  al 
obtener  en  oposiciones  una  cátedra  de  las  Escuelas 
Normales. 

Carta  42.^  ¡Bondadoso,  incomparable  amigo!  Me 
cuenta  su  vida  del  campo  en  contraposición  con  la 
mía  sedentaria,  y  me  aconseja  que  trabaje  menos  para 
vivir  más.  ¡Quién  podía  pensar  que  le  habríamos  de 
llorar  tan  pronto! 

Carta  43.^  Es  la  primera  vez  que  me  habla  de 
sus  éxitos  literarios.  Y  aun  en  el  terreno  de  la  más 
íntima  confianza,  lo  hace  con  esa  modestia  sincera, 


302  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


:hija  del  verdadero  mérito.  No  basta  que  D.  Miguel  de 
Unamuno,  D.  Federico  Balart,  D.  Salvador  Rueda  y 
otros  literatos  eminentes  aplaudan  al  poeta.  El  no  cree 
tener  condiciones  «para  crearse  un  nombre»... 

Carta  45.^  Acompañé  al  amigo  en  su  dolor  por 
la  pérdida  de  la  madre  idolatrada,  y  algún  tiempo 
después  contestó  a  mi  pésame  con  esta  carta,  en  la 
que,  para  evitar  el  hondo  abismo  de  la  pena,  toma  el 
camino  de  darme  participación  de  sus  nuevas  victo- 
rias literarias. 

Carta  46.^  Así,  con  tanto  y  tan  efusivo  afecto 
me  escribía  Galán  al  saber  mi  gravísima  enfermedad. 
Y  habla  como  un  vidente  vaticinando  mi  curación. 
Con  esta  carta  me  envía  su  primer  libro,  «que  no  es 
más  que  primicias  de  otro»  que  me  promete  para 
pronto. 

Cartas  47.^..  50.^  Versan  sobre  los  dos  temas 
indicados:  mi  salud  y  sus  triunfos  literarios,  cada  día 
más  grandes  y  definitivos.  Acerca  de  éstos  me  refiere 
interesantísimos  detalles,  no  por  vanidad,  pues  «no 
detenía  sus  ojos  en  la  descarada  nube  de  incienso», 
sino  porque  sabía  que  su  antiguo  condiscípulo,  su 
amigo  íntimo,  a  quien  llamaba  su  hermano  y  su  confe- 
sor, se  gloriaba  en  aquellos  triunfos  cual  si  fueran 
propios;  y  que  contármelos  era  la  mejor  manera  de 
consolar  y  alegrar  mi  espíritu  abatido  por  la  enferme- 
dad. Y  respecto  a  ésta,  hasta  que  recobré  —milagro- 
samente— la  salud,  no  cesó  de  animarme  con  las 
mieles  más  dulces  de  su  cariño  aquel  corazón  amantí- 
simo,  que  vivió  siempre  amando  y  de  amor  murió... 
pues  conociendo  a  Galán  y  las  circunstancias  de  su 
muerte,  no  parece  sino  que  mi  santo  amigo  falleció 
porque  se  le  rompió  dentro  del  pecho  aquel  corazón 
que  en  su  ansia  de  aliviar  a  otros  daba  siempre  vo- 


DE  GABRIEL  Y  GALÁN 


303 


luntaria  hospitalidad  a  los  dolores  propios  y  a  los 
ajenos.  Aquel  corazón,  por  amor,  no  temía  al  dolor. 

Asi  clama  heroico  en  su  Treno  por  la  pérdida  de 
la  madre: 

«Rayo  de  la  tormenta, 

podrás  romperme,  pero  no  espantarme;... 

sierra  que  te  derrumbas 

y  ante  las  puertas  de  mi  casa  caes;... 

huracán  que  su  techo  me  arrebatas; 

muerte  que  rondas  mi  olvidada  calle... 

¡Qué  pequeños  sois  todos,  qué  pequeños 

y  mi  dolor  qué  grande! 

Para  ello  se  amparaba  únicamente  en  una  fe  ro- 
bustísima, y  por  eso  pudo  escribir  en  El  Amo; 

«Es  preciso  tener  labios  de  mártir 
para  acercar  a  ellos 

la  hiél  del  cáliz  que  en  mi  mano  trémula 
con  ojos  turbios  esperando  veo. 
Ya  está  solo  el  hogar.  Mis  patriarcas 
uno  en  pos  de  otro  del  hogar  salieron. 
Me  los  vino  a  buscar  Cristo  amoroso 
con  los  brazos  abiertos...» 

Y  así,  como  un  verdadero  mártir,  dijo  en  su  últi- 
ma Canción: 

«Visión  de  mis  amarguras: 
¡yo  no  te  cierro  los  ojos! 
Camino  de  los  abrojos: 
¡yo  no  me  cubro  las  plantas! 
Cruz  que  mis  hombros  quebrantas: 
¡yo  te  acepto  sin  enojos!» 

La  vida  de  José  María  Gabriel  y  Galán  fué, 
además,  fecundísima  en  buenas  obras.  Su  breve 
paso  por  el  mundo  dejó  magna  estela  de  los  bene- 
ficios que  sin  cesar  creaba  y  sembraba  por  doquier 
con  mano  pródiga.  ¡Dios  habrá  premiado  a  este  mo- 


304  CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS 


délo  de  hombres,  que  tan  perfectamente  ha  cumplido 
los  votos  consignados  en  la  última  estrofa  que  escri- 
bió su  áurea  pluma: 

«Quiero  dejar  de  mí  en  pos 
robusta  y  santa  semilla 
de  esto  que  tengo  de  arcilla, 
de  esto  que  tengo  de  Dios!» 


ÍNDICE  Y  SUMARIO 


Págs. 


RETRATO  DE  GABRIEL  Y  GALÁN   IV 

DEDICATORIA   V 

PRÓLOGO   VII 

LOS  RECUERDOS  Y  PAPELES  DE  GALÁN   1 

Mis  llorados  amigos   3 

Un  gran  artista  y  una  segunda  madre   4 

Un  estudiante  vago^  otro  chapón  y  otro  que  está  para  ser 

borrado  de  lista   5 

Maestro  inolvidable   9 

La  Tebaida  de  la  Escuela.— José  María  Gabriel  y  Galán.  .  .  11 

¡Pobres  gorriones!— Heroísmo  y  modestia   13 

El  mayor  tormento  de  Galán.— Un  desafío   15 

Versos,  acuarelas  y  conciertos.— La  guitarra  parlante.  .  .  19 
Las  noches  de  claro  en  claro.— La  amistad  vence  al  amor. 

¡A  los  toros!   21 

El  diluvio.— Una  guantada  espantosa.— Llegada  a  puerto.  .  24 

El  padre  de  Galán.— A  Galicia,  a  ver  el  mar   25 

¡Oh  qué  viaje!   26 

Llegada  a  la  Coruña   28 

El  valle  de  San  Saturnino,  oda   29 

Galán  en  mi  tierra.— El  triple  ¡ay!,.,  ¡ayL.  ¡ay!...— La. 

puesta  del  sol  desde  el  Orzán— ¡Han  pasado  30  años...!  .  32 

Galán  en  mi  casa.— Los  aprendices.— ¡Pobre  Antonio!  .  .  35 
Adiós...  ¡para  siempre!—  Correo  detestable.—  Galán  era 

un  santo   39 

CARTAS  Y  POESÍAS  INÉDITAS  DE  DON  JOSÉ  MARÍA 

GABRIEL  Y  GALÁN   41 

Carta  1.^— El  lunes,  si  Dios  quiere   43 

La  Fuente  Vaquera,  balada   45 

Adiós   58 

Carta  2.'— España,  23  de  Julio   65 

Carta  3.*— Medina  del  Martirio.- Dos  pobres  aldeanos.   .  67 

Carta  4.*— La  Maya,  24  de  Julio   71 


306  ÍNDICE  Y  SUMARIO 


Carta  5.^— De  San  Saturnino  a  Frades.—El  lema  de  Galán. 

—El  Solitario.— Nuestras  madres  se  escriben   73 

Mañanas  y  Tardes.— Sueños   81 

Carta  6.^— Casi  dos  meses  en  la  querida  aldea.— ¡Oh,  ven- 
drás hecho  un  parisién!   95 

Carta  7.^— Galán  no  está  enamorado   103 

Carta  8.^— Feliz  como  nunca.— La  inquinia  del  poeta.  .   .  105 

Carta  9.^— Galán  y  su  madre  enfermos   111 

Carta  10.^— Convaleciente.— La  paleta  de  Galán   113 

Carta  11.^— ¡Un  átomo  sin  madre!  — Una  miajirrinina 

de  poesía   115 

Carta  12.^— ¡Quién  pudiera  ir  a  Frades!   127 

A  LA  MUERTE  DE  MI  HURÓN.— Elegía  improvisada...  y  así 

saldrá  ella   129 

Carta  13.^— El  hijo  amantísimo.  .   .   .*   137 

Carta  14.*— Extravío  de  correspondencia.— Verano  abu- 
rrido.—Piadosa  venganza   141 

Carta  15.*— La  confesión  de  Galán.— Mar  de  dudas.   .   .  145 

Suspiros   150 

Carta  16.*— ¿Quién  se  opone  a  que  nos  hablemos?— El 

dolor  de  los  dolores   153 

Carta  17.*— Brillantes  oposiciones.— ¡Pobre  Merceditas!   .  157 

Carta  18.*— Nuevo  destino.— Noticias  excelentes.   ...  161 

Carta  19.'— Sección  de  noticias  y  capítulo  de  cargos.  .  .  167 
Carta  20.*— Las  siestas  de  Galán.— Antonio  ingresa  en 

la  Armada   171 

Carta  21.*— No  hay  que  ser  tan  ideal   175 

¡Patria  mía!   177 

Carta  22.*— Epístola  laica...  ¡Con  el  alma!   187 

Carta  23.*— La  tormenta..,  o  lo  que  sea   193 

Carta  24.*— Ir  empezando  siquiera.— ¡Oh,  el  ejemplo!  .  ,  195 
Carta  25.*— «Jueves,  nueve  de  Febrero, 

del  año  que  empecé  a  amar»   199 

Carta  26.*— Tardío,  pero  seguro.  — La  mixtura  de  qui- 
nientas yerbas   205 

Carta  27.*— Que  si,  que  bueno.— E\  retrato   213 

Carta  28.*— Nuevas  oposiciones.— Parece  que  se  quieren. 

—¡Otro  verano  sin  vernos!   217 

Carta  29.*— Enhorabuena.— El  veraneo  de  Galán.— Histo- 
rias peregrinas   223 

Carta  30.'— ¿Quién  intercepta  nuestras  cartas?— Extrema- 
dura entera  padece  intermitentes   227 


ÍNDICE  Y  SUMARIO  307 


Carta  31.*— Siguen  faltando  cartas   231 

Carta  32.*— El  fuego  sagrado.— ¿A  descansar?  ....  233 
Carta  33.*  — «Levántate  y  anda».  —  i Fárrago,  fárrago!  — 

Noticias   235 

Carta  34.*— ¡Oh  divino  imposible!— El  verbo  amar,   .   .  241 

Carta  35.*— ¡Mi  padre!   243 

Carta  36.*— «Reza  la  salve,  rézala  bien...»   245 

Carta  37.*— Casamiento  de  Galán.— Un  don  Sabas,  ...  247 


Carta  38.*— Un  nombre  bajo  una  cruz!— ¡Fe  y  esperanza!  251 
Carta  39.*  — Dimisión  del  cargo  y  traslado  al  Guijo.— 


Natalicio  del  primogénito   253 

Carta  40.^— Entontecíos  de  gusiu.—\Jn  buen  poeta  y  un 

buen  labrador. — «Cuando  Dios  quiera»   257 

Carta  41.*— Felicitación.— Ya  está  el  daño  hecho.  .  .  261 
Carta  42.*  —  ¡ Sofisma,  sofisma!— Una  medalla.  — Sabios 

consejos   263 

Carta  43.*— Lutos.— Las  primicias  de  Extremeñas  y  Una- 

muno.  Pereda,  Salvador  Rueda  y  Balart   267 

Carta  44.*— El  segundo  vástago   271 

Carta  45.*— Sin  madre...!— Triunfo  definitivo   275 

Carta  46.*— Corazón  de  amigo.— Galán  vidente   279 

Carta  47.*— Vida  agitada.— Dos  mundos   281 

Carta  48.*— Una  lectura  en  el  Ateneo.— Modernópolis.   .  283 
Carta  49.*— Confianza  en  Dios.— Juegos  Florales  de  Za- 
ragoza  287 

Carta  50.*— La  modestia  de  Galán   291 

NOTAS   293 

ÍNDICE  Y  SUMARIO   305